viernes, 9 de diciembre de 2011

Reflexiones sobre el terrorismo de Estado


HEREDARÁS LA CULPA

Lic. Fernando Britos V.

“Di”, con este monosílabo, el Teniente General Hugo Medina reconoció, hace 20 años, que había dado la orden de torturar prisioneros[1].

Señas de identidad - El último Comandante en Jefe de la dictadura (1984- 1987) y ex Ministro de Defensa del Presidente Sanguinetti (1987- 1990), no fue original. Ante las preguntas del periodista Di Candia desplegó todo el repertorio de negaciones, mentiras y justificaciones que habían desgranado en los Juicios de Nüremberg los criminales que llegaron a ser juzgados al cabo de la Segunda Guerra Mundial. Por lo general se recuerda el llamado Juicio Principal donde dos docenas de capitostes nazis fueron juzgados y condenados por el Tribunal Militar Internacional.[2]

La concepción de una misión superior y la consiguiente ceguera moral, la cobardía de las justificaciones y el pundonor de los guerreros, el ocultamiento de los crímenes, la justificación de la conspiración para cometer crímenes y la felonía apelando al patriotismo y el espíritu de cuerpo, la obediencia debida, la teoría de los dos demonios, los excesos inevitables en la guerra y todos los eufemismos como “apremios” por tortura, las “pérdidas de puntos de referencia” por actos terroristas o simples latrocinios y los “excesos” por crímenes atroces. Todo eso ya se había escuchado en Alemania, en Indochina, en Argelia, en Argentina y en menor medida en Chile. Vasily Grossman[3] decía que la valentía tiene muchas formas mientras que la cobardía es una sola.

Nadie duda de que el nazismo fue derrotado, militarmente, en el frente germano-soviético y últimamente sabemos, desde diversas disciplinas, que el punto en que el poderío bélico de la Wehrmacht se deterioró más rápido de lo que podía ser reconstruido aconteció en diciembre de 1941, cuando los alemanes fueron rechazados en los suburbios de Moscú. Desde entonces el aparato bélico alemán mantuvo la capacidad de atacar durante un par de veranos (1942 y 1943) pero perdió la iniciativa estratégica.

A mediados de 1944 empezó a producirse un fenómeno en el aparato de exterminio que habían erigido los nazis con sus campos de concentración. Durante más de dos años habían llegado los trenes cargados de hombres, mujeres y niños, que eran sistemáticamente despojados y eliminados en las cámaras de gas. Aunque los hornos crematorios existieron y trabajaron a todo vapor, no daban abasto. Por eso muchos cientos de miles de víctimas habían sido enterradas en enormes fosas comunes. Entonces, bajo órdenes directas de Himmler, empezó un frenético proceso de desenterramiento y cremación de cadáveres. Esta no era tarea fácil. Al principio abrían las fosas donde había pilas de cuerpos de varios metros de profundidad, vertían nafta y encendían el fuego. Tras un par de semanas de labor se dieron cuenta que gastaban miles de litros de combustible y los cuerpos se resistían a quemarse. Por otra parte las humaredas eran densas y atraían a la aviación.

Entonces, decidieron montar una especie de gigantescas parrillas con rieles de ferrocarril y apilar no más de siete u ocho cadáveres en altura pero en cientos de metros de largo. De esta manera, con leña debajo y nafta como acelerador aumentaron el rendimiento pero aún así la cantidad de cremaciones era de pocos cientos por día. Los fuegos debían arder día y noche y consumir decenas de miles cada 24 horas. Nuevamente llegaron expertos en cremaciones (la identidad de algunos de estos individuos fue conocida) e indicaron que las piras debían armarse colocando debajo los cadáveres de niños, mujeres y hombres con mayor cantidad de grasa corporal y encima los más enjutos para facilitar la combustión. Esta operación para borrar  huellas no pudo culminar. Cuando los soviéticos llegaron a los campos, mayormente ubicados en Polonia, las fosas todavía contenían miles de cuerpos. Toneladas de cenizas humanas habían sido arrojadas en los cursos de agua, regadas en los campos y en  las carreteras. Los nazis habían intentado su “Operación Zanahoria”.

Pocos hechos marcaron la historia del siglo pasado como el ascenso del nazismo y sus crímenes  contra la humanidad. Pocos hechos tienen y mantienen un efecto tan profundo aunque los regímenes del eje fueran derrotados en 1945 y algunos de sus dirigentes hayan huido suicidándose o escondiéndose o hayan sido juzgados y ejecutados. Pocos crímenes han alcanzado la magnitud de los cometidos por los nazis. La generación de historiadores y científicos contemporáneos de los hechos se está desvaneciendo y dentro de poco no quedarán testigos vivos, ni entre víctimas ni entre victimarios. Sin embargo, los estudios, los análisis, los descubrimientos y las revelaciones seguirán produciéndose, en todo el mundo, porque los interrogantes sobre ¿qué sucedió?, ¿cómo sucedió? ¿por qué sucedió? son inagotables.

Heredarás la culpa - Los psicólogos clínicos que han tratado a quienes sobrevivieron al terror saben que sus efectos marcan no solamente a los perpetradores y a sus víctimas sino a los hijos y a los nietos de ambos. Aunque los efectos no son los mismos, el rastro del terror marca, muchas veces en forma inconsciente y siempre profunda, la psiquis humana por generaciones. Esto desmiente la ilusión de que muerto el perro se acaba la rabia y que los juicios morales se extinguirán o “prescribirán” cuando los actores abandonen el escenario por razones exclusivamente biológicas. El daño infligido a las víctimas no muere con ellas, la degradación y el horror que pesa sobre los perpetradores no se extingue en la prisión, no se expía en los juicios ni puede recibir alivio o perdón por la vía del arrepentimiento, la contrición, la piedad religiosa o las adicciones, el delirio o la locura.

Como dice Primo Levi[4], hay crímenes imperdonables y el sufrimiento extremo ha producido efectos paradojales: muchas víctimas que antes de sufrir el terror eran profunda o convencionalmente religiosas han abandonado completamente sus creencias en lo sobrenatural (de todos modos no hay nada más sobrenatural que el terror) mientras que algunos de los perpetradores se han refugiado o han retornado a una religiosidad o una vida metódica. Sin embargo la condición de imperdonables que por su carácter vicioso y destructivo tienen los crímenes de lesa humanidad hace que sean imposibles de conciliar a partir de la paz interior, de la reconciliación entre víctimas y victimarios o de alguna re escritura de la historia.

La pretensión que el distanciamiento conducirá  a la objetividad ha probado ser falsa, tanto en el campo psicológico, como en el histórico y político. Aunque no consideremos seriamente a quienes pretenden que la objetividad es neutralidad y de que es posible reflexionar sobre el pasado sin intersubjetividad y sin tomar posición, resulta claro que el paso del tiempo por si solo no es capaz de borrar los rastros de los tozudos hechos. Si esto no fuera cierto seguiríamos pensando como los ilusos creacionistas y fanáticos religiosos que el mundo tiene unos pocos miles de años de antigüedad y seguiríamos ignorando que la historia de nuestros ancestros homínidos se remonta a 3 o 4 millones de años y al corazón del continente africano.

El estudio de los grandes crímenes contra la humanidad  enseña que no hay camino para solucionar  los traumatismos y lesiones del pasado que no transcurran por la dilucidación de los interrogantes básicos. Sin un conocimiento y un abordaje multidisciplinario de los ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿por qué?, ¿para qué? ni siquiera queda la esperanza en el fondo de la caja, como en la de Pandora. Hay que reconocer que la comisión de cualquier crimen tiene antecedentes, requiere cierto grado de organización y supone un desarrollo político para su justificación, para el ocultamiento, la negación y la evasión de los culpables. Es decir que hay distinto tipo de perpetradores. Es sabido que hay responsables ideológicos, hay quienes diseñaron el aparato mortífero de los genocidios, hay administradores, verdugos y encargados de borrar huellas. Después aparecen los justificadores, los encubridores, los simplificadores. De la misma manera en que los crímenes de lesa humanidad resultan esencialmente  imprescriptibles, del mismo modo las huellas del terror se extienden por generaciones en las psiquis y en el entramado de una sociedad. Erradicar, prevenir, reparar son acciones complementarias que deben recorrer el camino de la verdad. Los grandes interrogantes son fundamentales, nunca retóricos, y por eso porfiados.

El Debate Goldhagen - En 1996, Daniel Goldhagen (n. 1959), un historiador estadounidense de origen judío, hombre de Harvard, publicó un libro titulado “Los verdugos voluntarios de Hitler Los alemanes corrientes y el Holocausto”. La obra se convirtió en un éxito de público pero recibió críticas demoledoras de los numerosos historiadores de todo el mundo especializados en los crímenes del nazismo y el holocausto. Los intercambios que entonces se generaron fueron conocidos como el Debate Goldhagen[5]. Los métodos del autor fueron muy criticados, por ejemplo por emplear trabajos antecedentes sin citarlos, presentando sus conclusiones como descubrimientos personales; utilización sesgada de las fuentes y documentos, de modo de tomar lo que servía a sus tesis y ocultar las evidencias que las desmentían.  Goldhagen elaboró una explicación simplista y maniquea al revivir la llamada tesis de la “culpa colectiva”. Todos los alemanes habían colaborado gustosamente con los crímenes o habían sido cómplices del exterminio de los judíos como producto exclusivo del antisemitismo que era un rasgo central y determinante de la cultura alemana. Por otra parte había hecho una descripción minuciosa y horripilante de los crímenes tratando en forma simplista las complejidades, las resistencias y la extensión misma del genocidio que para este profesor se concentraba en los judíos.

Aunque a los historiadores de derecha, como E. Nolte[6], no les gustaba mucho la tesis de la culpa colectiva rápidamente descubrieron que si todos los alemanes habían sido culpables era muy difícil establecer diferencias entre los perpetradores y las responsabilidades se disolvían. Todos los alemanes habían sido nazis o simpatizantes de los nazis y una vez muerto Hitler y desaparecidos o encarcelados sus colaboradores más directos el nazismo había sido liquidado y desde 1949, la República Federal Alemana se había transformado  instantáneamente en una democracia ejemplar. En suma, esa pesadilla del “pasado que no acaba de pasar” podía ser conjurada. Esta puede ser una de las explicaciones del éxito del libro en Alemania y en los Estados Unidos y de la escasa atención que recibió en Israel, Argentina, Francia o Uruguay.

Más allá de las manipulaciones metodológicas de Goldhagen, la crítica de los historiadores reconocía el papel que jugó el antisemitismo pero resentían el reduccionismo del autor. En efecto, ignoraba que el antisemitismo y los pogromos estaban profundamente arraigados en Polonia y en Ucrania, mientras que Alemania durante el siglo XIX y hasta el acceso de los nazis al poder, en 1933, era el país de referencia de los judíos europeos. En consecuencia el reduccionismo llevaba a ignorar que antes de arremeter contra la colectividad judía, el nazismo había detenido, torturado y asesinado a los militantes de izquierda, había asesinado a 400.000 discapacitados, homosexuales, gitanos y que en 1941, aún antes de la “solución final”, los nazis habían provocado la muerte por hambre de tres millones y medio de prisioneros de guerra soviéticos (esto terminó cuando debido a la carencia de mano de obra aplicaron a estos presos a trabajar como esclavos, en muchos casos hasta la muerte).

Goldhagen se detuvo en el caso de algunas unidades especiales de policía y de las SS,  los “einsatzgruppen” o batallones de la muerte, que fueron enviados a Polonia Bielorrusia y el Báltico para liquidar poblaciones judías. Sistemáticamente ignoró el hecho de que estos batallones no estaban integrados exclusivamente por alemanes y también soslayó el hecho que en muchos casos se negaron a fusilar mujeres y niños o demostraron falta de celo en la comisión de las órdenes criminales recibidas. Por ende, la visión maniquea de Goldhagen y la culpa colectiva termina favoreciendo la confusión y las respuestas genéricas a los grandes interrogantes. Este autor no es capaz de explicar como desapareció automáticamente el antisemitismo o como se mantiene y como se ha transformado en neonazismo y crímenes xenófobos.

La gran lección de este debate, para todos los crímenes del terrorismo de estado en todo el mundo, es que es preciso perseverar en la investigación de los hechos, la exploración de fuentes y archivos que documentan la represión y sus distintos efectos sobre la vida de las personas, las exhumaciones y trabajos antropológicos en busca de restos humanos, la recuperación de niños sustraídos, el estudio de las muertes sospechosas que tuvieron lugar durante las dictaduras y que no aparecieron en su momento como asesinatos (¿o es que alguien duda que la versión del chofer de Neruda, conocida desde hace años, no puede encerrar verdad, es decir que el poeta fue asesinado con una inyección letal).

Lavaderos del terror - Desde  1946 se conoce bastante bien el papel que jugó la banca suiza y naturalmente el gobierno helvético, para financiar a la Alemania nazi, abastecerla de minerales y aparatos estratégicos para el esfuerzo bélico y servir como lavadero para el oro que los nazis robaron en todos los países que ocuparon y el que extrajeron de las víctimas del Holocausto, Los suizos refundían el oro robado y lo acuñaban como lingotes del Reichsbank. Al mismo tiempo mantenían el flujo de minerales y otras materias primas decisivas para la Wehrmacht a través de Portugal, España, Francia y Suiza y hacían pingües negocios con este tráfico ferroviario que se mantuvo, sin interrupciones, hasta abril de 1945. Aún después de la rendición de Alemania seguían recibiendo, entregando y sobre todo cobrando las mercancías. Los suizos fabricaban y suministraban en exclusividad colimadores y otros aparatos ópticos de precisión que eran esenciales para la aviación y la artillería antiaérea alemana. Dramático y miserable fue el proceso posterior mediante el cual la banca suiza negaba sistemáticamente la existencia y el acceso de los sobrevivientes del Holocausto a las cuentas cifradas en que sus familias habían depositado fortunas durante mucho tiempo. Los cálculos más conservadores estiman lo estafado en seis mil millones de dólares pero la magnitud real de la maniobra podría multiplicar esa cifra por diez o por cien, poco importa.

Asimismo todavía se mantiene relativamente intacta la gran mentira destinada a encubrir los crímenes del imperio japonés en Asia desde la década de 1930 y hasta la rendición presuntamente incondicional en agosto de 1945. Esa mentira se basa en una versión acerca del emperador Hirohito, de quien se dice que habría sido una figura decorativa sin responsabilidad en los crímenes cometidos por la camarilla militar-industrial que gobernaba Japón. Ahora se sabe que el emperador y los príncipes imperiales organizaron y ejecutaron una gigantesca operación criminal de robo sistemático de oro y obras de arte que fue, acompañada, en muchas oportunidades con el asesinato de los prisioneros e ingenieros que ejecutaron los escondites. Se estima que una parte importante de esas riquezas se encuentra en inmensos depósitos subterráneos en el Palacio Imperial de Tokio que, nunca fue hollado por nadie ajeno a la camarilla imperial y de cuya inviolabilidad se aseguraron los ocupantes estadounidenses. Miles de toneladas de oro y joyas enterradas en Filipinas (el llamado Tesoro de Yamashita) fueron descubiertas por el dictador Ferdinando Marcos y parte de ellas se destinaron a operaciones de la guerra fría, en Italia, Japón y otros países.[7]

            Como lo demuestran los hechos que afloraron en los últimos años en Chile y Argentina, los crímenes de lesa humanidad y el terrorismo de Estado, invariablemente van acompañados por grandes operaciones de pillaje, robo y enriquecimiento de los perpetradores. El origen de las fortunas de los perpetradores, ocultas o no,  debe ser investigado y en este sentido, en nuestro país, estamos muy atrasados. Para este atraso puede haber varias explicaciones o justificaciones. Una de ellas es el “argumento de escala”. Este consiste en decir, “aquí se cometieron excesos pero eso fue excepcional, en la Argentina se aniquilaba a los enemigos, aquí les respetamos la vida y los tratamos con rigor pero con benevolencia”, “los apremios eran para obtener información y salvar vidas”. Esta mentira se ha venido derrumbando desde hace años y ahora no hay dudas acerca de que hubo una organización terrorista y criminal, que actuó sistemáticamente, para hacerse del poder, que procuró después borrar sus huellas y asegurar la impunidad de los perpetradores.

Esta organización, independientemente de sus dimensiones más reducidas, llevó a cabo sus vuelos de la muerte, secuestró y asesinó hombres y mujeres indefensos, raptó niños después de asesinar a sus madres y ejecutó todo tipo de atrocidades contra la población (comprendiendo dejar morir pacientes sin tratamiento médico, falsear autopsias y desarrollar programas para atentar contra la salud mental de las personas), programó la represión, censuró, persiguió, clausuró, destituyó. También robó, estafó y se apoderó como “botín de guerra” de los bienes de mucha gente aún de quienes ni siquiera se les oponían. Hubo perpetradores que robaron un reloj, una radio, una billetera (¿quién se apoderó de la modesta camioneta del Maestro Julio Castro?) pero también hubo grandes negociados, saqueo en gran escala, coimas y chantajes, contrabando y vaciamiento de empresas, etc.

No cabe duda que la mayor degradación, la mayor corrupción de los individuos se produce en el marco del terrorismo de Estado pero la experiencia demuestra que todas las formas de corrupción deben ser investigadas y, en particular, entre los delitos económicos debe investigarse el patrimonio de los grandes perpetradores, ya se trate de “viejitos enfermos” como de sus herederos, descendientes, testaferros, hombres y mujeres de paja, bataclanas y amigotes. El combate al narcotráfico y las medidas contra el lavado de activos demuestra que este camino es posible y vistas las circunstancias, imprescindible para conseguir que resplandezca la verdad y para poder, tan pronto como sea posible, hacer un balance de estas cuentas oscuras. El capital siempre puede metamorfosearse pero su huella puede ser seguida y lo mal habido debe ser restituido. Si estos pasos no se dan será imposible una verdadera reparación y sin ella cualquier reconciliación no pasa de un tropo, retórico e ineficaz.






[1] Di Candia, César (2007) Confesiones y arrepentimientos. Selección de entrevistas. (tomo II, p.7) El País, Montevideo.
[2]  Hubo varios juicios sucesivos que se extendieron durante años. Entre ellos, el Juicio de los doctores,  contra 24 médicos acusados de conspiración y crímenes contra la humanidad, incluyendo casos de esterilización forzosa y masiva de enfermos, el asesinato de 300.000 internos de hospitales psiquiátricos, confinamiento, tortura y exterminio de miles de personas en los campos de concentración, realización de investigaciones nocivas y letales contra prisioneros de guerra y civiles y contra pacientes en hospitales y otras instituciones médicas. El juicio contra Erhard Milch, un mariscal de campo alemán, acusado de graves crímenes en los campos de concentración. El Juicio de los Jueces, contra 16 abogados y jueces que establecieron el aparato jurídico nazi y fueron acusados y encontrados culpables de conspiración criminal, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. El Juicio de los Ministros, seguido contra los dirigentes del Estado Nazi por su participación en atrocidades cometidas tanto dentro en Alemania como en los países ocupados. El Juicio a los Einsatzgruppen, contra las brigadas de la muerte de las SS y de la policía que practicaban el exterminio local de los judíos y de los miembros de la resistencia. El Juicio del Alto Mando, seguido contra los generales del Ejército, la Marina y  la Fuerza Aérea alemanas, por la comisión de graves crímenes y terribles atrocidades durante la guerra. El Juicio de Pohl, seguido contra la oficina Endlösung, encargada administrativa de los campos de concentración y exterminio cuyo jefe era Oswald Pohl. El juicio contra los industriales alemanes Friedrich Flick, Krupp e I.G. Farben por la utilización de trabajo esclavo y crímenes contra la humanidad. El Juicio RuSHA, contra los promotores de la idea de pureza racial y del programa Lebensborn.
[3] Escritor y periodista soviético (1905-1964)  dio testimonio directo de la lucha en el frente germano-soviético, especialmente de las acciones en Stalingrado.
[4] Levi, Primo (1994) Vanadio (pp.215-228) En: Il sistema periódico;  Giulio Einaudi editore s.p.a., Turín, 1994.

[5] Finchelstein, Federico (editor)  ( 1999) Los Alemanes, el Holocausto y la Culpa Colectiva. El Debate Goldhagen, EUDEBA, Buenos Aires.
[6] Ernst Nolte (n. 1923) es un historiador alemán conocido a partir de una polémica con Jurgen Habermas durante los años 1986 y 1987 (el Historikerstreit). Nolte sostiene una teoría exculpatoria muy similar a la de “los dos demonios”. En efecto, consideraba  que los crímenes de los nazis fueron una mera reacción defensiva ante los crímenes de los soviéticos. Según Nolte, el Nacional Socialismo surgió sólo como respuesta al «genocidio de clase» y «barbarismo asiático» de los bolcheviques. Asimismo, argumentó que el Holocausto, o «genocidio racial», fue una respuesta comprensible, aunque excesiva, de parte de Adolf Hitler frente a la amenaza soviética. Nolte calificó al Holocausto como una überschießende Reaktion (reacción exagerada) a los crímenes de los bolcheviques.

[7] Sterling Seagrave y Peggy Seagrave (2005) "Los guerreros del oro. El tesoro de Yamashita y la financiación de la guerra fría", Ed. Crítica, Barcelona, 2005.

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