miércoles, 5 de noviembre de 2014

Acerca de los tests llamados proyectivos

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Viajeros de las
profundidades psíquicas


Los tests psicológicos exponen la personalidad, el contexto epistemológico y los verdaderos objetivos de sus creadores. Su utilización con fines espurios los convierten en armas peligrosas.



Por Fernando Britos V.


El auge de los llamados tests proyectivos se produjo hace unos ochenta años. La década de 1930 fue la del boom original. Concebidos como herramientas para bucear en las profundidades psíquicas, presuntos rayos X del inconsciente, apelaban a una versión trivializada de un mecanismo de defensa paranoide que Sigmund Freud había descrito en 1895: la proyección.
Una hipótesis inicial. Según los autores de estos tests, cuando a los examinados se les presentaba ciertos estímulos ambiguos (manchas de tinta, dibujos borrosos, figuras esfumadas, etc.) se producía la proyección de los contenidos profundos del inconsciente. Así al pedirles que dijeran lo que allí veían, o al solicitar un relato sobre las láminas o requerir un dibujo, se obtenía la proyección de los contenidos inconscientes sin que los sujetos siquiera se dieran cuenta de que asi exponían su intimidad.
Como todos los tests psicológicos, los proyectivos fueron concebidos para estudiar la compleja personalidad de los seres humanos y clasificar a los examinados al detectar trastornos reales o potenciales, mecanismos usuales, temores, conflictos, capacidades y sobre todo limitaciones y contenidos ocultos o reprimidos.
Desde el psiquiatra suizo Hermann Rorschach, trabajando sus manchas de tinta con sus pacientes en el manicomio de Herisau, hasta el Test de Apercepción Temática (TAT) de Henry Murray y Christiana Morgan, en Harvard, estas pruebas se habían desarrollado en un contexto clínico.
Comparados con los llamados tests objetivos, concebidos como cuestionarios con muchas preguntas u otras pruebas de lápiz y papel, los tests proyectivos tenían el encanto del drama y el misterio de la personalidad, la interpretación de signos que permitía el lucimiento de los perspicaces examinadores.
Se presentaban como una forma fácil y rápida de bucear en la intimidad de las personas empleando el marco de referencia, simplificado, de las teorías psicoanalíticas. El conocimiento de la psiquis, que en el curso de una psicoterapia podía llevar meses o años, era para estos exploradores de las profundidades un procedimiento rápido, discreto y económico: una radiografía psíquica, un psicodiagnóstico como denominó a su prueba H. Rorschach, en 1921.
Sin embargo, la difusión de estas herramientas no fue fácil y la endeblez de las evidencias científicas acerca de su validez y fiabilidad diagnóstica nunca pudieron ser disipadas. A partir de la década de 1930 los tests de personalidad proliferaron. Muchos autores produjeron el suyo y muchos tests cayeron pronto en el olvido o en el descrédito (por ejemplo el Test de Nubes de Wilhelm Stern) pero el Test de Rorschach y el TAT se han mantenido hasta hoy como los más utilizados con fines psicodiagnósticos en la mayoría de los países del mundo.
La aplicación de los tests proyectivos no solamente se difundió por doquier sino que empezó a escapar, en forma viral, del ámbito clínico y a alcanzar el de la educación, el forense, el laboral, entre otros. Sus concepciones caricaturizadas se derramaron en versiones autoadministradas hasta en las “revistas del corazón”.
Por otra parte, miles de artículos y libros se produjeron en el ámbito académico para alabar las bondades de los tests proyectivos de personalidad y también para criticar su falta de respaldo empírico y sobre todo para promover nuevos tests, nuevos manuales de interpretación, puntuación y aplicación de los clásicos.
Los tests proyectivos ingresaron tempranamente en las universidades. Clínicas y laboratorios los incorporaron en sus baterías de pruebas diagnósticas. En la década de 1960, prácticamente en todo el mundo, habían llegado a formar parte destacada del pensum universitario y de los programas de formación de los psicólogos.
En la actualidad los tests proyectivos mantienen su popularidad, a pesar de la fuerte competencia de los llamados “tests objetivos” y de las críticas cada vez más contundentes acerca de su falta de validez, su subjetividad y su dependencia de sutiles factores situacionales.
Las razones del uso y la popularidad. Scott O. Lilienfeld (1999)[1] en un artículo clásico, señaló que, para él, la primera razón de la popularidad de los test proyectivos es atribuible a una “tradición que se resiste a morir”: muchos psicólogos se formaron en la administración de tests proyectivos y los han utilizado acríticamente y con ingenua confianza durante décadas.
Existe un “refuerzo cultural”, en el sentido que muchos responsables - legos que carecen de formación o asesoramiento en psicología pero creen ingenuamente en su eficacia - reclaman su uso en las llamadas “evaluaciones psicolaborales”.
La producción y administración de tests psicológicos, de todo tipo, llegó a transformarse en un gran negocio que mueve miles de millones de dólares, anualmente y a nivel mundial. Por esa razón es natural que existan “mercaderes de la certeza”[2] que promueven y justifican la demanda y el consumo de nuevos productos en ese dinámico mercado.
Además, la formación de los psicólogos en materia de epistemología y marcos teóricos, teorías de la personalidad, estadística y métodos de investigación, psicometría y técnicas de evaluación de la personalidad presenta carencias notorias. Por lo general, la formación recibida genera una capacidad puramente operacional en el marco de una orientación acrítica y complaciente hacia los mercaderes de la certeza.
Puntualmente se percibe una ignorancia significativa de los requisitos para validar las pruebas y para demostrar su fiabilidad, una omnipotencia perjudicial en cuanto no se estudian las limitaciones y contraindicaciones de las técnicas y un desconocimiento de aspectos éticos fundamentales (respeto a los derechos de quienes se someten a dichas técnicas) y la obligación de los psicólogos de anteponerlos a cualquier interés individual o corporativo.
Lilienfeld llamó la atención acerca de otra de las razones que explican la popularidad de los tests proyectivos. Se trata de la tendencia a confiar en formulaciones genéricas y vagas (por ejemplo “Ud. tiene un gran potencial que no ha sido adecuadamente utilizado”) como si fueran descripciones veraces[3] y aludió a la correlación ilusoria por la cual las personas frecuentemente perciben asociaciones estadísticas entre interpretaciones de los tests y ciertos rasgos de personalidad aunque en realidad no existan y nunca se hayan demostrado.
Por nuestra parte, consideramos que en el funcionamiento de los tests proyectivos interviene también la pareidolia, un fenómeno psicológico normal por el cual un estímulo vago y aleatorio (por lo común una imagen) es percibido erróneamente como una forma reconocible.
Ejemplos comunes de pareidolia son: la visión de animales o rostros en la forma de las nubes; ver rostros o formas humanas o animales en las cimas de algunos cerros (cerro Batoví, el Penitente, etc.); ver personas o siluetas en el pavimento, en las paredes, en árboles o edificios; ver figuras en cuerpos celestes como la Luna, Marte o las constelaciones; encontrar parecidos entre las personas (sosías).
Un viajero de las profundidades. El enfoque puramente instrumental y acrítico de los tests proyectivos ha conducido al desconocimiento del contexto teórico y las condiciones históricas concretas en que se concibieron y desarrollaron esas técnicas. Esto es particularmente notorio cuando se endiosa a los autores y se rechaza como trivialidades o aun blasfemias y vilipendio ad hominem el considerar los aspectos concretos de la vida de dichos autores.
Los tests proyectivos también son capaces de arrojar una imagen de las expectativas, así como los objetivos y valores de sus autores. El pobre Rorschach falleció en abril de 1922 a causa de una apendicitis mal atendida que derivó en peritonitis fatal, exactamente diez meses después de que fuera publicada su obra, contra viento y marea, en junio de 1921.
Su test tuvo derivaciones y los manuales o sistemas de interpretación se multiplicaron entre quienes lo difundieron por el mundo. En cambio Henry Murray, el creador del TAT fue longevo y su origen y trayectoria son reveladores en cuanto a la concepción y las virtudes y limitaciones de su método para el estudio de la personalidad.
Materializó en su vida los contrastes y contradicciones de alguien que, efectivamente, sabía por experiencia propia que “nada es lo que parece”. Henry Alexander Murray Jr. (1893‑1988) ‑Harry para sus amigos‑ era el primogénito de una de las familias más acaudaladas y destacadas de la sociedad neoyorquina.
Nació en la mansión familiar del exclusivo East Side y a los 34 años había amasado una imponente acumulación de títulos de universidades de elite: Historia en 1915 en Harvard; Médico en 1919 y Maestría en Biología en 1920, en Columbia; Doctorado en Cambridge (PhD), en 1927.
En Secundaria había sido un estudiante mediocre pero la fortuna y los vínculos familiares le abrieron camino hacia las más exclusivas universidades. Él mismo se confesó como un playboy que en Harvard “se había graduado en las tres R” (Rowing ‑ remo, Rum – ron y Romanticism). Después de recibirse de cirujano sentó cabeza y se casó con una riquísima heredera, Josephine Rantoul, con quien tuvo una hija, Josie.
Mientras hacía su internado en cirugía en el Hospital Presbiteriano de Nueva York, se interesó en pacientes del submundo neoyorquino, que estaba en las antípodas del suyo, y años después recordaría que en la medida en que pudo ayudarles ellos le sirvieron de guía, al salir del hospital, para recorrer los vericuetos de los bajos fondos. Tragasables, prostitutas, hampones y drogadictos, le permitieron acceder a una psicología cruda que lo preparó ‑según él‑ para reconocer las similitudes entre los hechos del submundo con los sueños de los barrios altos.
Estas experiencias le llevaron a incursionar en sus propias profundidades. Debajo de sus excesos de “energía sanguínea” (Murray era efectivamente un hiperactivo) reconocía que se ocultaba un cerno de melancolía, tristeza y desesperanza. En 1923 encontró un libro (¿o el libro lo encontró a él?) que resultó decisivo en su orientación. Se trataba de “Los tipos psicológicos” del psiquiatra y psicoanalista suizo Carl Gustav Jung, publicado originariamente en alemán dos años antes y que acababa de ser traducido al inglés.[4]
Un mes más tarde tuvo otro encuentro decisivo. Esta vez con una mujer. Christiana Drummond-Morgan, conocida por su apellido de casada, Morgan, era una aristócrata de Boston que a los 26 años estaba estudiando dibujo en Nueva York. Christiana tenía un buen conocimiento de las obras de Freud y de Jung y le recomendó viajar a Zurich para conversar con “el viejo Carl” mano a mano.
Dos años después, Murray y Josephine, y Christiana y su esposo, un antropólogo, se encontraron becados en Inglaterra. Ambas parejas eran amigas y vivían en casas contiguas junto a la universidad. Murray estudiaba bioquímica pero los embriones de pollo no lo conformaban y durante unas vacaciones siguió el consejo de su amiga y se fue a Zurich para consultar a Jung acerca de la posibilidad de abandonar la bioquímica por la psicología.
No fue un encuentro protocolar sino uno extraordinariamente intenso. Cotidianamente, durante veinte días, Jung se reunió en Küsnacht, el pueblito a orillas del lago Zurich donde el célebre psicoanalista vivía con su esposa Emma. Además de su residencia de tres pisos había levantado, al otro lado del lago, una especie de torre o mirador donde se retiraba a meditar y a escribir. Murray decía que hablaban durante horas, cada vez que Jung lo llevaba a su “retiro fáustico” navegando por el lago y fumando junto a la chimenea.
Según recordaría Murray mucho después, la conversación no tardó en adentrarse en las profundidades de la psiquis. El estadounidense le confesó al maestro del psicoanálisis un secreto que le atormentaba: estaba perdidamente enamorado de Christiana Morgan. Aunque su esposa Josephine era una mujer amorosa y buena tenía pocos o ningunos intereses intelectuales. En cambio Christiana era una mujer intensa, volátil y efervescente con quien solía sumergirse en las profundidades de la mente, en los intereses artísticos, filosóficos y literarios que compartían y que les servían para interpretar dichas profundidades.
Al vínculo emocional e intelectual de Christiana y Harry se agregaba una poderosa y compartida atracción sexual que todavía no habían consumado. Murray no sabía qué hacer porque tampoco estaba dispuesto a prescindir de su amante esposa. Sin embargo, Jung le confesó, a su vez, que él había vivido un dilema similar durante los “años oscuros” que siguieron a la ruptura con su mentor, Sigmund Freud.
Carl Gustav había encontrado consuelo en el amor de una de sus pacientes, Antonia Wolff, y como no quería separarse ni de su esposa Emma ni de su amante, había conseguido que ambas admitieran el triángulo perpetuo sobre una base de estrecha convivencia que a esa altura llevaba una década.
Cuando volvieron a la residencia, el psicoanalista hizo que Toni Wolff y Emma Jung les sirvieran el té en un clima completamente armonioso. Para Murray fue sorpresa e inspiración. Al volver a Gran Bretaña ya era un hombre nuevo. Había adoptado dos grandes decisiones: por una parte le planteó a su esposa y a su amante que quería mantener una relación en paralelo con ambas y obtuvo su anuencia aunque con marcada reticencia por parte de la primera. Josephine sospechaba que Harry y Christiana mantenían amoríos pero atribuía la decisión de su esposo a las sugerencias del “viejo sucio” como ella denominaba a Jung.
El otro gran viraje consistió en abandonar la bioquímica y dedicarse a la psicología.Ya tenía una natural inclinación hacia la empatía con los seres humanos ‑advirtió refiriéndose a esa decisión‑ y aunque los embriones de pollo le parecían encantadores no le daban oportunidad alguna para ejercer dicha empatía. Por otra parte, su fortuna familiar le había permitido vivir y le permitiría vivir hasta su muerte sin tener que trabajar para mantenerse.
Una clínica singular. En 1926, cuando Murray retornó a los Estados Unidos, se encontró con que el psiquiatra Morton Prince había establecido una clínica en la Universidad de Harvard y de inmediato ingresó en la misma. No tenía formación en psicología, solamente había asistido a una clase y años después se jactaba de que esa había sido la única como alumno hasta que empezó a darlas como profesor. Sus conexiones y su fortuna le abrieron las puertas: era un profesional joven, dinámico y ambicioso que no necesitaba el magro sueldo de ayudante para sustentarse.
Desde un principio Murray se destacó como crítico de la psicología académica de aquel entonces. Reconocía que en aquellos años era una persona muy molesta porque no tenía respeto alguno ni por la psicología que se enseñaba en Harvard ni por los psicólogos que ejercían la docencia. En 1928, al morir Morton Prince, pasó a dirigir la Clínica.
Con Christiana a su lado emprendió vigorosamente la orientación que se había propuesto para la nueva psicología. Nada de estudiar tiempos de reacción, reflejos musculares u otros fenómenos psicofísicos que eran el pan diario de la psicología experimental. Él pretendía adentrarse en las profundidades de la naturaleza humana y comprender a las personas en todas sus fases.
El ardiente amor por Christiana, lejos de amortiguarse, florecía en la clínica junto a ella. Murray le había montado una oficina pero para mantener sus encuentros con su amante y colaboradora habían alquilado un apartamento en un edificio próximo. La relación entre el portero del bulín y la servidumbre de su esposa mantenía a Josephine enterada al detalle de la doble vida de su pareja.
La clínica no se parecía en nada a los establecimientos similares. Había sido decorada por Christiana y amueblada con muebles de estilo, obras de arte, antigüedades y adornos orientales. La actividad era muy intensa pero se caracterizaba por reuniones que eran verdaderas tertulias intelectuales en las que las conversaciones fluían libremente ante mesas de delikatessen y vinos finos. Murray prefería el vino blanco chileno y este nunca faltaba en la bodega de la clínica.
Al principio su amante preparaba los sándwiches y servía el té pero pronto contrataron a un cocinero profesional. Entre los asiduos se contaron artistas e intelectuales destacados, como el actor y cantante Paul Robeson, el filósofo Bertrand Russell, el psicoanalista Erik Erikson, el biólogo Aldous Huxley y muchos otros. Sin embargo, el centro de atracción era casi siempre el locuaz, ingenioso y magnético Dr. Murray.
El trabajo en la clínica era insólito. Murray insuflaba en sus colaboradores un espíritu de descubrimiento y aventura que no se encontraba circunscripto en las fronteras de escuela psicológica alguna, ni freudiana ni junguiana. El director impulsaba un amplio eclecticismo y un ámbito multidisciplinario donde tenía cabida la antropología, la mitología, las ciencias médicas y especialmente la literatura, como sustantivas vertientes que contribuían al estudio de la personalidad.
Murray creía que la verdadera naturaleza humana no se encontraba en la superficie corporal ni en el ámbito conciente sino en los rincones más oscuros y reservados de la psiquis. Para desvelar esas claves de la personalidad debía explorar las fantasías, ensoñaciones y deseos más íntimos.
Diseñó varios tests para desarrollar esos estudios en la clínica. Entre ellos una prueba de asociación de palabras que adoptó de Jung, un test de ensoñaciones musicales, otro de composiciones literarias y uno de evocación mediante aromas y perfumes. Sus sujetos eran unas cuantas docenas de los más destacados estudiantes de Harvard. Solamente uno de estos tests subsistió y se transformó en la herramienta de elección para la exploración de la psiquis: el Test de Apercepción Temática (TAT).
A pesar de su nombre, esta prueba proyectiva no trata de la percepción. Para Harry y Christiana, la “apercepción” aludía a las fantasías e invenciones intrapsíquicas que poco tenían que ver con los estímulos externos. Siguiendo a quien había sido profesor en Harvard, George Santayana [5], consideraban que la imaginación es más importante que la percepción.
Christiana se había transformado en la más estrecha colaboradora en la clínica, en todo sentido. Analizaba pacientes (fue una psicoanalista espontánea) y animaba las tertulias intelectuales. Testimonios de época la recuerdan como una hermosa dama, generalmente vestida de rojo, que lucía un impresionante despliegue de joyería oriental y era “la señora de la Clínica”.
Un test producto de la pasión. El amor y la psicología unían estrechamente a Harry y Christiana. Una de las cumbres de esa relación está ligada al momento cuando, en la década de 1930, empezaron a elaborar el TAT. Para ello, con la colaboración de otros miembros del equipo de la clínica, se dedicaron a recortar ilustraciones (fotos y dibujos) de docenas de revistas femeninas y de todo tipo, así como de periódicos.
En poco tiempo seleccionaron más de dos mil imágenes que fueron presentando a colegas, estudiantes e incluso a los hijos de ambos y otros familiares. El objetivo era evaluar la capacidad de evocar historias y relatos a través de los cuales pretendían estudiar el inconsciente.
Murray y su equipo habían definido las características que estimaban ideales, (las condiciones dramáticas) para obtener los mejores resultados evocativos. Cada lámina debía tener una figura con la cual el examinado pudiera identificarse (el héroe). Asimismo debía abordar algunos de los dilemas humanos más identificables (el tema), al tiempo que la ilustración tenía que ser ambigua, borrosa, esfumada para dejar campo libre a las interpretaciones de los examinados (la proyección de contenidos profundos).
Después de un tiempo habían reducido la enorme pila de recortes a 31 de ellos. Christiana, que era una hábil dibujante, se encargó de introducir los esfumados, retocar las imágenes y montar cada una en cartón. Solamente una de las láminas era un esbozo tomado directamente de la realidad en lugar de provenir de un recorte. Presenta a un hombre acostado, en posición supina, en un camastro con otra figura masculina de pie a su lado. Un estudiante posó para Christiana.
Para la primera y reconocida lámina, que muestra un niño contemplando un violín apoyado en su regazo, habría servido como base una foto del famoso Yehudi Menuhin, que entonces era un niño prodigio. Una de las láminas era el colmo de la ambigüedad porque estaba completamente en blanco.
A cada examinado se le presentaban 20 de las 31 láminas, seleccionadas de acuerdo con su sexo, edad y otros factores, y la consigna era: “le voy a mostrar una serie de láminas, una por una, y su tarea será producir una historia tan dramática como pueda en cada caso. Dígame como se ha llegado a la situación que allí se ve, describa lo que está sucediendo en ese momento, lo que los personajes están sintiendo y pensando, y cuál será el desenlace”.
Cada lámina buscaba evocar determinadas fantasías. El examinador anotaba las respuestas pero no las comparaba con norma estadística alguna (“respuestas normales”) sino que analizaba el relato para identificar el tema, los personajes y la trama. La cantidad de respuestas no era importante, porque se privilegiaba una buena historia y el análisis impresionista de la misma, en lugar de las múltiples respuestas que se buscaban en las manchas de tinta del Rorschach.
La psicología aplicada. El TAT no fue un éxito inmediato ni mucho menos. Apareció por primera vez, en 1935, en Archives of Neurology and Psychiatry, después de haber sido rechazado en otra prestigiosa revista científica. La editorial de la Universidad de Harvard recién publicó el TAT en 1943 y de este modo resultó ser el primer test proyectivo publicado en los Estados Unidos.
Terminada la Segunda Guerra Mundial el TAT consiguió extenderse a muchos países. Su éxito se debe al respaldo que le dio la “hipótesis proyectiva”, publicada por Lawrence Frank en 1939.[6]
Fue Frank quien acuñó el término “tests proyectivos” pero aunque el nombre fue una trovata afortunada, la verdadera explicación para el éxito de las pruebas proyectivas y del TAT en particular, hay que buscarla en su utilización de conceptos tomados del psicoanálisis, cuya momento de mayor expansión mundial se registró precisamente entre 1940 y 1960.
La relación entre los tests proyectivos y el psicoanálisis, en cualquiera de sus variantes, siempre fue muy laxa. Los primeros se beneficiaron del prestigio del segundo. Murray como los practicantes del Rorschach tomaron conceptos de la teoría psicoanalítica pero nunca se comprometieron en sus debates ni se alinearon en corriente alguna. Sigmund Freud nunca aplicó tests y rechazaba su uso.
En todo caso, la periodista y antigua editora de Psychology Today, Annie Murphy Paul[7], sostiene que cuando Murray le mostró el TAT a S. Freud no obtuvo su endoso sino apenas la afirmación de que al menos no resultaría dañino.
Uno de los principios del TAT era precisamente que no somos lo que parecemos. Según Murray, las pautas de la imaginación y las pautas de la conducta pública de las personas no se relacionan por su acuerdo sino por su contraste y el propio autor era un ejemplo viviente de ello porque mantenía una singular doble vida.
En 1936 se presentaba, al mismo tiempo, como el patricio profesor que vivía en Cambridge junto a su devota esposa y a su amada hija y por otro lado se lo encontraba cotidianamente en una torre que había construido, a semejanza de la de Jung, vistiendo ropas hindúes y azotando a Christiana antes de mantener relaciones. Esos juegos sexuales eran la materialización de sus fantasías más profundas y Murray sostenía que muchas personas no se animarían a ir tan lejos.
El supuesto poder de las pruebas proyectivas para revelar las profundidades de la psiquis junto con la liviandad con que se solían administrar transitaba por dilemas éticos que aquellos psicólogos tenían grandes dificultades para afrontar. Al desarrollar sus investigaciones en la Clínica de Harvard, Murray demostraba su peculiar concepción de la práctica científica y sus ideas condescendientes que propiciaban el secretismo.
Los jóvenes participantes en sus actividades debían ser engañados porque consideraba que no debían ser informados acerca de los verdaderos propósitos del test. Había que darles una explicación aceptable pero ficticia; por ejemplo que el TAT era una herramienta para evaluar la inteligencia o la creatividad.
Las personas que se sometían al TAT en su clínica eran grabadas con micrófonos ocultos y observadas, a escondidas, a través de vidrios de visión unilateral. La exploración de las profundidades no era cosa que se debiera explicar a los legos. El desprecio al consentimiento informado era absoluto.
Maestro de espías. Con la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, en 1941, la época de oro de la clínica/cenáculo y sus lujos anfitriónicos se terminó. Henry Murray aspiraba a incorporarse a la lucha y se transformó en psicólogo militar.
Todavía en Harvard, empezó a escribir sobre técnicas para seleccionar oficiales para las fuerzas armadas y a juntar ilustraciones para una versión militar del TAT que nunca concretó.
A pedido del Gobierno preparó un perfil de Adolf Hitler, que solo se conoció tras ser desclasificado en 1976. Se trata de una pieza bastante fantasiosa, una payada sobre los conflictos con las figuras paterna y materna, que, por ejemplo, carecía de la seriedad y el humor que Charles Chaplin había puesto en su filme de 1940 “El Gran Dictador”.
En 1943, Murray se trasladó a un campo secreto, la Estación S (cerca de Washington), y después a Gran Bretaña para hacerse cargo de una misión supersecreta en la OSS, la oficina de servicios estratégicos que después se transformaría en la CIA (Agencia Central de Inteligencia de los EUA).
El hombre que se había dedicado durante décadas a explorar los aspectos más reservados de la psiquis ahora se aplicaría con pasión a la selección y entrenamiento de espías.
Era una tarea compleja. Murray y su equipo debían actuar rápidamente y sin fallas para enviar saboteadores y comandos para actuar en la Europa ocupada por los nazis y también en Asia contra los japoneses, formar agitadores y especialistas para acciones de desmoralización, propaganda y espionaje en la retaguardia del enemigo y reclutar nuevos espías.
El trabajo también requería preparar a hombres y mujeres para resistir la tortura y eventualmente para aplicarla, para desarrollar interrogatorios y para actuar en situaciones extremas.
Murray diseñó varios tests para evaluar aspirantes y dirigió la instalación de campos de entrenamiento en Gran Bretaña[8], China e India. Más de cinco mil hombres pasaron por esos campos. Terminada la guerra volvió a Harvard, condecorado, con el grado de teniente coronel y convencido de haber hecho una contribución sustantiva a la victoria.
Sin embargo, debido a las características encubiertas de sus pupilos, nunca fue posible evaluar la validez y fiabilidad de sus técnicas. Algunos críticos incluso señalaron que toda la operación había sido un fiasco, en tanto la dureza de la guerra había probado ser un eficiente proceso de selección, muy superior a los “juegos psicológicos” del autor del TAT.[9]
En 1948, Murray publicó un libro acerca de sus experiencias bélicas sobre “evaluación de hombres” y de ese modo, a través de algunos epígonos, se transformó en el progenitor de los centros de evaluación que empezaron a adoptar las grandes corporaciones estadounidenses para seleccionar sus recursos humanos, empezando por el gigante de las comunicaciones, la ATT (American Telephone and Telegraph). Los centros de evaluación son, en esencia, versiones civiles de los campos secretos de entrenamiento que montó Murray.
Reiterado maestro de torturas. Entre 1959 y 1962, Henry Murray participó activamente de la Operación o Proyecto MK Ultra de la CIA durante la Guerra Fría. Se trataba de un conjunto de más de 150 proyectos de investigación que promovieron los servicios de inteligencia de los EUA en torno al control de la mente. El MK Ultra salió a la luz a raíz del funcionamiento de una comisión investigadora, en 1975.
A mediados de la década de 1960, el director de la CIA resolvió cancelar la operación MK Ultra que había costado muchos millones de dólares y en 1973, el director Richard Helms ordenó destruir todos los archivos relativos a la misma. Por esa razón la información es fragmentaria, pero se sabe que en muchos proyectos puntuales se promovía el uso de drogas, radiación y el perfeccionamiento de los sistemas de interrogatorio y tortura de prisioneros.
Henry Murray, en su carácter de investigador principal de la Universidad de Harvard, dirigió los experimentos patrocinados por la CIA desde setiembre de 1959 hasta marzo de 1962. Uno de los que llevó a cabo con financiación de la Marina de los EUA fueron experimentos sobre producción de estrés en los que recurrió a brutales “técnicas de interrogatorio”.
Entre los estudiantes de Harvard que, como era habitual, se sometieron a esos experimentos, varios sufrieron secuelas permanentes. El ejemplo más conocido y a la vez el que ha permitido reunir testimonios serios sobre los experimentos psicológicos de Murray es el de Theodore Kaczinsky, convertido en un terrorista conocido como Unabomber[10].
Al terminar su participación en los proyectos de la CIA, en 1962, Murray se jubiló y fue designado Profesor Emérito de Harvard. Además recibió los más altos reconocimientos de la Asociación Psicológica Americana.
Su vida de millonario retirado lo condujo a pasar largas temporadas en su mansión caribeña de las Islas Vírgenes junto con Christiana[11]. La musa de Murray estaba mental y físicamente deteriorada a consecuencia del alcoholismo y mientras él dormitaba en la playa bajo la sombrilla, ella se ahogó en lo que se ha considerado un suicidio. Esto sucedió el 14 de marzo de 1967. Él la sobrevivió durante 21 años y falleció tranquilamente en 1988, pocas semanas después de cumplir 95 años.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 
 


 
 


[1] Lilienfeld, Scott O. (1999): Projective measures of personality and psychopathology: how well do they work?; en: Skeptical Inquirer, Set.-Oct. 1999. Acceder en www.csicop.org/si/ 

[2] Balicco, Christian (2002): Les Méthodes d'évaluation en ressources humaines : La Fin des marchands de certitude, París, Editions d’Organisation.  

[3] Britos, F. (2014) “Pruebas psicolaborales, pseudociencia y manipulación (Recordando a Bertram R. Forer)”, en: Ética y psicopatología del trabajo – http://fernandobritosv.blogspot.com/ 

[4] Jung clasificó a las personas en ocho tipos primarios. Propuso la existencia de cuatro funciones principales de conciencia, dos de ellas funciones perceptivas o irracionales: sensación e intuición, y las otras dos funciones juzgadoras o racionales: pensamiento y sentimiento. Las funciones son modificadas por dos actitudes principales: introversión y extraversión. De la combinación de las cuatro funciones y las dos actitudes propuestas surgen ocho tipos psicológicos básicos, cada uno con características de personalidad diferentes. 

[5] Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, más conocido como George Santayana (Madrid, 1863‑Roma, 1952) fue un filósofo pragmatista, ensayista, poeta y novelista. Aunque era español, Santayana se formó en Estados Unidos (en Boston como Christiana) y enseñó en la Universidad de Harvard. A los 48 años heredó la fortuna de su madre, se fue a Europa y nunca más volvió a los EUA. Escribió sus obras en inglés y es considerado un hombre de letras estadounidense. Su cita más recordada es “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”, de La razón en el sentido común, que es el primero de los cinco volúmenes de su obra La vida de la razón. 

[6] Lawrence (Larry) K. Frank (1890–1968) fue un científico social, administrador y especialista en educación estadounidense que produjo el artículo “Projective Methods for the Study of Personality”, aparecido en The Journal of Psychology: Interdisciplinary and Applied; Vol. 8, >Nº 2, 1939. 

[7] Paul, Annie Murphy (2004) The Cult of Personality (87); The Free Press, Nueva York. 

[8] Durante sus actividades en Gran Bretaña, Murray trabó contacto y amistad con un colega británico, Herbert Phillipson, que se convirtió en el principal divulgador del TAT en su país y que le emuló desarrollando, en 1955, su propio test proyectivo, el Test de Relaciones Objetales (TRO), en el que “adoptó” conceptos de la teoría homónima desarrollada por los psicoanalistas británicos Melanie Klein y Ronald Fairbairn. 

[9] Los servicios de psicología y selección de oficiales, en las tres ramas de las fuerzas armadas alemanas, fueron desmantelados a principios de 1942, con el argumento de que el desempeño en los distintos frentes de guerra era factor empírico de selección más eficiente que las técnicas psicológicas que aquellos servicios aplicaban. 

[10] Theodore John Kaczynski (nacido en Chicago en 1942 y conocido con el sobrenombre de Unabomber) es un filósofo, matemático y neoludita estadounidense que enviaba cartas explosivas como protesta contra la sociedad tecnológica. Fue condenado a prisión perpetua y permanece en un establecimiento de alta seguridad. En 1971 se había mudado a una cabaña sin luz ni agua corriente en la zona más agreste de Montana, donde empezó a practicar técnicas de supervivencia y autosuficiencia. Entre 1978 y 1995, envió 16 bombas a universidades y aerolíneas, que mataron a 3 personas e hirieron a otras 23. Kaczynski había sido un estudiante precoz y muy brillante que fue admitido en Harvard a los 16 años. Entre 1959 y 1962 participó en los “estudios” dirigidos por Murray.A los estudiantes se les decía que debían discutir sobre filosofía con sus compañeros pero en realidad, estaban siendo sometidos a una prueba de estrés, que consistía en un ataque psicológico prolongado y desestabilizador. Durante la prueba permanecían atados a una silla y conectados a electrodos que les monitorizaban mientras les encandilaban con luces deslumbrantes. Como lo venía practicando Murray desde hacía décadas en la clínica, los interrogatorios eran espiados a través de vidrios de visión unilateral y todo era filmado y grabado en audio. Después de estas sesiones de tortura se producían otras en las que se les hacía revivir la ira y la impotencia ante el abuso mediante la reproducción repetida de sus palabras. Se dice que las grabaciones de Kaczynski sugieren que era emocionalmente estable cuando comenzó el estudio. Sus abogados atribuyeron su odio al control mental a las secuelas que le dejaron las técnicas de Murray. 

[11] El mexicano Jorge Volpi escribió un libro sobre Christiana y su relación con Murray, titulado La tejedora de sombras, que ganó en 2012 el Premio Planeta-Casa de América. 

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