miércoles, 2 de septiembre de 2015

Racismo estadounidense y el Batallón de Tanques 761º

La guerra en la guerra y
el Batallón de Tanques 761º


El racismo imperante en los altos mandos militares estadounidenses y las vacilaciones de las autoridades frente a él pusieron en riesgo el esfuerzo bélico durante la Segunda Guerra Mundial.

Lic. Fernando Britos V.

EL RACISMO Y LA GUERRA
Durante décadas se ocultaron los episodios de odio racial, asonadas, motines, golpizas, atentados y las repulsivas medidas segregacionistas que sufrieron los soldados afroestadounidenses. Cientos de miles de soldados y oficiales negros y de otras minorías, incluyendo a los nipoestadounidenses (los nisei), lucharon en África, Europa y en el Oriente. Muchas decenas de miles entregaron sus vidas, muchos más figuran como desaparecidos o quedaron con secuelas permanentes debido a las heridas que recibieron en combate. Ni una sola de las unidades que conformaron defeccionó ante el enemigo y muchas de ellas se destacaron por su heroísmo y decidieron la victoria en los combates que libraron y en las tareas que asumieron.
El racismo de los generales estadounidenses no había cambiado mucho desde que los unionistas derrotaron a los confederados en 1865. El aguerrido desempeño de los afroestadounidenses en la Guerra de Secesión, en el sometimiento de las tribus indígenas del Oeste y en las guerras coloniales de fines del siglo XIX y principios del XX, no amortiguaron en nada el racismo profundo que estaba arraigado en la sociedad estadounidense y predominaba en los estados del Sur.
La “supremacía del hombre blanco” dictó poco después de la Primera Guerra Mundial algunas de las leyes inmigratorias más infames, para impedir el ingreso de migrantes provenientes del sur de Europa y especialmente de los judíos centroeuropeos y del Mediterráneo.
Al interior del país se perfeccionó la segregación sistemática y el relegamiento de los afroestadounidenses a las peores condiciones de vivienda y laborales, educativas y de salud. Ser negro en los Estados Unidos, y especialmente en el sur, equivalía a soportar vejámenes y todo tipo de arbitrariedades en todos los órdenes de la vida. Los nazis primero y los racistas sudafricanos con su apartheid después se inspiraron en las medidas estadounidenses de las décadas del 20 y del 30.
Desde el punto de vista de la organización militar, los altos mandos consideraban y sostenían abiertamente que los negros eran biológicamente inferiores, poco inteligentes, carentes de iniciativa, perezosos y cobardes. Por lo tanto no concebían a los soldados negros sino como personal de maestranza, cocineros, choferes y sobre todo peones y estibadores destinados a las tareas serviles y del mayor esfuerzo. Se los consideraba como trabajadores regimentados, de uniforme, y por ende más dóciles que los civiles en las mismas funciones.
Se oponían tenazmente a admitir oficiales negros y las unidades formadas por soldados negros o de color (colored), que para los racistas abarcaba también a los indígenas y chicanos, solamente podían ser comandadas por oficiales blancos. La mayoría de estos oficiales consideraba esas funciones como un castigo degradante y despreciaban profundamente a sus suboficiales y soldados. De hecho aplicaban la “lógica laboral” de los esclavistas dueños de plantaciones: precaverse de cualquier insubordinación por la vía del sobretrabajo más despiadado y del trato brutal.
Hubo excepciones pero fueron muy pocas. Lo que está perfectamente documentado fueron las prácticas y crímenes racistas acompañados por miles de denuncias por parte de organizaciones como la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People), la prensa afroestadounidense y los parlamentarios.
SEGREGACIONISMO MILITAR
Lo que más temían los racistas y particularmente los altos mandos del ejército era que los negros encuadrados en unidades de combate, uniformados y armados, pudieran rebelarse contra el trato que recibían. No solamente de parte de sus oficiales y de los soldados y policías blancos sino de la población, particularmente en los estados del Sur.
La Armada y la Fuerza Aérea se resistieron por mucho más tiempo que el Ejército a la incorporación de afroestadounidenses, aun como unidades de servicio. De hecho la Infantería de Marina (los Marines) no admitieron reclutas negros sino hasta bien avanzada la Segunda Guerra Mundial y en la Fuerza Aérea los pilotos negros se contaban con los dedos de la mano ya en plena guerra.
La “supremacía blanca” se apoyaba en la segregación más estricta. Los mandos se negaban a que hubiera el más mínimo contacto entre blancos y negros. Ya lo habían practicado, a disgusto de los franceses y británicos, durante la Primera Guerra Mundial. Blancos y negros no debían marchar juntos, viajar juntos, comer juntos, charlar o asistir juntos al cine o a espectáculos, compartir enfermerías, dormitorios, baños y sobre todas las cosas jamás debían combatir juntos para que la cotidianeidad y el jugarse la vida en compañía no debilitase el odio, los prejuicios y el injusto menoscabo de los negros que habían aplicado durante generaciones.
Los estigmas raciales que cultivaban los altos mandos se extendían a la población civil. Los soldados negros no debían interactuar con la población civil y se debía evitar, a toda costa, cualquier grado de proximidad entre soldados negros y mujeres blancas.
Aunque las medidas segregacionistas en los pueblos y ciudades de los Estados Unidos no se limitaban al Sur, era allí donde el apartheid estaba institucionalizado. Había restricciones para la circulación de los negros, civiles o militares, para su acceso al transporte, para andar por la calle, etcétera. Había salas de espera para negros, bebederos públicos para negros, barrios para negros, hospitales para negros. Iglesias para negros y cementerios para negros. Todas estas “facilidades” replicaban a las de los blancos pero con el clasismo que está incorporado en el racismo, todo era peor, más pobre, incómodo y deliberadamente degradante.
Cuando en 1939 se desencadenó la Segunda Guerra Mundial en Europa, el gobierno estadounidense debió tomar medidas como las que había adoptado veinte y pocos años antes para desarrollar una producción bélica multiplicada en apoyo a su aliado británico y se planteaba ya la perspectiva de prepararse para decuplicar sus fuerzas armadas en un lapso relativamente breve.
La concepción de la clase dirigente estadounidense no contemplaba a los negros y a las mujeres como mano de obra calificada para la industria bélica. Los primeros debían ocuparse de la producción agrícola, como efectivamente lo hacían en los estados sureños, y las segundas mantenerse en el hogar. Sin embargo, había elementos objetivos y subjetivos que hicieron entrar en crisis esas pretensiones.
Por un lado la migración interna de afroestadounidenses desde el Deep South hacia los polos industriales del este y del norte se había mantenido y acelerado desde el fin de la Primera Guerra Mundial. Además, las mujeres habían ido aumentando sostenidamente su presencia en la fuerza de trabajo.
Subjetivamente, tanto los negros como las mujeres, no estaban dispuestos a ocupar un papel secundario o servil. Trabajadoras y trabajadores aspiraban a los puestos calificados y mejor remunerados. Esto provocó enfrentamientos muchas veces violentos.
En Detroit hubo una oposición abierta de los trabajadores automovilísticos a la incorporación de operarios negros. En abril de 1943, 26.000 operarios blancos de la Packard hicieron huelga protestando por la promoción de 3 obreros negros. “Preferimos que gane la guerra Hitler o Hirohito antes que trabajar con negros”, decían los líderes.
En mayo de 1943 estalló la violencia en el astillero Atlanta, en Alabama, por el ingreso de trabajadores negros, y aunque la policía pudo dominar el choque, hubo decenas de heridos y el gobernador del Estado debió movilizar a siete compañías de la Guardia Nacional.
Después de bastantes titubeos el gobierno intervino para permitir el acceso de operarios negros que, por otra parte, eran necesarios para redoblar la producción de jeeps, camiones y tanques que requería la guerra en Europa. El presidente Franklin Roosevelt, que siempre fue un gran equilibrista político, no quería malquistarse abiertamente con los racistas. En cambio su esposa, Eleanor Roosevelt, y algunos de sus ministros actuaron para contemplar los reclamos de la comunidad negra.
Los dirigentes de esta comunidad vieron, en la participación de los suyos como tropas de combate, una oportunidad para remover obstáculos en su legendaria lucha para conquistar plenos derechos civiles. La enorme mayoría de los afroestadounidenses que se alistaron reivindicaban su patriotismo y estaban dispuestos a combatir a los nazis con las armas en la mano. Algunos de estos reclutas, muy pocos, eran veteranos de la Primera Guerra pero la mayoría eran afroestadounidenses jóvenes y educados, provenientes del Norte.
LA GUERRA ANTES DE LA GUERRA
Los altos mandos del Pentágono se avinieron a formar unidades de infantería, de ingenieros de combate y, cosa rara, de una unidad blindada. Sin embargo no desistieron de sus principios racistas de modo que el personal de maestranza estaba formado mayoritariamente por negros y miembros de otras minorías. En el teatro europeo, al terminar la guerra, el 69% de los choferes eran negros.
Como querían mantener la segregación a cualquier costo, la conformación y el entrenamiento de las unidades formadas por afroestadounidenses se radicó en los estados del Sur (Texas, Luisiana, Georgia, Alabama, Carolina del Norte y del Sur, etcétera). De este modo, se aseguraban que los acuartelamientos estuvieran en zonas poco pobladas, donde las localidades cercanas seguían practicando una rigurosa segregación y donde la mayoría de los blancos odiaban y temían a los negros.
Lo que resultó fue que, si bien consiguieron mantener la segregación y que los soldados negros tuvieran el menor contacto posible con la población civil, también fomentaron una cantidad de conflictos, peleas, asonadas, linchamientos y tiroteos que dejaron muchos muertos y heridos y exacerbaron al extremo las divisiones y la desmoralización entre las tropas que estaban preparando para la guerra.
Para sorpresa de los reclutas negros que venían del Norte, trasladados en ferrocarril hasta sus campos de entrenamiento, se les obligaba a llevar las cortinillas de las ventanillas bajas y cerradas y a no apearse en las paradas del trayecto. Pese a esto, los campesinos pobres (los hillbilly), fuertemente inficionados de racismo, solían apostarse a los lados de la via en zonas agrestes para disparar con sus escopetas contra “los vagones de los negros”.
Johnnie Stevens, un veterano del Batallón de Tanques 761º, recordaba décadas después lo que había sido aquel acuartelamiento: “Ser un soldado negro en el Sur, en aquellos días, era una de las peores cosas que te podían pasar. Si ibas al pueblo tenías que bajar a la calle si un blanco venía por la acera. Si pasabas de uniforme por un vecindario de blancos te daban una golpiza. Si tropezabas en la calle te acusaban de estar borracho y te pegaban. Si estando fuera del cuartel sentías hambre y no encontrabas un restaurante para negros o algún hogar de una familia negra que conocieses, ¿sabes qué? Te morirías de hambre. Eras un soldado, que estabas allí con el uniforme de tu país y te trataban como a un perro y esto sucedía en todo el Sur”.
Muchos miembros de la organización terrorista del Ku Klux Klan se habían enrolado en la policía local y de este modo apaleaban a los soldados y llevaban a cabo todo tipo de provocaciones. Además los miembros de la Policía Militar eran blancos y acompañaban a los locales en sus fechorías.
Desde 1941 los tanquistas del 761º se entrenaban en Camp Clairborne, cerca de Alexandria, en Luisiana, pero de hecho el pueblo les estaba vedado. No podían circular por el centro, ni comer en lado alguno, ni hacer compras. Solamente podían llegar a un barrio muy pobre, llamado el Little Harlem, donde vivían las familias negras.
Los soldados sospechaban de sus oficiales blancos que vivían pendientes de conseguir un traslado a una unidad de blancos. La mayoría era incompetente y por eso se les había asignado allí. De todos modos el batallón entrenó intensamente durante dos años y se le consideraba una de las unidades mejor preparadas para el combate.
La segregación racial también hacía que una enfermera blanca no pudiese atender a un soldado o un oficial negro y por esa razón, además de una cuerpo auxiliar femenino formado por mujeres blancas (las WAC, Women Army Corps), cuatro mil mujeres negras (120 de ellas oficiales) sirvieron durante la guerra como WACs afroestadounidenses. Accesoriamente los bancos de sangre estaban rigurosamente segregados, jamás se transfundiría a un soldado blanco con sangre de donantes negros y viceversa.
La primera baja de esta “guerra en la guerra” se produjo en abril de 1941, cuando el soldado Felix Hall fue encontrado colgando de un árbol en una zona agreste de Georgia, con las manos atadas a la espalda. Las autoridades militares quisieron atribuir la muerte a suicidio pero no lo consiguieron.
Lamentablemente hubo muchas otras muertes y todas las investigaciones policiales y judiciales (particularmente de la justicia militar) fueron invariablemente inconcluyentes, desprolijas e incapaces de descubrir a los culpables.
Es imposible reseñar todos los enfrentamientos y muertes que se produjeron ininterrumpidamente durante cinco años (entre 1941 y 1945 y aun después de la desmovilización) involucrando a militares negros. Poco después del linchamiento de Hall, soldados negros del Cuerpo de Maestranza 48º fueron asaltados en su cuartel por soldados blancos de la 30ª División de Infantería. Otros episodios involucraron a cientos de soldados negros del 94º Batallón de Ingenieros y tropas estatales de Arkansas.
Los tiroteos y choques con muertos y heridos seguían y en 1942, el juez William Hastie, un respetado jurista afroestadounidense comisionado por el gobierno para investigar la violencia racial, informaba que “en el Ejército un negro es enseñado a ser un combatiente, en suma un soldado; es imposible crear una doble personalidad que por un lado sea la de un combatiente contra un enemigo extranjero y por la otra un ser sumiso que acepte un tratamiento menos que humano en su patria. Con frecuencia creciente se siente entre los soldados de color la idea de que si han sido convocados para pelear muy bien podrían pelear aquí y ahora”.
En los primeros días de 1942, la policía de Alexandria apaleó a unos tanquistas que estaban de franco en el pueblo. Poco después un soldado blanco golpeó a una trabajadora negra y fue increpado por los tanquistas. A duras penas los oficiales pudieron contener a sus hombres pero el 10 de enero, las tensiones que se habían ido acumulando durante meses, estallaron en forma incontenible.
Los policías militares blancos arrestaron a un tanquista y sus compañeros se dispusieron a liberarlo por la fuerza. Llegaron al cuartel y se encendieron los motores de los tanques del 761º, el armamento fue municionado y con sus tripulaciones completas se prepararon para aplastar a los policías.
A todo esto en las calles de Alexandria se desarrollaba una batalla campal entre blancos y negros. Una multitud de varios miles de personas se enfrentaba a pedradas, botellazos, y disparos de escopeta, fusiles y pistolas.
Los oficiales del 761º, después de negociar a gritos durante una hora, consiguieron a duras penas que los tanquistas desistieran de arrasar Alexandria y volvieran a las barracas. No hubo arrestos ni cortes marciales y a pesar de la cantidad de heridos y de algunos muertos el episodio fue silenciado y las unidades cambiadas de lugar.
A mediados de 1943, los choques que involucraban a militares en los Estados Unidos habían alcanzado una intensidad inocultable. En las calles de Harlem y de Paradise Valley se registraba una violencia que se replicaba en las bases militares y en las poblaciones cercanas a ellas en todo el país. Las tropas afroestadounidenses se enfrentaban, mano a mano o en distintas combinaciones, con la policía militar, los policías, los ciudadanos y los soldados blancos.
En setiembre de 1942, los 42 oficiales y 600 soldados del 761º ya eran un cuerpo de elite y fueron trasladados a Fort Hood, en Texas, para completar el entrenamiento avanzado en combate de blindados. En ese medio, al entorno racista y provocativo se sumó un hecho que enfurecía a los soldados negros. En el área de Fort Hood había un gran campo de prisioneros alemanes e italianos.
Los maltratados soldados estadounidenses veían que los prisioneros eran tratados bastante mejor que ellos, disfrutaban de una relativa libertad para entrar y salir, se les asignaban tareas livianas de limpieza pero estas nunca se ejecutaban en las barracas ocupadas por los soldados negros.
Los oficiales alemanes que fallecían estando internados eran sepultados con todos los honores, enfundados en su uniforme de gala, envueltos con la bandera nazi y pelotones de fusileros disparaban salvas en su honor (hay fotos que lo documentan muy bien).
LA GUERRA QUE GANARON
En junio de 1944, en vísperas del desembarco en Normandía, había 134.000 soldados negros en Europa pero solamente una unidad, el 99º Escuadrón de Caza, había entrado en combate. Sus pilotos se reconocían entre ellos como “las águilas solitarias” debido a la segregación absoluta que se ejercía en torno a ellos. El 6 de junio, cuando se produjo el desembarco en Normandía, de los 185.000 hombres que participaron solamente 500 eran negros, pertenecientes a un batallón de globos de barrera (artefactos que protegieron eficazmente de los ataques de los bombarderos en picada).
El 761º partió el 27 de agosto de Nueva York hacia Inglaterra cruzando el océano con sus tanques en un convoy de 500 transportes. Sus antepasados habían hecho una travesía transoceánica encadenados como esclavos. Ahora iban a participar en una guerra en nombre de libertades que ni sus antepasados ni ellos habían disfrutado. El 8 de setiembre desembarcaron en Gran Bretaña y fueron acuartelados en Wimborne, Dorset, a unos 30 kilómetros del Canal de la Mancha.
Los británicos acogieron con simpatía la llegada de los soldados negros. El escritor George Orwell dijo que el consenso general de sus compatriotas era que los únicos soldados estadounidenses con modales decentes eran los negros.
El hostigamiento y las agresiones racistas siguieron ocurriendo pero no por cuenta de la población británica sino por parte de los soldados blancos estadounidenses. La agresividad y los ataques de estos contra los negros británicos, la mayoría de los cuales provenían de las Indias Occidentales (jamaiquinos, por ejemplo), indignaron a las autoridades y a la opinión pública. El parlamentario Harold MacMillan, que más adelante sería Primer Ministro, propuso que los soldados británicos de color llevaran un cintillo especial para evitar que fueran atacados por los soldados estadounidenses.
En tierras de Francia, el Tercer Ejército de los Estados Unidos, comandado por el excéntrico y audaz George S. Patton hacía de punta de lanza en el empuje hacia París. Patton, un aristócrata californiano, famoso por su arrojo e intrepidez, apreciaba grandemente los blindados que le habían permitido ser la vanguardia desde el desembarco en Normandía.
Además de portar sendos revólveres Colt 45 con cachas de nácar pendiendo de la cintura como un cowboy, el general salpicaba su conversación con réplicas mordaces, insultos y palabras soeces. Se dice que lo hacía para compensar su vocecita aflautada. Tenía un genio particularmente adecuado a la guerra relámpago y era un jefe respetado. Al mismo tiempo era un racista puro y duro, antisemita y anticomunista visceral que acariciaba el sueño delirante de derrotar a los nazis para combatir enseguida a los soviéticos a quienes consideraba los verdaderos enemigos de su país.
En su veta racista había sostenido, antes de la guerra, que los negros no podían pensar con suficiente rapidez como para combatir en blindados. Sin embargo, en 1944 Patton reclamó las mejores unidades de tanques para su ejército y el 761º era una de ellas. Refiriéndose al 761º se dice que vociferó que le dieran buena comida y los mejores tanques a esos “negritos” (usaba la palabra niggers que es la forma insultante y más despectiva de referirse a los negros) y se los mandaran.
El 761º cruzó el canal y Patton los recibió en Saint-Nicolas-du-Port. Desde un camión arengó al batallón y después trepó al Sherman M4 de E.G. McConnell, examinó el nuevo cañón de tiro rápido y mirando a los ojos al oficial le dijo: “Escucha muchacho, quiero que le dispares a todas las malditas cosas que veas, iglesias, campanarios, torres de agua, casas, señoras ancianas, niños, parvas de heno, cada maldita cosa que veas, ¿me entiendes muchacho?”. Patton era un peleador muy diferente a los llamados generales de escritorio y los tanquistas estaban dispuestos a seguirlo.
A medida que los aliados se aproximaban a Alemania la resistencia de la Wehrmacht se endurecía. Los nazis lanzaban a la batalla las unidades fanatizadas de las Waffen SS y ponían en acción los tanques pesados y los cañones antiaéreos de 88 mm utilizados como mortíferos antitanques.
En esos días empezaron los 183 días de combates ininterrumpidos en que participó el 761º, sin retroceder jamás, a través de seis países (Francia, Luxemburgo, Bélgica, Holanda, Alemania y Austria) hasta el fin de la contienda.
Las unidades de tanques estadounidenses combatían en promedio durante dos o tres semanas y después eran retiradas a retaguardia por un lapso similar para descansar, reaprovisionarse y recibir relevos. Las Panteras Negras, como ya se denominaba a los integrantes del 761º, hicieron todo esto sobre la marcha y su record de permanencia en combate se atribuye al racismo imperante en el comando del Tercer Ejército. Se ha dicho que los generales aplicaban el procedimiento de los hacendados esclavistas en tiempos de cosecha: haz trabajar a los negros hasta que se desplomen.
Además, el 761º no operó en conjunto, como batallón de tanques, sino que se le asignó la función de “bastardos” lo que, en la jerga militar de la época, significaba que cada compañía actuaba independientemente, en conjunto con un batallón de infantería. Los “bastardos” eran la punta de lanza que avanzaba con sus tanques, enfrentaba a los blindados alemanes, a la artillería antitanque, a los nidos de ametralladora y a los francotiradores. Detrás de los tanques avanzaba la infantería para asegurar el terreno u ocupar los pueblos.
Se dice que este tipo de acciones, que era fundamental para evitar bajas en la infantería y avanzar rápidamente, hacía más difícil que el comando del Tercer Ejército apreciase la eficacia combativa del 761º y contabilizara sus logros. Los hechos posteriores demostraron que el racismo intervino para impedir que se reconociese el aporte sustancial de los Panteras Negras. Los jefes y oficiales de las unidades de infantería que combatieron junto a ellos, en cambio, no escatimaron elogios, agradecimientos y cálidas expresiones de camaradería hacia los tanquistas negros.
Un balance muy posterior estableció que los tanques del 761º habían destruido cientos de blindados y baterías antitanque alemanas, liquidado miles de nidos de ametralladora y que jamás habían abandonado el campo de batalla ni retrocedido, lo que significaba que siempre habían protegido a su infantería a costa de sus propias vidas.
En diciembre de 1944, los nazis desataron una contraofensiva sorpresiva, en Bélgica, con el objetivo estratégico de cercar y aniquilar a tres ejércitos aliados, llegar a Amberes y negociar una anhelada paz por separado con Estados Unidos y Gran Bretaña para volcar las fuerzas que le quedaban al frente oriental. El alto mando aliado, encabezado por Dwight Eisenhower, pecó de exceso de confianza porque, aunque el camino desde Normandía a Bélgica no había sido un paseo, fue un combate de retaguardia en el que la Wehrmacht resistió furiosamente pero sin contraatacar.
El lugar elegido por los alemanes para atacar fue la región belga de las Ardenas caracterizada por montañas y quebradas boscosas, que se considerada intransitable para grandes unidades y especialmente para los tanques. En diciembre de 1944, el invierno más crudo azotaba la región. Nevadas copiosísimas, cielos nublados y tormentas impidieron la acción de la aviación en la que los aliados habían alcanzado una superioridad abrumadora.
La Wehrmacht echó el resto y lanzó 500.000 soldados, 1.800 tanques (la mayoría pesados) y 1.900 piezas de artillería, apoyados por 2.400 aviones contra los 840.000 soldados, 1.600 tanques, 4.150 cañones y 6.000 aviones apuntados hacia el Rhin. El 16 de diciembre comenzó la acción, la sorpresa fue total y se produjo la rotura del frente. En las primeras dos semanas la Wehrmacht avanzó rápidamente.
Después los aliados trajeron refuerzos, entre ellos el 761º, desde el Sarre, y consiguieron estabilizar la situación. Finalmente los cielos se despejaron, la aviación machacó a los nazis y la superioridad de las fuerzas aliadas revirtió las acciones a su favor. Las Panteras Negras lucharon heroicamente desde que sus tanques fueron desembarcados del ferrocarril, cerca de Bastogne, la población donde estaba cercado el Primer Ejército.
Otra unidad integrada por afroestadounidenses también se destacó en el esfuerzo para liberar a los atrapados en Bastogne, el 183º Batallón de Ingenieros de Combate. En torno a Tillet, el 5 de enero, el 761º enfrentó con éxito a la 13º División Panzer de las SS en una de las mayores batallas de tanques de las Ardenas.
El balance final da cuenta de la dureza de los combates. Los estadounidenses soportaron las mayores pérdidas. El 25 de enero de 1945, cuando se rompió el contacto definitivamente, habían quedado 19.276 estadounidenses muertos, 41.493 heridos y 23.554 fueron hechos prisioneros o desaparecieron; los británicos tuvieron 200 muertos y 1.400 prisioneros o desaparecidos; los alemanes sufrieron 15.652 muertes, 41.600 heridos y 27.582 prisioneros o desaparecidos.
UNA GUERRA TERMINÓ Y OTRAS SIGUIERON
El 761º terminaría su periplo bélico derribando las puertas de los tenebrosos campos de concentración de Buchenwald y Dachau. Los soldados afroestadounidenses entraron en contacto directo con los crímenes del nazismo e intentaron aliviar a sus víctimas.
El comandante del Tercer Ejército, George S. Patton, mientras tanto, ya había empezado a confrontar con el Comandante en Jefe Eisenhower a propósito de la desnazificación. Patton le escribía entonces a su esposa Beatriz: “Nunca oí que nosotros lucháramos para desnazificar Alemania: vive y aprende. Lo que estamos haciendo es destruir el único Estado semimoderno de Europa para que Rusia pueda engullirlos a todos... de hecho los alemanes son el único pueblo decente en Europa”.
Patton atribuía los problemas “a los judíos que quieren venganza”. En su diario el guerrero californiano consignó sus más íntimos pensamientos acerca de las víctimas del nazismo: “todo el mundo cree que las personas desplazadas (se refiere a los internados en los campos de concentración) son seres humanos, lo cual no es cierto y esto se aplica particularmente a los judíos que se encuentran por debajo de los animales. Ya sea que las personas desplazadas nunca hayan tenido decencia o ya sea que la hayan perdido durante el periodo de su internación por lo alemanes. Mi opinión personal es que ningún pueblo puede haberse hundido hasta el nivel de degradación que estos presos han alcanzado en el corto periodo de cuatro años”.
A raíz de sus manifestaciones públicas pronazis, Patton fue destinado a un puesto menos relevante y finalmente murió en un accidente automovilístico ocurrido en Heidelberg, el 21 de diciembre de 1945.
Para esas fechas el Batallón de Tanques 761º había sido desmovilizado y sus integrantes dados de baja y enviados a casa.
Sin embargo y a pesar de que su comandante lo había recomendado calurosamente, la unidad nunca recibió la Medalla de Servicios Distinguidos. La resolución fue secamente despachada diciendo que sus merecimientos no habían sido probados. Este agravio formaba parte del muro de silencio que rodeó no solamente el clima racista y la segregación que habían sufrido los afroestadounidenses antes y durante la Segunda Guerra Mundial sino el infame ocultamiento de su valiente y denodado desempeño en defensa de su patria.
Esa infamia solamente sería parcialmente reparada en 1978 cuando los sobrevivientes del 761º fueron convocados por el gobierno de Jimmy Carter para conferirle al Batallón de Tanques la Mención de Unidad Distinguida que canallescamente le había sido negada 33 años antes.
Los afroestadounidenses habían contribuido a ganar la guerra contra el Tercer Reich y el Imperio del Sol Naciente pero la guerra desatada por el racismo no ha cesado hasta hoy en día y la Guerra Fría recién comenzaba.
 
 
 

miércoles, 5 de agosto de 2015

Racismo en las guerras: ficción y realidad

ANTE LA PROLIFERACIÓN DE
CRÍMENES Y ATAQUES RACISTAS
EN EE.UU.



Los soldados negros de los Estados Unidos siempre enfrentaron simultáneamente a dos enemigos: el que se los ponía enfrente con las armas en la mano y el racismo intenso, recurrente y duradero en la sociedad estadounidense, empezando por el de los altos mandos militares.



Lic. Fernando Britos V.


Ver a los actores negros en la cinematografía estadounidense, embutidos en brillantes uniformes o con equipo de combate y personificando a generales y coroneles, se ha vuelto común en filmes y seriales. Morgan Freeman ha protagonizado decenas de filmes donde inclusive ha sido presentado como presidente de los Estados Unidos (un Obama avant la lettre). Denzel Washington no le va en zaga, ha sido alto oficial del ejército, la armada y la aviación y cuando los años le den la apostura de veteranía necesaria (dentro de poco) será almirante o general de cuatro estrellas. El papel de severos sargentos y de simpáticos y valientes soldados de tropa que se atribuía a los actores afroamericanos en el Hollywood del siglo pasado ha cedido lugar a Estados Mayores donde invariablemente aparecen como respetados jefes y altos oficiales.
A fines del siglo pasado y principios de este, el general de cuatro estrellas Colin Powell, un nativo de Harlem de origen jamaiquino, ocupó los cargos más altos que ningún negro haya alcanzado jamás: fue jefe del Estado Mayor Conjunto durante la Guerra del Golfo y después de ella con George Bush padre y Secretario de Estado con George W. Bush hijo. Esto parecería indicar que Hollywood no solamente se remite a la cola de paja estadounidense por el racismo y la segregación rampante del pasado sino que refleja un cambio real en estos cánceres de la sociedad. Con un mulato como Presidente del país podría creerse que el odio que condujo al asesinato de Martin Luther King ha desaparecido. Sin embargo, las noticias de matanzas, atentados racistas y la contumacia demencial de los policías hacia las minorías en los Estados Unidos, especialmente encarnizada con los niños y jóvenes negros, muestran que el bestial racismo lejos de haber perdido fuerza levanta cabeza.
Que el opulento Donald Trump –racista y xenófobo, al viejo estilo del gran garrote– sea el candidato presidencial republicano que concita más adhesiones es elocuente respecto al profundo arraigo del odio racial que empaña cualquier bondad que pueda tener la sociedad estadounidense del siglo XXI. Cobardes asesinos envueltos en sábanas y con cucuruchos en la cabeza, los del Ku Klux Klan se seguirán manifestando bajo la bandera de los esclavistas derrotados en la Guerra de Secesión. Los jefes militares estadounidenses han sido racistas desde antes de las guerras de su independencia, en el siglo XVIII. De hecho la reclusión de los afrodescendientes en unidades segregadas pero encuadradas por oficiales blancos no fue exclusiva de América del Norte. En América del Sur y particularmente en el Río de la Plata las tropas coloniales incluían Regimientos de Pardos y Morenos, en Buenos Aires se les conocía como “los negros de Soler” y en la Banda Oriental como “los negros de Bauzá”. Esas unidades se distinguieron en las luchas de la independencia. Avanzado el siglo XIX, los pardos y morenos libres fueron la formación primigenia del Batallón Florida, cuyo jefe, el español León de Palleja, perdiera la vida comandándolo en la Batalla de Boquerón del Sauce, en 1866, durante la infame Guerra de la Triple Alianza.
La Academia Militar de West Point, la cuna selecta de la oficialidad del ejército estadounidense, fue fundada en 1802 y en los primeros 140 años de su existencia, es decir hasta 1941, solamente se habían graduado en ella cinco oficiales afroamericanos. Todos ellos fueron hostigados, discriminados y despreciados por sus compañeros, los cadetes blancos. Charles D. Young (1864-1922) de la promoción 1889 –por ejemplo– llegó a teniente coronel, participó en la lucha contra las guerrillas independentistas en las Filipinas y se desempeñó como agregado militar en las embajadas en Haití y en Liberia (mandar a un negro a entenderse con los negros).
En 1917, cuando los EE.UU. entraron en la Primera Guerra Mundial, Young aspiraba a recibir un comando en el frente europeo por su experiencia y demostrada aptitud para el combate, pero en cambio lo dieron de baja repentinamente alegando mala salud.
Como protesta el Cnel. Young (el primer afroamericano en alcanzar ese grado) cabalgó 800 kilómetros, desde su casa en Ohio a Washington, para probar su perfecta forma física. El Ejército lo reincorporó pero le dio un puesto segregado de retaguardia: le encargó del entrenamiento de las tropas de color, en los EE.UU., durante los años de la guerra.
Las relaciones y la participación de los afroamericanos en las guerras, hasta la actualidad, siempre han sido un tema extraordinariamente complejo, jalonado por una historia ocultada que no puede ser soslayada so pena de que -como decía Bertolt Brecht- quien ignora los actos racistas es un imbécil y quien los conoce y calla es un criminal.
ARRIANDO LA BANDERA DE LOS ESCLAVISTAS
Hace 150 años terminaba la Guerra de Secesión en los Estados Unidos con la victoria de la Unión sobre los Confederados (los esclavistas del sur). Durante la contienda los unionistas formaron varios regimientos con soldados afroamericanos dirigidos por oficiales blancos. Estas unidades se distinguieron por su valor y decisión en batalla. Una de las más importantes y sangrientas fue la que en julio de 1863 se libró en las cercanías de Charleston, conocida como Segunda Batalla de Fort Wagner. Contra esa fortificación de los confederados fue lanzado a la descubierta el 54º Regimiento de Voluntarios de Massachusetts, cuya tropa y suboficiales eran negros comandados por un oficial blanco, el Cnel. Robert Gould Shaw. El choque fue sangriento y el regimiento perdió la mitad de sus efectivos, entre heridos y muertos, entre los que se contó el Comandante Shaw, pero desalojó a los sudistas de sus trincheras con lo que la caída de Charleston fue un hecho. El sargento William Camey recibió la máxima condecoración por su valor (la Medalla de Honor del Congreso). No es práctica o simbólicamente casual que en la misma ciudad de Carolina del Sur (Charleston) se haya producido la reciente matanza en una iglesia emblemática de la comunidad negra ni que el crimen haya provocado que la bandera de los esclavistas recién haya sido arriada del parlamento estatal 152 años después de la batalla de Fort Wagner.
En la Guerra de Secesión los afroestadounidenses participaron en más de 300 combates pero solamente 16 infantes y 4 marineros fueron distinguidos con la Medalla de Honor del Congreso a pesar de que muchos miles dieron prueba de un coraje y una resistencia admirables y muchos entregaron sus vidas en esa lucha. El triunfo de la Unión y la abolición de la esclavitud no terminaron, como se sabe, con la discriminación, la segregación y el odio racial. Los altos mandos del Ejército no sabían bien qué hacer con los regimientos veteranos formados por afroamericanos. Las opiniones estaban divididas. Había quienes pensaban que la disciplina militar permitiría que los soldados superaran las secuelas de la esclavitud pero otros eran francamente hostiles y promovían la disolución inmediata y la dispersión de aquellos hombres mandándolos de vuelta a las fábricas, a los muelles, a los campos; temían que con sus armas pretendieran barrer los numerosos resabios y resortes de la sociedad esclavista.
Se impuso una solución pragmática: mantener los regimientos conformados por afroamericanos, especialmente los de caballería, y dirigirlos hacia el Oeste y el Suroeste del país para enfrentar a los indios irredentos con los que chocaba la expansión de la nación (“la conquista del Oeste”).
LOS SOLDADOS BÚFALO
La relación entre los negros y los indígenas fue siempre complicada. Algunas tribus como los Cherokee, los Choctaw y los Chicksaw, tenían muchos esclavos aunque se dice que los trataban mejor que los amos blancos. Otras tribus, como los Seminolas y los Creeks, protegían a los esclavos fugados y los incorporaban a sus familias en pie de igualdad.
Los Regimientos de Caballería 9º y 10º fueron enviados a las praderas a combatir a los Cheyenne, los Apaches, los Arapaho, los Sioux y los Kiowas. Fueron precisamente estos últimos los que dieron a sus perseguidores el mote de Soldados Búfalo (Buffalo Soldiers) por su color, apariencia y fuerza. Los indios los consideraban además como “hombres blancos negros” por su desgraciado papel como represores de sus pueblos.
Entre 1866 y 1890 los regimientos participaron en numerosas campañas militares y fueron condecorados por sus actuaciones. Además de participar en las campañas militares, los Soldados Búfalo actuaron en el Lejano Oeste construyendo carreteras y como escoltas del Servicio Postal.
Finalizado el sometimiento de los indígenas, en los años 1890, estos regimientos lucharon en las guerras y aventuras coloniales de los Estados Unidos, por ejemplo en la guerra contra España, y contribuyeron a instalar un nuevo yugo colonial en Puerto Rico, Cuba, Guam y Filipinas. También participaron en la intervención estadounidense en México en 1916 y en la guerra filipino-estadounidense. Los 16 regimientos de voluntarios afroestadounidenses que participaron en la guerra contra España de 1898 vivieron en una segregación absoluta. Fuera del campo de batalla no había confraternización alguna con los militares blancos y su participación en los combates fue muchas veces ocultada o directamente tergiversada.
Un claro ejemplo fue el del coronel Theodore Roosevelt, un agresivo militar y político que llegó después a ser Presidente de los EE.UU. (1901-1909). Roosevelt se autopromovió como héroe de la crucial Batalla de la Colina de San Juan, cerca de Santiago de Cuba, a la cabeza de su unidad de caballería (los Rough Riders) y ocultó que otras cuatro unidades, incluyendo el 10º de Caballería (los Soldados Búfalo) jugaron un papel decisivo para el triunfo estadounidense. Como racista y mentiroso (lo cual no es redundante) Teddy Roosevelt calumnió a los combatientes afroamericanos diciendo que los negros eran cobardes que se mantenían en la retaguardia. Sus dichos fueron reiteradamente refutados por otros oficiales blancos que señalaron el valioso papel que jugaron los soldados negros que acarreaban las municiones desde la retaguardia para sus camaradas en primera línea. Cinco de esos “cobardes” fueron distinguidos en esa batalla con la Medalla de Honor del Congreso.
SANCIÓN SIN JUICIO NI DEFENSA
En julio de 1906, tres compañías del 24º de Infantería estaban de vuelta en los EE.UU. y fueron acuarteladas en Fort Brown, en Texas. Apenas llegados, los soldados negros fueron hostigados y atacados por los pobladores del adyacente Brownsville. El clima de provocación era desaforado. A mediados de agosto corrió en el pueblo el rumor malicioso de que una mujer blanca había sido arrastrada por los pelos por un soldado negro. Poco después de la medianoche un grupo de pobladores desató un tiroteo en un barrio de blancos adyacente al cuartel, que arrojó un saldo de un muerto y dos heridos. A pesar de la absoluta falta de pruebas y de testimonios que incriminaran a los soldados afroamericanos, las autoridades militares dieron la baja deshonrosa a 167 de ellos.
La arbitrariedad de la sanción colectiva produjo gran indignación en la colectividad negra y su prensa. Miles reclamaron la anulación de la sanción y el restablecimiento de los derechos civiles pero el entonces el Presidente de los EE.UU. era el racista Teddy Roosevelt, cuya actuación en Cuba acabamos de ver. En 1907, el mandatario informó al Senado que la sanción era justa y la mantuvo.
Pasaron más de 65 años para que el Secretario del Ejército, ante la exigencia de los parlamentarios afroestadounidenses, reconociera que se habían cometido grandes errores y produjera una baja honorable para los 167 expulsados. Para apreciar su reivindicación quedaba entonces un solo sobreviviente: Dorsey Willis, de 86 años de edad.
NOCHE SANGRIENTA EN HOUSTON
En los primeros meses de 1917, cuando los EE.UU. discutían su participación en la Primera Guerra Mundial, la forma en que se podía emplear a los ciudadanos negros era un tema recurrente en las altas esferas del gobierno y del ejército: ¿debían ser llamados a filas?, ¿se les daría un papel como combatientes o se les emplearía como personal de servicios (peones, changadores, carreros, cocineros y mucamos, etcétera)? Finalmente el Congreso aprobó una ley de enrolamiento que no hacía mención a razas.
Los racistas eran mayoritarios en muchos sectores del gobierno, de las fuerzas armadas y de la población, especialmente esta última en los estados del Sur. Tenían gran temor de que la minoría negra recibiese entrenamiento militar y se le entregasen armas. Temían represalias por todos los crímenes y humillaciones segregacionistas en medio de un recrudecimiento de linchamientos y ataques del Ku Klux Klan.
En agosto de 1917 se produjo un episodio que parecía justificar los temores racistas. Los 645 hombres negros del 3º Batallón del 24º de Infantería habían llegado, un mes antes, a un cuartel en Houston, Texas, desde Minnesota. Eran veteranos de las guerras coloniales y se consideraban ciudadanos de pleno derecho que no se resignaban a aceptar la segregación y las humillaciones que imperaban en su nuevo entorno. Pronto empezaron los roces y disputas porque los soldados se negaban a ocupar los asientos destinados a los negros en los tranvías o a beber únicamente en los escasos bebederos públicos para la gente de color, y estos orgullosos morenos no eran de arrear con el poncho. Tanto se tensó la situación que los oficiales blancos, temiendo que sus hombres respondieran a las provocaciones y al maltrato a que los sometían, procedieron a desarmarlos.
En la tarde del jueves 23 de agosto un soldado negro intervino para impedir que un policía blanco apalease a una mujer negra. El policía disparó varias veces contra el soldado que se alejaba pero no dio en el blanco. El incidente llegó al cuartel transformado en la noticia de que un soldado había sido asesinado a sangre fría por un policía. El rumor se basaba en que estos crímenes eran tan comunes hace casi un siglo como ahora. Al anochecer, entre cien y doscientos soldados decidieron vengarse y para ello asaltaron la armería, se pertrecharon y se dirigieron a la ciudad. Fue una noche de enfrentamientos entre los soldados negros y civiles blancos. El choque más sangriento registrado entre soldados y civiles en la historia de los EE.UU. Los soldados recorrieron la ciudad disparando contra los edificios y contra todo lo que se movía y librando escaramuzas hasta el amanecer. Cuando se retiraron, habían muerto 15 blancos, incluyendo cuatro policías, y los soldados se llevaron los cadáveres de cuatro de los suyos. Veintiún civiles fueron heridos de gravedad.
Después de una investigación sumaria que esta vez impulsaron los mandos militares, 54 soldados fueron condenados por una corte marcial por motín y homicidios. Cuarenta y uno de ellos fueron condenados a prisión perpetua y trabajos forzados. Trece fueron condenados a muerte y ejecutados el 22 de diciembre de 1917. Posteriormente la Corte Marcial dictó otras 16 condenas a muerte. En setiembre de 1918, seis de esos hombres fueron ejecutados y a los restantes se les conmutó la pena por prisión perpetua.
AFROESTADOUNIDENSES EN FRANCIA
A pesar del incidente en Houston, el reclutamiento para el cuerpo expedicionario que Estados Unidos enviaría a Francia marchaba a todo vapor y no impidió que 380.000 negros se incorporaran a filas, incluyendo 1.200 oficiales. Un ínfimo porcentaje de la población afroamericana. Todos fueron enmarcados en unidades rígidamente segregadas y solamente el 10% de esa tropa entraría en combate. Los restantes fueron “los trabajadores de uniforme” cuyo esfuerzo era fundamental para la máquina bélica (un eufemismo para los peones destinados a acarrear municiones e insumos, trasladar heridos, sepultar cadáveres, cavar trincheras, despejar carreteras y arrastrar carros, cañones y camiones.
En un principio las unidades formadas por afroestadounidenses no fueron enviadas a Europa y se los mantuvo en una especie de campos de concentración (en Iowa) donde no se desarrollaba casi ninguna actividad. Los reclutas no podían abandonar los cuarteles. Los militares negros que recibían entrenamiento como oficiales no podían ser más que subtenientes o tenientes porque los altos mandos consideraban que “el material humano de color” no sería capaz de mandar una compañía y mucho menos una batería de artillería o una sección de ingenieros.
Sin embargo, en Europa las papas quemaban. Los alemanes habían firmado la paz con Rusia y trasladaban decenas de divisiones del frente oriental al occidental para decidir la guerra a su favor. Los franceses habían sufrido un enorme desgaste. La impopularidad de la guerra entre los soldados no había sido reprimida por los fusilamientos masivos de 1917 y los batallones eran renuentes de lanzarse al ataque. Los ingleses no andaban mucho mejor. Esto aceleró el envío de tropas estadounidenses a Francia.
Dos divisiones de infantería, la 92º y la 93º, formadas por reclutas, guardias nacionales y voluntarios veteranos, todos afroestadounidenses, desembarcaron en Europa a fines de 1917. Sus regimientos estaban equipados con artillería, cuerpos de señales, secciones de ametralladoras e ingenieros. Su suerte no fue idéntica.
La 93º pasó a depender del mando francés y fue incorporada a un ejército con decenas de miles de africanos (fundamentalmente senegaleses) que ya revistaban en las fuerzas francesas. Esto no fue del agrado del comandante en jefe estadounidense, el Gral. John Pershing, un racista que deseaba emplear a los soldados afroamericanos como peones desarmados, cosa que hizo con la 92º que mantuvo bajo su mando.
A principios de 1918, el coronel general estadounidense George Baillou dictó una orden de servicio brutalmente racista que desató la protesta de la colectividad y la prensa afroamericanas. El alto jefe decía que los oficiales de color debían limitarse a cumplir órdenes y tenían que abstenerse de plantear cuestiones raciales o reclamar derechos. No debían ir adonde no se los quería (es decir debían permanecer acuartelados) y terminaba advirtiendo que los hombres blancos habían creado las divisiones y podían dispersarlas fácilmente si se transformaban en “unidades problemáticas”.
UNA CARTILLA DE ESTIGMATIZACIÓN RACIAL
El racismo de los jefes militares no se limitó a dar a los soldados negros un papel menor como peones auxiliares. Hicieron un operativo de guerra psicológica para involucrar a los militares y civiles franceses en los prejuicios y el odio racista que practicaban.
Pasaron muchas décadas antes de que se conociera el “Informe secreto concerniente a las tropas negras americanas”.
El texto desbordante de hipocresía fue difundido por el alto mando estadounidense como si proviniera de fuentes militares francesas. Los párrafos que siguen son traducción de lo que publicó Lou Potter con William Miles y Nina Rosenblum en 1992 (“Liberators. Fighting on Two Fronts in World War II”; Hatcourt, Brace, Jovanovich Publ. Nueva York). En resumen decía que “nosotros los franceses” no debíamos discutir cuestiones como los prejuicios raciales pues “la opinión de los americanos es unánime en el asunto del color y no admite discusión”.
El creciente número de negros en los EE.UU. –decía el informe secreto– crearía una amenaza de degeneración para los blancos si no fuera por el foso insuperable de la segregación que se había establecido entre ambas razas. La indulgencia y la familiaridad con que los franceses tratamos a los negros ‑decía más adelante‑ son materia de profunda preocupación para los americanos que las consideran una afrenta a sus políticas nacionales: ellos temen que el contacto con los franceses inspirará en los negros americanos aspiraciones que, para los blancos, resultan intolerables.
Aunque los negros son ciudadanos de los EE.UU., son considerados como seres inferiores por los blancos estadounidenses. Los vicios del negro son una amenaza constante para el americano que tiene que reprimirlos fuertemente. Debemos evitar ‑seguía diciendo‑ que surja cualquier grado de intimidad entre oficiales franceses y oficiales negros. No debemos comer con ellos o buscar conversación por fuera de los asuntos estrictamente de servicio militar. No debemos elogiar a las tropas negras, especialmente delante de americanos blancos. Debemos evitar que nuestra población “eche a perder” a los negros. Los americanos blancos se indignan mucho por cualquier expresión pública que aluda a intimidad entre mujeres blancas y hombres negros.
Esta pieza era la expresión cruda e insidiosa del racismo en el ejército. Durante los años que coincidieron con los dos periodos de la presidencia de Woodrow Wilson (1913‑1921), un político e intelectual virginiano notoriamente retrógrado en la cuestión racial, 441 afroamericanos fueron linchados por turbas enardecidas en los Estados Unidos. El Ministro de la Guerra francés, al enterarse que este “informe secreto” estaba siendo distribuido entre sus oficiales, ordenó su inmediata confiscación y quema.
LUCHANDO EN FLANDES
La historia de las dos divisiones de infantería de los afroestadounidenses fue dispar. Los regimientos de la 93º, con grandes carencias logísticas y de suministros, se distinguieron en el combate bajo el mando francés. Actuaron en el eje Meuse‑Argonne y fueron las primeras unidades en alcanzar las orillas del Rin. El regimiento 369 combatió 191 días seguidos, sin interrupción, sin ceder ni una trinchera, sin retroceder y sin dejar prisioneros en manos de los alemanes. 170 soldados de ese regimiento recibieron la Croix de Guerre y muchos otros fueron condecorados por su valentía en los regimientos 370 y 371. La División 92º, bajo la égida del Gral. Pershing, no vio tanta acción como su homóloga pero se destacó en la ofensiva final sobre la línea Hindenburg. Si no jugó un papel más importante no fue por falta de coraje y determinación sino debido a las concepciones racistas de los altos mandos. Los años de entreguerras no aparejaron cambios en las concepciones racistas de los militares estadounidenses. El regreso de las unidades a los EE.UU. y su desmovilización estuvieron pautados por episodios turbulentos.
Habría que esperar a la Segunda Guerra Mundial y más específicamente al segundo semestre de 1944 para ver otra unidad integrada por negros estadounidenses jugando un papel decisivo en la lucha contra la Wehrmacht en tierras de Francia. El Batallón de Tanques 761 fue la punta de lanza del 3º Ejército comandado por el polémico general George Patton. Pero esa es otra historia.
 
 

miércoles, 29 de julio de 2015

El caso del Dr. Huxtable y Mr.Cosby




EL CASO DEL DR.HUXTABLE Y MR. COSBY
Lic. Fernando Britos V.
El comediante modélico de la familia burguesa afroestadounidense es un violador serial y un pervertido. De héroe social del conservadurismo y del pensamiento positivo al abismo de la depravación.
A mediados de los ochenta, el Show de Bill Cosby era la serie estrella de Saeta TV, el Canal 10 de Montevideo. Entre 1984 y 1992 fue un éxito resonante de la cadena NBC en los Estados Unidos, especialmente en su primer quinquenio. Se trataba de una comedia familiera, con técnica teatral, ambientada en un barrio residencial de la clase alta neoyorquina, en la que se ventilaban semanalmente las divertidas incidencias de una familia de la burguesía negra ascendente, cuyo papel protagónico lo desempeñaba el actor Bill Cosby que personificaba a un destacado y bonachón ginecólogo, el Doctor Cliff Huxtable y su esposa una abogada igualmente distinguida, la Dra. Claire.
La construcción de un héroe social en los ochenta - El guión de la serie que él produjo se basó en una especie de autobiografía que Cosby había hecho pública poco antes. Originalmente quería que los padres de su familia televisiva fueran afroaestadounidenses de clase media (él un chofer dueño de su propio remise y ella una electricista) pero los libretistas expertos de la cadena los posicionaron en la clase alta, ambos profesionales muy reconocidos, para hacer más poderoso su mensaje. Por otra parte, como en la vida real, el Dr. Huxtable tenía cinco hijos (cuatro mujeres y un varón).
Cosby cumplió 78 años el pasado 12 de julio (nació en 1937), hijo de una mucama y un cocinero de la Marina, fue deportista distinguido, estudiante de educación física, comediante, músico y actor desde su época de universitario.
Cuando protagonizó el Bill Cosby Show ya era un actor y comediante consagrado que a los 47 años había conducido varios programas de radio y televisión, actuado en películas y obras de teatro, protagonizado discos de humor y de jazz (cantó y tocó la batería y el contrabajo a la vera de consagrados como Charlie Mingus o Quincy Jones).
Cosby hizo dinero muy pronto. A los 32 años ya había rechazado un jugoso contrato por cinco años, a razón de 3 millones y medio de dólares al año, para grabar en su propio sello discográfico y tenía una compañía que producía películas para el cine y la televisión. En la década de los setenta, el comediante que promovía un humor tranquilo sin malas palabras ni situaciones escabrosas, se dedicó a la educación de niños y jóvenes y a su propia trayectoria académica. En 1976 se doctoró en educación por la Universidad de Massachusetts.
También en esa década junto con otros actores negros, entre ellos Sidney Poitier, produjo una serie de comedias cinematográficas y películas dirigidas al público infantil destinadas a contraponerse a filmes con actuaciones violentas protagonizados por afroamericanos.
La receta positiva de la paz racial y del olvido – El Show de Bill Cosby presentaba a un Dr. Huxtable de entrecasa, informal y elegantemente ataviado con vistosos sweaters y pantalones de pana que resolvía con paciencia y buen humor todas las situaciones que planteaban sus hijos adolescentes, los novios, amigos y amigas y aún los conflictos absolutamente livianos que enfrentaban a la madre Claire con sus hijos.
La línea argumental era absolutamente convencional, patriarcal, conservadora y aséptica. El Dr. Huxtable era un patriarca bonachón, paciente y siempre bienhumorado, que utilizaba la palabra para resolver cualquier diferencia. El humor de Cosby era un ingrediente fundamental. En el universo de esa familia los conflictos raciales, la pobreza, las drogas y el alcohol, la violencia doméstica, el delito, los ingresos familiares y la seguridad social, los problemas habitacionales, el transporte y cualquiera factor capaz de perturbar la idílica convivencia era cuidadosamente evitado.
El de los Huxtable era el mejor de los mundos posibles, el mundo de una burguesía negra ascendente que había escapado de los ghettos y disfrutaba de un elevado nivel de vida. Los aspectos étnicos solamente se percibían por la identidad de la enorme mayoría de los actores principales y secundarios. La aparición ocasional de amigos y vecinos blancos no alteraba la asepsia racial de los libretistas cuidaban sobre todas las cosas.
La gran experiencia de Cosby y su oficio de humorista contribuyeron al éxito de la serie. Por ejemplo, el protagonista se opuso y consiguió que no se incluyera la infame pista de risas grabadas que solía (y suele) acompañar las comedias estadounidenses porque consideraba que el público era lo suficientemente inteligente para percibir cuando debía reírse.
Ya en la década de los noventa, la serie había perdido su filo ideológico, en gran medida porque fue incapaz de enmascarar en forma duradera el contexto social de los Estados Unidos donde el racismo venía cobrando renovada fuerza y dejaba en evidencia la fragilidad de la psicología positiva y su presentación edulcorada. El Dr. Huxtable y los suyos habían dejado de ser los más funcionales al sistema. Esta especie de bonachón Tio Tom del siglo XX no resistió las tensiones de los nuevos escenarios que reflejarían mucho mejor otras series y comedias.
En los Estados Unidos, la serie modélica había pretendido mostrar que la burguesía negra era posible en la medida en que se asimilaran totalmente a los usos y costumbres de la burguesía blanca. El mensaje era que si adoptaban los “valores” de las clases más favorecidas, los afroestadounidenses serían aceptados, asimilados y su color se volvería invisible porque las tesis racistas hacían del color un estigma inocultable. La propuesta consistía en que era posible crear una sociedad “colour blind” (ciega al color) donde la adopción de los valores, las modas y la educación de la clase alta permitiría dejar atrás el estigma.
A su manera, en el Uruguay el éxito de Bill Cosby, tuvo un fundamento similar aunque aquí el mensaje no estaba dirigido primordialmente a los afrouruguayos sino a todos los miembros de la clase media y baja. Con humor, paciencia y buenos modales, era posible abrir el camino del ascenso social y esto era doblemente importante al salir de la dictadura (1973-1985).
En efecto, los postergados, reprimidos y olvidados, como resultado de las políticas que desarrolló la dictadura cívico-militar, que eran la enorme mayoría de la población uruguaya podían mejorar y ascender socialmente si “almorzaban con Mirta Legrand”, es decir si adoptaban los modales, la educación y “el buen tono” de la burguesía. Si dejaban atrás cualquier reivindicación, cualquier cuestionamiento de las estructuras sociales, cualquier memoria perturbadora proveniente de los sufrimientos del pasado reciente podrían disfrutar del mundo fashion de la clase alta.
Auge y caída: la cara perversa del modelo – Después que la exitosa serial fue descontinuada, en 1992, Cosby desarrolló una gran actividad en todos los ámbitos (presentador, conductor, productor etc.) y tuvo varios programas de televisión, escribió libros y ambientó festivales. Se transformó en un predicador laico, aunque se reconocía protestante, que promovía el enfoque políticamente correcto del conservadurismo negro.
Su fama de comediante y el mensaje que trasmitía hicieron que se multiplicaran las distinciones. Las universidades le conferían títulos y le incorporaban como asesor en temas de educación. Como maestro de ceremonias encabezó todo tipo de galas benéficas. Fustigó a los republicanos más conservadores pero fue una figura acunada por los jefes políticos de los principales partidos políticos estadounidenses.
Su prédica dirigida a la comunidad afroestadounidense desarrollaba los temas de la psicología positiva. De este modo criticaba a los afroamericanos que concentraban sus esfuerzos en el deporte, la moda, el rap y el hip hop y sustentaban “aspiraciones improductivas”, en lugar de aplicarse en educación, auto respeto y emprendimientos comerciales y/o artísticos.
Reclamaba que los padres debían inculcar en sus hijos los valores de la decencia, el trabajo duro y la humildad. Naturalmente él se presentaba, entre bromas y sonrisas, como el modelo del éxito que proponía. Era un predicador laico aunque se reconocía protestante y muchas de sus conferencias se dictaban en iglesias.
No todo eran alabanzas. Sus críticos le acusaban de ignorar deliberadamente los factores sociales que alimentan la pobreza, el crimen y el racismo en la sociedad estadounidense (deterioro de las escuelas y el sistema educativo, crisis económicas, trabajos de mala calidad y desempleo, salarios deteriorados, fuga de capitales, achiques, fuga de capitales, burbuja hipotecaria, deficiencias del sistema de salud pública, proliferación del consumo de drogas, etc.). Los comentarios de Cosby eran considerados como elitistas y clasistas por muchos observadores.
Entre 1986 y el 2011, Cosby publicó 12 libros de su autoría que sirven para comprender, a vuelo de pájaro, las temáticas sobre las que desarrolló su papel de ideólogo pop y su propia jactancia. A continuación la traducción de los títulos de su profusa producción bibliográfica: (1986) Paternidad; (1987) El tiempo vuela; (1989) Amor y matrimonio; (1991) Infancia; (1998) Los niños dicen las cosas más malditas; (1999) ¡Felicitaciones! ¿Y ahora qué? Un libro para graduados; (2000) en coautoría con D.W.Allen – Escuelas americanas. El desafío de los 100 billones; (2001) en coautoría con G. Booth – Cosbiología: Ensayos y observaciones del Doctor de la Comedia; (2003) Soy lo que comí… y estoy atemorizado!!!: y otras digresiones del Doctor de la Comedia; (2003) en coautoría con su hija Erika – Amigos de una pluma: una de las pequeñas fábulas de la vida; (2007) en couatoría con A.F. Poussaint – Vengan gentes: en el camino de víctimas a victoriosos; (2011) Yo no pedí nacer (pero estoy contento de haber nacido).  
En el 2013 empezó a programar su retorno a los primeros planos porque ninguno de los productos de los veinte años anteriores llegó a marcar puntos altos y fueron rápidamente olvidados.
En verdad, la historia personal de Bill Cosby realmente importa poco. Su campo modélico lo ocuparon otros productos, por ejemplo The Modern Family, pero la declinación del actor, productor y empresario mostraría una faceta sórdida que, en cierto sentido, es la cara perversa del modelo familiar y edulcorado. Se trata de las acciones que practicó durante más de medio siglo mientras propugnaba modelos ideales en la pantalla y daba consejos a los padres de la comunidad afroestadounidense, a los jóvenes, a los niños, acerca de la educación que debían recibir y los valores que debían practicar.

Como en “el extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”, como en el de los cardenales, obispos, sacerdotes y pastores pedófilos y violadores, el Dr. Cosby/Huxtable era un predicador pervertido, un ejemplo podrido y traicionero. Su personaje dulzón y reidero, paciente y bonachón, era un disfraz coherente pero disfraz al fin, que ocultaba no solamente su verdadera naturaleza sino la complicidad de la sociedad que lo había creado, remunerado su éxito y encubierto sus andanzas.

El principio del fin - En el año 2000, una actriz de 20 años que había tenido un papel secundario en uno de sus programas, denunció que Cosby la había manoseado pero la oficina del Fiscal del Distrito consideró que no se había cometido delito. En el 2004, una funcionaria universitaria, Andrea Constand, le denunció por haberla drogado y manoseado. Nuevamente un Fiscal desechó los cargos porque “no había evidencias suficientes y creibles”. Sin embargo, Constand volvió a la carga en marzo del 2005 con una demanda civil y presentó a otras 13 mujeres como testigos que habían sido agredidas sexualmente por Cosby.
Para evitar que el asunto fuera a juicio, Cosby hizo un arreglo extrajuicio y pagó una abultada suma, cuyo monto nunca se conoció, en noviembre de 2006. Al enterarse que los cargos no serían sometidos a juicio, una abogada de California que era la única de las 13 testigos cuyo nombre se había hecho público, retomó el caso y expuso que en la década de 1970 Cosby la había drogado y violado. El abogado del actor dijo que él no conocía a la denunciante y negó los cargos pero otra de las víctimas tomó la posta y declaró que, en 1984, Cosby la había drogado con un café y que cuando se despertó estaba semi desnuda.
En octubre del año pasado, el comediante Hannibal Buress, en un escenario sostuvo que Cosby les decía a los jóvenes negros como debían vestirse y comportarse pero él violaba mujeres. En tanto Cosby negaba rotundamente las acusaciones, se refería a la maledicencia de los medios de comunicación y a la envidia y la maldad que según él motivaban los cargos.
Al mes siguiente una periodista, una modelo, una actriz, una enfermera, una conejita de Playboy, una presentadora de TV, y ocho mujeres más acusaron públicamente a Cosby de haberlas agredido sexualmente entre 1965 y 2004. Entonces aparecieron muchas otras denunciantes. Los abogados de Cosby se negaban a comentar las acusaciones y alegaban que los presuntos delitos, en todo caso habían prescrito porque en la mayoría de los estados ese lapso es de diez años.
A pesar de la avalancha de denuncias, hubo medios de comunicación que aludían a la “falta de consistencia de las pruebas” y aún como algún caso se habría registrado en un estado donde la prescripción de la violación no existe, se alegó que la agresión se había producido en otro lugar.
Finalmente, hace pocos días, una agencia de noticias obtuvo las actas con la confesión que Cosby había formulado en el 2005 para lograr el acuerdo extrajuicio con Andrea Constand. The New York Times publicó un extracto de la confesión. Inmediatamente los abogados demandaron a Constand por violar el acuerdo de confidencialidad que Cosby había celebrado con ella para ocultar todo y, especialmente, para que su esposa no se enterara de sus actos, pero el descalabro del violador ya era inevitable.
Desde fines del año pasado y todavía a la chita callando, las universidades que tenían a Cosby en su cuerpo académico y las instituciones honoríficas empezaron a borrarlo. La NBC canceló el proyecto de su retorno y su publicidad fue suprimida. Figuras del espectáculo, como la popular actriz Whoopi Goldberg que en años anteriores había defendido a Cosby, manifestaron que lo creían culpable y el 15 de julio pasado el Presidente Barack Obama lo remató al sostener que no le despojaría de la Medalla de la Libertad, que le había concedido su antecesor George W. Bush, pero que si alguien daba drogas inadvertidamente a una mujer o un hombre y después mantenía relaciones sexuales sin su consentimiento, eso era violación y que con ese delito no había tolerancia.
Cosby renunció a distintos cargos honoríficos antes de que la presión pública obligara a echarlo pero el golpe de gracia lo dio la divulgación de su modus operandi. El 27 de julio, la revista New York publicó una carátula explosiva. En la misma aparecen 35 mujeres cuyas edades actuales van de los 24 a los 80 años y que relatan la forma en que Cosby las drogó y violó en un lapso de más de 50 años. Varias eran menores de edad cuando el pervertido las agredió. La revista señaló que otras once mujeres que admitieron haber sido violadas por Bill Cosby no quisieron posar para la portada ni contar sus historias.
El modus operandi era prácticamente idéntico: el comediante le ofrecía a la víctima un café o una bebida alcohólica en la que había disuelto metacualona y cuando la droga hacía su efecto y la mujer se encontraba paralizada o inconsciente la desnudaba, la manoseaba y la penetraba por distintas vías. En algunos casos los ataques parecen haberse repetido y por lo general, cuando la mujer recuperaba sus facultades, horas después, el violador se hacía el desentendido. Cosby no solamente es un violador serial sino que se trata de un caso extremo y ominoso de ultraje y sometimiento de víctimas indefensas, equiparable, en cierto sentido a la necrofilia.
Signos ominosos de la perversión - La perversión de Cosby se había manifestado en sus sesiones de chistes, discursos, declaraciones públicas y libros pero pasaron desapercibidas en su momento. Fueron consideradas como bromas con cierto tinte sexual de un cómico bonachón que no usaba el chiste escatológico, un desliz disculpable que hoy se ha vuelto en lo que verdaderamente era, la evidencia de una perversión imperdonable.
En una grabación humorística de 1969 (el LP It’s True, it’s True) Cosby se refirió a su obsesión con “la mosca española” que es la denominación anglosajona del coleóptero afrodisíaco que nosotros conocemos como cantárida. Entonces Cosby decía que deslizaría inadvertidamente la cantárida en los tragos de mujeres. En 1991, en una entrevista el violador, que en los hechos empleaba metacualona, dijo que fantaseaba con dejar caer la cantaridina en la bebida de las mujeres para que después desearan tener sexo con él. En 1992, en uno de sus libros titulado “Infancia” (Childhood), Cosby dedicó un capítulo entero a la cantárida y se extendió acerca de la forma de administrarla a la mujeres (“hay que introducirla cuando ella piensa que está bebiendo otra cosa” y para saber que ya se le ha dado mucha “basta con esperar que se saque la ropa, entonces ya es suficiente”).
En enero de este año, cuando el escándalo ya lo estaba acorralando, Cosby le dijo a una mujer que se encontraba en la primera fila en una de sus actuaciones, “tienes que tener cuidado cuando bebes cerca mío” y después se ofreció para alcanzarle un trago. Algunos periodistas presentes interpretaron la broma como una referencia a las acusaciones que se habían lanzado contra él por haber drogado y violado a tantas mujeres. Sin embargo, muchos integrantes del público aplaudieron y alentaron al comediante por su chiste.
La metacualona es una droga que fue sintetizada en la India en 1951. Sus efectos son similares a un barbitúrico y a partir de la década de los sesenta del siglo pasado se la usó ampliamente como hipnótico para tratar el insomnio. Quien la ingiere experimenta síntomas similares a una borrachera y finalmente pierde el conocimiento. Su administración puede tener efectos secundarios muy peligrosos, incluso mortales por sobredosis.
Cosby conseguía la metacualona en comprimidos que le recetaba un ginecólogo de California, supuestamente para dolores de espalda, pero se demostró que el médico sabía que el comediante no le pedía los comprimidos para ingerirlos él y se presume que no ignoraba que empleaba la droga para atacar a sus víctimas. En todo caso el médico suministrador perdió su licencia para ejercer la medicina en California y en Nueva York.
Las confesiones que el comediante hizo en el 2005 y que pretendió mantener en secreto muestran a un Cosby altanero y para nada arrepentido que explica en detalle sus actos crapulosos.
Es probable que la caída del ídolo culmine próximamente pero lo que difícilmente resulte desbaratado es el sistema que le transformó en su profeta, que le aduló, le pagó y le protegió durante décadas ocultando sus crímenes. De todos modos la prédica conformista, conservadora y por la positiva de William Henry Cosby Jr. ya dejó de ser funcional a ese sistema: es presumible que el acto final será poco espectacular.

martes, 14 de julio de 2015

La receta de Aso y el antídoto uruguayo

Taro Aso y el antídoto uruguayo

La solución final – Taro Aso es un político japonés que hace un par de años expuso sin ambages la brutal receta neoliberal para enfrentar las crisis económicas. Hace dos años y medio, esta especie de Domingo Cavallo japonés, en su papel de vice primer ministro y ministro de finanzas del gobierno derechista, habló en una sesión del Consejo Nacional sobre Reforma de la Seguridad Social.

Aso, que entonces ya tenía 72 años, es uno de los políticos más adinerados de su país y enfundado en un exclusivo traje, de esos que valen miles de dólares, dirigiéndose a los ancianos de su país les dijo que debían apresurarse a morir para que el Estado no tuviera que pagar por su atención médica.
Según Aso, el problema de la escasez de fondos para los cuidados de la tercera edad y el presunto déficit de los sistemas previsionales son causa principalísima de la recesión. Una causa tan o más importante que los daños y las muertes provocadas por el catastrófico tsunami del 2011. “El problema no se va a resolver si ustedes no se dan prisa en morir” les espetó.

Que en el Japón virtualmente la cuarta parte de la población sea mayor de 60 años, más de 30 millones de seres, le importa un rábano a los políticos neoliberales. “Dios no quiera que ustedes se vean obligados a vivir cuando quieran morir. Yo me despertaría sintiéndome mal cada día, sabiendo que todo el tratamiento es pagado por el gobierno” declaró el ministro-empresario y multimillonario.

Como siempre, la receta Aso apunta a los más desvalidos, los más débiles de toda la sociedad nipona que son los ancianos y sobre todo los que dependen de cuidados permanentes al ser víctimas de enfermedades. Por eso calificó a los ancianos que no pueden alimentarse por sí mismos como “gente tubo” o “gente caño”, limitada a comer y cagar. Aso aseguró que su colega del gabinete, el ministro de salud pública es consciente de que la atención de cada paciente en las etapas finales de su vida “le cuesta varias decenas de millones de yenes por mes” a su gobierno.

Los extranjeros creíamos que Japón dispensa un especial respeto y cariño por sus ancianos pero Aso y sus secuaces son la antítesis gobernante de esa actitud tradicional. Conste que se estima que, a mediados de este siglo, poco menos de la mitad de la población nipona tendrá más de 60 años y mientras tanto, ahora mismo, casi 680.000 hogares reciben asistencia social para atender por lo menos a uno de sus integrantes con más de 65 años de edad.

Taro Aso apunta a desmantelar el sistema de cuidados del Japón en tanto todos los indicadores reclaman prestarle mayor atención. Hace cinco años más de 4 millones y medio de japoneses de la tercera edad vivían solos. El número de las personas que murieron en su casa y en absoluta soledad aumentó más del 60% entre el año 2003 y el 2010, según datos oficiales.

Nadie piense que esta receta se le ocurrió recientemente al ministro japonés. Hace siete años, cuando se desempeñaba interinamente como Primer Ministro, dijo que los jubilados chocheaban y que debían cuidar mejor su salud para ahorrarle dinero al Estado. “Veo gente de 67 o 68 años (más o menos la edad que él tenía entonces) que va constantemente al médico. ¿Por qué tengo que pagar por personas que sólo comen y beben y no hacen esfuerzo alguno?. Yo camino todos los días y hago otras cosas pero no voy a pagar más impuestos”.
Definitivamente esa total falta de compasión la receta se ubica muy cerca de los hornos crematorios y de las inyecciones letales que los nazis aplicaron masivamente en los asilos y clínicas de Alemania para eliminar a decenas de miles de minusválidos y enfermos mentales, antes de la Segunda Guerra Mundial, mediante el programa llamado Aktion T-4.

El parecido entre la receta de Taro Aso y sus distintas aplicaciones, por una parte, y los programas de asesinato masivo de enfermos y discapacitados, bajo el nazismo, debería recordar que en el Juicio de Nuremberg a los médicos nazis, varios de los responsables del Aktion T-4 fueron ahorcados por esos crímenes.

En Grecia y en todo el mundo – Los burócratas despiadados de la Troika (Fondo Monetario Internacional, Comunidad Económica Europea y Banco Central Europeo), políticos obscenos como la rígida Angela Merkel (que ha vetado al ministro Yanis Varufakis después que los griegos la enfrentaron con la victoria del no) o su monigote español Mariano Rajoy, para no citar sino algunos, hace tiempo que tienen en lugar privilegiado de su vademecum económico la receta de Taro Aso.

La senadora Constanza Moreira se refirió a esos planes restrictivos que se pretende aplicar como “condiciones de avasallamiento impuestas por la Troika”. Las medidas imponen brutales ajustes, aumentan las desigualdades y diseminan miseria. “No a la obscenidad con la que se elige cortar pensiones, salarios y gasto social” dijo Constanza.

El hecho es que la receta se ha venido aplicando desde hace mucho. El esquema es siempre el mismo. Todo empieza con una campaña de terror económico y demográfico (crisis y recesión inevitables, todo se derrumba, hay que recortar, achicar, eliminar el gasto social, los viejos inútiles cada vez son más, el déficit de la seguridad social es abrumador e insoportable, los activos son cada vez menos, hay que poner topes, etc., etc.).

Después de intensas campañas de este tipo, en toda América Latina, consiguieron hace veinte años desbaratar el sistema de solidaridad intergeneracional e implantar la zanahoria  de las “cuentas personales” (en Uruguay las infames AFAP) para apoderarse de los fondos previsionales de la sociedad. Ahora, en Grecia, el intento de aterrorizar a los jubilados para que votaran el “si” a las propuestas estranguladoras de la Troika fracasó rotundamente.

El segundo paso para el desbaratamiento de las políticas sociales consiste en esgrimir el hacha austera de Taro Aso (y para los uruguayos la recordada motosierra de Lacalle Herrera) y aprovechar la crisis y las recesiones para eliminar el gasto social, en especial el debido a los más desvalidos.
Invariablemente se plantea aumentar la edad de jubilación para diferir pagos, reducir y topear jubilaciones y pensiones, recortar todo tipo de beneficios y en suma, aplicar la solución final, una solución biológica instaurando el descuido para abandonar a su suerte a los ancianos, los niños, los pobres, los enfermos carentes de recursos, esperando que la muerte haga su obra y así desaparezca el problema.

Desde la óptica de clase de los adinerados políticos y de sus burócratas ahitos, desde ese mundo corrupto donde impera el “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”, se impone una concepción clasista y discriminatoria, psicobiológica, eugenésica y brutal (en el sentido de mejora de la raza mediante la eliminación de los débiles), por lo cual también es porfiadamente racista, xenófoba y negacionista.

No hay que raspar mucho en el discurso de la Merkel, de Cameron, de Draghi, de Lagarde, de Rajoy, para ver las patas sucias de tantos adefesios. Tiene redoblada razón Constanza Moreira, son literalmente obscenos, es decir impúdicos, torpes, ofensivos promotores del olvido, del desprecio, del odio. Parafrasean siempre, a veces en forma vergonzante, al gran ideólogo del neoliberalismo, el austríaco Friedrich Von Hayek (1899 – 1992) que ya en 1944 señalaba que el defecto más grave de la sociedad moderna era la solidaridad por lo que había que atacarla y eliminarla.

El antídoto en Uruguay – En nuestro país se está gestando un antídoto para las crueles recetas del neoliberalismo, más que un antídoto una verdadera solución capaz de llevar la solidaridad a un plano superior de eficacia y eficiencia para fortalecer el entramado social y contribuir al bien común, la felicidad y el bienestar con medidas de corto, mediano y largo plazo.
Cuando Tabaré Vázquez anunció hace más de un año, al inicio de la campaña que le llevaría nuevamente a la Presidencia de la República, lo que hoy se conoce como el Plan Ibirapitá, algunos ciudadanos no avizoraron su importancia y potencialidad. Dar a cada jubilado de bajos recursos una tableta y asegurarle su conexión electrónica gratuita y permanente, les parecía baladí.
No es raro que la enorme mayoría de los jubilados y sus nietos hayan sido quienes rápidamente captaron la importancia de la iniciativa. Los niños, sensibilizados por la formidable herramienta del Plan Ceibal acogieron la idea con entusiasmo. Entre hijos e hijas el escepticismo fue mayor (¿para qué necesita una tableta mi madre que se pasa mirando TV?; no la van a saber manejar, no entienden esas cosas; mejor harían en darle el dinero en la mano; etc. etc.)

Esas objeciones se disiparon inmediatamente cuando los primeros miles de jubilados recibieron sus tabletas y emprendieron los cursos para emplearlas en todo su potencial. Ub mundo maravilloso se ha abierto para cada uno de ellos y no solamente la posibilidad de recibir información, comunicación, entretenimiento, expresión de sentimientos por parte de los suyos, sino la posibilidad de dar, de aportar a la comunidad su experiencia, sus opiniones, su humor, sus conocimientos.

Si alguien pensó que esto era una especie de beneficencia (darle algo a los viejitos para tenerlos contentos) ya ha tenido tiempo para desechar la idea al advertir la capacidad heurística y revitalizadora presente en un importante sector de la sociedad. Los efectos simbólicos son inmediatos y su traducción concreta se irá derramando continuamente, desde ya y a lo largo del tiempo. Desde el punto de vista de los jubilados, la incorporación al Plan Ibirapitá (el árbol de Artigas) tendrá un efecto benéfico palpable en la calidad de vida y por ende en su salud y bienestar.

El otro gran ingrediente del antídoto ya se ha puesto en marcha.  Se trata del Sistema Nacional Integrado de Cuidados (SNIC) que el Poder Ejecutivo envió al Parlamento. El SNIC promueve políticas públicas destinadas a atender las necesidades de las personas en situación de dependencia: adultas mayores de 65 años, niños de 0 a 3 años y personas con discapacidad severa.
Fue concebido para mejorar la vida de las personas dependientes a través de prestaciones de cuidados integrales, dado que es responsabilidad de toda la sociedad el cuidado de las personas que no tienen autonomía, conciliar la vida laboral con la reproducción familiar, regular los servicios públicos y privados existentes, descentralizar los servicios adaptados a las necesidades de cada lugar mediante acuerdos con las intendencias y los municipios y valorizar y capacitar a los cuidadores, tanto a los que perciben una remuneración por su tarea como los que no.

En la medida en que el Uruguay se encuentra avanzado en la tercera gran transición demográfica mundial aumenta la cantidad de personas dependientes. Al mismo tiempo hay una menor cantidad de personas con tiempo disponible para realizar la tarea del cuidado. Por eso, en el marco de una concepción completamente opuesta al neoliberalismo feroz, surge la necesidad de crear este mecanismo. No será fácil pero en pocos años se percibirá un cambio positivo y fenomenal en la calidad de vida y el bienestar de toda la población, justamente el antídoto para la receta de Taro Aso.

Plan Ibirapitá y SNIC pretenden completar un esfuerzo que empezó antes del primer gobierno del Frente Amplio en el 2005. Efectivamente, las organizaciones de jubilados consiguieron promover una reforma de la Constitución, masivamente apoyada por la ciudadanía, de modo que el incremento de las pasividades, antes caprichosamente fijado por las gobiernos, quedara atado el Índice Medio de Salarios.
Además desde hace diez años el monto de las pasividades ha crecido sistemáticamente por encima del costo de vida debido a una clara política del gobierno frenteamplista. Asimismo las jubilaciones mínimas se han incrementado notoriamente aunque todavía distan de los niveles de dignidad que se pretenden.

Sin embargo, como veremos enseguida, quedan puntos oscuros en el campo de la seguridad social. Puntos oscuros y ciegos dados que en el conjunto de la legislación nacional, la única norma espuria que subsiste de las introducidas por la dictadura cívico militar (1973-1985), opera precisamente con grave detrimento sobre las jubilaciones de muchos miles de trabajadores.

No todo es celeste: postergados y depredadores – La dictadura arremetió contra el sistema previsional del país, liquidó el Banco de Previsión Social (BPS) y estableció, en 1979, un tope a las jubilaciones de buena parte de los trabajadores. A través de la llamada Acta Institucional Nº9 se fijó un tope que, de hecho, sustituía las ya reducidas tasas de reemplazo, es decir lo que cobraban quienes se jubilaban.

Los aportes a la seguridad social se mantenían, de modo que los trabajadores tributan un porcentaje de su salario como si fueran a cobrar una tasa de reemplazo que como máximo sería del 70% pero en el momento de jubilarse se les arrebata lo aportado al reducir su pensión a un 40, un 30 o un 25% de lo que percibían en actividad.

El argumento es que los asalariados que perciben sueldos elevados deben prepararse mientras están en actividad para afrontar las penurias de la jubilación. Estas “cigarras” deberían ahorrar para las épocas de “vacas flacas”. Este razonamiento también es obsceno y cae de su peso cuando se percibe que los topes fueron fijados para esquilmar a los trabajadores en la medida en que a quienes perciben salarios verdaderamente elevados se les han ofrecido triquiñuelas para eludir los topes.

Es muy grave que en 1985, con el fin de la dictadura, cuando se restableció el Banco de Previsión Social y la normativa anterior una sola norma se haya mantenido incambiada: los topes jubilatorios impuestos por el Acta Institucional Nº9. Casi toda la maraña de normas y decretos dictatoriales fue declarada írrita y nula pero los infames topes jubilatorios sobrevivieron y fueron convalidados en forma totalmente arbitraria por gobernantes electos democráticamente. De hecho ninguno de los partidos políticos que han ocupado el gobierno desde 1985, colorados, blancos y frenteamplistas, ha demostrado el menor interés por revisar o derogar esta flagrante injusticia.

Como los gobernantes y los expertos eluden atender los reclamos de los eternos postergados no es posible saber, exactamente, cual es el número de jubilados que han sido expropiados por los topes jubilatorios. Se estima que entre 50 y 60.000 jubilados de la actividad pública y privada se encuentran en esta situación y el número crece en la medida de que se trata de una estafa permanentemente reiterada.

Algunos servidores públicos se las arreglaron para eludir los topes previsionales y se han transformado en depredadores de la seguridad social del país. Es muy notorio el caso de los retirados y pensionistas de las Fuerzas Armadas que cuentan con su propia organización, su Caja de Retiros, que genera un monstruoso déficit que paga toda la ciudadanía y que como no está incluida en el BPS les permite jugosos privilegios.

En efecto, los oficiales superiores de las tres armas no solamente no se ven constreñidos por tope alguno sino que al pasar a retiro ascienden automáticamente al grado superior (coroneles a generales, generales a tenientes generales y así) y su tasa de reemplazo es del 100% de ese nuevo sueldo, es decir perciben como jubilación bastante más que lo que obtenían en actividad. Mantienen además innumerables beneficios y toda la fiesta la enjuga Rentas Generales.

Otro punto oscuro se ubica nada menos que en las filas del Poder Judicial. Los jueces de la República, que como se sabe no pueden ejercer su profesión de abogados mientras ocupan cargos en el foro, se las han arreglado, entre gallos y medianoches para que se les habilite a jubilarse como abogados aunque nunca hayan aportado ni un centésimo a la Caja de Jubilaciones y Pensiones de Profesionales Universitarios (CJPPU).

Naturalmente la CJPPU que soporta presuntas crisis cada poco tiempo no ha dicho ni pío por tener que servir abultadas prestaciones a quienes nunca aportaron y son por lo tanto depredadores de su fondo social.
En el ámbito de los jubilados topeados impera la idea que a ellos se les ha aplicado y se les sigue aplicando la receta de Taro Aso, por la que deberán apurarse a morir.

Por el Lic. Fernando Britos V.