viernes, 30 de noviembre de 2012

Taller sobre acoso moral



PRINCIPIOS AUSPICIOSOS Y CAMINOS ABRUPTOS
La Udelar empieza a moverse para prevenir y erradicar una de las formas más ominosas de violencia institucional: el acoso moral
Lic. Fernando Britos V.
Desde los trabajos pioneros de Heinz Leymann, hace treinta años, hasta los más recientes de Iñaki Piñuel, pasando por las obras de Marie-France Hirigoyen y los casos que hemos descripto y denunciado en Uruguay, se sabe que el acoso moral es una de las formas de violencia más comunes y un flagelo cuya incidencia es muy frecuente en las instituciones de enseñanza y especialmente en las universidades públicas.
Sucede que el acoso es una forma de violencia solapada, abominable, vergonzante y su abordaje teórico figura, por lo común, entre los temas tabú, políticamente incorrectos, al tiempo que su mera existencia es sencillamente inadmisible. Esto se debe a que la sola admisión de la posibilidad de que casos de acoso moral hayan sucedido, estén sucediendo o puedan suceder en una institución de tan elevados fines y valores éticos como una universidad resulta sencillamente insoportable para muchas personas.
En los últimos tiempos, prácticamente desde diciembre de 2011, el acoso moral ha empezado a ponerse sobre el tapete, en forma incipiente, tímida y tangencial, en la  Universidad de la República. Por ahora se trata de charlas y talleres impulsados desde la Comisión de Derechos Humanos de A.F.F.U.R (el gremio de los funcionarios no docentes) y del Programa Central de Salud Mental (P.S.M) radicado en el Servicio Central de Bienestar Universitario.
El 28 de noviembre las actividades del año de este programa culminaron con un taller denominado “Acoso moral en la Udelar, ¿cómo intervenir?”. Se trata, sin lugar a dudas, de un gran y auspicioso esfuerzo que requiere un apoyo redoblado. Para ello hay que prestar atención a las palabras inaugurales de la Asistente Social, Lic. Teresa Dornell, coordinadora del P.S.M.  Esta docente reconoció que la audiencia y participación se limitaba a los funcionarios no docentes, que muchos de sus colegas no se consideraban trabajadores públicos y por lo tanto se pensaban inmunes al acoso moral y que algo parecido sucedía con los estudiantes que siempre fueron una fuerza justiciera e innovadora en la Universidad.
Esta lúcida advertencia de Dornell no implica desaliento pero no debe ser pasada por alto. Nuestra explicación empieza a partir de una contextualización del acoso moral. Por lo común, las primeras aproximaciones al tema son de tipo asistencial: se trata de ayudar a la o las víctimas del acoso moral y en este terreno hay varias modalidades o procedimientos para materializar esta ayuda solidaria y ya volveremos sobre esto más adelante. Después se trata de identificar a los acosadores y existe una fuerte tendencia hacia la tipificación tanto de las víctimas como de los perpetradores. Sin embargo, queda poco claro el papel que juega el entorno, es decir los cómplices por acción o por omisión y sobre todo la organización del trabajo que hace posible la incidencia del acoso moral.
La experiencia demuestra que las organizaciones pasan por tres etapas, a veces consecutivas, a veces simultáneas. La primera siempre es la negación: en esta institución no existe el acoso moral; lo que se dice acoso moral se reduce a problemas interpersonales; somos muy amplios, transparentes, democráticos; aquí no existen conflictos de intereses, no hay curias de poder, no hay patronales, no hay explotación, no existe el sufrimiento en el trabajo; en esta organización no se aplican los principios gerenciales y tecnocráticos del neoliberalismo, hay equidad perfecta y respeto por los derechos de todos.
La segunda etapa es la banalización del fenómeno : hay problemas pero son excepcionales, producto de individuos desviados, acosadores circunstanciales y equivocados, acosados con problemas de salud (de salud mental), vulnerabilidad y baja autoestima; la organización no necesita ser corregida, la organización es perfectible pero únicamente en el sentido gerencial del término (“separar el timón de los remos”, “evitar el conflicto”,  “hacer énfasis en la satisfacción en el trabajo”, “establecer mecanismos de conciliación o mediación obligatoria”, “hacer consultas pero evitar la participación de los asalariados en las decisiones que les afectan”, “pensamiento positivo”, etc.).
La tercera etapa es la conocida como la de “matar al mensajero de las malas noticias”. Es la etapa de las acciones excluyentes cuando la negación y la banalización han resultado insuficientes para impedir que los casos de acoso moral sean sofocados, negociados u ocultados. Naturalmente lo que las organizaciones frecuentemente desarrollan en esta etapa es una fuerte ofensiva que se encuadra en los límites de la violencia institucional y que, en casos muy excepcionales, puede llegar a la agresión abierta o la eliminación de quienes denuncian o exponen los casos que se trata de ocultar. El caso más flagrante de “acción aversiva y disuasoria” es el desarrollado por el Vaticano, a instancias del papa Juan Pablo II, hacia quienes efectuaron denuncias contra sacerdotes pedófilos. Las instrucciones que recibió la jerarquía eclesiástica en Estados Unidos, Gran Bretaña, Irlanda, eran no negociar con los denunciantes sino denunciarlos penalmente a su vez y levantar todo tipo de cargos contra las víctimas.
Las iniciativas que se están empezando a promover en la Udelar para identificar y prevenir el acoso moral son ciertamente auspiciosas pero parecen estar transcurriendo aún por la etapa organizacional de la negación. Todo indica que para avanzar no bastará con multiplicar los talleres y charlas sino que será preciso dar un salto en la conciencia del colectivo acerca de la incidencia del acoso moral, a partir de un análisis impostergable, público y respetuoso de los casos reales que están sucediendo y de una consideración temprana de las denuncias que se formulan.
Es preciso tener en cuenta que la clave del acoso moral radica en su carácter solapado, alevoso, sostenido. Los primeros en percibirlo pueden ser los compañeros de las víctimas y son ellos los que deben ser alentados y respaldados para impedir el aislamiento de los acosados. Los psicólogos, los asistentes sociales, los abogados, los médicos, que pueden y deben hacer una contribución importante en los casos de acoso moral suelen “llegar tarde”.
Sin embargo, el punto clave parece ser el esclarecimiento de la vinculación que existe entre el acoso moral y otras formas de violencia institucional con los dilemas éticos que suelen presentarse en la enseñanza universitaria y la investigación científica. Por ejemplo, los estudiantes pueden percibir claramente como hay ciertas formas de “explotación” de su trabajo y de plagio que están directamente emparentadas con los fenómenos del acoso incluyendo no solamente el acoso moral sino el acoso sexual, la discriminación de género y otros flagelos.
Son caminos abruptos, no desprovistos de riesgos e incertidumbres pero prometedores y los universitarios uruguayos están probando ser capaces de recorrerlos.

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