jueves, 29 de octubre de 2015

La arquitectura, el poder y la gloria

Arquitectura, poder y gloria
Por Fernando Britos V.

Britos_Columna_Vaticano
Muy pocas personas saben que la Biblioteca de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República (que no en vano es la biblioteca nacional de arquitectura) conserva un tesoro en obras raras y valiosas y que muchas de ellas encierran historias apasionantes y testimonios de gran importancia histórica.
Entre estas piezas figura Della trasportatione dell’obelisco Vaticano et delle fabbriche di nostro signore Papa Sisto V, un libro escrito por el arquitecto Doménico Fontana, ilustrado con imponentes y minuciosos grabados, hechos por Natalio di Girolamo Bonifazio sobre los dibujos del autor e impreso en tamaño folio imperial por la Stamperia Vaticana, en 1590, entonces a cargo de su primer maestro impresor, el veneciano Doménico Basa.
Se trata de la obra que inauguró la Imprenta del Vaticano y por ende un auténtico incunable producido por la única imprenta que ha subsistido hasta la actualidad por lo que el encuentro con un volumen de estos es capaz de hacer delirar a historiadores, expertos y bibliófilos de todo el mundo.
Desde hace 425 años conserva textos e imágenes que dan cuenta de la erección del obelisco egipcio que se levanta en la plaza de San Pedro. No son muchos los ejemplares que figuran, hoy en día, en las colecciones más importantes del mundo y es único en nuestro país y casi seguramente en América Latina.
Se encuentra en impecable estado al punto que parece recién salido de las prensas de Doménico Basa y su rescate patrimonial incluye trabajos y peripecias que sería interesante dar a conocer si no fuera que ahora el espacio y el tiempo para hacerlo es limitado.
El libro de Fontana ocupa un lugar de preferencia entre los raros libros ilustrados de los siglos XV y XVI y entre los que fueron capaces de abordar con minuciosidad las obras de un arquitecto laborioso en un momento histórico turbulento y decisivo. En el fondo, el libro trata de la vinculación entre la arquitectura y los símbolos del poder.
Este artículo es un apretado resumen de un extenso ensayo inédito que recibió mención especial en el Premio Nacional de Letras 2012, en su categoría, y que contiene las claves para comprender y contextualizar esta joya bibliográfica como testimonio de la aventura intelectual de la humanidad.
En primer lugar, se consideraron las pistas para apreciar el papel que jugó el libro en su época y se rescata su capacidad evocativa. Sin este análisis podría considerarse como un suntuoso portafolio de imágenes para mayor gloria de un Papa dinámico y su diligente arquitecto cuando, en realidad, estamos ante una verdadera máquina del tiempo.
01. Imagen de la portada.
01. Imagen de la portada.
En segundo lugar, se rescató en toda su potencia gráfica los grabados que se hicieron sobre los dibujos de Fontana que son, al mismo tiempo, un ejemplo de ilustración de los problemas tecnológicos y por otro un repertorio de alegorías que tienden un puente entre el imaginario del Renacimiento y del Barroco y el de la Revolución Industrial.
02. Obelisco.
02. Obelisco.
En tercer lugar, al tratarse de una obra cuyo protagonista es un antiquísimo icono del poder, la erección del Obelisco Vaticano es una especie de itinerario que conecta capacidades técnicas y designios sociales y políticos desde el Egipto faraónico y la Roma imperial hasta el Vaticano de la Contrarreforma y reúne en un mismo escenario a personajes tan vívidos como el extraordinario Papa Sixto V, su arquitecto Fontana y las leyendas de la época.
El rescate patrimonial supuso una investigación que reunió – por primera vez – en forma exhaustiva, toda la información disponible, todas las historias que se entrecruzan, se anudan y se prolongan a partir de este libro maravilloso, los principales actores que le dieron origen y las épocas turbulentas que atravesaron.
03. Obelisco.
03. Obelisco.
Sin embargo, no se trata solamente de exhibir una de las joyas desconocidas conservada en una biblioteca pública uruguaya, sino de promover nuevos enfoques, nuevos tratamientos, una nueva vida para la obra como hito en la historia de la tecnología.
Hoy en día es posible encontrar en Internet numerosos facsímiles de las imágenes de Fontana y se venden versiones digitalizadas. Asimismo basta echar a andar un buscador para obtener un cúmulo de información sobre el Papa Sixto V, sobre los obeliscos y otras obras de arquitectura e ingeniería de la antigüedad, el Renacimiento y el Barroco europeo pero se trata de informaciones fragmentarias y frecuentemente inconexas.
Recopilar todo eso en medio de los excesos torrenciales de la red habría sido tarea fácil, sencilla pero engañosa. Investigar es diferente. Descubrir las claves encerradas en este libro requiere, como fundamento, la materialidad del mismo y la exploración y confrontación sistemática de todas las conexiones, consecuencias y pistas como lo demanda espíritu crítico y la pasión del conocimiento científico. Después de todo, también en este caso la realidad supera a la ficción.
Para empezar hay que recordar el papel que un puñado de libros ilustrados del siglo XVI jugó en el desarrollo del conocimiento y de los saberes tecnológicos y en particular de la importancia de las imágenes para mostrar los desafíos técnicos y su solución así como para simbolizar las encrucijadas sociales y políticas de la época. Sin estos libros la Revolución Industrial y su dinámica habrían sido muy diferentes.
Otro aspecto importante es el análisis de la situación en que se encontraba la ciudad de Roma, a fines del siglo XVI. La que había sido “el centro del mundo” durante cientos de años se había degradado pasando de un millón de habitantes en los primeros años de nuestra era a diez mil o menos en 1570. En época de glorias imperiales fueron “importados” a la gran ciudad monumentos y símbolos de poder de las culturas que le antecedieron.
Cuando Sixto V ascendió al trono pontificio (en 1585) la orgullosa urbe de otrora se había transformado en un campo de ruinas, donde se apacentaban ovejas y cabras. Su sistema vial estaba arruinado, sus monumentos derruidos (de los ocho o nueve obeliscos egipcios que se levantaban en la Roma imperial solamente se mantenía en pie el que Fontana debía trasladar trescientos metros). Los ocho o nueve grandes acueductos estaban cegados o destruidos.
El Tíber contaminado y sus riberas malsanas, al punto que toda la ciudad era una zona de paludismo endémico. Los escasos habitantes se encerraban a la puesta del sol para evitar la picadura de los mosquitos trasmisores de la malaria1 y muchos eran enfermos crónicos. En suma un desastre.
Pero el Papa Sixto V tenía un ambicioso proyecto geopolítico que no habían desarrollado sus predecesores y que pocos de sus sucesores en el trono de San Pedro iban a llevar adelante con tanto dinamismo y audacia como él. Para este Papa, que fue el mayor impulsor de la Contrarreforma, enfrentar los desafíos del protestantismo no solamente era un problema político esencial sino la condición misma de la supervivencia de la Iglesia Católica Apostólica Romana.
04. Plan de traslado.
04. Plan de traslado.
En su lucha a muerte por la reconstrucción de la supremacía eclesial se planteaba volver a hacer de Roma el epicentro mundial de un renovado poder papal. La operación requería que la ciudad recuperara su centralidad bajo la dirección de la iglesia militante de la Contrarreforma y Sixto V tenía un plan urbanístico visionario (grandes avenidas que vinculaban las siete colinas y un obelisco como símbolo de poder eterno plantado en cada una de ellas, imponentes iglesias y palacios). El primer paso de este plan fue el que motivó el libro del que tratamos.
Para contextualizar la obra del arquitecto Fontana hay que remontarse al origen de los obeliscos, su significado y su resolución técnica en el Egipto faraónico y su posterior apropiación por los emperadores romanos, comprendiendo las vicisitudes del traslado y erección de estos monolitos.
El origen de los obeliscos, invariablemente monolíticos, se remonta a la época pre dinástica en Egipto, hace unos seis mil años, a partir de los ben ben, unas pequeñas piezas de forma vagamente piramidal que después crecieron y se estilizaron pero que mantuvieron su carácter de símbolo solar y por ende de efigie del poder divino. Los obeliscos se ubicaban de a dos en los templos (nunca tuvieron relación con ritos funerarios) y hoy en día uno solo queda en pie en su patria original.
Los egipcios del Imperio Antiguo ya habían extendido su conquista de Nubia, hasta más allá de la segunda catarata del Nilo, para alcanzar los yacimientos del granito rosa que fue la materia prima primordial y única para el tallado de obeliscos. Como detalle curioso cabe señalar que los yacimientos de esta roca son muy escasos, de hecho se encuentran en el Alto Nilo, en Sudáfrica y en nuestro país, donde se le ha dado mucho uso y es posible ver comúnmente su superficie pulida de color rojizo jaspeado de negro y de cuarcita.
Bajo la dominación romana, en los estertores del Egipto de la dinastía faraónica tolemaica, se produjo un activo traslado de obeliscos hacia Roma. Los romanos construyeron en el siglo I algunos de los trirremes más grandes hasta entonces conocidos para llevar monolitos, cruzando el Mediterráneo y remontando por el Tíber, trasladándolos luego sobre rodillos por vías especiales.
Es peculiar la mezcla de los diferentes recursos disponibles para resolver los problemas que planteaba la erección de obeliscos en Egipto, en la Roma imperial y en el siglo XVI. El desafío que se le planteó a Fontana y las soluciones que adoptó son interesantes para comprobar la evolución de la fuerza humana y animal (bueyes y caballos) y el desarrollo de maquinarias (grúas, tornos, poleas y malacates, torres y terraplenes, etc.) así como su compleja articulación para conseguir los efectos deseados.
Los seres humanos hacen la historia pero no en las condiciones que desean por eso sería difícil comprender cabalmente la significación del libro sin una noticia biográfica del Papa Sixto V, el potente iniciador de la Contrarreforma, el político europeo que dejó una profunda huella en el mundo de su época, el transformador de Roma y benefactor de su tierra natal, las Marcas.
La llegada al papado del Cardenal Montalto, en 1585, es la leyenda del asno que se transformó en león. En efecto, se trataba de un hombre de origen muy modesto, criado en la pobre provincia adriática de Las Marcas, que de monje franciscano había recorrido toda la escala hasta llegar al solio cardenalicio en Roma. Era menospreciado por las aristocráticas familias romanas que se alternaban en el trono papal. Le llamaban “el asno de Las Marcas” por haber sido porquerizo en su infancia aunque se había recibido de Doctor en Teología, en 1548, a los 27 años.
05. Plan de erección.
05. Plan de erección.
Por añadidura, era un refugiado serbio (su nombre original era Srečko PeriĆ, italianizado como Felice Peretti) pues su familia de campesinos pobres había cruzado el Adriático, en arriesgada travesía desde Ragusa, huyendo de los turcos otomanos.
En la década de 1580 la pugna entre las diferentes familias aristocráticas para la designación de Papa en el Concilio había alcanzado una situación de empate virtual. En abril de 1585, Felice Peretti se excusó de asistir al Concilio, destinado a elegir sucesor del fallecido Gregorio XIII, aduciendo su mala salud.
En realidad el astuto cardenal contaba con que las distintas facciones del colegio cardenalicio optaran por ganar tiempo nombrando un Papa comodín, de transición; alguien no proveniente de sus filas que al estar enfermo les asegurara un reinado efímero y una futura y próxima vacante del trono pontificio. Mientras tanto las facciones podrían reacomodar sus fuerzas y negociar un acuerdo para designar un futuro Papa más duradero.
Las cosas no resultaron así. El Colegio designó al cardenal ausente y cuando los camarlengos fueron a su domicilio para comunicarle su efectiva designación como Papa, se encontraron con un cardenal pleno de energía que sabía muy bien lo que quería y que tenía preparado un ambicioso plan de acción. Inmediatamente adoptó el nombre de Sixto V y se transformó en la locomotora de la Contrarreforma.
La política que desarrolló, tanto a nivel interno como internacional; la forma en que ejerció el poder; el tipo de organización que adoptó y el entrelazamiento con sus proyectos urbanísticos, pautaron su breve pero intenso reinado (falleció a fines de 1590) que dejó huellas trascendentes en la historia.
Se destacaron los aspectos controversiales de este papado así como su vocación de trascendencia, su fundamentalismo, sus designios políticos, sin los cuales es virtualmente imposible descifrar el sentido de sus emprendimientos urbanísticos y arquitectónicos.
Además, este Papa que era reconocido como gran predicador, buen escritor y hábil polemista, fue un articulador ideológico de la Contrarreforma y como comprendía perfectamente el papel de las obras escritas fue el fundador de la Stamperia Vaticana, dotando a la Sede Pontificia de una poderosa herramienta de divulgación.
Como hemos dicho esta imprenta, que hoy en día publica el Osservatore Romano, es la única que se mantiene en funcionamiento ininterrumpido desde aquel momento (y por ende la más antigua del mundo) y el libro de Fontana fue su obra príncipe.
Sixto V combatió decididamente la corrupción en la iglesia y el bandolerismo en los estados pontificios. Los ladrones eran decapitados y sus cabezas clavadas en picas en los accesos al Castel Sant’Angelo, de acuerdo con sus antecedentes como cruel y severo jefe de la Inquisición en Venecia.
Saneó la economía del Vaticano e intervino en política internacional (por ejemplo, conspiró para derrocar a Isabel de Inglaterra quien le correspondió con un complot para envenenarlo; ambos fracasaron). Se dice que las profecías de San Malaquías se refieren a este Papa como el hacha en medio del signo” (axis medietate signi), expresión que hace referencia a que en su escudo de armas figuraba un hacha cruzada sobre un león que es un signo del Zodiaco.
06. Plan de erección.
06. Plan de erección.
En la actualidad, con el Papa Francisco, los argentinos cuentan con uno de ellos en el trono de San Pedro. Sin embargo, un estudio genealógico ha determinado que el conocido actor y psiquiatra argentino Diego Peretti es descendiente del Papa Sixto V.
En cuanto al arquitecto Doménico Fontana, hay poca información directa y – coherentemente – la mayor cantidad y calidad de la misma proviene de sus obras y del libro investigado. Era un lombardo nacido en Melide (Suiza) en 1547, donde se conserva su casa natal.
Se formó como estucador emigrado en Roma y posteriormente fue maestro de obras del Cardenal de Montalto, el futuro Papa Peretti. Después bajo el impulso del mismo Sixto V fue Arquitecto Vaticano y a la muerte del pontífice se estableció como Arquitecto Real en el reino español de Nápoles hasta su muerte en 1607.
En su periplo profesional no solamente se especializó en descubrir y levantar obeliscos egipcios sino que allanó colinas, desvió ríos, canalizó marismas, construyó palacios, escalinatas, sepulcros, monumentos, acueductos y fuentes2.
En el ensayo extenso en que se basa esta reseña se incluye una relación de las obras que llevó a cabo con su hijo y como parte de un conjunto de arquitectos migrantes que fueron considerados los maestros del barroco napolitano.
El tema central del incunable lo ocupa la relación pormenorizada de la erección del llamado Obelisco Vaticano, desde los antecedentes del proyecto, el concurso original y cómo ganó Fontana la posibilidad de llevar a cabo tan compleja obra, su laboriosa preparación, las claves de su sistema y los grandes episodios que jalonaron la ejecución hasta su culminación.
Allí figura la relación de las ilustraciones y la reproducción de la portada del libro así como de las principales láminas que ilustran el traslado del obelisco y otras obras significativas con las referencias que Fontana preparó para cada una de ellas, alguna de las cuales reproducimos a continuación.
Finalmente, nos referiremos a dos hechos que no fueron recogidos por Fontana en el texto pero cuya veracidad fue comprobada y son elocuentes respecto al entorno de la titánica obra que demandó varios meses en tres etapas. En la primera se trataba de encamisar el obelisco de más de 25 metros de altura y de unas 320 toneladas de peso, elevarlo con cabrestantes y poleas entre las dos gigantescas torres construidas al efecto y luego acostarlo sobre una plataforma rodante. Esto se hizo en una jornada.
La segunda etapa era la del desplazamiento del monolito sobre un terraplén de trescientos metros que compensaba la diferencia de más de seis metros entre el nivel de su primitiva ubicación (detrás del baptisterio de la basílica de San Pedro) hasta el medio de la plaza. Varias décadas después se produciría la erección de las columnatas por Bernini.
07. Obelisco erecto frente a la Catedral de San Pedro.
07. Obelisco erecto frente a la Catedral de San Pedro.
La tercera jornada consistía en la elevación del monolito hasta colocarlo en el pedestal previamente preparado. Todas las instancias, particularmente la primera y la última eran seguidas por numeroso público. Miles de romanos y extranjeros se ubicaban en la plaza, detrás de un cordón de la guardia papal, en absoluto silencio.
Sixto V había determinado que cualquier sonido sería castigado con la muerte. El silencio era fundamental para que las instrucciones mediante trompetas y campanas que Fontana emitía desde una torre de control, fueran percibidas por los operadores de los tornos y los palafreneros de caballos, los faquines que operaban las máquinas directamente y sus colaboradores que controlaban todo sobre el terreno.
Kilómetros de gruesos cordeles – trenzados al efecto por los más hábiles cordeleros italianos según los cálculos de Fontana y bajo su dirección – debían ser tensados de un lado y aflojados de otro con perfecta sincronización para que las 320 toneladas del monolito se moviesen lentamente y en la dirección apropiada. Cualquier falla hubiera provocado un desastre.
Volcar, trasladar y volver a erigir el obelisco eran operaciones de alto riesgo. Un error mínimo podía provocar una ruptura irreparable. Fontana sabía que el Papa no se andaba con chiquitas y que la quiebra del monolito le costaría la vida. Por eso y en secreto, hombres de su confianza mantenían permanentemente un par de buenos caballos ensillados en cada salida de la plaza. De haberse producido una catástrofe, el arquitecto habría saltado de la torre para huir a escape sin detenerse hasta haberse alejado de los Estados Pontificios y del vengativo pontífice. Como todo salió bien la fuga nunca se produjo.
Por otra parte, Sixto V que era consciente de que el traslado del obelisco constituía un gran espectáculo que le prestigiaba, retrasó con distintas excusas la llegada del embajador del Rey de Francia para que su arribo al Vaticano se produjese en medio del episodio culminante de la erección final. El Conde de Angulema y su séquito quedaron efectivamente muy impresionados por aquella demostración de destreza y poderío papal.

1 Las famosas guías Baedeker, a fines del siglo XIX, mantenían la recomendación a los turistas de no salir de noche y cubrirse con mosquiteros en sus habitaciones para evitar el contagio del paludismo.
2 Aunque nunca supo de la magnitud de su descubrimiento fue el primero en alcanzar las ruinas de las sepultadas Herculano y Pompeya, en oportunidad de las excavaciones para canalizaciones en los alrededores de Nápoles.

britosFernando Britos V.
Funcionario de carrera de la UdelaR. Se desempeña, desde 1992, como Secretario de la Facultad de Arquitectura. Psicólogo, periodista y bibliófilo, investiga y escribe, entre otras cosas, sobre ética, psicopatología del trabajo, organización y evaluación institucional y el mundo de los libros. Promovió el rescate y digitalización de libros raros y valiosos de la Biblioteca de la Facultad y elaboró el catálogo razonado “Joyas de la Biblioteca”.

martes, 6 de octubre de 2015

En la Suprema Corte de Justicia

El irresistible ascenso de la doctora

Cocinando en olla a presión – Una nueva negociación oscura, ignota y tortuosa acaba de conocerse. Tres destacadas senadoras de la República han negociado con las curias de poder de los partidos políticos para que dos mujeres, dos veteranas juristas, lleguen al pináculo del Poder Judicial: la Suprema Corte de Justicia (SCJ). Como en todas estas negociaciones, el resultado puede ser muy opinable pero, sobre todo, resulta sorprendente para el común de los ciudadanos que desde el llano contemplamos el fruto de uno de los procesos más lamentables y antidemocráticos que existen en nuestro país.

Siempre se puede renegar contra las mediatizaciones y las asimetrías de la democracia representativa pero para dos de los poderes estatales clásicos, el ejecutivo y el legislativo, hay algunas conexiones con la democracia directa. En la medida en que se cultive la buena memoria y el espíritu crítico puede haber revancha. En el caso de los máximos cargos del Poder Judicial no hay tu tía.
Ungidos los personajes por el voto negociado en el parlamento, a llorar al cuartito. Aun se puede esperar a que llegue la edad de retiro obligatorio (los 70 años) que es un consuelo para que alguno de esos personajes vuelvan a la oscuridad de la que salieron.

Algunas veces su ascenso ha de ser el resultado de sus propios y valiosos méritos (méritos que generalmente nosotros, el vulgo, desconocemos) pero muchas veces se trata de partos de los montes que se han producido entre forcejeos, intercambios y conciliábulos.

Ahora volvamos a este último negocio. Después de la sorpresa caemos en la cuenta de que el resultado tampoco es parejo. Es muy bueno que se incorporen dos mujeres a la SCJ. ¿Qué duda cabe? Sin embargo, como la incorporación depende de la secuencia en que los setentones van dejando tibio el sillón del Palacio Piria para disfrutar de sus jugosas jubilaciones de privilegio (para ellos no hay topes y se jubilan como si hubieran ejercido la abogacía a todo dar, cosa que los juristas tienen especialmente vedado), las incorporaciones serán graduales.

La primera ya se produjo con la ascensión de la Dra. María Elena Martínez de Pasquet (que ocupará el sitial por tres años y medio antes de alcanzar la edad de retiro). Los conocedores del medio jurídico y de su desempeño como magistrada coinciden en una valoración muy pobre de su capacidad y muy rica en episodios técnicamente cuestionados. Según se dice, era la candidata de los partidos de la oposición y su ascenso habría sido la condición para obtener los votos y la mayoría especial para la candidata patrocinada por las senadoras oficialistas Lucía Topolansky, Mónica Xavier y Constanza Moreira.

En los corredores del Palacio Legislativo se dice que la aceptación de una integrante de la SCJ menos que mediocre es considerada un éxito, en la medida en que permite el ascenso de una jurista brillante, estudiosa y de gran prestigio académico cuya especialización en el derecho de género y en derechos humanos es considerada esencial para refrescar el denso ambiente conservador y reticente ante la violencia doméstica que tiende a primar en la cúpula judicial.
De este modo se pactó un ascenso escalonado. Vaya a saber porqué la candidata oficialista, que es dos años y medio mayor que la de la oposición, no ingresó primero sino que irá ahora el Tribunal de lo Contencioso Administrativo y cuando se produzca la próxima vacante, el año que viene, llegará a la SCJ para desempeñarse allí hasta el 2018 en que alcanzará la edad de retiro.

Todos tenemos un pasado – Hasta ahí todo bien pero resulta que la Dra. Alicia Castro Rivera tiene un pasado. Alguien dijo, hace un par de siglos, que el pasado es como el extremo distal del intestino grueso: todo el mundo tiene uno. Por ende no debería llamarnos la atención que la Dra. Castro Rivera haya cometido errores de juventud, hace cuarenta años, en su carácter de secretaria de un Decano interventor de la Facultad de Derecho, durante la dictadura cívico-militar.

La candidata reconoce que le resulta “dificultoso” hablar de ese periodo y de los errores que cometió pero niega haber desempeñado un papel tan activo y tan negativo como el que recuerdan algunas de sus víctimas y testigos de la época (ver Brecha del 2/1015, pp. 8 y 9). De lo que no cabe duda es que la Dra. Alicia Castro aprendió mucho de esa mala experiencia y para decirlo de algún modo pudo reciclarse y “volverse buena” hasta alcanzar con toda justicia el reconocimiento que tiene arrobadas a las organizaciones feministas y de derechos humanos que ven en ella a la campeona que necesita esa causa nacional en la SCJ.

La Dra. Castro Rivera no necesita disculpa alguna desde el momento en que el balance de sus antecedentes y carrera arroja un saldo netamente positivo y con grandes proyecciones a futuro. De todo modos, el suyo es un caso que merece ser considerado con algún detenimiento porque la evaluación que hicieron las tres senadoras que la patrocinan ha quedado tras las bambalinas y no puede despacharse con la liviandad con que se expresa al respecto la Dra. Mónica Xavier (en Brecha, p.8) “Sabemos que trabajó en el ámbito de la Universidad durante algún tiempo de la dictadura pero nos cercioramos de ese punto. Es un antecedente que más de un profesional puede llegar a tener, lamentablemente por el tiempo que nos tocó vivir”.

Lo que bien podrían explicar estas senadoras de la República es como se cercioraron “de ese punto”. Es de suponer que le preguntaron a la interesada y ya sabemos que su respuesta fue la de jugar al achique: “fue un error” pero aprendió mucho, vio cosas que no le gustaron y se apartó (ya veremos cómo).
La respuesta de la Dra. Castro que acabamos de sintetizar es idéntica a la de cientos de personas que pasaron por situaciones parecidas, cometieron errores, se arrepintieron y cambiaron. También es lógico que tiendan a quitarle importancia a una actuación que ellos mismos consideran vergonzosa. Nadie la va a estigmatizar por eso.

En cambio, estas distinguidas senadoras que se “cercioraron” de ese pasado y dieron las indulgencias del caso no tienen disculpa. Parece que no han preguntado a quienes vivieron efectivamente “esos tiempos que nos tocó vivir” y, lo que es peor, si preguntaron y recibieron denuncias como las que ahora se publican en la prensa, las menospreciaron en una forma que parece indigna y en todo caso incompatible con los antecedentes y la capacidad política de cada una de ellas.

Seguro es que “más de un profesional puede llegar a tener antecedentes” semejantes pero esto no es como para trivializar el asunto. Muchos docentes y no docentes de la Universidad fueron destituidos, perseguidos, encarcelados, desterrados y sufrieron penurias sin cuento por la acción de los agentes civiles de la dictadura y de sus colaboradores. Está claro que la responsabilidad no es la misma en el caso del infame ministro Edmundo Narancio – fascista, resentido, implacable perseguidor de sabios venerables como el Dr. Eugenio Petit Muñoz y de cientos de modestos y anónimos docentes y funcionarios – que la de la secretaria de confianza de un decano interventor, el oscuro ejecutor Luis Sayagués Laso.

Ella escapó del oprobio y se recicló – Así que dejemos de hacernos trampas en este juego colectivo que tanto tiene que ver con la memoria y por ende con el presente y con el futuro. Por suerte la Dra. Castro Rivera pudo apartarse de ese enchastre en que estuvo y, sobre todo, pudo reciclarse y seguir su brillante carrera adoptando una postura favorable a los mejores intereses de la sociedad.
Ella vivió directamente la política de la dictadura, la violencia, la persecución, y aunque no fueran las manifestaciones más duras del terrorismo de Estado es indudable que su experiencia directa, cercana o como quiera que la denomine, sirvió para que pateara en el fondo y nadara hacia la superficie. En buena hora. Otros como su antiguo jefe no pudieron o no quisieron hacerlo y se hundieron en la ignominia para siempre.

La Dra. Alicia es una mujer inteligente y valiosa. Se merece cada átomo de la buena reputación que se ha ganado en la judicatura y en la academia. Ella tiene su propia explicación acerca de la evolución que hizo y tal vez sea absolutamente justa pero es posible que con los mismos elementos se pueda intentar otra explicación sobre ese pasado que, como se ha dicho, todos tenemos y que por eso mismo admite, para no decir exige, múltiples interpretaciones confrontadas.

El papel de la masonería – Para la Dra. Castro, el esclarecimiento teórico parece provenir de la reflexión, de la filosofía del derecho, pero muchos creemos que el esclarecimiento proviene, sobre todo, de la praxis, de toda la praxis, y no de aquellos episodios que, en la construcción o deconstrucción de nuestro propio pasado, los humanos solemos considerar como rescatables. La falacia de confirmación acecha al pensamiento científico con la tentación de la ubris, que hace a un lado o diluye los fenómenos que no sirven a la confirmación deseada.

Hay que decir que la visión o explicación que la Dra. Alicia expresa sobre el periodo 1975 – 1977 cuando fue la actora de confianza del interventor de la Facultad Derecho debe admitir otras versiones. Por ejemplo, no cabe duda de que su destacada trayectoria estudiantil pesó para que fuera escogida como secretaria de aquel oscuro interventor. La Dra. Castro había recibido su título, con altas calificaciones a los 26 años recién cumplidos, en 1973, cosa que sus coetáneos consideran una hazaña ejemplar e irrepetible.

Cuando la dictadura arremete contra la Universidad (la intervención data del 27 de octubre de 1973), el ministro Narancio, que asume como Rector interventor designó sucesivamente a Raúl Abraham y a Valentín Sánchez como interventores de la Facultad de Derecho. Se trataba de sujetos manejables por Narancio, brutales pero de pocas luces. Cada uno de ellos duró pocos meses y provocó el rechazo creciente de lo que la Dra. Castro llama el “consejo asesor”. Este era un grupo de catedráticos masones, presuntamente “neutrales” ante la intervención pero dispuestos a colaborar con ella a condición de que la represión se dirigiese contra los izquierdistas.

La masonería se había consolidado en la Facultad de Derecho aún antes del decanato del Hermano Saúl Cestau (grado 33) y los “asesores” pretendían “reformar” la Facultad aunque en realidad deseaban conservar y aumentar su control sobre la misma. Dicho sea de paso el predominio de la masonería en ese ámbito es la explicación del peso que la secta actualmente mantiene en las cumbres de la jurisprudencia, la judicatura y el foro.

Los primeros peones de Narancio eran torpes fascistas vengativos como él mismo y se dieron de bruces contra el oficioso “consejo asesor” que operaba como un gobierno en la sombra. Habían arrinconado a sus opositores del Opus Dei y la jerarquía católica y cuando se produjo el golpe de Estado y la posterior intervención de la Universidad comprobaron, seguramente con sorpresa, que la dictadura cívico-militar, con un fanático confesional y ultramontano como Bordaberry los había incluido entre los enemigos a barrer de la Universidad (extirpar a comunistas y masones).

 Entre estos viejos operadores de la masonería se contaban dos personajes, dos escribanos con gran peso jerárquico en la secta, con trayectoria universitaria como integrantes del Consejo de la Facultad por largos periodos pues pertenecían al séquito del Hermano Saúl Cestau. Se trataba del Esc. Luis Castro y del Esc. Jorge Rivera, respectivamente padre y tío carnal de Alicia Castro Rivera.

Cuando los peones de Narancio (Abraham primero y enseguida Sánchez) arremetieron contra la masonería se toparon con el horcón del medio. Los viejos pelucones que estaban prestos a colaborar con la intervención para “reformular” la Facultad a su gusto no estaban dispuestos a dejarse echar así nomás y amenazaron con renuncias masivas que sumadas al tendal de destituciones que había sufrido la izquierda hubieran causado el colapso de la casa.

Así que Narancio (del que se dice que además de fascista era masón) resolvió recular y permitir que la masonería propusiese un candidato a Decano interventor más potable. De esa negociación surgió “el hermano oscuro”, el masón Luis Sayagués Laso. A este ignoto personaje, menor en edad y microscópico en jerarquía académica, en relación a su hermano mayor, el famoso administrativista Enrique (asesinado en 1965) se le habría propuesto o impuesto por parte del padre y el tío, una mano derecha de total confianza, la brillante estudiante y flamante profesional Alicia Castro Rivera.

Sus compañeros de estudios y correrías estudiantiles, sus amoríos juveniles y amistades, se habían desarrollado con jóvenes frenteamplistas pero ella había sido una cómoda espectadora de las luchas estudiantiles, nunca militó, y tampoco había pertenecido a la masonería en aquel entonces (la apertura de la secta hacia las mujeres fue veinte años después). Como cualquier profesional joven quería poner a prueba trabajando la formación que había adquirido. En 1975 se tenía fe y aunque no tenía necesidades económicas el patrocinio paterno y avuncular hicieron que aceptara de inmediato el trabajo que el nuevo Decano interventor le “ofrecía”.

Pecados capitales, pecados veniales, omisiones, olvidos – A pesar de los esfuerzos para ocultar el pasado o trasvestirlo que realizan todos los días decenas de operadores políticos y especialmente en los medios de comunicación, el pasado está tan encadenado con el presente y el futuro que tozudamente vuelve, una y otra vez, no necesariamente como rememoración sino como sinceramiento de las construcciones que sobre él se han hecho.

Cuando se considera el periodo de la dictadura cívico-militar (1973-1985) se agitan distintos visiones ideológicas y se desencadenan interpretaciones sobre esos años que afectan, de un modo u otro, el pasado que todos nos hemos construido, en forma ingenua y desprevenida o calculadora deliberada. Así se agitan desde “los dos demonios”, a la “existencia de una guerra” y sus “excesos”, el retorno de traidores y el deceso de criminales que son finalmente alcanzados por su conciencia torturada.

Todos los grandes traumatismos sociales desatan mecanismos de defensa diversos a nivel individual y colectivo: represiones y regresiones, negaciones, desplazamientos, etc. Mecanismos cuya función es proteger la integridad de la psiquis del desborde angustiante de los recuerdos y de sus secuelas que, sin exagerar un ápice, se ha comprobado que trascienden por generaciones. Aunque se pretenda una gigantesca operación de borrado, blanqueo, trivialización del pasado, se sabe que efectos diferidos de lo vivido illo tempore se reflejará en nuestros hijos, nuestros nietos y tal vez más allá.

Estos fenómenos no son buenos o malos per se, en abstracto. Se producen y no hay voluntad humana capaz de contenerlos o desviarlos eternamente. Los hechos son porfiados. El pasado se reconstruye porque es la argamasa inevitable del futuro, no solo individual, no solo familiar sino de la especie humana.

En la cuna africana de la humanidad se descubren ancestros homínidos de hace dos o tres millones de años; en España se sigue descubriendo fosas comunes con los restos de los asesinados durante y después de la Guerra Civil hace más de 70 años; en Uruguay un valiente grupo de mujeres consigue denunciar las violaciones y vejámenes a que fueron sometidas hace 40 años y más; muertos vivientes como Amodio o Guldenzoph recuperan el habla.

¿Por qué ahora?_ Porque se trata de un proceso continuo, a veces subterráneo o silencioso pero continúo de construcción/deconstrucción del pasado que es imprescindible para el desarrollo cambiante de la vida. Por otra parte, existe una especie de economía casi indescifrable de la memoria individual y colectiva.
Hablar de la dictadura cívico-militar supone a veces poner el recuerdo, aún imperfecto, en la parte militar del término. Esto supone relegar en cierta forma a los civiles, cientos, tal vez miles, que colaboraron activamente con la dictadura. Algo parecido pasa con los crímenes del terrorismo de Estado casi limitados a las desapariciones, las muertes, las torturas.

Está muy bien concentrarse en eso porque las impunidades prolongadas muchas veces hacen que los culpables desparezcan sin ser juzgados y esto priva a la sociedad del mayor valor involucrado en esos juicios: el saneamiento del futuro. Sin embargo no se puede olvidar que hubo miles de delitos nunca juzgados y mucho menos reparados: persecuciones, latrocinios, penurias y enfermedades inducidas o mal tratadas, autopsias y diagnósticos mentirosos, balances fraguados, negocios fraudulentos, estafas, abusos de todo tipo.

Los adalides de un perdón sin justicia, del olvido, del dar vuelta la página y otros tropos similares libran un combate permanente pero de retaguardia. Es decir, en retirada y cuando aparecen evidencias incontrovertibles ceden a algunos de los responsables más notorios y esto permite que muchos otros culpables escurran el bulto.

Durante los doce años del nazismo (1933-1945) se estima que más de 60.000 hombres y mujeres se desempeñaron como operadores en los campos de concentración y de exterminio, la mayoría de los cuales eran de las SS y aunque la pertenencia a esa organización criminal ya habilitaba a ser juzgado, solamente 630 de estos sujetos fueron sometidos a los tribunales hasta décadas después y únicamente un 8% fue condenado a muerte y ejecutado.


Esto significa que buena parte de los pecados capitales no son considerados, a veces por mucho tiempo; que pocos de los pecados veniales o menores son conocidos o juzgados y que las omisiones y olvidos muchas veces pasan desapercibidas para la sociedad lo que no quiere decir que no haya que considerar las malandanzas menores.

A veces ni siquiera es preciso reclamar justicia porque la conciencia de las personas es una voz que no suele acallarse fácilmente en los infiernos interiores que de un modo u otro resultan inextinguibles. A veces, afortunadamente, quienes tuvieron participación, por acción u omisión, en hechos que causaron perjuicio a otros seres son capaces de regenerarse, de asumir su pasado y superarlo, no por la vía de la negación, la fuga y el ocultamiento sino transformando el dolor y la culpa en fuerzas reconstituyentes. Es un proceso muy difícil y casi imposible de llevar a cabo sin ayuda de algún tipo pero muchas personas lo han logrado

Según parece la Dra. Alicia Castro Rivera sería una de estas personas que, habiendo sido una colaboradora de un Decano interventor a cargo de la despiadada intervención de la Universidad de la República, durante uno de los periodos más duros (1975 – 1977), pudo apartarse y tomar distancia mediante una conveniente beca de estudios en Francia. Ya de regreso podría haber entonado “Tout va tres bien Madame la Marquise” como le cantaban los franceses libres a los colaboracionistas de Vichy en 1943-44.

Se dedicó a la práctica profesional como abogada, en sociedad con una amiga suya pero el estudio no rendía lo esperado. Ambas ingresaron entonces en la judicatura. Para la Dra. Castro se trataría de una carrera rutilante que la ha conducido, sin cuestionamiento alguno, al punto en que ahora se encuentra. Paralelamente desarrolló una labor académica descollante como catedrática y autora.

¿Qué hacían los secretarios de los Decanos interventores? – Dice la Dra. Alicia Castro Rivera que ella no persiguió ni promovió la destitución de nadie. Es posible que eso sea cierto. Sin embargo todos los secretarios de los interventores, en la Facultad de Derecho y en todas las otras Facultades de la Universidad intervenida, que la precedieron y la sucedieron, si llevaron a cabo activamente las acciones de las que ahora la acusan a ella porque se trataba de una política, no de medidas aisladas o discrecionales de cada interventor.

La "declaración de fé democrática" fue uno de los recursos que aplicaron para destituir y/o encarcelar funcionarios en forma arbitraria y apenas solapada. Para eliminar a cientos de docentes, Narancio promovió la no renovación de sus cargos a partir del 31 de diciembre de 1973 sin expresión de motivos. La dictadura sabía que la Universidad le era masivamente contraria.

La intervención sobrevino porque pocas semanas antes se habían celebrado elecciones para las autoridades de todos los órdenes y las listas que apoyaban a la dictadura sufrieron una dura derrota, amplísima entre los estudiantes y muy significativa entre docentes y egresados. Por eso los servicios de inteligencia organizaron una provocación que costó la vida a un estudiante en la Facultad de Ingeniería y con esa excusa destituyeron y detuvieron a las autoridades legítimas y ocuparon militarmente todos los locales. A un número importante de docentes y funcionarios, cuyas listas habían sido elaboradas de antemano, se les impidió el acceso a los locales. A otros se les permitía asistir bajo una estrecha y ridícula vigilancia.

 Al destituir docentes por la vía de la no renovación tendieron a ocultar las destituciones pero no pudieron evitar que cátedras e institutos enteros emigraran al extranjero con todos sus integrantes. En cuanto a los funcionarios técnicos, administrativos y de servicios, se les planteaba otro problema. Estos no podían ser destituidos sin hacerles un sumario para probar su ineptitud, omisión o delito. Varias decenas de funcionarios estaban presos como producto de las razzias y detenciones que se habían dado durante la huelga general que durante 15 días mantuvo en jaque a la dictadura. Estos fueron destituidos rápidamente.

Sin embargo, las listas de indeseables elaboradas por los servicios de inteligencia, incluían a cientos de funcionarios con algún tipo de militancia o que eran considerados votantes de partidos de izquierda, también debían ser destituidos y para ello se desarrolló “la declaración de fé democrática”. Esta era una disposición latente de la dictadura de Terra, en 1933, que obligaba a los funcionarios públicos a declarar bajo juramento que no pertenecían, no habían pertenecido y no pertenecerían a las organizaciones ilegalizadas por el Poder Ejecutivo.

La no presentación perentoria de la declaración implicaba la destitución después de una farsa sumarial. Si alguien que tuviera algún tipo de anotación policial, recabada por los servicios de inteligencia, o como fruto de denuncias anónimas, incluyendo las que hacían los interventores, presentaba la declaración se le destituía por falsedad y eventualmente se le detenía por la policía.

Durante 1974 y 1975 cientos de funcionarios que se negaron a firmar la ilegítima declaración fueron sumariados y destituidos después de haberlos mantenido a medio sueldo desde el 27 de octubre de 1973. Muchos fueron presos y mantenidos sin proceso. Los expedientes de destitución se hacían en una Oficina de Sumarios integrada por un grupo de abogadillos fascistas que operaban en las Oficinas Centrales de la Universidad pero la entrega de los formularios de declaración jurada, la conminación para llenarlos y su recolección corrían por cuenta de los decanos interventores y específicamente de sus secretarios/as administrativos. Estos secretarios confeccionaban y entregaban las listas de los funcionarios que no habían entregado la declaración y se sabe de muchísimos casos en los que agregaban listas de funcionarios que debían ser sumariados porque se los consideraba gremialistas, no afectos a la intervención o poco dispuestos a colaborar.

No eran simples funciones administrativas sino que existía una política de intimidación, persecución y amenazas. La declaración de fe democrática era un recurso engañoso destinado a cubrir las apariencias pero al interior era un garrote que se esgrimía contra todos los funcionarios y se usaba para promover delaciones. Los interventores y sus secretarios administrativos estaban abroquelados en sus despachos instalados en tierra conquistada. Sabían que estudiantes, docentes y funcionarios les repudiaban. No había formalidad y respeto en el trato hacia los miembros de cada Facultad sino prepotencia, soberbia y temor.

Otra actividad generalizada era el suministro de datos de archivo y legajos personales a requerimiento de los S-2 (los servicios de inteligencia) de las distintas unidades de la Fuerzas Armadas. Todo tipo de datos personales, domicilios, composición familiar, historia laboral, liquidaciones de sueldos, etc. eran canalizados a demanda a través del Cnel. Larrauri.

Además de estas actividades, los interventores y sus secretarios administrativos se vieron involucrados en múltiples irregularidades que nunca fueron debidamente investigadas. Por ejemplo, el interventor de la Facultad de Arquitectura, Reclus Amenedo, derivó toneladas de materiales de construcción destinados a ampliación de salones para levantar una casa en un balneario de la Costa de Oro. Su actuación culminó, ya en democracia, cuando se presentó a reclamar el pago de casi diez años de licencias presuntamente no gozadas, aunque se sabía que el personaje desaparecía de la Facultad a mediados de diciembre y no volvía ni de visita sino hasta mediados de marzo o abril del año siguiente. Las autoridades legítimas dispusieron que se le pagara lo que reclamaba, de modo que en el año 1986/87 cobró, en una sola partida el equivalente de entonces a cinco o seis meses de sueldo como Decano (i).

El primer secretario administrativo que se instaló en Arquitectura acompañando a Amenedo era un integrante de las JUP (Juventudes Uruguayas de Pie) y redactor del semanario de Narancio, Azul y Blanco. Este individuo de unos 23 o 24 años de edad había ingresado al SODRE, como radiofonista, en 1972, adonde concurría haciendo ostentación de armas y era vigilante y soplón de un Jefe de Locutores de triste recordación en las radios oficiales, un tal Cammarota.
Este viejo provocador, temulento y agresivo, cuando se producía algún golpe represivo de las Fuerzas Conjuntas, antes de la dictadura – por ejemplo cuando cayó preso Raúl Sendic – hacía traer caña y grappa del bar ubicado en Andes y Mercedes y obligaba a cada uno de los funcionarios, locutores, operadores y administrativos presentes a brindar con él bebiéndose varias copas al tiempo que amenazaba a los renuentes con denunciarlos a Información e Inteligencia.
Su protegido, el joven jupista armado, apareció en Arquitectura junto con Amenedo e inmediatamente instauró su régimen de terror y amenazas. Además reunía un grupo de amigotes de su camarilla de jupistas y hacían francachelas en la Facultad.

Frecuentemente salía de excursión con amigos en una camioneta de la casa de estudios, hasta que en Rocha tuvo un accidente que dañó severamente el vehículo que volvió en camión transformado en chatarra. El colmo llegó cuando un rochense que había sido chocado por el secretario de Amenedo se presentó reclamando el pago de los daños para lo que esgrimía una nota-compromiso del funcionario. Esto fue demasiado, incluso para Narancio, y el secretario fue fulminantemente removido. Se dice que hasta al Esmaco habían llegado quejas sobre las festicholas y la conducta licenciosa y ambigua del sujeto.

Otras Facultades soportaron duplas similares. Humanidades y Ciencias, por ejemplo, recibió al malacólogo Klappenbach como decano interventor. Este era considerado un blando bueno para nada por el propio Narancio pero fue lo único que encontró para una Facultad sobre la que él había desencadenado especialmente su odio vengativo. Para compensar hizo acompañar al zoquete Klappenbach por un secretario salido literalmente de los sótanos de la vieja Facultad, un estudiante de Paleontología que hizo el trabajo sucio para el que no le daba la nafta al decano y además se llevó para su casa aparatos, libros y equipos cuya devolución no consta en lado alguno.

Seguramente la Dra. Alicia Castro Rivera se salvó de tanta degradación al apartarse de la intervención de la Universidad en 1977. Posiblemente haya llegado a enterarse de lo que sucedía con sus colegas en otras dependencias, como los citados, y tal vez eso le haya ayudado a hacer conciencia y tomar distancia. Así por lo menos tanta bajeza y canallería habrá servido a un buen fin y contribuido, a una vida de distancia, a comenzar la redención de una joven brillante e inteligente que ha llegado ahora a ser una jurista destacadísima y una académica sensible y sabia. Festejemos eso.
Por el Lic. Fernando Britos V.

Aplican tests psicológicos a escolares sin consentimiento informado


Frecuentes prácticas abusivas que deben ser denunciadas e impedidas

LOS DERECHOS DE LOS NIÑOS

Fernando Britos V.

La aplicación de tests psicológicos a escolares sin recabar previamente el consentimiento informado de los padres es una grave violación de los derechos de los niños porque los hallazgos que presuntamente se hacen en esas condiciones adolecen de fallas éticas y técnicas descalificantes y pueden acarrear secuelas dañinas.

La falla ética
Desde el colegio citan a la madre para concurrir a una reunión con la maestra de su hijo de seis años que cursa primer año de primaria en la institución. Después de algunas postergaciones debidas a problemas de agenda de las docentes, la reunión se lleva a cabo el primer lunes después de las vacaciones de primavera. Entonces la madre es recibida en un despacho por la maestra de su hijo y la psicóloga del colegio.

La reunión no fue promovida por mi, aclara de entrada la docente, sino por la psicóloga. De inmediato esta aborda el motivo de la convocatoria: a su niño se le ha aplicado el test de Bender y han salido a luz “problemas emocionales” por lo que desean saber si los padres los han notado o si en la vida familiar se han producido hechos que pudieran causarlos.

Según se desprende de esta declaración primaria (que dicho sea de paso está grabada) el test psicológico, que Lauretta Bender pergeñó hace ochenta años, podría haber sido aplicado, colectivamente, a todos los niños de primer año. Aunque los criterios empleados para utilizar una u otra técnica psicológicas y para determinar a que niños se aplican nunca fueron explicitados.

La madre del niño en cuestión, que es una profesional universaitaria bien informada (aunque no sea psicóloga) preguntó enseguida con que autorización se había aplicado un test psicológico a su hijo. Sin lugar a dudas resultó una pregunta inesperada para la psicóloga y después de un silencio prolongado vino la respuesta: se trataba de “un procedimiento rutinario para ayudar a los niños”, “el colegio lo autorizaba y de todas maneras la situación no era para preocuparse porque la psicomotricidad del niño era muy buena” y se intentaba “determinar los problemas emocionales que según el test lo estaban afectando”.

¿Qué respuesta esperaba la psicóloga del colegio?_ Una de dos o la madre debía haberse manifestado preocupada preguntando que recomendaba la profesional para superar los “problemas del niño” o una respuesta evasiva, en el sentido de negar que hubiera “problemas” y alguna manifestación para relativizar “los resultados del test”.

Seguramente no habían previsto un cuestionamiento ético (y también técnico como lo veremos enseguida) acerca de la violación de los derechos infantiles que se produce cuando se efectúa una intervención sobre la psiquis o el cuerpo de un niño pequeño sin el imprescindible y previo consentimiento informado que, en este caso, debe ser el de los padres, tutores o adultos que se encuentren a cargo del menor.

Ningún colegio y si vamos al caso ningún director, docente o responsable de una institución puede autorizar genéricamente la realización de intervenciones psicofísicas sobre los niños que no tienen nada que ver con la tarea pedagógica. Está claro que aplicar tests psicológicos sin autorización paterna, como lo sería también y por ejemplo extraer sangre para pruebas de glicemia, aplicar vacunas, obtener muestras de orina o efectuar interrogatorios o encuestas para obtener de los menores cualquier tipo de información sin relación directa con finalidades pedagógicas o requisitos curriculares, es una violación ética totalmente injustificable e implica menoscabo a los derechos de los niños en tanto personas que deben ser protegidas, amparadas, representadas y tuteladas por sus padres o personas debidamente encargadas por la justicia de familia en defecto de los primeros.

Dicho en otras palabras, las instituciones educativas a las que son confiados niños, adolescentes y en todo caso menores de edad, no son omnipotentes en su esfera de acción y, por el contrario, deben ser extraordinariamente cuidadosos para no incurrir inadvertidamente en abusos y violación de derechos. En el caso de ser deliberados, dichas conductas soberbias son dolosas, independientemente de los fines o propósitos que se aduzcan para ponerlas en práctica. Por ejemplo, que “las intervenciones se autorizan para propender al bienestar o la salud de los pequeños”, “para llevar a cabo investigaciones científicas con el objeto de mejorar las condiciones de enseñanza aprendizaje”, etc. son pretextos inadmisibles e incapaces de encubrir la omisión fundamental: no se ha solicitado y obtenido previamente el consentimiento informado de los padres o tutores.
El consentimiento informado es uno de los principios básicos de la bioética. Nunca puede ser soslayado como tampoco se puede dar por cumplido cuando no ha sido otorgado expresamente por quienes tienen la obligación de hacerlo en razón de los deberes de la patria potestad, o si se lo ha “obtenido” bajo la modalidad de engaño que es la de suponer consentimientos basados en la ignorancia y no en la información debida. Esta información, que es la condición esencial para la validez del consentimiento, debe ser previa, amplia, suficiente y brindada en lenguaje sencillo, explicando no solamente las virtudes o beneficios que se atribuyen a la intervención (en este caso sobre la psiquis de los niños) sino en relación con su inocuidad, sus limitaciones y eventuales efectos adversos o desconocidos para los profesionales.

Aunque se cumplan todas estas condiciones, las escuelas, colegios o cualquier tipo de institución de enseñanza no son entidades asistenciales y aun si cuenten con “gabinetes psicológicos” o psicólogos de planta, no pueden administrar tests psicológicos al barrer, dando por supuesta una autorización que nunca obtuvieron. Tampoco pueden desconocer o ignorar las consecuencias potencialmente dañinas de esas intervenciones, tanto sobre los niños como sobre sus familias.

Más delicado es el caso de los psicólogos que trabajan en colegios y que, legalmente, son los únicos profesionales habilitados para administrar tests psicológicos y otras herramientas de la profesión. Estos profesionales no pueden ignorar que el consentimiento informado y la devolución oportuna y adecuada son condiciones esenciales para una práctica ética y eficaz. La aplicación indebida de tests psicológicos y otras intervenciones similares sobre los escolares no es un problema de intenciones, buenas o malas, sino una omisión grave en materia de responsabilidad profesional.

Se puede considerar que los psicólogos que aplican tests psicológicos en los colegios - sin recabar el consentimiento informado de los padres y sin respetar otros requisitos de la bioética que no desarrollaremos ahora – están animados del mejor espíritu de hacer el bien a los pequeños y de contribuir al esfuerzo pedagógico. Sin embargo, la grave omisión señalada echa por tierra las buenas intenciones y causa perjuicios concretos (es decir no genéricos o abstractos) a los niños, a sus padres, a los docentes y por fin a la institución para la que trabajan.

La falla técnica

Ahora bien, supongamos que el colegio dirige una comunicación a los padres anunciando que se va a aplicar determinado test psicológico a sus hijos, señalando cuál es la técnica empleada, cuáles son sus objetivos, cuáles sus virtudes y cuáles sus limitacionesy cómo se hará la devolución de resultados, y solicitando en respuesta una autorización por escrito (como lo hacen habitualmente para salvar responsabilidades en ocasión de paseos o salidas del colegio).

Aunque se dieran esas condiciones subsistiría un problema que actualmente es prácticamente insalvable: cualquier técnica que se emplee debe estar respaldada por investigaciones científicas que demuestren que se trata de procedimientos válidos y confiables. La validez quiere decir, en términos generales, que la técnica, un test o una batería de tests psicológicos, realmente evalúa lo que dice evaluar con un grado de certeza ampliamente superior al que se podría obtener al azar. La confiabilidad quiere decir que la técnica es consistente porque sus resultados son razonablemente equiparables en aplicaciones sucesivas.

Aquí aparece un cuestionamiento mayor. A los efectos de nuestro análisis podemos dividir a los tests psicológicos en dos grandes tipos: los que evalúan destrezas o aptitudes (por ejemplo, habilidades de lecto-escritura, psicomotricidad, acuidad visual y perceptiva y los llamados tests de inteligencia) y los que pretenden diagnosticar la personalidad de las personas y eventualmente pronosticar su conducta futura. Dentro de estos últimos se encuentran tests o pruebas llamadas proyectivas porque parten de la muy discutible afirmación de que en respuesta a estímulos abstractos (figuras geométricas como en el Bender, manchas de tinta como en el Rorschach, dibujos difusos como en el TAT, el CAT o el TRO o Test de Phillipson, colores como en el test de Lüscher, etc., etc.) los sujetos “proyectarán” en forma inadvertida aspectos de su psicología profunda (sus ansiedades, temores, fantasías, impulsos, etc.).

Lo que sucede es que tratándose de algo tan complejo como la personalidad humana, sobre la que no existe una definición unívoca y consensuada, la estandarización de los resultados de estos tests es virtualmente imposible. En otras palabras, la interpretación de los resultados es subjetiva y a pesar de los enormes esfuerzos que se han realizado no hay tests proyectivos cuya validez haya sido científicamente respaldada. En el mejor de los casos, en manos de un psicólogo con mucha experiencia clínica y psicométrica, un test proyectivo, formando parte de una batería de tests y otras técnicas (por ejemplo, entrevistas y dibujo libre, etc.) puede dar indicios o tendencias que nunca son suficientes por si solos para dar cuenta de la problemática estudiada.

El test de Bender, que su autora denominó “test guestáltico visomotor” se basó en las investigaciones sobre percepción que el psicólogo Max Wertheimer desarrolló en la década de 1930. Consiste en un conjunto de nueve tarjetas con dibujos geométricos de linea, en blanco y negro, representando figuras, lineas sinusoidales, conjuntos de círculos, etc. Las tarjetas son presentadas de a una al sujeto dado que la administración prevista es individual y el técnico solicita que sean copiadas con lápiz, tan precisamente como sea posible (se puede usar goma de borrar) en una hoja de papel tamaño carta o A4. La idea de la psiquiatra Lauretta Bender era que la calidad de la reproducción daría cuenta de la percepción y la psicomotricidad y accesoriamente de algunos retardos y desórdenes importantes. Fue una prueba desarrollada en un contexto de clínica psiquiátrica con pacientes adultos y niños de la Dra. Bender.

El objetivo de este test no verbal era examinar la función guestáltica visomotora, su desarrollo y sus regresiones. Bender llevó a cabo sus investigaciones en el Hospital Bellevue de Nueva York para determinar el retardo mental, la pérdida de funciones y los defectos cerebrales orgánicos en sus pacientes adultos y niños desde los cuatro años en adelante. El test pretendía explorar la maduración en niños y adultos deficientes y especialmente la patología mental infantil, como por ejemplo las demencias, oligofrenias y neurosis, las afasias y demencias paralíticas, el alcoholismo, las psicosis y la esquizofrenia.

En las últimas décadas el Bender pasó a ocupar un lugar muy secundario en la determinación de lesiones cerebrales o defectos orgánicos de la psiquis pues de estos fenómenos pueden dar cuenta más precisa técnicas como la electroencefalografía o la resonancia magnética. Al mismo tiempo se agudizó la tendencia a utilizar este test de orígenes clínico-patológicos como una instrumento para explorar la personalidad en estados no patológicos.

Actualmente los técnicos no pueden ignorar que el uso extensivo de estas herramientas originadas en la clínica tiende a “psiquiatrizar” los resultados y a la proliferación de diagnósticos que mucho después se catalogan como “falsos positivos” de desórdenes severos como el autismo, la esquizofrenia y cuadros psicóticos en sujetos que no padecen otra cosa que estados comunes y circunstanciales. Dichos estados, bajo la óptica psicopatológica de ciertos tests, derivan en diagnósticos y decisiones de tratamiento impertinentes e incluso peligrosas.

El rigor de Bender en cuanto al procedimiento podía no estar justificado como no lo estaban muchas de sus polémicas prácticas terapéuticas por las que fue conocida como “la reina del electroshock”. Durante décadas esta psiquiatra infantil aplicó empecinadamente terapias electroconvulsivas a niños pequeños, sin obtener resultados positivos pero con secuelas devastadoras para las víctimas. Extender livianamente la aplicación de su test al conjunto de la población carece de respaldo serio y de investigaciones que avalen su validez. En otras palabras, el uso del test de Bender como prueba proyectiva extra clínica, capaz de arrojar resultados que sustenten interpretaciones sobre la personalidad de los niños, es subjetivo e irresponsable aunque se hayan respetado las condiciones de aplicación previstas por la autora. Esta es una falencia técnica imperdonable.