miércoles, 1 de julio de 2015

Alexander Shulgin y las drogas psicoactivas

 
NI HÉROE NI CANALLA:
ESFORZADO INVESTIGADOR



Alexander Shulgin
y las drogas psicoactivas
 


 Lic. Fernando Britos V.

Hace un año falleció A. Shulgin, un químico farmacéutico controvertido, un investigador concienzudo y audaz, un gran promotor de las polémicas “drogas recreativas”, un científico ingenuo, un experimentador renacentista, el progenitor químico de la “contracultura” californiana. Todo esto fue, pero sobre todo un hombre honesto: murió pobre.
A él nunca le gustó que muchos le llamaran “el padrino del éxtasis”, y en realidad no comprendía por qué se le aplicaba ese mote que consideraba profundamente injusto ya que sus descubrimientos, sus trabajos científicos sobre los estados mentales alterados, se basaron en la experimentación sobre su propio organismo, no pretendieron el mal o el jolgorio y no tuvieron un fin de lucro o la búsqueda de la fama, directa o indirecta.
A diferencia del personaje Walter White, de la serie Breaking Bad, Shulgin no se “volvió malo” y por cierto hizo sus opciones, pero sería aventurado endilgarle propósitos malignos o finalidades mezquinas en el correr de su larga vida. Sin embargo, cuando empiezan a aparecer advertencias sobre la irrupción de nuevas drogas sintéticas –como sucede ahora con la Flakka, o MDVP, o Metilen dioxi pirrolidina ketona (3,4-metilendioxifenil-2-pirrolilidinilpentano-1)– el nombre de Sasha Shulgin vuelve al ruedo para bien o para mal.
La Flakka no es una droga precisamente nueva, pues anda en la vuelta desde hace una década en los Estados Unidos[1]. Se trata de un potente estimulante del grupo de las catinonas[2], familia de las feniletilaminas a la cual también pertenece la conocida como Éxtasis (o MDMA).
Shulgin fue el descubridor de cientos de moléculas psicoactivas, cuyos efectos experimentó en su propio organismo, en el de su esposa Ann y en los de algunos amigos, pero no tuvo nada que ver con la MDVP. En cuanto al Éxtasis (MDMA), se trata de una molécula desarrollada hace más de un siglo (en 1912) por el laboratorio Merck como coagulante y anti hemorrágico, pero que nunca fue explotada como tal.
En 1976 Shulgin empezó a experimentar con la MDMA y descubrió un nuevo camino químico, más sencillo, para sintetizarla. Trabajó junto con Leo Zeff, un psicólogo amigo suyo, y éste fue quien realizó ensayos con muchos pacientes y popularizó su uso clínico. Ni Shulgin ni Zeff tuvieron la intención de desarrollar una droga global aunque defendían el derecho a emplearla como sustancia recreativa si se la consumía en dosis adecuadas.[3]
A fines de la década de los setenta, el Éxtasis (ya con ese nombre) apareció en los clubes nocturnos de Dallas (Texas) y en los boliches de Ibiza (en las Baleares), y se transformó en el combustible de las desenfrenadas noches psicodélicas de espuma y música tecno.
Aunque ese tipo de consumo desaprensivo y masivo no había sido la intención de Shulgin, contribuyó a hacerlo famoso entre el gran público hippioso y una especie de genio maligno entre los prohibicionistas y ante los medios de comunicación que buscaban explicaciones fáciles para el auge de las pastillas coloreadas que coparon las fiestas en todo el mundo.
Alexander Shulgin había nacido el 17 de junio de 1925, en Berkeley, California. Era hijo de un emigrante ruso y una estadounidense. En su juventud estudió química orgánica. Después se alistó como marinero durante la Segunda Guerra y mientras estaba embarcado abordó el desafío de memorizar una enciclopedia de química.
Al darse de baja aprovechó las facilidades que daban a los ex combatientes para hacer estudios universitarios y en 1955 se doctoró en bioquímica en la Universidad de su ciudad natal. Después hizo estudios posdoctorales de psiquiatría y farmacología y trabajó en laboratorios. Entre éstos el gigante Dow Chemical, donde creó el famoso Zectran, que fue el primer pesticida biodegradable.
El Dow hizo tanta plata con la patente del Zectran que le dio vía libre a su joven genio para utilizar su laboratorio en lo que él quisiera, y Shulgin empezó a interesarse por las sustancias psicotrópicas. A mediados del siglo pasado muchos científicos (antropólogos, psicólogos, psiquiatras) habían sido atraídos por los efectos de ciertas sustancias alucinógenas naturales, presentes en hongos, cactus y otros vegetales, que algunas culturas indígenas empleaban en cultos chamánicos.
El caso prototípico era el de la mescalina que Shulgin probó entonces. Refiriéndose a esa experiencia dijo después que accedió a recuerdos y sentimientos sorprendentes que no había sentido desde su más tierna infancia. Todo lo que había experimentado provenía de lo más profundo de su memoria y de su psiquis y aunque el desencadenante había sido poco menos de un gramo de una sustancia blanca compendió que todo ese universo estaba contenido “en la mente y el espíritu”.
Podemos optar por no acceder a ese mundo –sostenía Shulgin–, podemos negar su existencia pero, sin embargo, esta allí, en nuestro interior, y hay sustancias químicas que pueden actuar como catalizadores para el acceso.
A partir de esta concepción, que reunía, en dosis más o menos equiparables, misticismo, romanticismo, ingenuidad y agudo espíritu científico, el brillante químico –que también supo trabajar para la DEA[4]– hizo de la manipulación de moléculas, para desarrollar nuevas drogas, la obra de su vida.
Desde que abandonó la Dow Chemical en 1965, montó un completo laboratorio para trabajar en psicofarmacología, en unas piezas ubicadas en el jardín, al fondo de su vivienda. Mientras escuchaba a sus preferidos, Rachmaninoff, Shostakovich y Prokofieff y fumaba su pipa de brezo, entre retortas, serpentines y probetas, Shulgin sintetizaba nuevos compuestos y comprobaba sus efectos, ingiriendo o aspirando sus descubrimientos a partir de dosis mínimas y aumentando por miligramos la dosificación hasta lo que consideraba el máximo admisible, tanto para mantener dentro de ciertos límites los efectos psicotrópicos como para hacer soportable la resaca que inevitablemente conllevaban los nuevos compuestos.
El sabio excéntrico e independiente era tolerado porque la policía y la DEA sabían que su actividad era desinteresada y que no comercializaba productos ni vendía fórmulas o procedimientos a los traficantes. De hecho asesoraba a la DEA identificando nuevas drogas y tenía licencia para producir algunos compuestos. Hasta que en 1994 la tolerancia se acabó de golpe. Las agencias federales allanaron el laboratorio y aduciendo la presencia de muestras de sustancias prohibidas multaron a Shulgin (por 25.000 dólares) y le quitaron la licencia.
Shulgin, en coautoría con su segunda esposa Ann, una psicóloga con quien se casó en 1981, escribió sus dos libros más conocidos: PiHKAL, una historia de amor químico, en 1991, y TiHKAL, la continuación, en 1997. Ambos son considerados clásicos en materia de química orgánica y síntesis de drogas ilícitas (la DEA los consideraba “libros de cocina” de los laboratorios clandestinos). Su bibliografía es extensa con más libros y cientos de artículos científicos de su especialidad.
Los fabricantes de drogas prohibidas y los narcotraficantes ganaron decenas de miles de millones de dólares pero Shulgin, que invariablemente repudió la codicia de los criminales y se mostró conmovido y perturbado por las muertes por sobredosis que produjeron algunos de sus descubrimientos, vivió modestamente y en sus últimos años se vio apremiado por la falta de recursos para atender su salud. En el año 2010 sufrió un accidente cerebro vascular y su recuperación fue posible merced a la ayuda de su esposa y a una campaña solidaria de sus amigos, colegas y admiradores.
Shulgin falleció unos días antes de cumplir 89 años, también en junio pero del año pasado. La importancia de su obra y las polémicas que se siguen suscitando sobre la misma tiene que ver con los problemas contemporáneos del combate al narcotráfico.
Las drogas de síntesis siguen teniendo mayor presencia en Estados Unidos y en Europa que en nuestro medio, pero para el prohibicionismo, que estigmatizó a Shulgin, “el calor sigue estando en las frazadas” de modo que la droga como sustancia es por contacto, proximidad o presencia, la explicación única de todos los males que provoca.
En otras palabras, las circunstancias sociales, el contexto cultural del consumo, las políticas públicas para la cura, la rehabilitación y la limitación del consumo aparecen en un distante segundo plano aunque la mera represión haya fracasado.
Alexander Shulgin, su curiosidad y su candor, merecen un reconocimiento pues no fue ni un héroe ni un canalla sino un explorador que abrió el camino para una comprensión más profunda, mediante la síntesis química, acerca de los efectos neurológicos de las drogas sobre el cerebro humano.
 
 


[1] La MDVP fue sintetizada por el laboratorio alemán de Boehringer Ingelheim, en 1969, según parece para emplearla como fármaco anti depresivo o fines similares, pero nunca se llegó a comercializar. Como la inmensa mayoría de los compuestos químicos de síntesis poseía fuertes efectos psicoactivos. Últimamente los narcotraficantes la promovieron como “droga caníbal” porque aducían que producía una euforia tal que promovía el canibalismo. Aunque sus efectos deletéreos son importantes y eventualmente mortales, la promoción del canibalismo está descartada y se la considera parte de la propaganda perversa para potenciar sus “atractivos”. 

[2] Las catinonas son alcaloides que, en la naturaleza, están presentes en las hojas del arbusto khat, cuyas hojas son masticables con efecto psicotrópico que, como la coca, se mascan en zonas del Medio Oriente (especialmente en el Yemen). 

[3] Shulgin es autor de la escala que lleva su nombre y a la cual sometió a cientos de moléculas para determinar las dosificaciones que pretenden evitar los efectos secundarios no deseados, los peligros y las complicaciones. 

[4] Drug Enforcement Administration: el organismo antinarcóticos de los Estados Unidos. 





martes, 23 de junio de 2015

Gallipoli 1915

Gallipoli 1915: monumental incompetencia militar y consecuencias que llegan hasta hoy

En este año 2015, de terribles aniversarios, el cine vuelve a abordar uno de los mayores episodios de incompetencia militar y política que ocasionaron más de medio millón de bajas entre los combatientes, turcos defendiendo los Dardanelos y el acceso a Estanbul y británicos, franceses, australianos y neozelandeses, atacándoles.
Hugo Acevedo ha comentado en La ONDA digital el filme The Water Diviner (mejor traducido como el rabdomante) dirigido y protagonizado por Russell Crowe. Eso nos exime de hacerlo.
En Turquía la película se denominó Son Umut, en España El maestro del agua, en Latinoamérica Promesa de vida y en Uruguay El camino de Estanbul.
Ninguno de estos títulos podía aludir al trasfondo determinante de la carnicería que se desarrolló entre febrero de 1915 y enero de 1916 en la árida y estrecha península que se extiende por 80 kilómetros como flanco oeste de los estrechos de los Dardanelos que son el cerrojo del Mar Negro.
fernando britos
Winston Churchill fue el autor intelectual – El militar, político y escritor que jugaría su gran papel como Primer Ministro de la Inglaterra asediada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, era en 1914 el Primer Lord del Almirantazgo británico, algo así como el Ministro de Marina y jefe de la flota más poderosa del mundo.
La Primera Guerra Mundial comenzó a principios de agosto de 1914 y tres meses después estaba absolutamente trancada en tierras de Francia. La máquina bélica alemana había arrasado Bélgica y hecho recular a los franceses y británcos hasta el río Somme, a poco más de 30 kilómetros de París, pero su empuje se había agotado.
A fines de octubre, mediado el otoño boreal, la guerra de movimientos se había enterrado en hondas zanjas, cráteres, alambradas y campos minados. La espantosa guerra de trincheras duraría cuatro años más y costaría la vida de millones de hombres, destrucción y muerte para la población civil, millones de heridos, ciegos, mutilados, enfermos y la transformación de miles de kilómetros cuadrados de la tierra de nadie en un paisaje lunar, un desierto de barro, donde todavía yacen enterrados e ilocalizables – un siglo después – miles de toneladas de explosivos sin estallar, fragmentos humanos de los soldados desconocidos e inmensos osarios y cementerios.
El pueblo británico había saludado con entusiasmo el comienzo de la guerra. El ejército llamado Fuerza Expedicionaria estaba integrado por jóvenes voluntarios comandados por veteranos oficiales envanecidos, ennoblecidos y estupidizados por su participación en las guerras coloniales del siglo XIX.
Un ejemplo, un solo ejemplo, eran las manifestaciones de Horatio Kitchener, el alto jefe y Ministro de la Guerra británico que sostenía que las ametralladoras eran armas muy sobrevaloradas y que las cargas de la caballería podían decidir los combates. Esto lo decía meses después que las ráfagas mortíferas fueran responsables del 70% u 80% de las bajas que sufrían sus soldados y del despanzurramiento de caballos y jinetes.
El optimismo del público se desvaneció rápidamente cuando las bajas alcanzaron a varios miles de soldaditos por día, y en algunos combates por hora. Todo era mucho más sangriento y brutal de lo que se había pensado. Ambos bandos se desangraban sin que ninguno pudiera empujar al otro a retroceder en una batalla decisiva.
Entonces Churchill propuso su plan estratégico para el que decía que no había alternativa. El imperio otomano, en un avanzado estado de desintegración, controlaba los Dardanelos y el Bósforo, es decir los estrechos que permitían la comunicación entre el Mar Egeo y por ende entre el Mediterráneo Oriental y el Mar Negro. Estanbul, la antigua Constantinopla, en la orilla europea de los estrechos era uno de los últimos dominios de Turquía y el país se había aliado con Alemania y Austria-Hungría contra Inglaterra, Francia y Rusia.
Churchill que ya era uno de los más influyentes políticos conservadores sostenía que forzando los estrechos mediante la poderosa flota aliada y bombradeando Estanbul se provocaría la caída del imperio otomano, se conseguiría que Rumania y Bulgaria se unieran a Servia para combatir a los austríacos y se aliviaría la presión a que estaba sometida la Rusia zarista en el frente oriental.
El abrir un nuevo frente en los Balcanes, obligaría a los alemanes a distraer más tropas de occidente para apoyar a sus aliados austríacos que ya la tenían bastante complicada.
El plan de Churchill naturalmente no se circunscribía a objetivos puramente militares y le echaba el ojo al ingente flujo de cereales y carbón que desde Ucrania se podría sacar al Mediterráneo y Europa desde el Mar Negro.
Sin embargo había un gran objetivo estratégico oculto que no tenía que ver con Europa sino con los grandes intereses coloniales de Inglaterra y en menor medida de Francia e Italia, en Asia y África.
Desde el pináculo de su poderío – cuando Solimán el Magnífico encabezó a los turcos en el sitio de Viena durante el siglo XVI – el imperio otomano había empezado a declinar. Este declive se acentuó durante el siglo XIX. Turquía debió ceder Hungría a Austria; Ucrania y Polonia cambiaron de manos; Egipto pasó a ser un protectorado británico desde 1839; Francia hizo lo propio en Siria y el Líbano y hasta Italia se apoderó de Libia, la última posesión turca en África en 1911.
Terminar con el decadente imperio no solamente culminaría la arrebatiña de sus posesiones por parte de las potencias europeas sino que tenía un gran interés político, cuyas consecuencias sufre la región y el mundo hasta hoy en día: el control colonialista de los recursos petrolíferos de Mesopotamia y el Medio Oriente.
El imperio otomano era musulmán y durante siglos se había adjudicado el papel de defensor de la fe del Islam por lo que para los británicos, el plan de Churchill representaba un golpe al islamismo. A pesar del control autocrático que ejercían los otomanos sobre los pueblos de oriente (árabes, persas, kurdos, etc.) su caída – pensaban los estrategas británicos – impediría que la oposición al colonialismo se identificara y unificara con el Islam.
Naturalmente no se trataba de cálculos religiosos o culturales. Lo que temían los colonialistas europeos era la unificación de sectas, tribus, jeques y reyezuelos, bajo banderas fundamentalistas. Su política, entonces como durante siglos, había obtenido resultados paradojales y ahí está ahora el llamado Estado Islámico para probarlo pero en 1915 los británicos pensaban que una contundente demostración de fuerza, tomando Estanbul y abriendo los estrechos, impediría o dilataría el enfrentamiento con las fuerzas que generaba su política colonial de rapiña en el Oriente Medio.
Un plan temerario y sus jefes ineptos – El plan de Churchill no tuvo mucha oposición en las altas esferas británicas, después de todo el joven Lord del Almirantazgo tenía experiencia en guerras coloniales y su determinación parecía una solución al sangriento atolladero de los campos de Flandes.
De apuro se destacó buena parte de los acorazados y cruceros pesados de la flota británica hacia Alejandría, la base más cercana que tenían los aliados en el área. La flota francesa se les unió bajo el mando británico.
En Egipto se agrupó tropas bisoñas en campos de entrenamiento para el paseo militar que se pensaba se produciría después que la artillería naval pulverizara a los turcos y abriera el camino a Estanbul. A muchos jóvenes irlandeses, australianos y neozelandeses se les ofreció la posibilidad de cubrirse de gloria como británicos de primera clase: se integró el ANZAC (Australia and New Zeland Army Corps).
A mediados de febrero de 1915 empezó la acción. La artillería naval de la flota aliada – el arma más poderosa de la que se disponía en aquel entonces – se desató contra las posiciones turcas en los Dardanelos durante varias semanas. Como suele suceder los almirantes y generales atacantes desconocían el terreno e ignoraban olímpicamente el tipo de fuerzas que enfrentaban.
Los Dardanelos son canales angostos y profundos flanqueados a ambos lados por áridas montañas en las que los turcos, asesorados por los alemanes, estaban bien atrincherados. Los derroteros y mapas que tenían los invasores tenían más de diez años de antiguedad y ninguno advertía que las aguas habían sido profusamente sembradas de minas.
Los bombardeos de febrero porbaron ser ineficaces. Cuando la tormenta de fuego cesaba después de varias horas, los turcos salían de sus refugios, montaban sus obuses y acosaban a los barcos aliados, especialmente a los dragaminas que no podían hacer su trabajo.
El plan de Churchill era predominatemente naval pero después de los pimeros bombardeos los almirantes británicos se dieron cuenta que no podrían superar los estrechos si no contaban con apoyo de infantería en tierra que “limpiara” los fuertes turcos.
A mediados de marzo, azuzados por Churchill y los altos jefes, la flota se lanzó a atravesar los estrechos a cañonazo limpio. Entonces tres acorazados y cruceros pesados se hundieron al chocar con los campos de minas y otros tres quedaron convertidfos en pontones incendiados que hubo que remolcar de apuro a mar abierto. Miles de muertos y desaparecidos y sobre todo la pérdida de la tercera parte de las naves pesadas de la flota terminaron con la fase netamente naval de la aventura.
En medio de celos, envidia y rivalidades entre los jefes máximos, el ministro Kitchener ordenó desembarcos y encomendó al general Ian Hamilton (a quien llamaba “el maldito poeta”) como comnadante de la operación. Hamilton estaba seguro de que barrería la península apenas pusiera pie en ella. Contaba con más de 75.000 hombres (30.000 del ANZAC, 17.000 franceses y 28.000 ingleses e irlandeses).
En Londres compartían el optimismo de Hamilton, se pensaba que los turcos huirían o se rendirían inmediatamente ante sus tropas. Sin embargo, la mano venía muy fea para los pobres soldados expedicionarios. No había barcazas de desembarco, de modo que debían descender de los transportes en chalupas e ir llegando a la playa como podían. No tenían granadas de mano, morteros ni otra cosa que su armamento liviano. Para mejor las municiones escaseaban a mil kilómetros de Alejandría.
En abril se multiplicaron los desembarcos pero todos tuvieron una característica común: no pudieron penetrar tierra adentro y permanecieron clavadas en la playa o un par de cientos de metros más adelante. Todos los puntos estaban dominados por acantilados y colinas en las que los turcos se habían fortificado. Los jefes dirigían las operaciones desde los barcos y los oficiales a cargo de la operación en tierra carecieron de iniciativa para explotar el escaso valor de la sorpresa de modo de tomar tomar las alturas.
Las cabezas de puente se volvieron un verdadero infierno donde los soldados se hacinaban malamente enterrados, permanenetmente bombardeados por la artillería turca, asediados por los francotiradores, sin comida, sin agua, sin municiones y soportando el hedor de cientos y miles de cadáveres que nadie podía recoger y enterrar.
Los grandes jefes habían ignorado las inclemencias del clima y el terreno. El verano extraordinariamente caluroso y la aridez del territorio donde no había ni una gota de agua ni vegetación alguna que protegiera de un sol sacrificial trajeron consigo la disentería. El 80% de los soldados se debatían en su propia mierda y a duras penas eran trasladados cuando estaban en las últimas.
Los piojos y sobre todo las moscas eran un azote. Los testimonios de época señalan que la plaga de moscas era tan abundante que todo estaba cubierto de una especie de negro manto viviente formado por millones de insectos. Era imposible comer sin ingerir decenas o cientos de moscas que se pegaban a la comida, a la boca y a las manos.
El enemigo también había sido menospreciado. Los turcos luchaban con extraordinario coraje y determinación, no se rendían nunca y contraatacaban de día y de noche. El general alemán Otto Liman von Sanders organizó las defensas. Entre los oficiales turcos se destacó el teniente coronel Mustafá Kemal, comandante de una división que llevó el peso de los combates. Valiente y decidido, recibió el sobrenombre de Atatürk (el padre de los turcos) y sería presidente de su país en la década de 1920.
Los británicos pagaron muy cara la inexperiencia e ineptitud de la oficialidad que se vio anonadada por el choque brutal entre lo que esperaban y lo que se encontraron en la península de Gallipoli.
El objetivo oculto prolongó la agonía y el fracaso – Hace exactamente cien años, en junio de 1915, era claro que la batalla de Gallipoli o de los Dardanelos estaba irremisiblemente perdida para los aliados y la pregunta que hay que hacer es ¿porqué el sufrimiento inútil y la agonía de miles y miles de desgraciados soldados se prolongó durante seis terribles meses más?
La respuesta radica en el objetivo oculto que antes mencionamos. El alto mando británico temía que una retirada aumentase su descrédito y fortaleciese a los distintos movimientos nacionalistas y musulmanes, que si bien no eran partidarios de los turcos verían la derrota en Gallipoli como un indicio de debilidad de las potencias coloniales para imponer sus designios en el Medio Oriente, Asia y África.
Finalmente, los costos del fracaso se hicieron insoportables. El Primer Ministro Asquith dimitió y fue reemplazado por David Lloyd George. Churchill perdió su cargo de Primer Lord del Almirantazgo y se fue a comandar un batallón de infantería en Francia. El general Ian Hanilton fue reemplazado por su colega Charles Munro a quien se encargó efectuar una rápida retirada sacando a los sobrevivientes de aquel sangriento atolladero, lo que se consiguió en enero de 1916.
El tétrico balance posiblemente se quede corto por insuficiencias de la información en la época. Se habla de 250.000 bajas entre los aliados y otro tanto entre los turcos. 29.000 soldados británicos e irlandeses, 11.000 australianos y neozelandeses, 16.000 franceses, murieron en Gallipoli. Gravemente heridos y con secuelas irreversibles resultaron 300.000 hombres en ambos bandos.
Por el Lic. Fernando Britos V.
La ONDA digital Nº 724

jueves, 18 de junio de 2015

Peter F. Drucker, el gurú empresarial


EL CONSULTOR EMPRESARIAL
QUE DESLUMBRÓ A LOS
ESTADOUNIDENSES




¿Qué sentido tiene clonar
un dinosaurio?


Los intentos por disfrazar las políticas más reaccionarias y oscuras presentándolas como recetas gerenciales innovadoras, exentas de ideología y capaces de producir cambios positivos, están condenados a revolver el panteón de autores del pasado. Se trata de clonar los dinosaurios de una gestión perimida.



Por Fernando Britos V.


La literatura sobre temas empresariales, como la de autoayuda con la que está emparentada, es evanescente, light y naturalmente efímera. Sin embargo, de vez en cuando, se intenta volver a reciclar a figuras del pasado más o menos reciente. Es el caso de algún reverenciado consultor o gurú gerencial.
PEQUEÑA NOTA BIOGRÁFICA
Peter Ferdinand Drucker nació en Viena el 19 de noviembre de 1909 y murió por causas naturales, en California, el 11 de noviembre de 2005. Le faltaba una semana para cumplir los 96 años. En su larga vida fue escritor prolífico y gozó de gran reconocimiento en el mundo empresarial como consultor con fama de "gurú" o iluminado. Su familia, perteneciente a la burguesía vienesa, abandonó Austria cuando la anexión hitleriana. Su padre se convirtió en profesor de economía internacional en los Estados Unidos; su madre fue una de las primeras mujeres en estudiar medicina en su país. Peter había hecho sus estudios en Alemania y en Gran Bretaña. Se doctoró en derecho en la Universidad de Frankfurt en 1931.
Ya entonces se desempeñaba como docente de derecho internacional y de historia constitucional, y también escribía comentarios financieros en un diario de Frankfurt (el Frankfurt General Anzeiger). Como era joven, inteligente y conservador, los nazis le ofrecieron un puesto en el Ministerio de Información de Goebbels pero Drucker no aceptó y prefirió emigrar a Gran Bretaña. Después de un tiempo en Inglaterra -donde trabajó en importaciones y exportaciones en un banco internacional- Drucker se reunió con su familia en los Estados Unidos, cuya ciudadanía recibió en 1943.
Fue profesor de administración en la Universidad de Nueva York entre 1950 y 1971. Desde entonces hasta su muerte fue el profesor de ciencias sociales y administración de la Universidad Clarke, en la Escuela de Graduados Claremont. Dio conferencias y actuó como consultor de empresas y de entidades sin fines de lucro, en todo el mundo; fue columnista editorial del Wall Street Journal y asiduo articulista en la Harvard Business Review, Harper's y Fortune. Se mantuvo activo hasta sus últimos años (en 2001 se publicó una antología de sus textos esenciales sobre administración, el postrero en vida suya). Una persona muy inteligente y muy activa. Además fue un estudioso del Japón y un aficionado a la pintura japonesa tradicional.
En 1939, Drucker publicó "The End of Economic Man: The Origins of Totalitarianism" (“El fin del hombre económico”), un libro de tesis apuntado como una crítica liberal al fascismo que imperaba en Europa. H.N. Brailsford, que prologó el libro, hizo una alabanza del autor diciendo que "...puede observar a sus congéneres, si bien se encuentra igualmente a gusto en una biblioteca; es un hombre que logra la excelencia en el trabajo minucioso del análisis económico, sin embargo, puede entender al místico y al santo".
En 1943, este joven abogado austríaco con una formación cultural superior, que era rara en las altas esferas empresariales estadounidenses, fue llamado por el todopoderoso Presidente de la General Motors Corporation, Alfred P. Sloan, para que hiciera un análisis de las políticas directivas y la estructura organizativa de su empresa. Los resultados fueron muy buenos para la carrera de Drucker: encontró "su lugar en el mundo" porque comenzó su carrera de consultor empresarial con los mejores auspicios.
A Sloan no le gustó el informe, pero Drucker hizo del capo de la General Motors uno de sus ídolos. De hecho, Drucker concretó este idilio en su tercer libro, "Concept of the Corporation (A study of General Motors)" (“El concepto de corporación”), que apareció en 1945. Sus admiradores (por ejemplo Parkinson, Rustomji y Sapre) lo consideran "un hito en los estudios de administración", porque "... el verdadero tema cubierto por ese libro son los problemas sociales y políticos de la sociedad industrial".
Una definición intelectual un poco más clarificadora puede encontrarse en la propia autobiografía de Drucker (cuyo apellido en alemán significa precisamente "impresor"), "Adventures of a Bystander" (1979), que ha de estar traducido al español con un título similar a “Aventuras de un espectador”. En esa obra sostiene que sus tres influencias vitales fundamentales fueron: Joseph Schumpeter, Alfred Sloan y Sören Kierkegaard.
Haremos bien en ilustrarnos sintéticamente sobre esas influencias decisivas para comprender mejor la "filosofía corporativa" cuya paternidad se atribuye al finado Drucker, porque sus libros, aparte de ser repetitivos y aforísticos, son esencialmente obras de divulgación.
Joseph Aldis Schumpeter (1883-1950) fue un economista compatriota de Drucker. Después de la Primera Guerra Mundial fue ministro de economía en su país por un corto periodo. Catedrático de economía y de finanzas públicas en varias universidades (Graz, Bonn, etc.). En 1932 se fue a Estados Unidos y hasta su muerte fue profesor en la Universidad de Harvard. De sus obras principales la que parece haber impresionado más a Drucker fue la Teoría del desarrollo económico, de 1912. Schumpeter construyó una teoría del ciclo económico y también intentó forjar una teoría del crecimiento económico con un reconocimiento explícito a la innovación tecnológica. Según Salvador Osvaldo Brand, "hizo énfasis en la naturaleza progresiva del sistema capitalista" y "predijo que el capitalismo evolucionaría gradualmente hacia el socialismo".
De Sören Kierkegaard (1813-1855) dice Émile Bréhier que su pensamiento religioso llega “a una especie de individualismo e impresionismo, … mal dispuesto hacia todo lo que se presente como objetivo, universal, impersonal y, por tanto, destructor de la existencia personal que, por su temperamento melancólico, está en el primer plano de la realidad, el error reside en la objetividad y la verdad en la subjetividad".
Alfred P. Sloan fue llamado "el señor General Motors" y fue en los Estados Unidos el mentor de Drucker. Según éste, "Sloan no tenía personalidad. Una persona de estatura mediana, con una cara larga, cabello gris y un gran aparato para la sordera, no parecía impresionante; y aun asi un visitante sentía su autoridad al instante". Este hombre había llegado a la gerencia general de la General Motors en la década de 1920 cuando la empresa estaba medio fundida, y la transformó en un gigante empresarial; en 1946 se retiró pero siguió mandando de hecho por diez años más.
Sloan sedujo a Drucker, de modo que los conceptos que el vienés endilgó durante décadas provienen de aquel personaje; así su concepto sobre administración por objetivos, toma de decisiones, selección de personal, trato con los sindicatos, enfoque sistémico, disciplina, etc. Sin embargo, fue un amor no correspondido, porque Sloan nunca aceptó el informe que produjo Drucker sobre su empresa. Es más: lo rechazó y escribió o hizo escribir su propio libro "My Years With General Motors" (1964) para dar su versión. La principal idea que Sloan inspiró a Drucker se refleja en una frase del primero: "Aquellos que llevan una gran responsabilidad industrial deben convertirse en estadistas industriales" (en suma: lo que es bueno para mi empresa es bueno para el país, como dicen que lo dijo). Peter Drucker comprendió rápidamente que el negocio estaba en transformarse en "consigliere" de estos señores.
IDEAS CLAVE EN LA OBRA DE DRUCKER[1]
-  Un profundo escepticismo acerca de la teoría macroeconómica. Drucker sostenía que los economistas de todas las escuelas fracasan en la explicación de aspectos importantes de las economías modernas.
- El deseo de simplificarlo todo al máximo (la simplificación a toda costa). Según Drucker, las corporaciones tienden a producir demasiados productos, a contratar empleados que no necesitan (la mejor solución es "contracting out" (“achique y tercerización”), y a expandirse en sectores económicos de los que deberían permanecer apartados.
- La creencia en lo que llamó "la enfermedad del gobierno". Drucker sostuvo que, al margen de los partidos políticos, “el gobierno muchas veces no puede o no quiere prestar nuevos servicios que la gente necesita o desea”, aunque consideraba que este problema era independiente de la forma de gobierno. Aun programas exitosos como el de seguridad social (US Social Security) hace tiempo que dejaron de interesar a un creciente número de ciudadanos que se desentienden del asunto, sostenía Drucker.
- La necesidad del "abandono planificado" ("planned abandonment", algo así como una retirada planificada). Las corporaciones, como los gobiernos, tienen una tendencia natural a aferrarse a "los éxitos del pasado" en lugar de observar en qué momento dejan de ser útiles.
- La perdurable contribución del "padre de la administración científica", Frederick Winslow Taylor. Aunque Drucker tenía escasa experiencia en el análisis del trabajo obrero (él transcurrió su carrera analizando el trabajo gerencial), le atribuía a Taylor el origen de “la importante idea germinal” de que el trabajo puede ser desarmado o desarticulado en sus partes, analizado y mejorado.
- La necesidad de comunidad. Ya al comienzo de su carrera, Drucker predijo "el fin del hombre económico" y abogó por la creación de una "comunidad de la planta industrial" que atendiera las necesidades sociales del individuo. Más tarde admitió que tal “comunidad de la planta industrial” nunca se materializó y en la década de 1980 sugirió que el voluntariado en el sector de las organizaciones sin fines de lucro podía ser la clave para la comunidad y su desarrollo.
En julio de 2002, el entonces presidente George W. Bush condecoró a Drucker con la Medal of Freedom. Desde 1990 se desempeñaba como presidente honorario de la Peter F. Drucker Foundation for Nonprofit Management (Fundación P.F. Drucker para la Administración Sin Fines de Lucro). Actualmente esta fundación se llama "Leader to Leader Institute” (“Instituto Líder a Líder”). Su aporte más controvertido en los últimos años de su vida se refirió a los esquemas de retribución. Espantado por la monstruosas inequidades y por las remineraciones de los jefes ejecutivos estadounidenses, Drucker sostuvo que los grandes jerarcas no debían ser retribuidos con salarios más de veinte veces mayores que el del empleado de remuneración más baja. Esto produjo revuelo y fuertes y abundantes críticas en el medio empresarial estadounidense, precisamente entre quienes antes lo habían alabado como infalible gurú.
NO, GRACIAS, RECIÉN TIRÉ
Los latinoamericanos en general, en particular los interesados por el mundo del trabajo, por las ciencias sociales, podemos deberle tanto a Drucker como a Arnold Schwarzenegger o a Henry Kissinger ‑salvando algunas distancias y contemplando también algunas similitudes entre estos teutones norteamericanizados‑ aunque es probable que el último de tan singular trío haya resultado mucho más influyente sobre nuestras vidas que los dos primeros.
Entonces ¿cuál es para nosotros la importancia real de Peter F. Drucker? Es una buena demostración de la endeblez de la llamada teoría y práctica gerencial corporativa, de su falta de originalidad, de su esencia ominosa, de sus valores conformistas y egoístas. La mayoría de las concepciones filosóficas, económicas, sociológicas o psicológicas de Drucker se remontan a fuentes clásicamente conservadoras, desde Adam Smith y sus análisis de la división del trabajo, pasando por Schumpeter, hasta su crudo "taylorismo". Fue un divulgador inteligente, laborioso y longevo de "la voz del amo" corporativo.
Su visión fragmentadora, elitista, su utopía de un mundo corporativizado cuyo modelo explícito debía ser una gigantesca General Motors Corporation al cual un consultor espléndidamente remunerado y culturalmente refinado pudiera servir de númen o de eminencia gris detrás del puño de hierro del Alfred P. Sloan de turno. En fin, la explotación más cruda apenas adornada con elucubraciones prestadas y frases presuntamente ingeniosas que sus émulos recogen en breviarios porque reconocen que su estilo es denso, enrevesado y confuso.
No, gracias. La verdad es que rendirle homenaje institucional sería sencillamente una pérdida de tiempo. Más valdría conmemorar la publicación de "El hombre organización", por William H. Whyte, Jr., un libro impactante y aún vigente, cosa que no puede sostenerse de la obra de Drucker a pesar del gigantesco aparataje mundial que lo endiosa para transformarlo en el implacable innovador y promotor de la eficiencia a cualquier costo. ¿Qué sentido tiene clonar este dinosaurio?
De todas maneras, si se dispone de tiempo sobrante, se lo puede estudiar y si alguien está dispuesto a hacer ese sacrificio le advertimos que hay mucho material (y también toneladas de basura) en Internet, pero es mejor recorrer las obras en su versión íntegra, en soporte papel, es decir como libros.
Las dos novelas que escribió no trascendieron (“La tentación de hacer el bien” y “La última de las palabras posibles”) según parece porque son aburridas y a los efectos que nos interesan pueden ser ignoradas sin más. La autobiografía es mediocre (independientemente de que suele ser un género más importante por lo que se omite que por lo que se cuenta); y de sus otros veintisiete libros puede excluirse el último que es una antología y que no tenemos certeza de que se haya traducido al español.
BREVE GUÍA DE LECTURA
La obra de Peter F. Drucker puede circunscribirse a los siguientes títulos:
1) La gerencia de empresas. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1961 (la edición original en inglés data de 1954 y nosotros la consideramos -en cierto sentido- su obra matriz, puesto que durante medio siglo continuó repitiendo, en forma más o menos farragosa, la "filosofía gerencial" que acuñó en esta. En suma este es "el recetario Drucker" en su forma tal vez más descarnada. Está compuesto por una introducción ("Naturaleza de la gerencia") y cinco partes: I) "La dirección de un negocio"; II) "La dirección de los gerentes"; III) "La estructura de la gerencia"; IV) "La dirección del trabajador y del trabajo" y V) "Lo que significa ser gerente". Para no malgastar tiempo con las 444 páginas, recomendamos un botón de muestra: el capítulo 23 de la parte IV, págs. 345 a 363, que se titula "La creación de motivos para un desempeño óptimo").
2) La gerencia en tiempos difíciles. Editorial El Ateneo; Buenos Aires, 1981 (la edición en inglés es de 1980 y aun sus partidarios más fervientes lo consideran "un poco repetitivo"); en esencia su tema de fondo es "la empresa como institución política" y accesoriamente "la producción compartida", es decir la complementación transnacional, la búsqueda de mano de obra barata, el achique y la planificación de los despidos. En suma, su visión acerca de "las turbulencias" y cómo superarlas desde el sillón de mando. A esta altura ya hacía años que se le consideraba el "el mayor filósofo de la administración empresarial" (opinión de Harold Koontz).
3) La innovación y el empresario innovador (la práctica y los principios). Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1986 (la edición original, en inglés, es de 1985 y, como lo dice el título, su tema principal es la innovación y el espíritu empresarial (entrepreneurship) o empresarialismo como lo traducen algunos; en pocas palabras, en el estilo cambalachesco de Drucker aparece Say junto a Schumpeter, Marx y Saint Simon, George Siemens y J.P. Morgan y un largo etcétera. En el fondo pretende ser un libro sobre estrategia ‑lo cual ya se había puesto de moda‑ y en especial sobre "la sociedad como empresa innovadora", pero es su visión acerca de lo que innovación es y podemos asegurarles que es muy poco novedoso).
4) Las nuevas realidades en el estado y la política... en la economía y los negocios... en la sociedad y en la imagen del mundo. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1990 (la edición original en inglés es de 1989 y el prologuista de la edición argentina lo califica desde "acontecimiento mundial" hasta "el libro más lúcido que se ha escrito sobre la crisis", pasando por "la cumbre, la culminación de una obra", sin saber que Drucker escribiría todavía durante más de una década. Esta es la clásica obra para deslumbrar gerentes ignorantes, es decir gente al estilo Bush y Cheney, poderosos pero burros, y podemos suponer que alguien le dijo al entonces Presidente de los Estados Unidos que por esto se merecía una medalla (y se la dieron).
5) Dirección de instituciones sin fines de lucro. Teoría y práctica. Ed. El Ateneo, Buenos Aires, 1992 (la edición original es de 1990 y se trata de una de los últimos hallazgos del gurú: las organizaciones sin fines de lucro, que él califica como "elemento medular de la sociedad norteamericana" y "el éxito más resonante alcanzado en los Estados Unidos en los últimos cuarenta años". Drucker se transforma en una especie de Madre Teresa pero no en Calcuta sino en California, y no mediante la caridad sino mediante el "gerenciamiento" de instituciones tan empingorotadas como las Girls Scouts y los Boy Scouts de los EE.UU. Entre los colaboradores de Drucker en esta obra figuran, entre otros, el presidente del directorio de Herman Miller Inc., quien dirigía el Colegio Hope y el Seminario Teológico Fuller; un profesor de la Escuela de Administración de la Kellog Corp.; el Vicario para el Ministerio Social de la diócesis católica de Illinois; el director del Seminario Fuller ubicado en Pasadena; el presidente y director general de Buford Television, que había fundado dos instituciones sin fines de lucro: la Leadership Network y la Fundación Peter Drucker; la vicepresidenta de la cadena de hospitales San José; un directivo de la Federación Americana de Maestros y otro de la Asociación Americana del Corazón. Y adivinen: en este caso el tema central del libro es... ¡¡ la misión!!: "la misión ante todo" y la gerencia orientada hacia el rendimiento).
6) Post-Capitalist Society. Ed. Harper Business, Nueva York, 1993 (lamentablemente en inglés, aunque estamos seguros de que ha sido publicada en español; en su estilo ecléctico Drucker trata sobre la sociedad: "del capitalismo a la sociedad del conocimiento"; la polìtica: "de la nación al megaestado y el gobierno mundial"; y el conocimiento: "su economía y su productividad")
Más práctico que leer a Drucker es hojear un par de obras laudatorias sobre el autor:
a) Tarrant, John J. – “Drucker: el hombre que inventó la sociedad corporativa”. Ed. Diana, México, 1977 (expone todas las facetas del Drucker maduro y es claramente exegético pero interesante, porque relaciona a Drucker con sus sustentos "científicos" mediante una tan extensa como sosa "bibliografía administrativa" y aporta algunos datos, como por ejemplo que la primera publicación no habría sido "El fin del hombre económico" sino un ensayo acerca de los escritos políticos de Friedrich Julius Stahl, un filósofo conservador del siglo XIX, que es anunciado como una proclama antinazi “formulada desde la derecha protestante y constitucionalista”).
b) Parkinson, C. Northcote,  M.K. Rustomji y S.A. Sapre: Peter Drucker, un comentario crítico sobre su filosofía gerencial. Ed. Diana, México, 1993 (el original en inglés es de 1987) (Es un libro que de crítico no tiene, generosamente, casi nada; se trata de una obra laudatoria de divulgación. Sin embargo, de allí y del libro anterior tomaremos los epigramas que se reproducen en la conclusión de esta nota).
UN FLORILEGIO DE EPIGRAMAS DRUCKESCOS
Sigue una selección entre más de 150; las glosas entre paréntesis obviamente nos pertenecen.
"Si algo puede marchar mal, lo hará" (ley de Murphy según Drucker).
"Si alguna cosa marcha mal, todo lo demás marchará mal y al mismo tiempo" (ley de Drucker).
"El desarrollo económico y social es el resultado de la administración" (el llamado delirium druckeris).
"Los mercados no son creados por Dios, por la naturaleza ni por fuerzas económicas, sino por los hombres de negocios" (y Drucker es su profeta).
"La ganancia es, primeramente, la prueba del funcionamiento, el único examen efectivo" (es coherente).
"La primera regla es que no hay clientes irracionales" (ni siquiera para los libros de Drucker).
“El trabajo es una extensión de la personalidad” (extensión o manifestación perogrullesca).
"La autoridad es una dimensión fundamental del trabajo" (ergo: la autoridad es una dimensión fundamental de la personalidad).
"El propósito de aprender es el mejoramiento propio" (M'hijo el dotor).
"El crecimiento que aumenta el volumen sin mejorar la productividad es grasa y obesidad. El crecimiento que hace disminuir la productividad es un cáncer" (un paralelismo biológico ayuda de vez en cuando).
"El impuesto sobre la renta que grava a las empresas es el más estúpido de los impuestos" (del evangelio neoliberal).
"Si todos los países subdesarrollados desaparecieran, las grandes empresas transnacionales ni siquiera lo notarían" (¿cuándo dejarán de pasar niños hambrientos por TV?).
"La gran empresa moderna es una institución política; su propósito es la creación de poder legítimo en la esfera industrial (la política es la gerencia por otros medios).
"Las únicas cosas que evolucionan por sí solas en los organismos son el desorden, las disensiones y el trabajo deficiente". (666: las fuerzas del mal).
"Nada sabemos acerca de las motivaciones. Todo lo que podemos hacer es escribir libros sobre ellas" (está bien; pero ¿se lo habrá comentado a Maslow y a McClelland?).
"Una crisis que se repite no debe repetirse" (¡¡qué profundidad, troesma!!).
"Las prioridades son cosa fácil. Lo difícil son las ‘posterioridades’, los trabajos que no hay que realizar" (lo dice Drucker, el rey de las posterioridades).
"La administración es un puente entre la ideología o cultura" (cuidado, puente roto).
"Los planes a largo plazo no se refieren a decisiones futura sino al futuro de las decisiones actuales" (típico juego de palabras o chascarrillo druckesco).
"En ninguno de los anales históricos se ha sabido de un economista que haya tenido que preocuparse acerca de dónde vendrá su siguiente comida" (¡¡verdad, maestro, y extiéndalo a los consultores a los que tampoco preocupa de dónde vendrá su próxima 4x4!!).
"Aparte de auxiliar en casos de hambre, el auxilio alimenticio debe darse con parquedad; acaba con los incentivos" (¡¡vayan a trabajar, atorrantes!!).
"La tarea no es hacer que los pobres sean ricos, sino productivos" (del evangelio neoliberal y a su vez de los apóstoles de la sociedad esclavista).
"Yo soy más competente para las cosas que para las personas. Me interesan más las personas pero soy más apto para las ideas" (¡qué cosas son las ideas, don Peter!).
"La creatividad no es sustituto del análisis y el conocimiento" (está claro que no).
 
 
 
 
 


[1] Wikipedia (en inglés) contiene una buena síntesis de las ideas recurrentes que aparecen en las obras de Peter Drucker. 

viernes, 22 de mayo de 2015

Religiones y pseudoreligiones pretenden penetrar la enseñanza pública en Uruguay




IDEOLOGÍA MORMONA Y NEW AGE PRETENDE PENETRAR LA ENSEÑANZA PÚBLICA EN URUGUAY
Lic. Fernando Britos V.
Una operación de marketing, auspiciada por “las cámaras empresariales”, pretende ampliar su penetración en Uruguay ofreciendo presuntas soluciones para “la crisis educativa” según un típico y destacado infoaviso publicado en El País del pasado martes 19.1
Los infoavisos son publicidad engañosa, disfrazada de información, que promueve determinados productos o servicios encubriendo los verdaderos propósitos que, en este caso son comerciales e ideológicos.
En estos días tendría lugar una presentación de un plan llamado “El líder en mi” (The Leader in Me) que pretende que maestros y profesores inculquen a sus alumnos “lo que antes se aprendía en la casa y en la iglesia y que hoy no se adquiere en ningún lado”. Según los vendedores se trata de hacer que los niños y jóvenes sean “los líderes de su propia vida”. Como se imaginará el lector esto no tiene nada que ver con el liderazgo sino con la promoción de consignas y orientaciones religiosas o pseudoreligiosas que veremos más adelante.
El infoaviso de “El País” está adobado con la carcaterística desinformación publicitaria. Anuncia un acontecimiento que tendría lugar la semana que viene, con el auspicio de “las cámaras empresariales” (sin decir exactamente cuales son las patrocinantes); afirma que el Ministerio de Educación y Cultura “está de acuerdo con estudiar la propuesta”; dice que “el plan llega de la mano de la empresa Franklin Covey” y se deshace en anécdotas y elogios sobre el modelo educativo (clases de liderazgo) “basado en principios de liderazgo” (que no son tales sino obviedades y consignas de los mormones y de la prédica New Age). Afirman al voleo que se aplica en más de 2.000 instituciones públicas y privadas, desde las favelas del Brasil hasta dos colegios privados en Uruguay: el Saint George (Buceo) y el Impulso (Casavalle).
Todavía no se informa donde se llevará a cabo el acontecimiento, pomposamente denominado “Innovación en Educación”, pero con típica audacia marquetinera se asegura que la Ministra de Educación y Cultura, María Julia Muñoz, “ya se comprometió a cerrar el encuentro” y se dice que “cinco expertos del MEC participarán desde el público para luego estudiar si el plan puede ser aplicado en la educación pública de Uruguay”.
Entre los expositores se anuncia como peso pesado una funcionaria de Franklin Covey (la educacionista Lynne Fox) y para darle aún más un aspecto de presunto apoyo oficial a su promoción, aseguran que “dará sus consideraciones sobre la propuesta el decano de la Facultad de Ciencias de la Udelar, Juan Cristina”.
Visto lo anterior es imprescindible investigar de que trata esta promoción tan adobada y responder a los interrogantes cuidadosamente eludidos por los organizadores, entre otros: ¿qué tipo de empresa es Franklin Covey?, ¿quién es su representante en el país?, ¿qué es realmente el “Lider en mi” (LEM)?, ¿quién era el gurú mormón Stephen R. Covey? ¿Cómo son los Siete Hábitos, la serie de libros de autoayuda que constituyen la base teológica de estos negocios?
Una empresa que vende servicios gerenciales - Franklin Covey Co. Es una empresa de servicios corporativos (entrenamiento, motivación, planificación, educación gerencial, productividad) aunque últimamente también se dedica a la venta de bolígrafos y lapiceras de la prestigiosa marca Cross. Fue fundada en 1997 y su sede está en West Valley City, en la patria mormona de Utah, en los Estados Unidos.
La compañía es el resultado de una fusión. Franklin Quest (FQ), una empresa dedicada a vender cursos sobre el aprovechamiento del tiempo para ejecutivos y personal corporativo, enfrentaba a fines del siglo pasado una crisis producida por la difusión de agendas electrónicas y programas de computación para organizar las actividades que les quitaban mercado. Entonces FQ decidió comprar el Leadership Center 2 de Stephen R. Covey (1932 – 2012) - alto dignatario y predicador de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días o Iglesia Mormona - para potenciar sus negocios y así nació Franklin Covey Co.
Covey, fue un autor prolífico de libros religiosos que había dado su más lucrativo batacazo, en 1989, al producir una obra de autoayuda que se dice vendió 20 millones de ejemplares y lo consagró como gurú de la administración de empresas y del entrenamiento empresarial que llevaba a cabo con su Centro.
Sin embargo, poco después de la fusión, el valor de las acciones de la nueva empresa se derrumbó. A fines de la década de los 90 se cotizaban a 20 dólares cada una y a principios del 2003 cayeron por debajo de un dólar. Después vino una tímida recuperación y entre fines del 2009 y mediados del 2010, las acciones oscilaron entre los 5,50 y los 8 dólares.
La compañía sigue vendiendo los sistemas de planificación de Franklin Quest (control de inventarios, manejo de la oficina, etc.) así como libros, DVDs y cursos de Covey y otros consultores, entre ellos “The Leader in Me” (LEM) que se basa en una versión póstuma del libro de autoayuda “ Los Siete Hábitos de la Gente Altamente Efectiva” que uno de los hijos de Covey transformó en los “Siete Hábitos para los Niños Felices” que, a su vez, es la base del paquete de cursos “El líder en mi” (LEM).
Los “Siete Hábitos” que todo lo resuelven - Los Siete Hábitos son manidas consignas para imponer determinados comportamientos que, según Covey garantizan el éxito en los negocios, la felicidad personal e incluso el bienestar físico. Estas consignas se caracterizan por su obviedad, se basan en los preceptos que la Iglesia Mormona impone a sus fieles pero utilizando un lenguaje que difiere elaboradamente del que emplean en su prédica religiosa.
Es el lenguaje de la autoayuda: las recetas de los curalotodo que se venden para resolver todos los problemas. Es una especie de “pare de sufrir” pero de apariencia gerencial y cuidadosamente exento de peroratas bíblicas en portuñol o de citas explícitas del Libro de Mormón, de la Biblia rectificada por el profeta Joseph Smith, o de las rígidas normas de encuadramiento de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días.
En 1989, Covey escribió su best seller sobre los “Siete Hábitos” para las personas exitosas pero ese texto se basa en otro libro de su autoría que lo precedió: “El Centro Divino” (The Divine Center, 1982) que era una obra de propaganda religiosa destinada al trabajo misionero de la Iglesia Mormona.
El mensaje de Covey era de estilo tan anticuado y convencional que pareció novedoso en la época de su aparición. Se había inspirado en el austríaco, Peter F. Drucker (1909-2005), un abogado que emigró a los EUA y con su educación propia del Círculo de Viena deslumbró a los estadounidenses transformándose en “filósofo de la administración de empresas”. Covey, adoptó el lenguaje y muchas ideas y recetas empresariales de Drucker para vestir sus propias concepciones religiosas y encubrirlas para hacerlas más potables a un público más amplio.
Las propuestas de “El Centro Divino” y de “Los Siete Hábitos” son idénticas pero en este último se evita que aparezca abiertamente el espíritu conservador, prescriptivo, rígido, autoritario e intolerante que suelen transpirar los textos mormones.
El gurú también abrevó en esa literatura de autoayuda o literatura del éxito particularmente abundante en los Estados Unidos y la salpimentó con concepciones New Age y otras charlatanerías que ensalzan la divinidad del individualismo y la mística de la perfección. Descubrió que en el siglo XIX y hasta la segunda guerra mundial, la literatura de autoayuda estadounidense hacía especial hincapié en el cultivo del caracter individual. Recién en la segunda mitad del siglo XX estos textos se habían volcado a otros aspectos más superficiales, como la apariencia y el estilo personal.
Otros autores mormones sostienen que los “Siete Hábitos” son esencialmente una destilación secularizada de las enseñanzas de Mormón pero escritas para cualquiera, independientemente del tipo de Dios en que se crea y aún si no se cree en ninguno. Por esa razón el libro de Covey infinitamente más exitoso entre los lectores corporativos que otros como “The Purpose-Driven Life” (en español: “Una vida con propósito”) del pastor evangelista Rick Warren (n.1954) que es mucho más explícito en cuanto a su orientación de proselitismo cristiano.
No hay que olvidar que la Iglesia Mormona es la más rica y poderosa de las iglesias (su última declaración de activos es de 30.000 millones de dólares) pero tiene una historia turbulenta, ha desarrollado acciones y sustenta dogmas incompatibles con cualquier otra creencia religiosa - al punto que considera que todas las demás iglesias son abominaciones a los ojos de su Dios y formas corruptas – que no la hacen precisamente simpática y mantiene conflictos con católicos, protestantes, judíos, musulmanes y otras denominaciones.
Sintetizando he aquí los Siete Hábitos o mandatos de Covey: 1) “Sea proactivo” 3, 2) “Comience teniendo en mente el final”, 3) “Coloque primero lo primero” 4, 4) “Piense en ganar/ganar”, 5) “Primero procure entender y después ser entendido”, 6) “Sinergice”5 y 7) “Afile la herramienta” (que significa mantenerse física, mental y espiritualmente en buenas condiciones mediante el ejercicio, la lectura, la oración y las buenas obras. Tiempo después el gurú agregó un octavo mandato: “encuentre su voz e inspire a los demás para encontrar la suya”.
Esas consignas obvias y simplistas eran para Covey (y lo son para sus agentes) principios o leyes naturales e inmutables. Como siempre este tipo de recetas tiende a hacer una abstracción voluntarista e imperativa de las condiciones concretas, de los factores sociales, culturales, económicos, políticos, que forman el contexto en que se mueven las personas y las organizaciones. El libro original era una obra de autoayuda para adultos.
Es posible que algunos de sus clientes le haya sido de utilidad, efímera o duradera. Es posible que a otros lectores o participantes en los seminarios de Franklin Covey, los famosos Siete Hábitos, no les hayan servido para nada o les hayan resultado una cháchara densa y costosa. En todo caso, se supone que los adultos están en condiciones de adoptar su propio criterio.
Además de las raices mormonas, los métodos de Covey incluyen técnicas del New Age puesto que el gurú fue un asociado y promotor de las mismas en el ambiente de la autoayuda.6 Las prácticas esotéricas que Covey consideraba correctas incluyen las visualizaciones, la programación subliminal, la programación neurolinguística, la meditación y la autohipnosis y otras formas de estafar crédulos.
No pensar con cabeza propia como resultado de la receta dogmática - Stephen Covey explotó hábilmente su éxito inicial y produjo otro libro sobre los Siete Hábitos pero, esta vez, dedicado a las familias con el enfoque que los mormones consideran fundamental. Sean Covey, uno de los nueve hijos del gurú y funcionario de la Franklin Covey, adaptó el mamotreto original para crear “Los Siete Hábitos para Niños Felices”.
Después la empresa decidió crear un programa para escuelas primarias, bajo la forma de relatos para niños, libros de texto para cada grado y nivel, afiches y guías para los maestros. En los EUA, la Franklin Covey vende el paquete, que comprende además un programa de entrenamiento de maestros y la participación de conferencistas estadounidenses, por más de 50.000 dólares, algo así como un millón y medio de pesos al cambio del día.
El nombre del programa infantil y juvenil es precisamente “El líder en mi” y en Internet es posible encontrar cientos de páginas y testimonios en blogs que hacen alabanza de sus maravillosos resultados. Sin embargo, no es posible encontrar ni un solo estudio bien hecho que respalde la eficacia del mismo. Por otra parte, las anécdotas de éxito que difunde la empresa vendedora despiertan muchas más sospechas porque no ofrecen evidencia de sus afirmaciones. La promoción es como la que aquí hace el representante de la Franklin Covey: “se aplica en las favelas de Río”. ¿En cuáles? ¿cuándo? Y sobre todo, ¿dónde están los estudios que prueban que se ha mejorado el aprendizaje, la eficiencia de la enseñanza?
No hay evidencia científica de la utilidad del programa y en cambio hay críticas muy serias que no han sido controvertidas por los vendedores de la Franklin Covey. La principal es que el programa no ha sido creado por expertos en educación o psicólogos. Sean Covey tiene estudios de grado en idioma inglés y poco más y la empresa no tiene antecedentes ni solvencia en educación de niños y jóvenes.
Otra de las objeciones que padres y maestros hacen al programa “Líder en mi” es su caracter fuertemente prescriptivo. Lo que más abundan son las categorizaciones como “correcto” e “incorrecto”, “se debe” y “no se debe” porque la idea original es que los Siete Hábitos marcan el camino, el único camino posible, el de la iglesia que no osa decir su nombre, para la perfección divina, la eficiencia gerencial, la felicidad personal y en el caso concreto la niñez perfecta.
El esquema prescriptivo, fuertemente patriarcal, busca imponer conductas y actitudes a los niños y por ende cancelar cualquier posibilidad del desarrollo de un pensamiento autónomo y diverso. Existe una sola forma buena de hacer las cosas y esa es la que prescriben los “Siete Hábitos”.
Mientras que los adultos o por lo menos muchos de los adultos, pueden oponer su propia experiencia y su propio criterio para confrontar los mandatos de la receta Covey de la perfección y la verdadera vida si es del caso, los niños tienen menos elementos para hacerlo y más aún si los maestros y eventualmente los padres les imponen las recetas del programa.
Hay que tener en cuenta que el enfoque del programa cuestionado es global, total, se espera que los maestros enseñen que los hábitos correctos son los “Siete Hábitos” de Covey, que toda la escuela, cada año, cada nivel, los practique; que en cada materia y en cada actividad se ejerciten, que los afiches los recuerden desde la pared del salón de clase y desde los corredores, que se impongan en el recreo, que se canten en las clases de música, que hagan manualidades inspiradas en los Siete Hábitos y que los repitan durante toda la jornada escolar.
Ese enfoque tiene un nombre, se trata de adoctrinamiento, de la imposición dogmática y autoritaria, indiscutible e ineludible, de “las ideas correctas” sobre los niños y jóvenes. Se trata de no dejar resquicio alguno por el que se puedan colar cuestionamientos, dudas, ideas diferentes, deseos propios, incertidumbres, experiencias y la vivencia de la realidad concreta, todo lo que constituye los elementos imprescindibles para el desarrollo de la personalidad, la inteligencia y la felicidad de los niños y jóvenes.
Incluso el nombre del programa es engañoso porque no se enseña liderazgo en el sentido convencional sino que se intenta que los niños sean “los líderes de su propia vida” o como lo dice el representante de la Franklin Covey en Uruguay “explicamos que uno es el resultado de sus decisiones y no de una proyección de su historia (...) uno es lo que uno crea”. Lo que sucede es que se les impone a los niños lo que deben creer, se les baja linea, se les marca un camino del que no pueden, no deben y finalmente, si el adoctrinamiento funciona, no quieren apartarse.
El representante – El representante de la Franklin Covey en el Uruguay es Antonio Julio Lacarte, hijo del distinguido ex- diplomático y lobbysta empresarial colorado Julio Lacarte Muró y de la Sra. Ivy O'Hara. No se sabe que formación, experiencia o grados académicos en educación, psicología o ramas afines tiene el Sr. Lacarte O'Hara pero no parecen ser relevantes por lo que es coherente con lo que sucede en los Estados Unidos donde la Franklin Covey acredita experiencia en servicios gerenciales pero no en educación pública o pedagogía.
Sin embargo, Lacarte O'Hara figuró como asesor en temas de ciencia y tecnología cuando el senador Pedro Bordaberry presentó el programa de gobierno del Partido Colorado para el periodo 2015-2020. En el 2013, Lacarte figuró junto a una parienta, Carolina Blitzer, como coautor de una guía de viaje en inglés, titulada “Visiting Uruguay” que se anuncia como útil para turistas y para hombres de negocios que piensen hacerlos en este país. Mucho antes y siempre vinculado con el Partido Colorado, Lacarte fue el compilador de “Cartas al Presidente” un libro que, en 1995, presentó la correspondencia que los niños dirigieron al primer mandatario, Dr. Julio María Sanguinetti.
Es posible que esta lejana experiencia editorial haya sido la más cercana a los problemas de educación infantil que pueda exhibir el representante aunque las lecciones de marketing empresarial de la Franklin Covey las tiene bien aprendidas.
1 Proponen cursos de “liderazgo” para frenar la crisis educativa; El País, 19/5/2015, secc.A, p.10.
2 Esta empresa se jactaba de contar entre sus clientes a las tres cuartas partes de la lista de 500 mayores corporaciones de la revista Fortune.
3 La proactividad es muy recurrida en la literatura de autoayuda y de desarrollo empresarial; se trata de una actitud ideal en la que el sujeto u organización asume el pleno control de su conducta de modo activo, lo que implica la iniciativa en el desarrollo de acciones creativas para generar mejoras, haciendo prevalecer la libertad de elección sobre las circunstancias del contexto. La proactividad significa asumir la responsabilidad de hacer que las cosas sucedan; decidir en cada momento lo que se quiere hacer y cómo se va a hacer. El término fue acuñado por el psiquiatra austriaco Viktor Frankl, que sobrevivió a los campos de concentración nazis. Años después lo popularizó Covey en sus textos.
4 Covey no respeta su propia premisa y la coloca en tercer lugar.
5 Este término original de la fisiología, que significa el concurso activo de varios órganos para cumplir una función, es adoptado como el mandato de aprender a trabajar con otros para beneficio de todas las partes.
6 En los libros de Covey son frecuentes las citas y referencias a los máximos charlatanes de la New Age. Por ejemplo Marilyn Ferguson y “La conspiración de Acuario”, el psiquiatra Morgan Scott Peck, John Gray y sus chantadas de la psicología pop, los embustes de Jack Canfield y Mark Victor Hansen (Sopa de pollo para el alma) y varios más.

martes, 12 de mayo de 2015

Lauretta Bender, la infame reina del electroshock

El prestigio inmerecido de la infame reina de los electroshocks

Lauretta Bender (1897 – 1987) fue una psiquiatra infantil estadounidense cuyo prestigio internacional se debe a su Test Guestáltico Visomotor, más conocido como Test de Bender o B.G. [1] El test contaba con la participación de su esposo, el psicoanalista austríaco Paul Schilder, quien se había radicado en los Estados Unidos a principios de la década de 1930. Bender y Schilder trabajaban en la Clínica Bellevue de Nueva York y él falleció atropellado por un auto, en 1940, cuando salía de la maternidad donde ella había dado a luz.

El Test de Bender se apoyaba en los estudios sobre la percepción y la teoría de la Gestalt (o de la buena forma) desarrollada por Max Wertheimer. La prueba requería que los sujetos copiaran nueve dibujos y se le atribuía capacidades óptimas en la detección de desórdenes neurológicos, problemas del desarrollo, enfermedades mentales y aún como test proyectivo para explorar la psicología profunda de las personas, especialmente los niños que eran los pacientes de Bender. Desde hace algunas décadas, numerosas investigaciones han probado que el test no es eficaz para los propósitos para los que fue concebido y ha caído en desuso[2].

Lauretta Bender nació en Montana y en su infancia presentaba dislexia por lo que en la escuela primaria la consideraban retardada y quedó repetidora. Con un fuerte apoyo de sus padres consiguió superar sus dificultades para la lectoescritura pero esto marcó sus futuros intereses profesionales, estudió biología y después medicina, y se dedicó a la neuropsiquiatría infantil. Dentro de esa especialidad se concentró en el estudio de la esquizofrenia y desarrolló una teoría especulativa acerca del origen de este trastorno en la infancia.

Para Bender la esquizofrenia era el resultado de un retraso madurativo en relación con las pautas gesellianas [3] y por lo tanto un trastorno del desarrollo que, por medio de la ansiedad, se transforma en un cuadro psicótico indeterminado que abarca la totalidad de la sintomatología primaria que se presenta en un niño. La relación de causalidad entre la sintomatología primaria y la secundaria que exponía Bender no tenía respaldo experimental y la sintomatología terciaria expuesta por ella es vaga e imprecisa porque se limita a exponer algunas posibles patologías. De este modo, las especulaciones de Lauretta Bender desarrollaron una concepción – que irradió al mundo partir de la psiquiatría infantil estadounidense – por la que cualquier rasgo que se apartara “del desarrollo o la conducta normal” del niño justificaba un diagnóstico de esquizofrenia.

Apoyándose en sus especulaciones y como primera manifestación de su rígido dogmatismo proliferaban los diagnósticos de autismo y esquizofrenia. En las especulaciones de Bender no hay referencia alguna a lo que suele considerarse como la esencia de los trastornos esquizofrénicos: delirios y alucinaciones. En cambio, algo tan frecuente y genérico como la ansiedad era para ella el núcleo del trastorno.

El diagnóstico de “gatillo fácil” de Bender fundamentaba sus crueles e infames tratamientos. Como ya vimos consideraba caprichosamente que la esquizofrenia era un trastorno de la maduración y por lo tanto impulsaba una maduración  prepotente mediante la brutal estimulación eléctrica (electrochoques) y psicofármacos que según ella la estimulaban. La investigación científica no solamente no confirmó los presupuestos de Bender sino que los desmintió reiteradamente, cosa que ella se negó a reconocer hasta su muerte.

Durante una prolongada actuación en el John Hopkins Hospital y la infame Clínica Bellevue de Nueva York, Lauretta Bender aplicó electroshocks (TEC: terapia electroconvulsiva) y drogas experimentales a cientos de niños de entre 3 y 12 años de edad. Muy pocas voces se levantaron entonces en la comunidad psiquiátrica para denunciar las prácticas bárbaras e irracionales de “la reina del electroshock”. Denuncias fundadas como la de León Eisenberg (1922-2009), prestigioso psiquiatra infantil, colega de Bender en el John Hopkins, que en 1957 reveló que los tratamientos no solamente no curaban sino que empeoraban a los niños causándoles daños irreversibles, no fueron tenidas en cuenta.

Investigaciones recientes [4] señalan que Bender se mantuvo aferrada a sus teorías especulativas y aunque en público afirmaba que su terapia arrojaba resultados positivos, en privado se manifestaba decepcionada por las secuelas que sufrían sus jóvenes pacientes. Los tratamientos de la esquizofrenia infantil mediante psicofármacos que Bender llevó adelante fueron financiados por la CIA (Proyectos MKultra y Artichoke). Consistían en la administración masiva de ácido lisérgico (dietilamida del ácido lisérgico o LSD-25) y su derivado, la metisergida (UML-491). Ella venía haciéndolo en el Hospital Estatal Creedmor, desde 1960 y pronto fue “enrolada” por la CIA que estaba vivamente interesada en la manipulación psíquica.

A pesar de que su colaboración con los organismos de inteligencia interesados en las torturas y en el dopaje de los prisioneros se mantuvo en secreto durante muchos años, Bender sostenía públicamente que su terapia infantil con drogas alucinógenas incrementaba la respuesta sensorial, la actividad simpática y el tono muscular porque eran inhibidores de la serotonina y estabilizadores del sistema nervioso central. Estos experimentos mengelianos carecen de respaldo científico al igual que sus afirmaciones en el sentido que los niños autistas, especialmente los más pequeños, se mostraban menos ansioso, más conscientes y comunicativos.

En la década de los sesenta muchos investigadores creyeron que las drogas alucinógenas podrían tener un efecto terapéutico pero después esas teorías fueron abandonadas por falta de evidencias y porque, en muchos casos, se demostró que podían causar daños neurológicos irreversibles. Recién con los trabajos de Aghajanian, en 1980, se supo realmente como operaban en el cerebro los efectos psicodélicos del LSD [5] pero, en todo caso, nunca se comprobaron los efectos positivos aducidos por Bender.

La rigidez y obcecación de Lauretta Bender debe ser conocida porque – como sostiene Martín Jorge – el suyo es “un caso representativo de cómo una teoría, en esencia especulativa puede justificar una terapia potencialmente perjudicial, con el agravante de que esta se aplicó a niños de edades muy tempranas. A pesar de las evidencias contrarias a sus planteamientos, no encontramos en sus trabajos la menor sombra de autocrítica”.

Muchos de los niños que Bender sometió a sus despiadados e inútiles tratamientos eran huérfanos, otros fueron virtualmente secuestrados de sus padres adoptivos y cuando estaban con sus padres biológicos estos no fueron informados de lo que se les haría ni se requirió su consentimiento. Debido al secretismo que impera en estos asuntos, no es posible saber a ciencia cierta si la TEC (terapia electroconvulsiva) se sigue aplicando, aún en nuestro país, y especialmente si se aplica a niños y jóvenes, violando de este modo los derechos humanos fundamentales. Por esta razón no solamente se trata de denunciar a la infame Lauretta Bender sino de prevenirnos acerca de sus probables epígonos contemporáneos.

Para ello evocaremos el testimonio de Ted Chabasinski, un famoso activista por los derechos humanos, que fue “tratado” por la Bender cuando tenía seis años de edad, en 1944, y que pudo sobrevivir a la barbarie psiquiátrica para transformarse en abogado y escritor. “En 1944 yo tenía seis años. Mi madre había sido encerrada en un hospital psiquiátrico poco después de mi nacimiento y yo estaba bajo custodia estatal. Una psiquiatra del Hopsital Bellevue, en Nueva York, la Dra. Lauretta Bender, había comenzado su infame serie de experimentos con tratamientos de choque en niños y necesitaba más sujetos. Así que se me diagnosticó como “esquizofrénico infantil”, fui arrancado de mis padres adoptivos y se me aplicó un tratamiento de 20 electroshocks (…) Fui arrastrado llorando por un corredor y se me metió un pañuelo en la boca para que no me mordiera la lengua. Cuando desperté (después del tratamiento de shock) no sabía donde estaba ni quien era, pero sentía que había sufrido la experiencia de la muerte. Después de cuatro meses de esto me retornaron a mi hogar adoptivo. El tratamiento de choque me había transformado de un tímido niño pequeño a quien le gustaba sentarse en un rincón y leer, en un niño aterrorizado que solamente se aferraba a su madre adoptiva y lloraba. No podía recordar a mis maestras. No podía recordar al niñito que me decían había sido mi mejor amigo. Ni siquiera podía orientarme en mi propio barrio. El asistente social que visitaba el hogar todos los meses le dijo a mis padres adoptivos que mi pérdida de memoria era un síntoma de mi enfermedad mental. Unos meses después fui enviado a una hospital estatal donde permanecía los próximos diez años de mi vida”. [6]

El electroshock (TEC) es una técnica que pretende reproducir, mediante descargas eléctricas aplicadas en la cabeza del paciente con electrodos, los efectos de un ataque epiléptico, las convulsiones del “gran mal”. Las corrientes eléctricas cerebrales se miden en milivoltios pero las descargas del electroshock son de cientos de voltios (entre 100 y 600) por lapsos de entre medio segundo y cuatro segundos.

En tiempos recientes los pacientes son anestesiados y se les aplica un relajante muscular para disminuir el dolor y el riesgo de lesiones y fracturas como producto de la explosión de movimientos que se genera en la convulsión inducida. Desde siempre se les coloca algún tipo de protector (un pedazo de caucho, una toalla, etc.) en la boca para evitar que se muerdan la lengua. La convulsión dura entre 30 y 60 segundos yse pueden producir fenómenos de alto riesgo: apnea y paros cardíacos. Por eso los electroshocks se suelen aplicar en instalaciones donde hay equipos de reanimación. Después de la convulsión el paciente queda inconsciente durante varios minutos.

Las secuelas perjudiciales de la terapia electroconvulsiva son varias y muchas de ellas han sido reconocidas desde hace mucho tiempo. En primer lugar el innegable daño cerebral por varias razones: 1) la excitación masiva de todas las estructuras cerebrale provoca hipertensión y esto frecuentemente causa pequeñas hemorragias cerebrales. En los sitios donde estas se producen se registra la muerte irreparable de las neuronas. 2) el electroshock rompe la barrera sanguínea del cerebro que es, químicamente, el más sensible de nuestros órganos. La barrera protege a las neuronas de sustancias extrañas pero la ruptura de la misma causa además edemas que dificultan la irrigación y la falta de oxígeno causa también la muerte neuronal. 3) la descarga eléctrica hace que las neuronas liberen grandes cantidades de un neurotrasmisor, el glutamato, que causa una excitación tóxica que perjudica a las neuronas por hiperactividad (esta tiene un efecto dañino y acumulativo).

El daño cerebral es muy evidente por la pérdida de memoria que causan los electroshocks. Todos los pacientes experimentan, en mayor o menor medida, cierto grado de amnesia retrógrada y esto no lo niegan ni siquiera los más ardientes promotores de la TEC. Por otra parte, la pérdida de memoria es muchas veces permanente y va acompañada de la pérdida de otras capacidades cognitivas.

Como es natural, la peor de las secuelas de la TEC es la muerte y no existe acuerdo en cuanto a la incidencia de la misma. De este modo, hace 25 años, la Asociación Psicológica Americana (APA) señalaba que la mortalidad era de un caso cada 10.000. La cifra se basaba en el registro de fallecimientos producidos dentro de las 24 horas de la aplicación de electroshocks. Investigaciones posteriores indican que la mortalidad sería mayor. Por ejemplo, en los EUA, Texas es el único estado en que los médicos están obligados a declarar los fallecimientos de pacientes que se producen hasta dos semanas después de haberse sometido a TEC y en tres años se alcanzó una mortalidad del 1%. En algunos casos, en pacientes de edad avanzada (más de 80 años), la mortalidad como secuela de la TEC llega al 25%. En el Uruguay no hay información estadística actualizada.

El asunto calve es el de la presunta eficacia que podría llegar a justificar una violación tan brutal del juramento hipocrático que compromete a los galenos a no causar mal a sus pacientes. La verdad es que no existen estudios serios que den cuenta de un beneficio en el corto plazo de quienes se someten a la terapia electroconvulsiva. Lo que si se han hecho han sido estudios comparativos entre grupos a los cuales se les aplicó electroshocks y otros en los cuales se hizo una simulación. En ambos casos el procedimiento fue idéntico (ayuno previo, anestesia, etc.) pero, en el momento de efectuar la descarga, uno de los grupos no recibía corriente alguna. El resultado era idéntico en los dos grupos, ninguno acusaba una mejoría aunque los que recibieron corriente presentaban los conocidos efectos secundarios.

A pesar de su falta de eficacia, del daño cerebral que provocan, de la pérdida de memoria y del riesgo de muerte y de lesiones severas, la TEC se sigue aplicando a niños autistas en los EUA, en Australia y en otros países en pleno siglo XXI. Lauretta Bender murió sin arrepentirse jamás de todo el dolor el y el daño que causó a miles de niños en su país. ¿Qué estará pasando con la TEC en el Uruguay?

Por el Lic. Fernando Britos V.
 

[1] Bender, Lauretta (1967) Test Guestáltico Visomotor. B.G. Usos y aplicaciones clínicas. Ed. Paidós, Buenos Aires. (El original en inglés fue publicado en 1938 y esta edición en español fue divulgada por el argentino Jaime Bernstein, quien impulsó su uso como test proyectivo y en su respaldo introdujo apéndices con investigaciones argentinas y uruguayas. Entre estas últimas expuso las que, en 1950, llevaron a cabo Washington Risso y Jorge Galeano Muñoz con sujetos del Hospital Vilardebó, el Hospital Pedro Visca, la UTU, el Colegio José Pedro Varela y de sus clínicas privadas.
[2] En la década de 1960, el Dr. Jorge Galeano Muñoz todavía sostenía que los resultados del B.G. eran equiparables a un electro encefalograma EEG. y superior a otras técnicas proyectivas. Hoy en día nadie se anima a efectuar tales afirmaciones en relación con un EGG o una resonancia magnética aunque, lamentablemente, hay quien todavía seguía utilizando el B.G. como por ejemplo la Cátedra de Psicopedagogía Clínica de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (con niños derivados al Servicio de Diagnóstico y Tratamiento).
[3] Arnold Gesell (1880-1961) un psicólogo y pediatra conductista estadounidense sostenía que toda la conducta humana se basa en cinco funciones fisiológicas básicas: mecanismos homeostáticos, estados de consciencia, respiración, percepción y actividad motora.
[4] Albarelli, H.P. y Jeffrey Kaye (2010) The Hidden Tragedy of the CIA’s Experiments on Children. Truthout. Consultado en http://archive.truthout.org/the-hiden-tragedy-cias-expeiments-children62208
[5] Martín Jorge, Miguel L. (2013) “Lauretta Bender (1897-1987): una revisión histórica del tratamiento y diagnóstico de la esquizofrenia infantil”. En: Revista de Historia de la Psicología, Vol.54,N4, 27-46. Valencia.
[6] Citado en su página Web por John Breeding, un psicólogo tejano, fundador de la Coalición por la Abolición del Electroshock en Texas CAEST.