jueves, 28 de agosto de 2014

La inteligencia emocional y el libro de cabecera del candidato blanco



INTELIGENCIA EMOCIONAL, PENSAMIENTO POSITIVO Y CONDUCTISMO

¿Qué hay dentro del libro de cabecera y detrás de la estrategia psicológica del candidato blanco?
Fernando Britos V.
El doctor Luis Lacalle Pou ha declarado en unos de esos reportajes “slice of life”, destinados a atemperar aristas pitucas, presumidas y prepotentes del entrevistado, que su libro de cabecera y de permanente relectura es “La inteligencia emocional” de Daniel Goleman ([1]).
La psicóloga peruana Susana Frisancho ([2]) considera que la Inteligencia Emocional ( en adelante IE) es un concepto muy controvertido, poco relevante y confuso que lamentablemente ha sido asumido por algunos psicólogos, empresarios, profesores, publicistas y políticos.
La doctora Frisancho advierte que la IE no describe ninguna entidad nueva y se reduce a mezclar conceptos y teorías ya existentes que se apoyan en cierta evidencia científica. Sin embargo estas evidencias no pueden trasladarse acríticamente para endosar los conceptos que lanzó Daniel Goleman ([3]) en 1996, en más de 500 páginas de su best seller. El libro hizo su fortuna pero no produjo avances significativos en el conocimiento científico. El mérito que le reconoce Frisancho a la IE consiste en haber puesto a las emociones sobre el tapete y destacado la importancia que éstas tienen para la vida en general.
Otros colegas son menos indulgentes y consideran que a casi dos décadas de la publicación de su libro Goleman no ha conseguido que sus especulaciones hayan sido aceptadas por el mundo académico a pesar de la moda que estableció y que lo hizo multimillonario.
Es más, entre los científicos que han dedicado atención al concepto de IE (y han sido muchísimos) ninguno coincide con él. Por ejemplo, Goleman incluyó un caso (el test de las golosinas) que supuestamente demostraba que los niños que pueden controlar sus impulsos son más exitosos que los que no lo consiguen y que ello era un ingrediente fundamental de la IE. Mucha gente repitió eso y dijo que la habilidad para controlar los impulsos es parte de la IE pero tal cosa nunca ha sido demostrada y no pasa de una afirmación sin fundamento (una chantada) ([4]).
Por otra parte, resulta que Goleman ni siquiera fue el “descubridor” de la IE sino que, ya en 1990, tres científicos habían escrito sobre el tema. Goleman les pidió y obtuvo su permiso para usar el término pero lo deformó de tal manera que los autores se sintieron decepcionados. Esto no significa que las habilidades y/o capacidades que se mencionan no existan sino que no se necesita un concepto propagandísticamente acomodado para referirse a ellas. Goleman y sus émulos ganaron prestigio y dinero a paladas pero sin beneficios para la sociedad, para los tratamientos psicológicos, para la educación o para le selección de personal y la evaluación del desempeño, para no citar sino algunos de los campos en los que se presentó como “una novedad”. Su aplicación anacrónica a la política, por parte de los encargados del “coaching” intelectual del candidato del Partido Nacional (PN) y sus asesores internacionales que responden a los sectores más derechistas del Partido Republicano (el fanático Tea Party), no es novedosa sino y carece de un respaldo serio en la psicología actual.
La IE ha sido disecada críticamente por muchos autores pero estos no alcanzan la difusión que suelen conseguir los promotores de las modas gerenciales y de la propaganda política por lo que, periódicamente, el concepto es reflotado en forma efímera en algunos campos, por ejemplo en selección y reclutamiento de personal y ahora, en nuestro país, para la promoción y venta de la imagen política “positiva” de Lacalle Pou.
Gerald Matthews, Moshe Zeidner, Richard D. Roberts (2004) ([5]) produjeron un artículo crítico cuyos argumentos pueden ser condensados en beneficio de la idoneidad científica. Sostienen benévolamente que su objetivo no es descartar lo hecho sino examinar los obstáculos para una investigación seria sobre las presuntas cualidades de la IE. He aquí la nómina de mitos o falsedades que señalaron esos autores:
FALSEDAD 1: LAS DEFINICIONES DE INTELIGENCIA EMOCIONAL SON CONCEPTUALMENTE COHERENTES. Los partidarios de la IE sostienen que es un concepto coherente que ampara un amplio campo de competencias emocionales, sociales y personales. Sin embargo, al considerar la literatura científica se comprueba que no existe una definición clara y comprensible y que la IE es tan distinta como distintos son quienes se refieren a ella (desde la habilidad para procesar la información relativa a las emociones hasta los principios que gobiernan el intelecto, pasando por las complejas interacciones cualitativas de las emociones, los humores, la personalidad y las orientaciones sociales aplicadas en situaciones tanto inter como intra personales).
La enunciación de esas presuntas capacidades es extensísima y gaseosa. Goleman –que lo único que demostró es su condición de astuto simplificador y vendedor– definió la IE por la negativa (¡oh, paradoja!). Para él, la IE es todo lo que no es el clásico cociente intelectual, con lo cual lejos de aclarar el panorama lo oscureció grandemente.
Los críticos dicen que el entrevero de las definiciones es tan grande que lo comparan con la mítica Torre de Babel. En suma, no se sabe a ciencia cierta si la IE es una habilidad cognitiva, metacognitiva, adaptativa, intuitiva, si puede ser desarrollada o está biológicamente determinada, si es hereditaria o adquirida, todo lo anterior o nada de ello.
De este modo se emparda con el controvertido concepto del cociente intelectual ([6]) y las divagaciones que han llevado a algunos científicos a sostener que “inteligencia es lo que miden los tests de inteligencia” (¡¿?!).
Tres puntos fundamentales son especialmente nebulosos:
a) la forma en que la IE influye en la conducta no está clara, la relación causa-efecto es confusa (por ejemplo: ¿la felicidad o los pensamientos positivos son un efecto de la IE o son una causa de la misma?);
b) se presume que la IE abarca acontecimientos y desafíos cualitativamente diferentes (por ejemplo: que una persona que es capaz de manejar la ira también lo es para manejar el miedo, la atracción sexual o el aburrimiento) lo cual no ha sido demostrado y en cambio contradice las teorías acerca de las emociones;
c) la mayoría de las concepciones acerca de la IE asumen que puede ser evaluada simplemente mediante un conocimiento declaratorio (por ejemplo: que los individuos son capaces de informar acerca de las cualidades personales que constituyen la IE o que pueden describir objetivamente sus propios estímulos y respuestas emocionales). Por el contrario existen numerosos estudios acerca de que el oficio o las habilidades son de tipo procedimental, práctico, y pueden desarrollarse eficazmente sin que exista claridad consciente acerca de los procesos intelectuales en que se apoya la acción. El savoir faire no se aprende en los manuales y mucho menos en los libros marquetineros pero huecos del habilidoso Goleman. El “pensamiento positivo” no es sino un recurso de publicidad, un eslogan que, por lo general, oculta los pensamientos verdaderos e inconfesables.
FALSEDAD 2: LA INTELIGENCIA EMOCIONAL PUEDE SER MEDIDA CON LOS CRITERIOS ACEPTADOS POR LA PSICOMETRÍA. La IE es en realidad una forma de “conductismo con rostro humano” ([7]) que intenta matizar las rígidas concepciones de esa escuela y “descubrir” el papel de las emociones. Sin embargo, esta pretensión, en un medio como el estadounidense, donde sigue reinando el conductismo y sus variantes, no sería considerada seriamente si no se aviniese a los criterios de la psicometría dura: ¡qué paradoja! Desde que se divulgó el concepto de IE empezaron a proliferar las técnicas para “medirla” lo cual es típico de la psicología predominante en los países anglosajones.
Estas técnicas suelen dividirse en dos grandes categorías: los autoinformes y las medidas basadas en el desempeño. Los informes autoadministrados, que suelen adoptar la forma de cuestionarios, inventarios o listas de rasgos, aluden a una gran cantidad de características y por su vaguedad se parecen a un informe astrológico donde se combinan supuestas habilidades y presuntos rasgos de personalidad hasta hacerse aceptables para quien está dispuesto a creer.
Para superar las incongruencias de los autoinformes algunos autores impulsaron la medición basada en el desempeño (similar a los tests de inteligencia). Sin embargo rápidamente quedó en evidencia que las mediciones de la IE no cumplían con los “criterios psicométricos”, por ejemplo la validez de contenido, la confiabilidad, la validez predictiva y la validez de construcción ([8]).
FALSEDAD 3: LOS CUESTIONARIOS O INVENTARIOS DE INTELIGENCIA EMOCIONAL SON DISTINTOS QUE LOS QUE PRETENDEN ESTUDIAR LA PERSONALIDAD. Estas herramientas suelen solicitar a los sujetos que califiquen una serie de formulaciones descriptivas, por lo común en una escala graduada que va desde “totalmente de acuerdo” a “totalmente en desacuerdo”. Lo que ha quedado claro es que la percepción de la IE que tienen las personas no es precisa sino vaga y cambiante. Asimismo, como todos los cuestionarios o inventarios, las decenas y cientos que se han desarrollado para “medir” la IE son altamente vulnerables a la manipulación que naturalmente hacen los sujetos para ponerse en la mejor posición, para mostrarse extraordinariamente hábiles en los rasgos que creen les dejarán mejor parados ante el psicólogo. Para intentar superar esta severa limitación se han aplicado algunos procedimientos clásicos, uno de ellos es utilizar formulaciones o preguntas “de alto rendimiento” ([9]) o incluir “ítems de control” ([10]); otro es recurrir a informes de compañeros de trabajo o estudio, supervisores, etcétera.
Ninguno de esos procedimientos ha dado resultado y no se ha podido establecer una medida específica de la IE sino que lo que se obtiene son visiones fragmentarias de aspectos de personalidad u otros que no pueden ser claramente separados del contexto como construcciones psicológicas independientes. Por otra parte, las correlaciones entre el resultado en presuntas pruebas de IE y el desempeño estudiantil o laboral no han conseguido probar capacidades predictivas significativas para tales pruebas.
FALSEDAD 4: LOS TESTS DE INTELIGENCIA EMOCIONAL COINCIDEN CON LOS CRITERIOS DE INTELIGENCIA COGNITIVA. Tal afirmación sigue otro camino para intentar darle respaldo científico a la IE, es decir para legitimarla como un dominio científico válido. Para seguir este camino se ingresa en una serie de presupuestos que son esencialmente contradictorios. Por ejemplo, se supone que la IE es capaz de reflejar el desempeño cognitivo más que las formas de conducta no intelectuales basadas en las emociones.
El problema radica en que si la IE fuese una forma distinta de inteligencia, basada en las emociones, no sería precisamente mensurable según el desempeño cognitivo y, por contraposición, si se asimila con el desempeño cognitivo debe poder llegar a conclusiones “correctas” o “incorrectas”, lo cual es virtualmente imposible de establecer en materia de emociones.
En los tests cognitivos suele haber pruebas numéricas, espaciales, de razonamiento y verbales –por ejemplo– cuyas respuestas no admiten ambigüedad. En cambio, en los cuestionarios que pretenden evaluar la IE, los “casos” o cuestiones planteadas al sujeto intentan vincular las respuestas con el contexto específico de la situación. Los ítems de tales pruebas no admiten puntajes, escalas o factores de comparación, y por lo tanto la IE no puede “ampararse” en una supuesta idoneidad o correlación capaz de dar cuenta de aspectos cognitivos tal como lo concibe la psicometría clásica.
FALSEDAD 5: LA INTELIGENCIA EMOCIONAL SE RELACIONA CON LAS EMOCIONES DE LA MISMA FORMA QUE EL COCIENTE INTELECTUAL SE RELACIONA CON LO COGNITIVO. Esta es una variante de la segunda falsedad porque nos remite a los criterios de la psicometría dura y pura que es la base de “la medición de la inteligencia” ([11]). Es falso que todos los procesos cognitivos sean conscientes y deliberantes. Aquí aparece en todo su esplendor el viejo (y para ellos insoluble) problema que mantiene el neoconductismo y otras escuelas mecanicistas y del determinismo biológico con el inconsciente y en general con el dominio de las emociones y lo psicoafectivo. A los partidarios de la IE les sucede como a aquel hidalgo español que tenía un venablo clavado en el pecho (si se lo dejaban lo mataba, si se lo sacaban se moría): si lo emocional y lo cognitivo responden a dos sistemas diferentes, la IE queda sin el poco piso científico que podría brindarle el conductismo; en tanto, si lo emocional se identifica con lo cognitivo la IE, como entidad, se disuelve y desaparece en vagas especulaciones ([12]). 
FALSEDAD 6: LA INTELIGENCIA EMOCIONAL PREDICE LA CAPACIDAD DE ADAPTACIÓN. Los promotores de la IE aducen que es esencial para el éxito adaptativo, más o menos en la misma forma en que la velocidad de procesamiento controla la inteligencia general. Ambas suposiciones han sido controvertidas y, en todo caso, las investigaciones han probado que la adaptación y la forma en que las personas enfrentan situaciones nuevas o inesperadas depende de un complejo conjunto de factores concretos y de procesos y estructuras mentales cualitativamente diferenciadas. El éxito o el fracaso no pueden ser atribuidos a la IE. Por otra parte se ha hecho un batiburrillo con algunos conceptos de Charles Darwin a propósito de la adaptación evolutiva de las especies para prestidigitarlo a los fenómenos individuales de la IE, que cae inmediatamente por su propio peso (o mejor por la falta de él).
El problema esencial de la definición de la IE en términos de adaptación radica en que las situaciones emotivas y/o interpersonales son demasiado amplias e indefinibles (en el sentido taxonómico que es vital para el conductismo) como para ser catalogadas como un desafío adaptativo. Las diferencias individuales varían a lo largo de la vida de tal modo que alguien “adaptado” a una situación puede no ser apto para enfrentar otras exigencias. Las estrategias y los mecanismos de defensa que funcionan en una situación pueden fracasar en otra.
Al mismo tiempo los resultados de las acciones humanas no pueden ser definidos o sopesados de la misma manera y en el mismo momento debido a lo que resulta ser una compleja combinación de resultados ([13]).
FALSEDAD 7: LA INTELIGENCIA EMOCIONAL ES FUNDAMENTAL PARA EL ÉXITO EN EL MUNDO REAL. El “eterno retorno” es una de las características de tesituras como la IE. Cada cierto tiempo reaparece en los medios de comunicación el elogio de las supuestas virtudes de la IE para el éxito especialmente en el medio laboral o en la política. El éxito de Goleman en el siglo pasado no ha vuelto a repetirse en este pero sus concepciones se mantienen en forma más que residual en lo que se da en llamar “la filosofía gerencial”. Un artículo de la revista Time ([14]), aparecido en 1995, contribuyó grandemente a la popularidad de la IE y su derivado el Emotional Quotient, Cociente Emotivo y estampó un lema que ha hecho carrera en los medios empresariales: “en el mundo corporativoel Cociente Intelectual (CI) hace que te contraten pero el Cociente Emotivo (CE) es el que hace que te promuevan”. Para los expertos asesores del Tea Party esta frasecita equivale a sostener que el cociente intelectual hace que se fijen en el candidato pero la IE (o su CE) hace que los incautos lo voten.
A pesar del impacto de la frase no existe evidencia empírica que demuestre los efectos positivos de la IE. Se sabe que las apelaciones a la IE en materia de selección de personal carecen de pruebas idóneas, como se vio al considerar las falsedades anteriores. Cuando los seleccionadores o reclutadores se refieren a la IE de los aspirantes emplean frases vagas, descripciones impresionistas y anecdóticas. Las referencias en la literatura científica respecto a la aplicación de la IE, cuando existen, carecen de respaldo empírico y no se apoyan en investigaciones publicadas sino en impresiones de determinados técnicos que utilizan los conceptos sin preocuparse por la validez y confiabilidad de sus herramientas. La profusa y efímera literatura sobre temas gerenciales o de negocios adolece de los mismos o peores defectos: elogia o promueve sin suministrar evidencia de estudios serios. La debilidad metodológica de algunos estudios y la falta de respaldo en investigaciones confiables ha sido reiteradamente denunciada. Algo parecido pasa en la política.
En suma, no hay prueba alguna de la relación entre una supuesta IE y el éxito en el trabajo o en la política aunque los asesores del candidato Lacalle Pou venden la idea (y seguramente la cobran como muy buena) que un aparente “cociente emocional” será determinante para que sea electo .
La IE ha sufrido mutaciones (que incluso el propio Goleman ha tratado de impulsar) y también ha reaparecido, con las mismas vaguedades, bajo el nombre de Inteligencia Social (IS) y Soft skills (habilidades suaves), una denominación sociológica relativa al Emotional Intelligence Quotient, Cociente de Inteligencia Emocional (CIE), que se refiere a un conjunto de rasgos de personalidad, competencias sociales, amabilidad, pensamiento positivo, cortesía, optimismo, lenguaje y hábitos personales, que se suponen decisivos en las relaciones con otras personas. Naturalmente estas “habilidades suaves” son la máscara que complementa las “habilidades duras” (Hard skills) que se consideran los requisitos básicos del cargo. Estos cambios cosméticos no son capaces de disimular la arbitrariedad, subjetivismo y falta de sustento de esta familia conceptual.
Aquí corresponde aplicar la crítica que desde la psicodinámica del trabajo se hace a todas estas elucubraciones. La IE, las “soft skills”, no son mensurables pues corresponden a la realidad del trabajo. Las emociones, los aspectos psicoafectivos y vinculares, la personalidad del trabajador, juegan un papel fundamental en el trabajo pero no pueden ser reducidos arbitrariamente, medidos y menospreciados como un aderezo y contentillo de lo prescripto que, en esencia, es el objeto de las falsedades que hemos revisado. 



[1] Goleman, Daniel (1999) La inteligencia emocional, Kairós, Barcelona. La edición original data de 1996: Emotional Intelligence: Why It Can Matter More Than IQ, Bantam Books, Nueva York.
[2] Desarrollo humano, constructivismo y educación.
[3] Daniel Goleman es un psicólogo estadounidense, nacido en 1947. Adquirió fama mundial a partir de la publicación de su libro Emotional Intelligence (en español Inteligencia emocional) que en diez años vendió más de 5 millones de ejemplares. Fue redactor de la sección de ciencias de la conducta y del cerebro de The New York Times. Ha sido editor de la revista Psychology Today y profesor de psicología en la Universidad de Harvard, en la que obtuvo su doctorado.

[4] Esto no quiere decir que el control de los impulsos no sea importante y que no tenga relación con otras variables caracterológicas y de personalidad, que las tiene, sino que no puede ser utilizado como comodín para abonar la tesitura de la IE.

([5]) Zeidner, Moshe, Gerald Matthews y Richard D. Roberts (2004) “Emotional Intelligence in the Workplace: A Critical Review”. En: Applied Psychology;Vol. 53, Nº 3, pp. 371–399, July 2004. Artículo publicado online: 15 de junio 2004. DOI: 10.1111/j.1464-0597.2004.00176.x


([6]) Cfr. Gould, Stephen Jay (1984). La falsa medida del hombre. Barcelona: Bosch. La obra fue publicada originalmente en 1981 (Gould, S. J. (1981). The Mismeasure of Man. New York: W.W. Norton & Co) título que también ha sido traducido al español como La desmesura del hombre.
([7]) El conductismo es una corriente psicológica surgida en los Estados Unidos hace casi cien años en oposición a la vieja psicología introspectiva. Sus distintas versiones (neoconductismo y neo pragmatismo) no han podido superar las críticas que se le hacen: ignoran la existencia del inconsciente, los sentimientos y estados de la mente, y no le asignan un papel a la personalidad, al Yo ni al "sí mismo". No da lugar a la libertad, a la voluntad ni a la intencionalidad. Intentan explicar los procesos cognoscitivos, la intuición, la información y el proceso creativo mediante el reduccionismo y los condicionamientos, por lo que considera al sujeto como un receptor pasivo. Es mecanicista: concibe lo psicológico como un conjunto de respuestas ante estímulos. Sus aplicaciones para modificar las conductas humanas son envilecedoras, manipuladoras (premios, castigos) y hasta brutales (descargas eléctricas, vomitivos, etcétera). Finalmente la psicología conductista es operacionalista: identifica los fenómenos con las esencias. Es una ideología al servicio del poder, que mantiene la psicología como ciencia natural que se desentiende de los fenómenos sociales.
([8]) No nos extenderemos ahora sobre la definición y aplicación de estos criterios psicométricos clásicos pero no podemos dejar de advertir que buena parte de las técnicas psicológicas empleadas para estudiar la personalidad (por no decir todas) tampoco se ajustan a ellos.
([9]) Las “preguntas de alto rendimiento” son utilizadas en cuestionarios y entrevistas para desestabilizar al entrevistado, son cuestiones para las cuales no hay una respuesta “buena” y en donde todas las alternativas dejan malparado al interrogado.
([10]) Los “ítems de control” son formulaciones contradictorias o reiteraciones amañadas que pretenden mostrar si el sujeto ha manipulado sus respuestas o se ha preparado para enfrentar el interrogatorio.
([11] ) La psicometría suele pretender que el tropo “todo lo que sucede se manifiesta y que todo lo que se manifiesta se puede medir” es veraz.
([12]) Estas paradojas se extienden a las concepciones que, en neurofisiología, promueven la vieja teoría de las localizaciones cerebrales según la que lo cognitivo y lo emotivo se ubican en distintas regiones y responden a sistemas precisos, parcial o totalmente diferenciados.
([13]) Estas situaciones vitales son las que ponen a prueba las distintas teorías de la inteligencia y las que ponen en cuestión las concepciones habitualmente simplistas de la “inteligencia artificial”, las máquinas sentimentales y otras paparruchas.
([14]) Gibbs, N. (1995) What is your EQ? En: Time, Nueva York, Oct.2,1995, 60-68.

domingo, 17 de agosto de 2014

Dilemas éticos que enfrentan los seleccionadores




Dilemas éticos que enfrentan los psicólogos seleccionadores
OCULTAMIENTO Y MENTIRAS IMPÍAS
Lic. Fernando Britos V.
La aplicación de técnicas psicológicas (baterías de tests, cuestionarios, entrevistas, etc.) con fines forenses, de evaluación pedagógica y sobre todo para la selección de personal enfrenta a los psicólogos con dilemas éticos ineludibles. Estos dilemas éticos son frecuentemente menospreciados por la academia y de este modo, la formación de los futuros psicólogos presenta verdaderos agujeros negros que muchos jóvenes deben colmar, penosamente, durante su práctica profesional sin la ayuda y el respaldo que sus profesores debieron brindarles.
La responsabilidad de los psicólogos es muy grande. Aquellos que se dan cuenta que mediante la aplicación de pruebas y técnicas carentes de validez y confiabilidad violan la ética fundamental de la profesión pueden llegar a abandonar el trabajo para el que han sido contratados.
Cuando el informe que los profesionales producen incide en forma decisiva sobre la vida de otras personas, ya sea cerrándoles el camino de rehabilitación, impidiéndoles acceder a un trabajo o ascender en el mismo, privándoles de la custodia de sus hijos o simplemente poniendo en duda su idoneidad en cualquier campo a través de un veredicto descalificante con endebles evidencias o juicios subjetivos, no hay muchas posibilidades para hacerse el distraído.
La tolerancia de esas situaciones dilemáticas no es más que una manifestación de indiferencia, de insensibilidad y en suma de cobardía. Los psicólogos que no están dispuestos a trabajar de filtro, de cancerberos, tienen pocas alternativas en un ámbito profesional donde existe un ocultamiento sistemático de los efectos malignos de ciertas técnicas o de los propósitos para los que se aplican o un maquillaje justificatorio de los efectos engañosos o manipuladores.
El compromiso social y humano de hacer el bien a las personas (sin limitarse meramente a no causarles daño, mal o perjuicio) es inherente a la profesión aunque el psicólogo no se dedique a la clínica. Un profesional comprometido no puede resolver este compromiso ignorándolo pero tampoco lo conseguiría evitando juzgar y pronunciarse. Sucede que debe hacerlo sobre bases consistentes, transparentes, veraces.
Quien actúa como un filtro puede conformarse diciéndose “alguien tiene que hacerlo” y “si no lo hago yo, lo hará otro tal vez en peor forma” pero el mecanismo del autoengaño es, muchas veces, más complejo. Tiene que ver con la parcela de poder que quien encarga el trabajo ha conferido o aparenta conferir al profesional que actúa como portero. Ese poder permite cierto grado de infatuación narcisista que actúa como una droga placentera de sostenimiento. El lema de los seleccionadores, “conseguimos el trabajo más adecuado para las personas y las personas más adecuadas para el trabajo” opera tanto como argumento de venta de los mercaderes de la certeza como placebo para conformar a los profesionales que producen los juicios y escogen a los elegidos.
El consuelo tautológico y verdadero de que no es posible seleccionar sin excluir o descartar encubre el aspecto medular de la selección en el campo que sea. Este aspecto es que la selección debe hacerse en forma justa, equitativa, transparente y respetando la dignidad de las personas que se someten a ella.
En la medida en que las técnicas psicológicas siempre presentan un grado de intrusión en la intimidad de las personas, los profesionales necesitan ganarse esa confianza y deberían hacerlo en un marco simétrico, en forma equitativa y consensuada, donde sus conocimientos y sus técnicas no generen una asimetría en desmedro de quien se somete a ellas. La asimetría entre el profesional y la persona estudiada tiene relación – entre otras cosas – con el objetivo del procedimiento. El psicólogo clínico emplea las técnicas para obtener un diagnóstico de la problemática del paciente con el objeto de ayudarle.
En cambio, en los procesos de selección el juicio califica y la explicación de las causas es, en la mayoría de los casos, irrelevante o sencillamente excluida. A veces se alude a las conclusiones pero en lo esencial con el fin de que la persona juzgada se conforme con el resultado. Por lo general no hay intención de ayudar o permitir que la experiencia sirva para obtener un mejor resultado en el futuro.
En términos prácticos resulta muy difícil reconocer que hay ciertos principios fundamentales que son ineludibles en la aplicación de técnicas psicológicas. Entre otros cabe mencionar el consentimiento informado, un derecho inalienable de toda persona que se somete a pruebas psicológicas; el respeto de la dignidad de la persona que se manifiesta a través de una explicación clara de lo que busca cada una de las pruebas a que se le somete; la preservación de los resultados (secreto profesional) que pertenecen a la persona que se somete a pruebas y no al profesional o a la institución o empresa que encarga las pruebas; el derecho a una devolución completa y oportuna con información idéntica a la que recibe quien comisionó la prueba; el derecho a obtener una segunda opinión; el derecho a que los resultados no se utilicen para otro propósito que el que aceptó la persona que se sometió a prueba y la eliminación de los registros pasado un tiempo prudencial.
Como se sabe, el reconocimiento de estos derechos y su aplicación práctica y sistemática por parte de los psicólogos no están generalizados e incluso son resistidos por ciertas organizaciones fantasmales de aparición peristáltica (por ejemplo la autodenominada Asociación de Psicólogos del Trabajo del Uruguay).
Tampoco es común que las personas que se someten a pruebas reclamen colectivamente esos derechos y, lo que es peor, entre juristas es muy poco común su reconocimiento. Altos miembros de la magistratura, con quienes el autor ha tenido oportunidad de tratar directamente el tema, tienen un concepto despectivo de estos derechos, los consideran en el mejor de los casos como un problema técnico y por ende competencia excluyente de los psicólogos. Aunque pueden reconocer que un paciente es el dueño de su historia clínica (lo cual es concepción bastante aceptada en las ciencias de la salud) se resisten a aplicarlo a los resultados de las pruebas psicológicas.
En este medio se hace posible que muchos profesionales se resistan a recabar con humildad el consentimiento informado, mientan con impiedad respecto a las técnicas que emplean, oculten su invalidez y se nieguen a brindar a las personas una devolución completa y oportuna de lo que pesquisaron. En muchos casos en que las pruebas psicolaborales son eliminatorias (lo cual de por si es un índice de la intención manipuladora de dichas pruebas) se produce un ocultamiento indigno de modo que quienes se sometieron a ellas solamente llegan a conocer un puntaje lo cual es información engañosa e insignificante.
Entre las situaciones paradojales más frecuentes se encuentra la resistencia de ciertos profesionales a romper con el secretismo amparándose en el secreto profesional. ¡Qué paradoja! El secreto profesional existe para proteger al paciente no para resguardar el control y el poder que los psicólogos ejercen sobre la información relativa a las personas o sobre técnicas o recetas de tipo arcano lo cual manifiesta, desde ya, su carácter pseudocientífico. En suma: el carácter científico de las técnicas es incompatible con el secretismo propio del ocultismo, los adivinos y los embaucadores.
Por otra parte, los tests y técnicas psicológicas que pueden ser “aprendidas” o “anticipadas” por los sujetos a quienes se aplican no son más que estereotipos de valor muy relativo. Tratar de mantenerlos bajo un secreto protector es un esfuerzo vano en la era informática en que cualquier persona puede obtener información exhaustiva sobre casi todos los tests utilizados e inclusive someterse a pruebas y cuestionarios de entrenamiento por Internet.
¿Cómo avanzar en un terreno tan delicado? Parece que el camino natural es que quienes se someten a pruebas reclamen sus derechos en forma organizada, denuncien los ocultamientos y las mentiras, ya sean piadosas o impías. El papel de los sindicatos de trabajadores y de las organizaciones profesionales, de las universidades y organizaciones científicas, de los legisladores, periodistas, juristas, empresarios y desde luego de los psicólogos y del público en general, es decisivo.