jueves, 19 de enero de 2012

Lecturas veraniegas

LA SENDA DE LAS LÁGRIMAS
Lic. Fernando Britos V.
El verano es bueno para lecturas extraordinarias y para descubrimientos o reencuentros que nos impulsan a compartir. Aunque no parece que se haya estudiado la reseña de libros como fenómeno estacional creo que su frecuencia aumenta a la sombra de los árboles. Aquí va una muestra.
“La senda de las lágrimas: la historia de la remoción de los indios norteamericanos, 1813 - 1855”  (The Trial of Tears)[1] no es de reciente edición y hasta donde sabemos no ha sido traducido al español. La antropóloga estadounidense que lo escribió  investigó y documentó cuidadosamente una parte de la historia de nuestro hemisferio que la mayoría de los uruguayos ignoramos o, simplemente, reconocemos a través de una visión literaria, cinematográfica o televisiva tangencial y fuertemente sesgada. Lo que es más importante, la relató sin remilgos, en forma conmovedora y mordaz. Es de esos libros que se empiezan y se terminan en una noche.
Si uno apela a la memoria inmediata posiblemente  recuerde a  “El último de los mohicanos”[2], los dibujitos de Pocahontas[3] y sobre todo a alguna de las recreaciones de la masacre de Wounded Knee[4].
Pocos se acuerdan de ”La última frontera”,  un clásico de Howard Fast[5] que relató la gesta de los cheyennes, en 1859, conducidos por Cerdo Salvaje y Cuchillo Lento, que consiguieron refugiarse en Canadá, con mujeres, niños y ancianos, después de abrirse paso entre y contra ejércitos que les decuplicaban en número, armamento y capacidad de movimiento.
Sin embargo, estos últimos son episodios de la segunda mitad del siglo XIX. Precisamente “La senda de las lágrimas” arroja luz sobre “el amargo relato de los tristes acontecimientos que condujeron inexorablemente a la masacre final de Wounded Knee” (1890).
Con impecable documentación la antropóloga Jahoda produjo un apasionante y detallado  relato acerca de la forma en que la expansión de los blancos, a partir de la costa Este de los Estados Unidos, desplazó violentamente a más de cincuenta tribus indígenas hacia el Oeste del río Mississippi. Hubo guerras, falsos tratados, engaños de todo tipo y las poblaciones indígenas fueron arrasadas, sus tierras ocupadas por colonos blancos, aventureros y especuladores, su ganado robado, sus cultivos arruinados.
Decenas de miles de Creeks, Choctaws, Cherokees, Chicksaws, Shawnees, Seminolas, Potawatomis, Delawares, Senecas, Miamis y muchas otras tribus  fueron conducidas, en verdaderas marchas de la muerte, hasta los llamados Territorios Indios[6]. El hambre, las enfermedades, el alcohol adulterado, los alimentos en mal estado y los ataques que sufrieron por el camino dieron cuenta de la mayoría de los indígenas. Los sobrevivientes le pusieron el nombre de “la senda de las lágrimas”.
A los uruguayos, la cultura pop y las simplificaciones del charruismo[7] no solamente no nos han ayudado a entender sino que nos han alejado de un verdadero conocimiento y comprensión de la saga sangrienta que se extendió desde la llegada de los europeos hasta Salsipuedes y más allá.
Como había hecho Hernán Cortés a principios del siglo XVI, en México, ingleses y franceses utilizaron o desarrollaron las rivalidades entre las tribus con que se encontraron al llegar a las costas de América del Norte para sus luchas coloniales. Estas tribus habían llegado desde el Oeste, en oleadas, varios miles de años atrás.
A diferencia de las tribus de las grandes llanuras, cazadores-recolectores, como los Sioux y Comanches, las tribus del Este practicaban la agricultura del maíz, la caza y la pesca en los bosques, desarrollaron la cerámica y habían levantado pueblos de cabañas en sitios que, en algunos casos, son ubicables a través de la nomenclatura geográfica actual.
A principios del siglo XIX la totalidad de estas tribus convivían con colonos europeos y existía un grado importante de mestizaje, en lo fundamental con escoceses e irlandeses que se desempeñaban como comerciantes, traficantes de pieles, aventureros y misioneros que muchas veces se aquerenciaron entre los “pieles rojas”, adoptaron sus costumbres y formaron familias extensas.
 Algunas de estas tribus mantenían orgullosamente sus tradiciones pero habían adoptado usos y costumbres de los “cuchillos largos” como llamaban a los blancos. Cierto número de mestizos, formados en las escuelas de las misiones anglicanas, metodistas o de otras sectas protestantes, dominaban la escritura y la lengua de los colonizadores.
Ocasionalmente estallaban conflictos provocados por los traficantes y sobre todo por los vendedores de alcohol. El whisky, que muchos consideraban “la maldición de los indios”, tuvo efectos devastadores. Desde el principio los colonizadores percibieron que además de las cuentas y los paños coloridos, los cuchillos y  otras herramientas de acero y las armas de fuego, la mayoría de los indígenas rápidamente se transformaban en grandes consumidores de bebidas alcohólicas con lo que la destilación y venta de las mismas era un extraordinario negocio[8]. Jahoda advierte que en la firma de muchos tratados truchos y en muchas batallas ambos bandos estaban bajo los efectos de borracheras.
En cuanto a las enfermedades infecto contagiosas tanto  las dolencias autóctonas, (como la malaria en las zonas pantanosas, la disentería y el tifus, la neumonía), como las importadas (viruela, sarampión y otras además de la tuberculosis y las venéreas) habían alcanzado cierto grado de uniformización tanto entre los blancos como entre sus vecinos indígenas.
La mayoría de las muertes por enfermedad que se produjeron durante los éxodos forzosos por “la senda de las lágrimas”  tuvieron como causa el hambre y las inclemencias del tiempo. La virulencia de las enfermedades se vio multiplicada por el frío o el calor a la intemperie y por la falta de alimentos.
En 1812, durante la última guerra entre ingleses y estadounidenses[9], los “pieles rojas” se alinearon mayoritariamente del lado de los primeros que, entre otras cosas, les habían prometido frenar la avalancha de migrantes y aventureros que se apoderaban de las tierras labrantías, diezmaban los animales salvajes y robaban los caballos de los indios. Tampoco los franceses y los mismos británicos habían cumplido promesas anteriores, de modo que esta vez, los ingleses derrotados se atrincheraron en Canadá y abandonaron a sus aliados.
El despojo de los indígenas había empezado antes de 1813 y bastante antes de la independencia estadounidense, en 1776. Próceres como Thomas Jefferson ya habían promovido un modus operandi que consistía en hacer que los indígenas contrajeran deudas, reales o inventadas, para después obligarles a pagar con sus tierras.
Así habían sido alejados de las costas del Atlántico, incluso mediante enfrentamientos violentos para expulsarles más allá de la cadena de los Apalaches. Algunos blancos denunciaban las trampas, contrabandos y crímenes que perpetraban los colonos y especuladores pero invariablemente los jueces y las autoridades estadounidenses miraban para otro lado.
Cuando las tensiones se volvían muy fuertes, cuando algún cacique y sus guerreros no eran neutralizados por el alcohol y desenterraban el hacha de guerra, intervenían las milicias estaduales (principalmente sucedió en Georgia) que salían a cazar indios y a robar su ganado y enseres. Pero estos eran  irregulares, inclinados a saquear los poblados, violar mujeres y matar niños y ancianos, generalmente bajo los efectos de una borrachera persistente y colectiva.
Cuando aparecían los guerreros de Águila Roja (un jefe creek), los milicianos huían en desbandada con su botín. Entonces intervenía el ejército regular, los “casacas azules” que no sin dificultades terminaban reduciendo a los indígenas insurrectos. Después intervenían los negociadores del gobierno, conseguían la anuencia de algunos caciques y mestizos influyentes (muchos de estos se habían transformado en ricos agricultores que tenían a su servicio decenas y cientos de esclavos africanos), los invitaban a Washington y les hacían firmar un tratado mediante el cual cedían sus tierras, admitían retirarse al este del Mississipi, a cambio de víveres, enseres, herramientas y, a veces un estipendio monetario equivalente a unos pocos miles de dólares por cientos de miles de hectáreas[10].
El proceso se repitió varias veces, entre 1813 y 1855, y las promesas realizadas fueron sistemáticamente incumplidas. Los comisionados designados para administrar la reubicación de cada tribu, por lo general estafaban a los pieles rojas quedándose con los fondos miserables que les asignaban, entregaban víveres en mal estado (harina con gorgojos, carne agusanada, etc.) y remataban las parcelas y los bienes de los indígenas antes de que las hubiesen abandonado.
A partir de ese momento se organizaban estas marchas de la muerte en las que, por ejemplo, varios miles de familias indígenas eran formadas en una caravana de 5 o 6 kilómetros con diez o doce carretas para algunos víveres y para quienes no podían caminar. El ejército les rodeaba, custodiaba y capturaba a los prófugos. Muy pocos de los exiliados podían conservar sus caballos.
Para la marcha se reunía a los removibles en empalizadas - verdaderos campos de concentración - durante la primavera, por lo que se impedía que pudieran cosechar su maíz. Eran llevados a la fuerza. Los que escapaban a los bosques estaban condenados a morir de hambre. Muy pocos pudieron refugiarse donde vecinos blancos suficientemente caritativos. Algunos mestizos (con un abuelo o bisabuelo indígena) pudieron eludir la leva pero muchos otros que habían adoptado la cultura de los blancos no pudieron hacerlo y debieron marchar con sus esclavos y con caballos, carruajes y algunos bienes que pudieron llevar.
El trayecto empezaba en verano y se extendía hasta el invierno. Agotadoras jornadas, sin abrigo ni refugio, por tierras abruptas donde no existía otra cosa que trochas de cazadores, sin caminos ni puentes o poblaciones de acogida en las distintas etapas. La logística no consideraba a los indios desplazados como personas, eran salvajes que debían arreglarse con cortezas y carroña o con los alimentos podridos que les entregaban. Muchos observadores dijeron que los caballos del ejército estaban mucho mejor alimentados y cuidados que los indígenas.
Cuando llegaban a su destino tampoco disponían de tierras adecuadas para sembrar, semillas, arados de hierro o animales de tiro. La mortandad por hambre era enorme. Las dos terceras partes de quienes habían empezado el terrible éxodo perecían por el camino o en el primer año en las áridas planicies del Territorio Indio. Fueron sin lugar a dudas genocidios seriales, bien organizados.
Aunque el libro es un gran friso histórico cuyo verdadero protagonista son los pueblos indígenas del Este de los Estados Unidos, en el relato se destacan algunos personajes.
Entre ellos, el Gral. Andrew Jackson[11] que guerreó contra los indios y que cuando llegó a la presidencia de los Estados Unidos, en 1829, fue el artífice y el más implacable ejecutor de la política de erradicación de las tribus indígenas.
También se destacaron estadistas como John Ross, un cherokee muy inteligente y cultivado, que abogó en defensa de su tribu ante el gobierno de Washington y finalmente, lleno de amargura, condujo a su pueblo desde Georgia hacia los áridos territorios al Oeste del Mississipi. O jefes legendarios como el seminola conocido como Osceola.
Entre todas las naciones indígenas de América del Norte – asegura Jahoda – los seminolas[12] eran únicos. Nunca escogieron su identidad como tribu sino que la historia la escogió para ellos. En efecto, cuando los Creeks y otras grandes tribus empezaban a ser desplazadas hacia el Oeste, surgieron como pueblo, a fines del siglo XVIII, en la Florida. A los españoles les había llevado doscientos años liquidar a los indígenas que encontraron en la gran península a su llegada (Apalachees, Timucuas y Calusas, entre otros).
Cuando “cedieron” el territorio a los británicos, en 1763, era una zona semi vacía: una costa apenas poblada, un norte fértil  apto para la agricultura y la ganadería que ocupaban los Creeks y otras tribus y un gran pantano y selva tropical impenetrable que constituía y en gran medida constituye todavía el corazón de la península. Los Creeks ocuparon el vacío dejado por las tribus anteriores y los británicos llamaron seminolas a todos los indígenas y esclavos fugados que encontraron después en la Florida. Los esclavistas de Georgia y Carolina habían impuesto a los pieles rojas la obligación de devolver a los esclavos fugados para permitirles permanecer en aquellas tierras que por entonces no les interesaban pero los indígenas no la cumplían. Tampoco estaban dispuestos a trasladarse al Oeste.
En 1832, en medio de las negociaciones entre los jefes seminolas y los comisionados del gobierno para uno de los infames tratados de erradicación surgió un nuevo caudillo Asi-Yaholo, que los blancos denominarían Osceola. Era un joven mestizo con antepasados  escoceses,  británicos y  creeks que se las veía con tortuosos personajes como el Reverendo Schermerhorn que ya había engañado a varias tribus con tratados truchos. Osceola terminó la reunión con su célebre declaración: el único tratado que haré es este - gritó mientras clavaba su chuchillo en la mesa – haré que el hombre blanco quede rojo de sangre y lo ennegreceré al sol y la lluvia donde el lobo pueda olfatear sus huesos y el buitre vivir de sus despojos. Durante cinco años cumplió su promesa. Murió en cautiverio pero nunca se rindió.
También aparecen otros personajes de distinto signo como el noble millonario irlandés St. George Gore quien durante tres años ininterrumpidos mantuvo una expedición de caza y pesca en los Estados Unidos. Gore era un depredador implacable a quien acompañaba un equipo de setenta u ochenta personas (armeros, batidores, edecanes, taxidermistas, monteros pues trajo varias jaurías con más de 40 perros, etc.) que exterminó miles de búfalos y antílopes  por el puro placer de matar y llevarse algunas docenas de piezas para su galería de trofeos.
Como en todos los procesos complejos, en la historia de choque y destrucción de naciones surgieron profetas, locos, oportunistas y uno de ellos tuvo su momento de fama, Eleazer Williams, el príncipe perdido, un Mohawk que condujo a la tribu de los Oneidas hacia Wisconsin.
 Williams era producto educado de una escuela de misioneros, descendiente de un clérigo de Massachusetts cuya hija había sido capturada por los Mohawk[13] y también un mitómano de fuste. A cierta altura de sus andanzas convenció a un obispo episcopal que era Luis XVII, el delfín perdido, hijo de los guillotinados María Antonieta y Luis XVI. Su Alteza había eludido la muerte milagrosamente, otro había sido ejecutado en su lugar y algunos fieles servidores lo habían sacado a escondidas de Francia, lo habían trasladado en secreto hasta América del Norte y lo habían confiado a los Mohawks para eludir a sus perseguidores. Durante algunos años el embuste le proporcionó fama hasta que alguien investigó sus orígenes y quedó al descubierto.
El desplazamiento forzoso de pueblo enteros hacia el este del gran río Mississipi culminó en 1855 pero pronto los Territorios Indígenas sufrirían nuevas embestidas. Para empezar, las grandes llanuras del Oeste no eran un espacio vacío sino el coto de los Sioux  y otras grandes tribus nómades que no veían con buenos ojos a los recién llegados. Sin embargo lo más grave fue el desarrollo de los ferrocarriles transcontinentales que atravesaban las planicies. Las compañías desalojaban a los indígenas, interrumpían las migraciones de búfalos y antílopes y contribuían a su depredación. Sobre todo, crearon una incontenible corriente de colonos blancos, ganaderos, agricultores, comerciantes, fanáticos religiosos, vaqueros y aventureros de todo tipo. Todo se multiplicó en forma prodigiosa con el descubrimiento de oro en la costa del Pacífico y el resto de la historia ya es cuestión de las películas. Las tribus indígenas fueron sumergidas por la avalancha humana que invadió el Lejano Oeste.


[1] Jahoda, Gloria (1995) The Trial of Tears. The Story of The American Indian Removals 1813-1855; Wings Books, Nueva York (la edición original data de 1975 y la obra es catalogada bajo los rubros de Indígenas Norteamericanos, Relocalización, Relaciones con el gobierno estadounidense; 356 pp.).
[2] Cooper, James Fenimore (1826) El último de los mohicanos (la visión romántica que tan parecida suena al Tabaré de Zorrilla de San Martín aunque es mucho más compleja y refleja en forma más entretenida los conflictos entre franceses e ingleses y su respectivos aliados indios, entre las distintas tribus y entre estas y los colonos blancos a mediados del siglo XVIII).
[3] Pocahontas(1595, Virginia - 1617, Londres) fue la hija mayor de Powhatan, el jefe de la confederación algonquina en Virginia. Su verdadero nombre fue Matoaka, pero se le conocía por su mote pequeña licenciosa.
[4] La Masacre de Wounded Knee fue la última de las grandes confrontaciones entre los indios lakota y el ejército de los Estados Unidos. El 29 de diciembre de 1890, quinientos soldados del Séptimo de Caballería apoyados por fuerzas auxiliares y una ametralladora rodearon el campamento Lakota de Minneconjou. El comandante llevaba órdenes de desarmar a los lakota y escoltar a los habitantes hasta un tren que los deportaría a Nebraska. Cuando el desarme se estaba terminando se inició un tiroteo, que nunca fue aclarado, y se desató la masacre: ciento treinta y cinco lakota  fueron muertos, entre estos, sesenta y dos mujeres y niños. También murieron veinticinco soldados en lucha cuerpo a cuerpo.
[5] Fast, Howard (1941  ) La última frontera.
[6] Tierras que el gobierno de los Estados Unidos consideraba poco menos que inhabitables, comprendiendo las grandes llanuras y zonas desérticas y semi desérticas de los actuales estados de Nevada y Oklahoma. Los Territorios Indios habían sido establecidos por los británicos y los estadounidenses los fueron acotando al oeste del Mississipi.
[7] El charruismo es un fenómeno propagandístico que se caracteriza por utilizar datos descontextualizados de la antropología y la historia para una presentación mítica de los charrúas con fines poco claros aunque generalmente vinculados con reivindicaciones o propósitos crematísticos.
[8] Los caballos, sin embargo, se compraban, vendían y robaban pero no eran novedad para ninguna de las partes.
[9] En la Guerra Anglo-Estadounidense de 1812 las tropas de la marina real británica mantuvieron un choque decisivo con las fuerzas estadounidenses dirigidas por Andrew Jackson, quién con la colaboración del corsario franco-estadounidense Jean Lafitte, y unos mil piratas que engrosaban las filas de del ejército estadounidense se enfrentaron en la Batalla de New Orleans, que dio la victoria definitiva a los estadounidenses.
[10] Jahoda ha estimado que el gobierno de Washington invirtió unos 3 millones de dólares de la época, en 42 años, para hacerse de tierras feraces que constituyen la cuarta parte del territorio actual de los Estados Unidos. Naturalmente buena parte del dinero nunca llegó a manos de los indígenas o les fue estafado en poco tiempo.
[11] Andrew Jackson (1767-1845) era llamado Jacksa Chula Harjo por los indígenas,
[12] Seminolas proviene del término Creek siminoli que quiere decir exiliado, vagabundo.
[13] Los Oneidas y los Mohawk eran tribus con lenguas similares, algo así como el español y el portugués, y Williams era un extraordinario orador en ambas y autoproclamado predicador.

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