miércoles, 26 de octubre de 2016

Otra vez las distopías transhumanistas



“Mercaderes de la certeza” – distopía transhumanista

En forma recurrente aparecen promotores de “panaceas psicológicas”, evaluaciones y pruebas psicotécnicas, “diagnóstico situacional” o cualquier otra forma descarada o encubierta de universalizar o naturalizar una aplicación amplia de cuestionarios, entrevistas u otras técnicas psicológicos que suponen un grado de intromisión en la intimidad de las personas.
Los psicodiagnósticos, las pruebas de personalidad, de aptitud, de inteligencia, aplicables en todas las áreas de la vida, pueden ser útiles para quienes se someten a ellas y también para las organizaciones. Sin embargo, más allá de las intenciones manifiestas, los promotores de estas prácticas suelen olvidar convenientemente u omitir deliberadamente los elevados requisitos éticos y técnicos que demanda el ejercicio de la psicología.
En el campo de la psicología del trabajo, en el de la salud y en el ámbito forense, por ejemplo, hay demasiados psicólogos que son incapaces de demostrar científicamente la validez y confiabilidad de las técnicas que emplean y terminan siendo agentes conscientes o inconscientes de la manipulación de las personas 1. Esto ha sucedido y sucede continuamente en el ámbito público y en el privado, especialmente en el campo de la psicología laboral hay incontables antecedentes de manipulación en concursos mediante la aplicación totalmente inadecuada de las llamadas técnicas proyectivas y cuestionarios que pretenden investigar la salud mental de los aspirantes a un trabajo y lo que es peor pretenden establecer un pronóstico de desequilibrios, enfermedades psíquicas u otros rasgos que los evaluadores consideran negativos.
Bien podría decirse que los psicólogos y especialmente los psicólogos jóvenes no tienen la culpa de los desaguisados que se han hecho en el Banco de la República, en el Poder Judicial, en el Banco de Seguros del Estado, en la ANCAP, en la Universidad de la República, etc., mediante la aplicación de técnicas pseudocientíficas, subjetivas y viciadas por cadenas de garrafales errores de procedimiento. Se podría argumentar que es lo que les enseñaron en la Facultad y en verdad esa es una de las razones pero no la única.
Los planes de estudio de la psicología, a nivel universitario, están completamente inficionados de un espíritu acrítico con grandes lagunas en dos o tras campos que fueron completamente abandonados desde que la dictadura (1973-1985) desmanteló la enseñanza de la disciplina, expulsó y apresó docentes y egresados, y sustituyó una enseñanza que por cierto no era perfecta por los engendros del psiquiatra filo-nazi Dr. Mario Berta que había sido desplazado de la dirección del Instituto de Psicología en 1964 y regresado diez años después con la intervención oscurantista.
Desde 1985 y a pesar del esfuerzo de muchos destacados profesionales, la formación universitaria en psicología ha sido penetrada por los “mercaderes de la certeza”, es decir por una gran superficialidad en cuanto a la idoneidad de las técnicas acompañada por la omnipotencia y la soberbia de considerarse dueños de verdades incuestionables de la que hacen gala muchos docentes, carentes a su vez de cualquier espíritu crítico o de solidez en materia de metodología científica 2.
Muchos egresados, llenos de buena voluntad y del muy razonable impulso de ganarse la vida con la profesión que estudiaron, han dado por buenas sin cuestionamiento alguno las “certezas” que les enseñaron: la infalibilidad de las manchas de tinta, la interpretación incontrovertible del dibujo de árboles y de figuras humanas, de la elaboración de historias inspiradas en láminas borrosas o las entrevistas dirigidas y cuestionarios enormes que cualquiera es capaz de calificar sin haber visto ni de lejos las tapas del manual del caso.
Algunos de estos psicólogos se han transformado, a su vez, en “mercaderes de la certeza”, profesionales que a sabiendas o sin reflexión previa le venden a jueces, directores de escuelas y colegios, médicos y sobre todo a gerentes de empresas públicas y privadas, la “certeza”, la convicción ausente de duda, de que aquel de los padres al que ha adjudicado la tenencia de los hijos es el más apropiado, aquel preso al que se le debe conceder o no la libertad anticipada, aquel alumno incorregible o corregible debe ser apartado o tratado especialmente, aquel paciente que es un psicótico, o un depresivo, o un caracterial que debe ser internado, y especialmente que aquella trabajadora o aquel trabajador que aspira a obtener un puesto o un ascenso es el adecuado y sobre todo que, en relación con los que han sido descartados, no hay error.
En suma, la “certeza” que se vende por medio de técnicas inválidas, inadecuadas, mal aplicadas o sencillamente ineficaces, está destinada al consumo de quienes tienen que tomar decisiones y que se apoyarán sin culpa en el informe del psicólogo, en el resultado de los tests. En el peor de los casos la elección adoptada con base en la “certeza” es la que se quería, la que se deseaba y está justificada aunque, a sabiendas o no, se ha producido una manipulación y se ha afectado la vida de muchas personas, no solamente de las o los que ganaron sino de quienes quedaron por el camino. En suma: la manipulación de las personas oculta, a veces para siempre, la ocurrencia de los inevitables “falsos positivos” o “falsos negativos”.
Los otros consumidores a los que apuntan los “mercaderes de la certeza” es a las propias víctimas de los procedimientos ética y técnicamente cuestionables. Se trata de que quienes resultan descalificados, en un proceso de selección, en el otorgamiento de algún beneficio o en la concesión de algún derecho en disputa, se conformen con el resultado, que no protesten, que no reclamen y, ante todo, que no cuestionen las fallas éticas del procedimiento.
Sería una larga digresión hacer un análisis de las fallas éticas pero citaremos unas pocas: quienes se someten a una prueba o técnica psicológica que pretende profundizar en su intimidad, ya sea en su personalidad o en aspectos íntimos de su historia de vida o su intelecto tienen derecho a conocer de antemano y sin necesidad de exigirlo la idoneidad y experiencia del profesional actuante y sobre todo la idoneidad probada de las técnicas que se emplearán. Este derecho, sistemáticamente soslayado por la enorme mayoría de los psicólogos, está directamente emparentado con el consentimiento informado.
Este supone que la persona debidamente informada sobre el objeto, la forma y las consecuencias o resultados de la técnica pueda negarse a someterse a la misma por su propia voluntad o que pueda ejercer el derecho a una segunda opinión después de cumplido el procedimiento. Muchos psicólogos se horrorizan ante la posibilidad de tener que probar de antemano la idoneidad de sus técnicas porque en una altísima proporción estas carecen de respaldo científico demostrable con estudios serios. En algunos casos opera una soberbia profesional que considera como un cuestionamiento inaceptable a su persona que quien se somete a sus procedimientos tenga el derecho (recíproco dicho sea de paso) a conocer su idoneidad y experiencia.
Una objeción frecuente al consentimiento informado, formulada como un rezongo entre dientes por algunos profesionales, es que el informar a la persona, de antemano, en que consiste la técnica, que objeto persigue y cuáles serán las consecuencias (amén del derecho a la segunda opinión) dejarían a los psicólogos desarmados, desvelarían “las claves de su quehacer”, y concomitantemente aparece la mención al sacrosanto secreto profesional y “el misterio de la devolución”. Es claro que el secreto profesional es un elemento fundamental de la confianza entre el profesional y su paciente/cliente o como quiera llamársele.
Sin secreto profesional, salvaguardado celosa y criteriosamente, no hay confianza mutua y sin esta no es posible un accionar adecuado, no opera el principio de beneficencia y por el contrario se siembra el descrédito y el rechazo. Sin embargo, la confidencialidad suele operar asimétricamente como casi todas las relaciones profesional/paciente y desde su empinado sitial algunos psicólogos la invocan soberbios para proteger sus manejos pero no tienen inconveniente en violarla abiertamente para brindar informe sobre intimidades a quien le paga sus servicios. Esta es una de las razones por las que las devoluciones son tan poco frecuentes, tan parcas o tan ambigüas. Quien se ha sometido a una técnica psicológica tiene derecho a recibir un informe pormenorizado, oportuno, expresado en lenguaje claro (desprovisto de jerga o tecnicismos) e idéntico al que el profesional produce para cualquier otro fin (como parte de una investigación, para quien pagó el estudio, etc.).
Estos y otros derechos, como el control del uso posterior de los resultados, la prohibición terminante de compartir los resultados de cualquier evaluación, así sea que se expresen en forma anónima, sin la autorización expresa y escrita de la persona, deben ser respetados escrupulosamente. El psicólogo que no los incorpore sistemáticamente en su práctica incurre en una falla ética descalificante. Ni que hablar que tales derechos son aplicables a los niños, a los adultos mayores, a las personas discapacitadas aunque en casos específicos los derechos deben ser manejados también en relación con las personas a cargo: padres, tutores, curadores.
Las limitaciones en la enseñanza de la psicología a nivel universitario, en general, explican también dos actitudes frecuentes. La primera de ellas está también asociada con la soberbia, la intolerancia y el dogmatismo. La supresión del pensamiento crítico nubla la comprensión, ampara los protagonismos desenfrenados y las charlatanerías. Las críticas son vividas en forma totalmente autorreferencial y rechazadas en forma dogmática. En realidad, en el campo de la psicología hay alabanzas, modas, promociones, presentaciones y ungimientos pero la reflexión y la confrontación de ideas respetuosa y profunda no existe. Esto también produce una especie de ensimismamiento que dificulta un trabajo interdisciplinario serio y promueve técnicas banales y manifestaciones pseudofilosóficas que en el campo del psicodiagnóstico clínico y la psicoterapia se acerca a las omnipresentes modas new age, las sanaciones y toda la gama de elucubraciones pseudocientíficas.
El panorama, que periódicamente sufre retortijones mediáticos, se ha enturbiado nuevamente con la aparición de un psicólogo, sedicente representante del Frente Líber Seregni del Frente Amplio, el Lic. Andrés Copelmayer, que en las últimas semanas ha producido un par de iniciativas que su fuerza política habría aprobado y que se apresta a someter a consideración parlamentaria. Es raro porque ninguna de las fuentes consultadas del Frente Amplio reconoce haber tratado o aprobado estas iniciativas pero es posible que con desafíos mucho mayores por delante haya existido un espacio reservado o casi secreto para abordar temas de psicología. Las iniciativas anunciadas por el Lic. Copelmayer son: a) que los candidatos a cargos electivos nacionales (y tal vez departamentales) se sometan a un “diagnóstico situacional” voluntario para probar a los electores que se encuentran en condiciones psíquicas para enfrentar el estrés y otras tensiones que demandará el ejercicio de sus cargos y b) que una evaluación psicológica obligatoria sea incluida como parte del carné de salud.
La primera de las iniciativas del Lic. Copelmayer parece una humorada y aunque algunas personas le sienten un tufillo a selección genética, o distopía transhumanista del tipo Gattaca3, es de esperar que pronto sea desmentida por la fuerza política a la que pertenece el proponente. En lo relativo al carné de salud, una prueba psicológica probadamente válida y confiable podría servir para despistar algún problema de salud digno de tratamiento y reconocimiento pero no hay evidencia de que la iniciativa haya sido cuidadosamente estudiada, tanto del punto de vista técnico como en sus aspectos éticos para que no adopte un cariz discriminatorio y estigmatizante que se transforme en pretexto para multiplicar la ocupación y el poderío de “mercaderes de la certeza” relegando o poniendo en riesgo el bienestar de cientos de miles de personas.

Por el Lic. Fernando Britos V.
La ONDA digital Nº 792
1Britos V., Fernando (2011) “El lado oscuro del S.R.SP. – De como los buenos propósitos del Decreto 56/2011 pueden dejar resquicios abiertos a la manipulación y la injusticia”. En: Derecho Laboral, t.LIV, Nº 243, julio-setiembre 2011; 511:524. Fundación de Cultura Universitaria; Montevideo.
2Britos V., Fernando (2011) “ Pruebas psicolaborales y manipulación en el mundo del trabajo”. En: Derecho Laboral – t. LIV, Nº 241 ; 25:32 (enero-marzo 2011). Fundación de Cultura Universitaria; Montevideo.
3 Gattaca (1997) es una famosa película de ciencia ficción escrita y dirigida por Andrew Niccol y protagonizada por Erthan Hawke, Uma Thurman y Jude Law, que trata sobre la selección genética sistemática.

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