domingo, 24 de junio de 2012

Ébano y marfil


El abismo de las soluciones simples y los problemas complejos
ÉBANO Y MARFIL
Lic. Fernando Britos V.
Miel y limón - Hace exactamente treinta años Stevie Wonder y Paul McCartney cantaban la meliflua balada Ivory and Ebony que, en su momento, vendió muchos discos y figuró por siete semanas a la cabeza del ranking estadounidense. Después, con el correr de los años, pasó a revistar en la lista de las cien peores canciones de los últimos tiempos. El tema jugaba con una vieja idea: las teclas blancas y negras del piano eran imprescindibles para la armonía musical y estos destacados exponentes de la canción pop lo escenificaron a dúo como una especie de alegato edulcorado acerca de la armonía racial.
Lejos parecían estar los tiempos del Black Power y la foto más famosa de cualquier Olimpíada, hasta el momento, cuando en el podio de México 68 Tommie Smith y John Carlos con las medallas de oro y de bronce en sus pechos levantaron sus puños enguantados de negro y mantuvieron bajas sus cabezas. Los dos atletas negros que habían ocupado el primer y tercer lugar (oro y bronce) en los 200 metros llanos contaron con el activo apoyo de su colega australiano blanco Peter Norman (plata) que no levantó el puño pero también lucía la insignia del Black Power y se había pronunciado públicamente contra la discriminación racial en Australia.
Poco se recuerda la persecución y el odio duradero que se desató contra estos tres grandes atletas. Al australiano Norman (1942-2006) se le prohibió actuar en cualquier actividad olímpica posterior pese a que en 1971 y 1972 marcaba tiempos espectaculares en su especialidad. Siguió corriendo y jugando al fútbol pero fue vetado por la autoridades y los medios que lo consideraban un traidor. Recién en el 2000 recibió una invitación protocolar para presenciar la inauguración de los Juegos Olímpicos que se desarrollaban en Sidney. Murió de un ataque al corazón, depresivo y alcoholizado. Sus compañeros de aquel podio extraordinario llevaron el féretro y le rindieron homenaje durante su sepelio en Melbourne.
Smith y Carlos nunca pudieron volver a correr y fueron expulsados de la Villa Olímpica, recibidos como delincuentes, perseguidos y amenazados de muerte. No consiguieron trabajo durante muchos años. Smith, por ejemplo, lavaba autos en un estacionamiento hasta que el dueño se enteró de quien era su peón y lo echó. La esposa de Carlos, que había proporcionado los guantes negros, terminó suicidándose debido a las insoportables presiones que sufrieron.
Atletas y militantes sobrevivieron hasta hoy como entrenadores y en los últimos años han recibido premios y distinciones. Sin embargo no han abandonado sus principios. Carlos, por ejemplo, volvió a levantar su puño en octubre del año pasado durante un discurso que hizo en Ocupar Wall Street (entre otras cosas dijo: “estamos aquí 43 años después porque hay una lucha que todavía debe ganarse. Este día no es para nosotros sino para nuestros niños del porvenir”).  
En estos momentos, en el Parlamento de nuestro país circula una iniciativa para asignar un porcentaje de cargos en la administración pública a los “afrodescendientes” y esto obliga a pensar muy bien si la cuotificación o la llamada “acción afirmativa” con base en medidas aisladas es capaz de contribuir en forma sencilla a resolver un problema complejo: el de la discriminación o postergación de ciertos sectores de la población.
Como todas las propuestas simples a ésta debe reconocérsele cierto mérito y el riesgo del abismo del reduccionismo que se abre ante quienes las promueven como solución a problemas complejos. El tema admite (por no decir exige) enfoques de variable profundidad y amplia pluralidad.
El encanto de la diversidad – La diversidad de los humanos siempre ha sido fascinante aún reconociéndola como una forma de las variaciones que presenta la vida en el planeta Tierra. La capacidad de observar, el impacto de nuevas tecnologías y el desarrollo de la ciencia acrecientan esa fascinación.
Los viajes, las comunicaciones, reales y virtuales, nos permiten establecer un contacto mucho mayor con los demás 7.000 millones de seres humanos y en cierto sentido más intenso que cuando el planeta estaba poblado por algunos cientos de miles de individuos en el Paleolítico.
Ver no implica automáticamente comprender pero es un primer paso y sobre todo alimenta, como nunca antes, la fascinación que ejerce la diversidad sobre los humanos que son, como es sabido, los más curiosos de los primates.
Ahora sabemos que los ancestros de nuestra especie (el Homo Erectus) surgieron en África Oriental hace medio millón de años. Las teorías paleoantropológicas que explican el origen de los humanos coinciden en este punto. Todos los Homo Sapiens somos “afrodescendientes”.
A partir de esa hipótesis bien asentada existen dos teorías que tienen sus defensores y evidencias de respaldo: el Modelo de la Continuidad Multiregional por el que se sostiene que los Homo Erectus se dispersaron por buena parte del mundo (Asia, Europa, Oceanía) y en distintos puntos surgieron los Homo Sapiens cuyas características diferenciales más notorias se deberían en general a una adaptación a las condiciones ambientales y se habrían fijado por selección natural.
El Modelo Out of África (proveniente de África) sostiene que el Homo Sapiens surgió en África hace unos 500.000 años y que gradualmente, desde hace unos 100.000 o 120.000 años empezó a salir del continente africano hacia el Medio Oriente y para extenderse por Europa, Asia, América del Norte, Central y del Sur. Según este modelo, por ejemplo, los primeros Homo Sapiens en lo que hoy es nuestro país habrían llegado, como mucho, hace 12 o 15.000 años.
La genética y particularmente el análisis del ADN mitocondrial (que se trasmite exclusivamente por las mujeres) nos remite a todos a una “madre africana”: la Eva mitocondrial que habría vivido en África hace medio millón de años. Una de las características del material genético que se trasmite de unos individuos a otros generación tras generación no es su inmutabilidad sino su cambio. Estas mutaciones se van incorporando a las cadenas del ADN, han sido identificadas, se sabe cuando aparecieron y de esta manera es posible hacer una genealogía genérica de toda la humanidad estudiando unas gotas de sangre de cada individuo.
Los científicos chinos eran partidarios del modelo de continuidad multiregional (apoyándose en fósiles humanos muy antiguos, el llamado “hombre de Pekín” y el “hombre de Java”) de modo que consideraban que en buena parte de Asia, el Homo Erectus salido de África había evolucionado a Homo Sapiens con las características que hoy les conocemos. Sin embargo, cuando se perfeccionó la técnica del análisis y datación de las mutaciones del ADN mitocondrial hicieron decenas de miles de análisis de sangre de sus compatriotas, de las diversas etnias que conviven en China y descubrieron que los H. Sapiens del Oriente, contrariamente a su creencia, habían llegado de África como tales.
Desde que los europeos empezaron un ciclo de expansión colonialista, desde el siglo XV hasta alcanzar su apogeo en el siglo XIX, los viajeros, descubridores, conquistadores y posteriormente los científicos se dedicaron a describir y calificar las características externas de los pueblos que encontraban: el color de su piel (negros, rojos, amarillos, blancos, etc.), su contextura física, su rostros, su pelo, su vestimenta, sus costumbres.
También fue la edad de oro de la antropometría: se medía el cubicaje craneano y se forzaban los datos para establecer lo que se quería creer: la superioridad de los europeos, y especialmente los europeos septentrionales, en relación con otros pueblos y culturas. Se justificaba así, en forma más o menos indiscreta, la explotación, esclavización y dominación de otros seres humanos que era la base del colonialismo y el imperialismo. Pero no hay que olvidar que esas clasificaciones no solamente operaban para discriminar a los colonizados sino a las clases y sectores dominados de sus propias sociedades: los pobres de la ciudad y del campo, las mujeres, los campesinos, los enfermos, los más débiles.
 Estos prejuicios propios de las justificaciones pseudocientíficas siempre han tenido que ver con el poder, la discriminación como sustento de la dominación y la explotación y algunas de los peores males de las sociedades humanas: la explotación de unos seres por otros, la xenofobia, el miedo y el rechazo de las diferencias, el racismo, el sexismo, la limpieza étnica, las persecuciones, los pogromos, las masacres, los genocidios.
El estudio de la diversidad humana muestra la perversidad de la eugenesia (acuñada por Galton en 1883) que procura el “mejoramiento de la raza” promoviendo la procreación de los “mejores” y la exclusión de los “inferiores” y la monstruosidad de los genocidios y de los apartheid. De la misma manera en que sabemos que África fue la cuna de la humanidad, sabemos también que las diferencias externas entre los humanos son absolutamente mínimas desde el punto de vista genético.
Compartimos un alto porcentaje del material genético con seres que consideramos muy inferiores, por ejemplo gusanos, y que estamos mucho más cerca de los gorilas que de los chimpancés como se creía antes de la secuenciación del genoma de los grandes simios. Lo cierto es que entre un ser humano y un chimpancé hay menos diversidad genética que entre dos chimpancés y aún las diferencias genotípicas entre los humanos son mucho menores. En general, la variabilidad genética entre individuos de dos poblaciones humanas diferentes es menor que la que se registra entre dos individuos de la misma población.
Por eso la genética no sustenta el racismo. No lo hace porque la variabilidad genética es insignificante y porque las variaciones del fenotipo, es decir los rasgos externos de los individuos, no tienen relación unívoca con el genotipo. Las características externas pueden responder a un conjunto de materiales genéticos, a diversos genotipos. Ningún caso los rasgos externos, que efectivamente existen, pueden ser interpretados como superioridad o inferioridad absoluta o relativa entre poblaciones o individuos.
Uno de los problemas que enfrenta la cuotificación del empleo, de la representación parlamentaria o de la igualdad de oportunidades, cuando se trata de grupos étnicos o raciales, es la determinación exacta de la categoría. En este caso la categoría afrodescendiente. ¿Qué grado de ascendencia y cómo se comprueba? Si la determinación se hiciese por rasgos externos (color de piel, cabello, rasgos faciales, etc.) sería muy poco confiable o imposible con un grado de certeza apenas aceptable y la determinación genética es igualmente precaria. Partamos de la base de que no existen poblaciones genéticamente homogéneas inclusive en países relativamente “cerrados” como Japón y de que América Latina es, especialmente, un continente de fusión demográfica.
Desde este punto de vista, el establecer un umbral que separe a los “afrodescendientes” de quienes no lo son es muy difícil y puede generar grandes injusticias. Por otra parte, la búsqueda de indicadores raciales “objetivos” conlleva la infame marca de la sociobiología, el determinismo biológico y junto con ellos las formas más cruentas de discriminación y persecución.
Esta dificultad no tiene nada que ver con el derecho inalienable que tienen todos los seres humanos a considerarse integrantes de determinada categoría, clase, etnia o grupo humano, a proclamarse orgullosos de ello y a defender sus derechos y valores culturales siempre que esto no implique avasallamiento o menoscabo de los derechos de otros colectivos.
Definiciones de la discriminación - Un segundo problema radica en que los grupos, colectividades, clases y etnias que la sufren discriminación suelen ser numerosos. En Canadá, por ejemplo, el Estado ha determinado la existencia de cuatro grandes categorías que se considera son víctimas de la discriminación: las mujeres, los discapacitados, los aborígenes y las minorías visibles. Resulta sencillo concluir que los grupos humanos discriminados son muchos más. Este fenómeno complica enormemente la eficacia de las cuotas como medida para remediar los efectos malignos de la discriminación.
La discriminación adopta muchas formas pero todas ellas incluyen alguna forma de exclusión o rechazo. Entre los humanos existen diferencias y desigualdades. Las primeras deben ser asumidas y las segundas deben ser eliminadas o superadas. La discriminación estigmatiza lo diferente y sirve a la preservación de las desigualdades.
Sin ánimo taxativo hay que mencionar la discriminación racial o étnica que se basa en diferencias reales o percibidas como tales. Existe asimismo una discriminación basada en la nacionalidad o el origen de las personas. También hay una discriminación por sexo, género e identidad de género que se apoya en estereotipos de género. La discriminación étnica y la nacionalista muchas veces se suma o complementa con la discriminación religiosa y la discriminación por la lengua que se emplea as{i como con la xenofobia. La discriminación clasista refuerza el poder de una clase, casta o estamento dominante sobre el resto de la sociedad. La discriminación laboral, es decir la privación del derecho a un trabajo digno se combina y manifiesta bajo la forma de acoso moral en el trabajo, acoso sexual, discriminación por edad y por sexo, discriminación de los discapacitados.
La discriminación juega un papel económico, social, político e ideológico en las sociedades humanas. Sirve para reforzar la dominación y el control y para abaratar costos y justificar la superexplotación de los menos favorecidos y de los más débiles. Desde el punto de vista social, político e ideológico, pueden distinguirse formas más cruentas y brutales de discriminación y otras más sutiles.
En las sociedades contemporáneas no hay necesidad de perjudicar a alguien para discriminar. Un ejemplo son las donaciones especiales o los subsidios diferenciales cuando producen o acentúan la distribución regresiva del ingreso. De este modo, se puede disponer un subsidio para todas las personas que, sin embargo, sea menor en el caso de algunos grupos. Asi, todos reciben algo pero las desigualdades se refuerzan. Naturalmente el igualitarismo absoluto es también una forma de discriminación al no tener en cuenta las condiciones concretas y la historia de los distintos grupos o clases.
La discriminación requiere catalizadores ideológicos justificantes y estos son el miedo, el odio y la desconfianza. Los temores a lo diferente, a los desposeídos, a los migrantes, a presuntos invasores, a las enfermedades, a ciertos grupos étnicos u organizaciones políticas o religiosas, a los habitantes de ciertos barrios o regiones, han sido un ingrediente fundamental de las formas extremas de discriminación  y terrorismo de Estado junto con los estereotipos y los prejuicios.
La cuotificación, es decir la asignación de cupos preferenciales para ciertos grupos identificados como víctimas de discriminación se aplica en algunos países para la educación, la vivienda, el empleo pero es muy discutida y sus efectos han resultado muy difíciles de demostrar.
Como parámetro es complicada la promoción de la cuotificación a favor de uno o algunos de los grupos discriminados dejando de lado a los demás  y mucho más difícil si se trata de una medida aislada que no forma parte de un conjunto articulado y sustentado en información demográfica, sociológica, antropológica y psicológica actualizada acerca de la problemática social.
Los afrodescendientes han sufrido y sufren discriminación pero además de alguna información demográfica hay pocos estudios acerca de las características concretas que aquella está presentando en el Uruguay. Las Naciones Unidas han definido a la discriminación racial como cualquier distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en la raza, el color, la ascendencia, el origen nacional o étnico, que tenga el propósito o el efecto de anular o perjudicar el reconocimiento, disfrute o ejercicio de los derechos humanos basados en la equidad y las libertades fundamentales en materia política, económica, social, cultural o en cualquier otro ámbito de la vida.
La senda de la justicia – De últimas un análisis de las experiencias de distintos países demuestra que la clave para combatir la discriminación radica en la articulación de las medidas que se adopten a favor de la justicia y la equidad, de recuperación de la solidaridad y la reconstrucción de la trama social del país. La superación de las desigualdades es fundamental. En ese sentido, desde el comienzo de la crisis estructural del país, en la década de los sesenta del siglo pasado y hasta marzo del 2005 poco se había hecho para evitar la destrucción de la trama social.
Por el contrario, la dictadura (1973 -1985) sembró violencia, odio y terror que fueron fundamentales para la proliferación de todo tipo de injusticias y discriminaciones. Los gobiernos de Sanguinetti, Lacalle y Batlle, con su orientación neoliberal agudizaron la terrible herencia, preservaron la impunidad, los primacía del mercado, es decir de los intereses más regresivos que no por casualidad o simple coincidencia fueron los promotores de las distintas formas de discriminación, racial, social y cultural que nos afligen.
Medidas que se produjeron desde el 2005, como la significativa reducción de la indigencia y la pobreza, el desarrollo del Sistema Nacional Integrado de Salud, el Plan Ceibal, la creación de empleo y la disminución de la desocupación, el desbaratamiento de la impunidad de la que gozaban los perpetradores del terrorismo de Estado, la reparación a las víctimas, las mejoras en la calidad de vida de todos los uruguayos y en particular de los más modestos, son la mejor contribución a la lucha contra todas las formas de discriminación y la reparación de los daños que ellas produjeron. Otras medidas que vendrán como la despenalización del aborto, la profundización de la equidad en materia tributaria, el saneamiento del sistema carcelario, consolidarán este proceso de mejora que, sin embargo, entraña todavía enormes desafíos.
Este marco general no resuelve completamente el enfrentamiento a las distintas formas de discriminación. Por eso mismo, los casos de discriminación deben ser denunciados y será preciso tomar medidas correctivas y preventivas específicas. Lo que debe quedar claro es que es establecimiento de cuotas, por si solo, posiblemente no llegue a ser un aporte adecuado.

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