martes, 10 de julio de 2012

La revolución de la marihuana


Evitemos los lugares comunes y hablemos sobre una revolución en agricultura
LA REVOLUCIÓN GENÉTICA DE LA MARIHUANA
Lic. Fernando Britos V.
El tabaco es seguramente americano pero el cáñamo (Cannabis Sativa) es originario del Asia Central. Según parece fue por allí que  fue domesticada y los escitas descubrieron, hace unos 1.500 años, que esta hierba erecta, anual y aromática, además, podía fumarse. Todavía no era marihuana, marimba o porro, sino una planta dioica, es decir sexuada, muy conocida bajo el nombre de cáñamo.
Una antigua planta domesticada  - La planta masculina es un arbusto de buen tamaño (en condiciones naturales supera los 2 y puede alcanzar los 4 metros de altura). La planta con órganos femeninos es más pequeña. Las masculinas son grandes proveedoras de fibras, muy utilizadas con fines textiles, de construcción, cordelería y más recientemente como fuente de papel para todo uso. De las semillas de la femenina es posible extraer un aceite comestible y las hojas y sobre todo las flores pueden ser fumestibles.
Desde el punto de vista taxonómico, el cáñamo pertenece al orden de las urticales, unas herbáceas que se dividen en cuatro familias: las cannabáceas (que además de las Cannabis comprende al lúpulo, una enredadera cuyas flores sirven para darle sabor característico a las cervezas), las ulmáceas (cuyo exponente más conocido es un gran árbol: el olmo), las moráceas (cuyas representantes más conocidas también tienen importancia económica y connotaciones mitológicas: la morera y la higuera) y finalmente, la urticáceas (la familia modesta pero bien defendida que integran las ortigas). El orden se caracteriza por flores poco notorias y la única que sobresale, aunque no por su belleza u aroma, es la flor de la C. sativa, la famosa marihuana.
Los avances tecnológicos, por ejemplo en polímeros y plásticos, no han podido desplazar al cáñamo como fibra barata, resistente, rendidora y ecológicamente amistosa. Algunos plomeros prefieren todavía usar cáñamo en lugar de la moderna cinta de teflón para reforzar la estanqueidad de las roscas pero las cannabis son plantas productivas que no en vano figuran entre las primeras cultivadas por la humanidad. Aparecen en una primera revolución, entre siete y ocho mil años atrás, cuando la agricultura sedentarizó a los Homo sapiens que, hasta entonces, habían sido cazadores-recolectores en permanente movimiento.
Sin las cuerdas de cáñamo y la tela resistente de las velas, la navegación de altura habría sido imposible y la expansión europea hacia América y Asia se habría diferido por mucho tiempo. Los humanos domesticamos plantas y animales, les manipulamos genéticamente pero, en cierto sentido, también hemos sido conformados y cambiados por nuestros nuevos compañeros del sorprendente camino evolutivo.
Psicoactiva y recreativa - Ahora vamos a centrarnos en los aspectos contemporáneos de las propiedades psicoactivas de la cannabis. Fumar o ingerir hojas, frutos, hongos por la capacidad de modificar la percepción y otros aspectos cognitivos de la mente humana ha sido práctica corriente, desde hace milenios, entre chamanes, curanderos, brujos y sacerdotes para inducir visiones o alucinaciones o llevar a cabo diversos rituales. A las Américas, parece haber llegado la marihuana junto con el tráfico de esclavos. A África había llegado desde Asia como fibra útil y también por su uso psicoactivo.
Sin embargo, la propagación de la marihuana como “droga recreativa” es un fenómeno que data de fines del siglo XIX y comienzos del pasado. Siempre ha existido cierta experimentación médica y suministro de agentes psicotrópicos con propósitos varios entre los que se destacan las propiedades analgésicas de algunos de ellos. La difusión de la marihuana como droga blanda (no se conoce caso alguno de muerte por sobredosis) es precisamente un fenómeno propio de la década de 1960 y sus hippies. Tampoco es casual que el principio activo, el THC (delta9-tetrahidrocannabinol) haya sido sintetizado recién a mediados de esa década (1964 por Yechiel Gaoni y Raphael Mechoulam, en Israel) y su acción neurofisiológica estudiada desde entonces.
Durante la década de los setenta del siglo XX, Estados Unidos era el principal mercado para la marihuana y se dice que el gobierno de Jimmy Carter estuvo a punto de legalizarla como droga social. La cannabis llegaba desecada y prensada desde México (aproximadamente el 70%) y de Colombia y países centroamericanos el resto. Cuando los carteles de la droga colombianos empezaban a desarrollarse la marihuana primaba sobre la cocaína o dicho de otro modo la marimba no solamente era, en proporción, la que representaba la mayor cantidad de toneladas sino también la fuente de los mayores ingresos.
Tres frutos de la represión - Por esos años y marcadamente a partir del acceso de Ronald Reagan a la presidencia de los EUA, a principios de los ochenta, se desarrolló la política de “tolerancia cero” que significaba un gigantesco esfuerzo represivo, la fumigación de cultivos con paraquat (un herbicida altamente tóxico desarrollado para arrasar la selva y la agricultura vietnamita), el incremento de los controles fronterizos por tierra, mar y aire, la extensión de las operaciones de la DEA y el endurecimiento de las penas para los traficantes.
Esta represión favoreció dos grandes fenómenos: por un lado el cultivo de cannabis para producir de marihuana se desplazó hacia los Estados Unidos, principalmente en el oeste, en zonas aledañas a la costa del Pacífico, y los narcotraficantes mexicanos y colombianos hicieron una gradual y rápida conversión hacia la cocaína y la heroína aprovechando los grandes espacios de cultivos tradicionales, ocupando nuevas zonas y aumentando la mayor rentabilidad por kilo transportado de las drogas duras.
Los Estados Unidos tenían ahora un problema en tres frentes. La mayoría de la producción de marihuana había dejado de ser importada y ahora era de producción nacional o se complementaba con drogas de síntesis. La represión generalizada asimiló a la marihuana con las drogas más peligrosas, adictivas, destructivas, rentables y violentas (cocaína, heroína, morfina, drogas de síntesis como el éxtasis, etc.). Por otra parte, las políticas destinadas a reprimir a los productores de cocaína y heroína en los países de origen presentaba muchos contratiempos.
Una de las batallas que se libró hace treinta o cuarenta años fue la lucha contra los llamados “intermediarios químicos”. La obtención de clorhidrato de cocaína requiere una serie de diluciones de la pasta de la hoja de coca mediante solventes, seguida de una evaporación/cristalización. Esta refinación se hacía mediante solventes potentes convencionales, por ejemplo cloroformo y acetona, y la utilización de basificantes para neutralizar la acidez y favorecer la cristalización (por ejemplo bicarbonato de sodio y de potasio). Quienes regularmente utilizaban estos químicos eran los laboratorios farmacéuticos y las fábricas de pintura.
El plan era sencillo, se trataba de controlar estrictamente la producción e importación de estos productos así como la justificación de su uso legítimo por parte de las empresas, gramo por gramo y litro por litro. De esta forma se pensaba yugular la producción de cocaína pero en cuestión de semanas o los narcotraficantes habían resuelto el problema con intermediarios de uso masivo cuyo control resultaba virtualmente imposible: empezaron la nafta como solvente y el portland como basificante.
La segunda revolución de la cannabis - Aviones, helicópteros y satélites escudriñaban el territorio desde los cielos en busca de cultivos de marihuana en los Estados Unidos. Las leyes se endurecieron en los estados donde la producción y el consumo era mayor. Al principio hubo prisión para el autocultivo pero pronto las penas escalaron de modo que la policía podía confiscar los predios, casas y vehículos de quienes se atrevieran a cultivar la Cannabis sativa. En este contexto en pocos años a partir de 1986 o 1987 se produjo la revolución genética de la marihuana, desarrollada por aficionados en California y en Holanda.
La domesticación es un proceso de manipulación genética por los humanos. De este modo los perros son lobos modificados mediante la paciente y sostenida selección de ciertos rasgos desde hace poco más de diez mil años. La Cannabis sativa fue domesticada para la producción de fibra durante los primeros tiempos de la revolución agrícola. Originalmente se privilegió a las plantas con órganos masculinos, el cáñamo. Como en todas las domesticaciones agrícolas, la manipulación de fines del siglo XX, se produjo mediante la selección e intercambio de semillas durante esta revolución genética y tecnológica.
En primera instancia, la marihuana pasó a ser una planta de interiores dado que cultivar al aire libre equivalía a detección y castigo rápidos. Los agricultores procuraron, al principio, la producción en invernaderos basados en mantener una dosis importante de luz natural, esencial para la fotosíntesis que es el proceso bioquímico más importante del planeta: la capacidad esencial de los vegetales de producir carbohidratos a partir del anhídrido carbónico y el agua mediante la luz solar. Sin embargo los invernaderos eran costosos, voluminosos y fácilmente detectables.
Para aumentar el rendimiento había que reducir el espacio necesario, mediante una selección de plantas de poca altura y predominancia de la floración. Esto significaba meterle mano a las relaciones sexuales normales de las cannabis. Se esperaba que las plantas mostraran sus características sexuales y se suprimía a las masculinas más voluminosas y carentes de flores para conservar solamente las femeninas. Además había que aumentar la concentración de la sustancia química psicoactiva, el THC, en cada planta. La selección de semillas y variedades se dirigió a aumentar la cantidad de flores (la materia prima del porro) y la potencia de las mismas.
La Cannabis sativa, de los cultivos experimentales para la producción de cáñamo, en el Uruguay, tiene una concentración de 2 a 3% de THC en las flores y mucho menos en las hojas. Esto las hace inviables como productoras de marihuana. Californianos y holandeses se manejaban con variedades cuya potencia alcanzaba, en condiciones ideales, a un 7% del principio activo. En un proceso bastante acelerado de selección alcanzaron el 10%.
En ese momento se llegó a una meseta que parecía difícil de superar pero, sin embargo, la revolución genética seguía adelante. Al principio los cultivadores de marihuana se habían preocupado por reproducir en recintos cerrados las condiciones que imperaban en la naturaleza. Las cannabis son relativamente vulnerables a la helada, necesitan calor y humedad moderadas, un suelo no demasiado rico y buena insolación. La experimentación les había permitido llegar a obtener plantas con una relación hojas, tallos y flores muy ventajosa: muchas flores verdes, granulosas, poco atractivas y de aroma dulzón; tallos reducidos a menos de 30 centímetros de altura y hojas en escaso número y poco desarrollo.
La iluminación más adecuada parecía ser una batería de focos de mercurio  pero pronto descubrieron variantes que forzaban a las plantas para producir una floración no solamente más copiosa sino más rápida. Las plantas anuales fueron inducidas a “acelerarse” mediante un proceso alternado de iluminación intensa y oscuridad total (“días” y “noches” de pocas horas de duración). Además se manipuló el espectro de radiaciones luminosas: al principio lámparas de mercurio (luz blanca) y después lámparas de sodio (luz amarilla).  Así se produjeron flores más tupidas y grandes en periodos más cortos.
En lugar de una floración anual, la misma se producía en tres meses y aún menos con una concentración mayor de THC (posiblemente lindante en el 20% y aún más). Finalmente el proceso culminó con la clonación de plantas. De este modo se reprodujo genéticamente plantas femeninas, es decir semillas (miles de semillas por planta) como copias idénticas que se replantan cada tres meses.
El jardín de la marihuana – Ni la belleza de un jardín ni la pulcritud de un laboratorio, las fábricas de marihuana modernas en los países desarrollados son establecimientos clandestinos de dimensiones reducidas. Generalmente una habitación o un sótano de unos veinte metros cuadrados, interior, preferentemente sin aberturas o en todo caso estrictamente sellada para que no entre la luz diurna. Allí, sobre una mesa de unos dos o tres metros de lado se ubica un centenar de recipientes con plantas enanas clonadas (todas copias idénticas), de modo que sus numerosas y grandes flores queden al alcance de la mano.
En el techo se ubican baterías de luminarias de mercurio y de sodio con una instalación adecuada para soportar un consumo de tres o cuatros kilovatios hora que alternan doce horas de iluminación deslumbrante y otras tantas de oscuridad total. El encendido y apagado está controlado por timers electromecánicos y/o electrónicos.
Las plantas están conectadas con tuberías de plástico que les aportan los nutrientes (abono líquido) y el agua, cuidadosamente dosificados para sobrealimentarlas al máximo. Además se debe contar con un tanque de anhídrido carbónico para suministrar el ingrediente básico de la fotosíntesis en ese compartimiento estanco y antinatural y sistemas de circulación forzada del aire para crear una atmósfera uniformemente cargada.
Estos “laboratorios” se ubican en zonas industriales o residenciales degradadas, preferentemente cerca de fábricas que generan efluvios malolientes, porque este proceso forzado produce una atmósfera opresiva y olores fuertes y poco agradables que en una zona residencial normal llamarían la atención de los vecinos. Estas condiciones desarrollan la capacidad de producir entre uno y dos kilos de flores desecadas y prensadas, por mes, que le reportan al “jardinero” entre diez mil y veinte mil dólares.
No se trata de un cultivo exento de riesgos. El ambiente de esa cámara claustrofóbica no es precisamente sano para los “jardineros” y cualquier modificación en la regularidad de las condiciones creadas puede representar la pérdida de la cosecha o una baja sensible en la potencia del producto. De modo que, como en las prisiones, presos y carceleros, humanos y vegetales, tienen muchos rasgos comunes.

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