jueves, 1 de diciembre de 2011

Nuevas especialidades en la Facultad de Psicología


ÉTICA Y EVALUACIONES PSICOLÓGICAS

¿Utilitarismo, deontologismo o esquema reflexivo?

Lic. Fernando Britos V.

Hace pocas semanas la Facultad de Psicología de la Universidad de la República  consiguió la aprobación por el Consejo Directivo Central C.D.C.[1] de la “Carrera de Especialización en Técnicas de Evaluación Psicológica  destinada a emitir títulos de posgrado en tres especialidades:  Evaluación Clínica, Evaluación Psicolaboral y Evaluación en Psicología Judicial y Forense.. Un examen somero de la “estructura curricular” demuestra que tanto el núcleo común como el pensum de las tres “especialidades” presenta una desproporción considerable entre las asignaturas relativas a la ética, la epistemología y los métodos, respecto a una abrumadora carga de viejas  técnicas y discutibles concepciones acerca de la utilidad de las pruebas proyectivas o aún de la existencia misma de presuntas disciplinas como la allí denominada “psicología proyectiva” que actualmente muchos consideramos incluida entre las llamadas pseudociencias junto con la grafología o la numerología.

En suma, un esfuerzo plausible por mejorar la formación de los psicólogos universitarios - que reconocidamente carecen de una preparación rigurosa para incursionar en ciertos campos del desempeño profesional en el momento de egresar – pero con una orientación estrechamente pragmática. Este artículo pretende poner sobre la mesa la discusión las concepciones de fondo bajo la premisa de que nunca es tarde para considerarlas si de este modo se puede conseguir que los jóvenes profesionales se vean involucrados en malas prácticas y que se presten, desprevenidamente, a la violación de los derechos fundamentales de sus pacientes o a actuar como instrumentos éticamente ciegos de quienes pagan sus servicios de modo que su actuación termine afectando negativamente la vida de mujeres, hombres y niños.

Dos teorías éticas – Paulette Dieterlen[2] en una de las secciones de una recopilación reciente [3] sostiene que, en la actualidad, hay dos teorías que se han ocupado del problema de la aplicación de la ciencia y la tecnología: el utilitarismo y el deontologismo. Esas concepciones naturalmente no son las únicas pero ambas tienen coincidencias terminológicas con los acuerdos de Nuremberg que se desarrollaron a partir del juicio de los criminales nazis al cabo de la Segunda Guerra Mundial[4].

Dichos acuerdos[5] se sintetizaron en una serie de principios: el consentimiento informado; el principio de beneficencia; el diseño de procedimientos y técnicas mediante experimentación previa (con animales); las intervenciones deben llevarse a cabo sin producir sufrimientos y daños innecesarios, físicos o mentales; ningún experimento debe llevarse a cabo si existe el más mínimo riesgo de muerte o daño irreparable, salvo que el sujeto sea el mismo experimentador; los riesgos que se corran por la aplicación de una técnica nunca deben ser superiores a la importancia humanitaria del problema a resolver; la investigación debe llevarse a cabo por personas científicamente calificadas; se debe prevenir cualquier daño y proteger tanto a quienes se someten a estudio como a quienes lo llevan a cabo; durante la investigación el sujeto debe tener completa libertad para retirarse en cualquier momento; el científico debe estar preparado para interrumpir la investigación si tiene razones para creer, en el ejercicio de su buena fe, habilidad técnica y juicio cuidadoso, que la continuación de aquella puede resultar en daño al sujeto.

Está claro que este acuerdo no se refiere exclusivamente a los actos médicos o a la investigación biológica sino que, en términos generales, vienen siendo aplicados a cualquier tipo de estudio sobre seres humanos y que, en tal sentido, debe reflexionarse sobre su vigencia cuando se trata de evaluar  psicológicamente a las personas en el ámbito clínico y más aún en el laboral y el forense o judicial.

El tema es sumamente importante y terriblemente complejo y esto último se debe a la relación amor y odio que existe entre la ética y las llamadas “ciencias duras” (Dieterlen 2004). Nosotros nos atreveríamos a incluir entre estas relaciones que complican el análisis a las incalificables que se desarrollan entre la ética y las pseudociencias.

La tradición deontológica (en el sentido clásico del “tratado del deber”) se refiere a lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer y tiene que ver con las consecuencias de las acciones humanas. El “consentimiento informado” y la “libertad de escoger” pertenecen a esta tradición.  En tanto el concepto de “daño físico y mental” y la concepción de “el bien de la sociedad” pertenecen a la doctrina utilitarista y tienen que ver con la inviolabilidad de las personas.

En filosofía, el respeto por las personas se asienta en el pensamiento kantiano. En Kant[6] hay dos ideas que tienen relación con el respeto que nos deben merecer todas las personas: el concepto de autonomía y nuestro trato con seres humanos como fines y no como medios. La autonomía es la capacidad que tenemos los humanos, en tanto agentes racionales, de establecer leyes que nosotros mismos obedeceremos. En tal sentido la autonomía es la condición que hace posible la libertad. En cuanto a la idea de tratar a las personas como fines sostiene Kant (1973)[7] , citado por Dieterlen: “Los seres racionales se denominan personas, porque ya su naturaleza los señala como fines en si mismos, es decir, como algo que no debe ser usado como un simple medio, y con ellos limita toda arbitrariedad (y es un objeto de respeto). Éstos no son, pues, fines subjetivos,  cosas cuyo ser es fin en si mismos…”[8]

Las ideas de Kant se oponen al utilitarismo. Éste induce a ignorar los fines de las personas si con ello se obtiene una utilidad social mayor porque las pérdidas individuales de algunas personas se compensarían con la ganancia social. Las tesis kantianas nos comprometen a respetar a todas y cada una de las personas independientemente de la utilidad social y se encuentran entre los fundamentos de una serie de importantes cuestiones de la ética contemporánea, desde la autonomía y dignidad de las personas hasta la capacidad de elegir y la inviolabilidad de los derechos humanos. Sin embargo, no son capaces de dar cuenta de todos los problemas y por eso el utilitarismo tiene un gran número de aplicaciones.

Como teoría ética las principales propuestas del utilitarismo apuntan a lo que resulta intrínsecamente valioso para los individuos, donde el mejor estado de cosas es aquel en el que la suma de lo que resulta valioso es lo más alta posible y finalmente establece que lo que debemos hacer es aquello que consigue el mejor estado de cosas. Tanto para Jeremy Bentham como para John Stuart Mill[9], lo bueno es lo que produce placer al mayor número de personas y lo malo es lo que causa dolor. Dieterlen recuerda que el utilitarismo nació como alternativa ética a las teorías que se basan en principios religiosos y que, en tal sentido, aún sigue siéndolo. Sus dos tesis fundamentales son la de beneficencia (procurar el bien del otro) y la de no maleficencia (no provocar daño). La beneficencia es una acción positiva que implica prevenir el daño, eliminar el mal y procurar el bien.

Aunque la fórmula  parezca muy sencilla, los problemas surgen cuando se trata de aplicar estos preceptos del utilitarismo en la práctica. Amartya Sen[10] advierte que hay tres maneras diferentes de concebir la utilidad: como placer, como satisfacción del deseo y como elección. El problema del utilitarismo clásico estriba en que para esta teoría resulta imposible dar cuenta de la heterogeneidad de las utilidades individuales cuando éstas se reducen al placer y al dolor. Por otra parte, el deseo puede estar relacionado con la evaluación pero no es en si mismo una acción valorativa. Para esta concepción del utilitarismo el problema es que “el deseo no explica nada cuando nos encontramos ante comparaciones interpersonales” (no es posible comparar grados de placer con grados de dolor).[11]

Sen  también cuestiona la utilidad como elección. Sostiene que la popularidad de este enfoque se debe “a una mezcla de una preocupación obsesiva por aquello que es observable y una creencia peculiar de que la elección es el único aspecto que puede ser observado”[12] Para Sen esta versión del utilitarismo se apoya en la idea que nuestras elecciones dependen de nuestras motivaciones. Ese argumento se derrumba ante el hecho que innumerables motivaciones no tienen que ver con el incremento de la utilidad. El sufrimiento de otras personas puede conducirnos a ejecutar acciones cuya descripción es sencillamente imposible si tomamos la utilidad como elección.

“Me parece importante afirmar que en la enseñanza de la ética hay que ser humildes y reconocer que nuestros conceptos morales tienen fuentes diversas. En ocasiones será necesario considerar las consecuencias de las acciones, como lo prevé el utilitarismo; a veces lo mejor es respetar los derechos de los individuos, como lo propone el deontologismo. Sin embargo, en nuestra vida moral, como lo propone Victoria Camps[13], también necesitamos recurrir, por ejemplo, a la enseñanza de las virtudes, como la justicia, la tolerancia y el respeto a la privacidad”(Dieterlen 2004)[14]

Confusiones corrientes entre ética y técnica – Al tratar las relaciones entre la ética y la ciencia y las técnicas suelen surgir confusiones debidas al carácter descriptivo de estas últimas y al carácter normativo de la primera. Además, existen dos categorías en la normatividad: la hipotética y la categórica. Sin embargo, la confusión en la que debemos detenernos ahora es la que se produce entre la ética y la eficiencia. En este sentido, cuando se habla de la llamada bioética, por ejemplo, se desarrollan discursos acerca de cómo proceden los profesionales con sus pacientes y como responden éstos a las expectativas de los profesionales sin detenerse en la valoración moral de las prácticas lo cual conduce al pasaje a segundo plano de los valores éticos.

Está claro que existe una diferencia entre las razones técnicas para efectuar una evaluación psicológica y la discusión de los principios éticos que intervienen cuando se efectúa dicha evaluación. El hecho de que se puedan distinguir tres ámbitos de evaluación psicológica (clínico, laboral y forense o judicial) no simplifica el problema sino que lo hace aún más complejo y reclama una discusión más profunda y detenida.

En ocasiones – Dieterlen (2004)[15] – olvidamos la distinción kantiana entre deberes hipotéticos, que corresponderían a la profesión y se basan en los deseos, y los deberes categóricos que son exclusivos del terreno de la moralidad y se basan en la razón. Más allá de que tal distinción no sea absoluta, no todos los casos de negligencia o mala práctica merecen un reproche moral. Hay casos en que, probablemente, los errores o malos resultados pueden ser prevenidos y reparados siguiendo puntualmente los preceptos de los Códigos de Ética. Hay otros casos en los que los deberes categóricos han sido eludidos o menospreciados y allí procede la condena moral.

Sin embargo, la confusión más frecuente es la que se produce entre ética y eficiencia. Para verla operando alcanza con considerar alguno de los métodos promovidos en el campo de las administraciones de salud para organizar los servicios médicos. Un ejemplo es el Método Oregon[16] que trató de establecer una fórmula de “calidad de bienestar” de una persona con y sin atención médica. Para lograrlo se determinó una relación costo-beneficio neta por la duración del estado de salud (dichos estados se definieron en 24 escalones desde la salud perfecta a la muerte). La idea era establecer que servicios médicos debían considerarse prioritarios. Los criterios tenían que ver con la eficiencia y no con la ética, por eso el método fracasó dado que el análisis costo-beneficio era incapaz de captar la importancia que las personas asignan a las tecnologías capaces de salvar vidas.

La eficiencia disfrazada de justicia tampoco funciona en el método de la tríada que se desarrolló para orientar las políticas médicas en tiempos de guerra o catástrofe cuando la escasez de recursos y la abundancia de heridos era crítica. Los heridos se clasificaban en tres categorías diagnósticas: los que sobrevivirían sin necesidad de atención médica, los que tal vez sobrevivirían si la recibieran y los que no sobrevivirían aunque recibieran toda la atención médica disponible. A partir de esta clasificación solamente los ubicados en la segunda categoría recibían atención médica y de este modo se pretendía utilizar los recursos en la forma más eficiente posible (mayor beneficio para el mayor número de personas). “Estos argumentos  contradicen nuestras intuiciones morales sobre la urgencia de atender prioritariamente a las personas  que más lo necesitan, independientemente de la ineficiencia de la atención”. Dieterlen (2004) [17]

Una ética a construir – El caso que nos ocupa - el intento por poner en marcha cierta formación de posgrado en “evaluación psicológica” – expone claramente la necesidad de reflexionar y abordar la construcción de una ética capaz de responder a los desafíos que plantean los desarrollos de las técnicas de investigación y el perfeccionamiento de la enseñanza universitaria. Dieterlen (2004) propugna un método para hacerlo, el llamado equilibrio reflexivo que, al igual que A. Sen y otros autores, remite a la obra de John Rawls (1971)[18].

El equilibrio reflexivo se apoya en varios presupuestos: por ejemplo, que nuestras comunidades están formadas por personas libres e iguales que tienen capacidad racional en cuestiones tanto teóricas como prácticas y que tienen un sentido de moralidad. Dicha capacidad moral es extraordinariamente compleja porque emitimos juicios sobre una gran cantidad de asuntos y acciones cotidianas. La cuestión no se resuelve haciendo una lista de juicios, intuiciones, casos y razones que tenemos para actuar sino mediante la formulación de un grupo de principios éticos. Junto con nuestras creencias y nuestro conocimiento de las circunstancias concretas, esos principios pueden ser aplicados en forma consciente e inteligente. De este modo se van formando juicios y convicciones morales. Algunos de estos juicios no cambiarán fácilmente, pese a que la filosofía moral es socrática y por ende las razones pueden modificar los juicios. Los juicios relativamente fijos pueden entrar en conflicto con los de otras personas y aún con los nuevos juicios que vamos formulando.

Dieterlen (2004) se pregunta “¿cómo podemos hacer que nuestros juicios morales sean consistentes con nosotros mismos y con los demás sin necesidad de imponer una autoridad externa?”[19] La respuesta se encuentra en el equilibrio reflexivo, criterio que nos permite ordenar y jerarquizar nuestros juicios, revisarlos, suspenderlos o abandonarlos, para llegar a acuerdos razonables. Siempre que pensamos que nuestros juicios generales y particulares no necesitan revisión nos encontraremos ante un equilibrio reflexivo estrecho. Por el contrario, cuando somos capaces de tomar en cuenta otros argumentos y otras concepciones de la moralidad, de modo de ser capaces de revisar tanto nuestro juicio general como nuestros juicios particulares tendremos un equilibrio reflexivo amplio.

Lejos de cualquier relativismo, el equilibrio reflexivo permite considerar la fuerza de diferentes argumentos y modificar algunas de nuestras convicciones, es decir comprender y modificar la teoría moral que se está construyendo y que se acomoda mejor a nuestras convicciones previamente reflexionadas y coherentes. Este método es el que nos permite enfrentar moralmente los desafíos que plantea la investigación científica, el desarrollo de las técnicas y los desarrollos de la enseñanza universitaria[20].

El equilibrio reflexivo se opone al fundamentalismo que, en materia ética, implica que la teoría parte de axiomas morales inmutables e indiscutibles, evidentes por si mismos,  de los que se deducen principios subsidiarios y concretos[21]. Las consecuencias prácticas del fundamentalismo deben ser enfrentadas no solamente en el campo de la ética sino, sobre todo, en el de la práctica científica y en la educación superior.

El equilibrio reflexivo parte del hecho que nuestro razonamiento moral es complejo, difícil e imprescindible. “(…) nuestros principios deben ser argumentados, refinados, ajustados y articulados en una teoría ética que es sensible a los contexto políticos, económicos y culturales, Quizá, lo más importante es que nos permite introducir en nuestra vida moral una gran variedad de conceptos éticos, como los derechos, las obligaciones, las consecuencias de las acciones y el ejercicio de las virtudes públicas”. (Dieterlen 2004) [22] [23]

Un ejemplo de los cambios necesarios y de la construcción de una ética en relación con las prácticas actuales de la psicología requiere una reflexión y la adopción de medidas prácticas para garantizar un tratamiento justo, respetuoso de la dignidad de las personas y de sus derechos fundamentales.
La única forma en que los juicios morales sean coherentes con una práctica honesta, beneficiosa y digna es que los mismos psicólogos actúen ya para evitar que se los limite a desempeñarse como meros aplicadores de tests o entrevistadores inquisitivos, como filtros selectivos indiferentes a las objeciones sobre la validez y confiabilidad de las técnicas o como meros intérpretes de simbologías arbitrarias. Por ahora parece que la carreta está colocada por delante de los bueyes.

Habrá que retomar el camino de la reflexión y en el mismo seguramente nos reencontraremos con Bleger (1972)[24] quien refiriéndose a los dilemas éticos que representa trabajar como profesional al servicio de una empresa, decía: “No es totalmente cierto que, de hecho y de manera insalvable, todo trabajo en empresas industriales o comerciales sea directamente una actividad contra los obreros; pero no es menos cierto que puede serlo con gran facilidad, y con mucha frecuencia realmente lo es. El núcleo de human relations consiste en ocuparse de los seres humanos para la empresa, Para nosotros, el factor humano es atendido en la empresa pero para los seres humanos que la integran”.[25]

FB/ 1-XII-2011.


[1] CDC, repartido Nº 662/11 del 27/9/2011.
[2] La Dra. Dieterlen es mexicana y se desempeña, simultáneamente, como Directora del Instituto de Investigaciones Filosóficas y de la Dirección General de Asuntos del Personal Académico de la UNAM. Su extensa obra se ha concentrado en diversos aspectos de la filosofía, especialmente derechos humanos, ética y ciencia, filosofía de la pobreza, justicia distributiva, marxismo analítico, racionalidad y ciencias sociales.
[3] Dieterlen, Paultette (2004) “Preocupaciones sobre el papel de la ética en la investigación científica y la educación superior en México. Una perspectiva filosófica”. En : Aluja, Martín y Birke, Andrea (coords.) El papel de la ética en la investigación científica y la educación superior; México: Fondo de Cultura Económica, 2004.
[4] Véase Grodin Michael y George Annas (2007) Médicos y tortura: lecciones de los doctores nazis. Versión en español de “Physicians and torture: lessons from the Nazi doctors”. International Review of the Red Cross; 89: 635-654.
[5] Todas las normas y más documentos están disponibles en Health Research Library; International Guidelines.  Se accede en http//www.med.umich.edu/irb med/ethics/Nüremberg/Nüremberg Code.html .
[6] Immanuel Kant (1724-1804)
[7] Kant, Immanuel (1973) Cimentación para la metafísica de las costumbres, Aguilar, México.
[8] Dieterlen, Op.Cit. pp.74.
[9] Los padres del utilitarismo, ambos británicos: J. Bentham (1748.1832) y John Stuart Mill (1806-1873).
[10] Filósofo y economista bengalí, Premio Nobel de Economía en 1998.
[11] Dieterlen, Op.Cit. pp.76.
[12] Sen, A. (2001) El nivel de vida. Editorial Complutense, Madrid. Citado por Dieterlen, Op.Cit. pp. 77.
[13] Victoria Camps Cervera (Barcelona, 1941) es una filósofa y catedrática universitaria española. Actualmente integra las Comisión de Bioética de España. De su extensa obra destacamos Manual de Civismo (1998) y Una vida de calidad: reflexiones sobre bioética (2002).
[14] Dieterlen, Op.Cit. pp.77.
[15] Dieterlen, Op.Cit. pp.78.
[16] Eddy, David M.(1991) Clinical Decision Making: From Theory to Practice. Oregon's Methods: Did Cost-effectiveness Analysis Fail? JAMA. 1991;266(15):2135-2141.
[17] Dieterlen (2004), Op.Cit. pp.80.
[18] Rawls, John (2006), Teoría de la Justicia. México, Fondo de Cultura Económica. También en Rawls, J. (2002) La justicia como equidad: una reformulación; Paidós Ibérica, Barcelona.
[19] Dieterlern (2004), Op.Cit. pp. 81.
[20] Una consideración más detenida acerca de los abordajes polémicos del tema se encuentra en Seleme, Hugo Omar (2004) “Posición original, equilibrio reflexivo y deontologismo”. En. Análisis filosófico XXIV, Nº1, mayo 2004: 83-110.
[21] Un caso interesante, expuesto con claridad por C.Gherardi, remite a las graves consecuencias que puede tener el fundamentalismo ético. Al artículo se accede en: www.unesco.org.uy/.../redbioetica/Gherardi_eutan
[22] Dieterlen (2004) Op.Cit. pp.82.
[23] Obras para profundizar son: Rose, Steve , Leon J. Kamin y R.C.Lewontin (1985) Not in Our Genes: Biology, Ideology and Human Nature; Pantheon Books, Nueva York,1985 Buchanan, Allen et al. (2001) From Chance to Choice. Genetics and Justice; Cambridge, Cambridge University Press.
[24] Bleger, José (1972) Psicohigiene y psicología institucional; Paidós, Buenos Aires.
[25] Bleger (1972), Op.Cit. pp. 95- 96.

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