viernes, 10 de octubre de 2014

Recordando a Bertram R. Forer




PRUEBAS PSICOLABORALES, PSEUDOCIENCIA Y MANIPULACIÓN
Lic. Fernando Britos V.


Astucia y evidencias - Un profesor de psicología general en la UCLA (Berkeley), Bertram R. Forer (1914 - 2000), llevó a cabo un experimento clásico en relación con la validez y confiabilidad de las pruebas psicolaborales que pretenden desarrollar inferencias sobre las personas a partir del estudio de rasgos de su personalidad. Fue en 1948 y vale la pena recordarlo.

En una de sus primeras clases anunció a sus estudiantes que les aplicaría un test de personalidad (para ello preparó un remedo de algunos cuestionarios o pruebas sencillas de uso corriente) y recogió los resultados con todo cuidado en sobres individuales.

A la clase siguiente entregó a cada uno su informe personal de resultados y les solicitó que manifestaran su acuerdo o desacuerdo con esas conclusiones asignándole valor a su juicio en una escala de cero (totalmente en desacuerdo) a cinco (excelente, totalmente de acuerdo).

El resultado promedio de esta evaluación de fue un sólido 4,26. En los últimos 60 años este experimento se ha repetido cientos de veces, en muchos países del mundo, y el promedio sigue siendo un consistente 4,2.
           
Forer había inducido a sus estudiantes a creer que era capaz de «leer» su personalidad como en un libro abierto mediante la prueba aplicada. Sin embargo, después de darles a conocer su encuesta - que demostraba el alto grado de satisfacción o conformidad con los resultados que les dio - el profesor explicaba minuciosamente como había fabricado el “informe personal” que les entregó.

Una vez en su casa había tirado a la papelera el contenido de los sobres sin siquiera leerlos y lo había sustituido por un informe escrito “personalizado”, adecuado según el sexo de la persona pero por lo demás exactamente idéntico para todos. Él lo había preparado tomando frases de los horóscopos de distintos signos zodiacales que aparecían en números viejos de la revista Cosmopolitan y mezclándolas en forma más o menos aleatoria.

Enseguida pedía a sus estudiantes que releyeran el informe en cuestión  que decía así:
«Tienes la necesidad de agradarle a otras personas y de que te admiren pero aun así tiendes a autocriticarte. Aunque tienes algunas debilidades de personalidad generalmente eres capaz de compensarlas. Tienes una considerable capacidad que no has usado en tu beneficio. Disciplinado y autocontrolado desde el punto de vista externo tiendes a ser aprensivo e inseguro interiormente. A veces tienes serias dudas acerca de si hiciste lo correcto o tomaste la decisión acertada. Prefieres cierta cantidad de cambios y variedad pero llegas a decepcionarte cuando estás cercado por restricciones y limitaciones. Te precias de ser un pensador independiente y no aceptas las afirmaciones de los demás sin pruebas satisfactorias pero has encontrado desaconsejable ser demasiado franco en darte a conocer a otros. A veces eres extrovertido, afable y sociable, mientras que otras veces eres introvertido, cauto y reservado. Algunas de tus aspiraciones tienden a ser más bien irreales».

Aunque sea aceptado, el engaño no legitima  las pseudociencias  - El arte del engaño alcanza su punto más alto cuando técnicos inescrupulosos o charlatanes dedicados a la selección de personal logran que aun quien ha perdido la oportunidad de trabajar debido al resultado de una prueba de personalidad, se conforme con la explicación que le dan o, por lo menos, que quede lo suficientemente confundido como para no reclamar o denunciar el hecho.

Haciendo el seguimiento de las devoluciones en el caso de grupos de funcionarios no docentes que fueron diezmados mediante pruebas psicolaborales en la Universidad de la República, se ha podido comprobar que algunas devoluciones no se produjeron, otras se hicieron mediante declaraciones genéricas y vagas pero positivas (como los informes fabricados por Forer) en tanto otras se asemejaron al  manido consejo que reza “esta vez no pero siga intentándolo”.
           
Que a las personas les agrade o no la devolución que reciben no significa que esta sea adecuada y veraz o que la herramienta sea válida. Un test válido puede arrojar resultados obvios pero que no le gusten a quien se sometió a él pero las pseudociencias se las arreglan para que las devoluciones sean potables para todos, en particular para quienes las encargan.

En el caso de la mayoría de los tests que exploran la personalidad con fines de selección de personal, el secreto radica en que resulten aceptables, al mismo tiempo, para los gerentes de recursos humanos y para los aspirantes a trabajar aunque no haya evidencia científica de la validez de la técnica. Esto no siempre se consigue y nuestra intención es, precisamente, denunciar esos procedimientos inaceptables.

Quienes practican esta especie de felonía profesional suelen negarse a dar un informe claro a la persona que sometieron a prueba pero no tienen empacho en desvelar la intimidad de esa misma persona (violando así el secreto profesional que vincula a éste con el paciente) ante terceros, jerarcas, gerentes o tribunales que decidirán la suerte del trabajador.

Una prueba o técnica es válida cuando cumple con lo que promete, es decir cuando permite evaluar o conocer una o varias características de una persona con un grado de certeza bien establecido. Bien establecido quiere decir que se conoce bien aquello que se está tratando de reconocer mediante la prueba.

A su vez esto nos introduce en el problema del conocimiento. La ciencia es un método desarrollado por la humanidad para obtener un conocimiento del mundo concreto. El método científico tiene varias características esenciales y las que más nos interesan para aclarar el tema de la validez y confiabilidad de las herramientas para investigación con seres humanos es su carácter racional, objetivo, refutable y en continuo desarrollo.

La racionalidad tiene muchos aspectos pero el principal ahora es el hecho que se trata de un conocimiento que puede ser adquirido por medio del raciocinio y por lo tanto está al alcance de toda la especie humana sin necesidad de intermediarios esotéricos y explicaciones sobrenaturales. El espíritu crítico es la herramienta fundamental del conocimiento racional y eso mismo es lo que lo hace apasionante.

Nada es como parece y el ejercicio del espíritu crítico hace que no nos conformemos con explicaciones tontas o acomodadas sino que persigamos la verdad. De este modo, la ciencia encarna la innovación, el cambio y la transformación, la aventura, el descubrimiento, la imaginación y la creación que conducen a que la realidad sea aun más seductora que la ficción.

El carácter objetivo del conocimiento en general y del conocimiento científico en particular, es también muy importante. Esto quiere decir en lo fundamental que lo que se conoce no es lo que deseamos, creemos o queremos que sea sino una realidad concreta y material aunque cambiante y multiforme. Por cierto, la objetividad que algunos entienden como una “neutralidad”, en el sentido de ausencia de valores o de toma de posición en los dilemas éticos, no existe.

Una herramienta científica tiene una “vocación de objetividad” que hace que los resultados obtenidos por el método sean compartibles, comprensibles por otros, y que se incorporen así al patrimonio de la humanidad. El conocimiento puede ser demostrado. Otros pueden reproducir el experimento o la prueba que yo realicé y alcanzar los mismos resultados.

Mi experiencia no es puramente subjetiva sino objetiva porque es demostrable. Sin embargo, la posibilidad de error está necesariamente incluida y es una parte esencial de la postura ética que los científicos deben cultivar: la responsabilidad social acerca del uso que se hace de su trabajo.

Que el conocimiento científico sea refutable es esencial para distinguirlo de otras formas de conocimientos u otras experiencias sobre el mundo (por ejemplo, la artística, la religiosa, etc.). Si el conocimiento fuera definitivo dejaría de serlo para transformarse en un dogma, es decir en un artículo de fe que -por principio- excluye a la razón. Para alcanzar el conocimiento racional y objetivo es preciso emplear el método científico, el pensamiento crítico.

Para alcanzar el conocimiento no basta desarrollar hipótesis sino que es preciso demostrarlas y, además, debe existir la posibilidad de refutación, es decir demostrar que la hipótesis o el método era errado o insuficiente. Esta es la condición esencialmente humana del conocimiento y la principal manifestación de su vitalidad, de su carácter revolucionario, por un lado, y de la pasión científica por otra. En gran medida la historia del conocimiento está marcada por la tenacidad del pensamiento crítico.

Estas características son compartidas por todas las herramientas científicas. Todos los procedimientos de las distintas ciencias, en particular de las llamadas ciencias del hombre y entre ellas de la psicología deben presentarlas. En cambio, los procedimientos de las pseudociencias tratan de emplear el prestigio de la ciencia, su lenguaje o terminología, su apariencia, pero eluden sus características.

Las distintas pseudociencias y sus métodos o procedimientos son un conjunto de supuestos conocimientos o prácticas no científicas que pretenden tener carácter científico. Se trata de una manipulación, promovida con fines de lucro o dominación, que abusa de la buena fe o de la credulidad de las personas.

La validez, la confiabilidad y la pertinencia de las pruebas psicolaborales no es un arcano para especialistas sino un asunto de vital interés para la sociedad y en particular para los trabajadores o para quienes aspiren a trabajar y deban enfrentarse con dichas pruebas.

Un método será válido cuando cuente con un respaldo científico adecuado. Esto quiere decir que no alcanza con alegar que tal o cual test es muy usado, o es muy práctico, o es muy conocido, o que se cree en él, etc. Eso es dogmatismo, subjetivismo o irracionalidad. Los técnicos deben demostrar, de antemano, que los procedimientos que emplean efectivamente dan cuenta de los fenómenos que dicen estudiar. Deben demostrar sus propiedades y no ocultar ni edulcorar los errores o los riesgos que necesariamente implican sus acciones.

La dificultad que encuentran quienes no respetan los requerimientos del método científico ante tan elemental exigencia es que la demostración requiere un trabajo serio y generalmente prolongado que muy pocas veces se ha cumplido. Para desarrollar un test, una prueba o un procedimiento válido en materia de selección de personal, es preciso  cumplir ciertas etapas en condiciones muy claras que podemos resumir así:

a)  hay que haber alcanzado un muy buen conocimiento de lo que se trata de estudiar; en el caso de un puesto de trabajo, de una labor determinada -sea del tipo que sea- es preciso haber llevado a cabo un estudio minucioso del trabajo en sí, de sus posibilidades de desarrollo, de las condiciones de trabajo, de su planificación, etc. y esto solamente puede hacerse con una participación destacada y una intervención decisiva, en todas las instancias, de quienes hacen el trabajo, de los propios trabajadores (en todo el proceso los trabajadores no deben ser meros informantes, testigos u objetos de investigación sino que han de participar en las decisiones que les atañen);

b)  hay que tener claro cuál es y cuál debe ser el proceso de incorporación a una fuerza de trabajo y de vinculación con el desarrollo de la misma, cuáles los requisitos para un proceso de información, introducción, capacitación, desarrollo de los nuevos aspirantes, cuáles las perspectivas de carrera o desafíos que se plantearán, cuáles las condiciones de trabajo (seguridad, adecuación, etc.);

c)  hay que haber efectuado un seguimiento de un número suficiente de casos (cientos o miles) para demostrar documentadamente que los seleccionados mediante cierto conjunto de pruebas han tenido un desempeño histórico significativamente superior al que se produjo o se habría producido si la selección se hubiera llevado a cabo al azar (por sorteo, por ejemplo).

Habiendo cumplido con estas condiciones y con el respaldo de estudios originales en nuestro medio (porque además es necesario conocer y justipreciar la incidencia de factores transculturales) puede decirse que un procedimiento o una prueba es válida, esto es que da cuenta de aquello para lo que fue concebida.

Muy probablemente se pueda demostrar también que es confiable, esto es que cada vez que se aplica da resultados consistentes. Resultados consistentes no quiere decir idénticos sino que guarden relación con las condiciones concretas de aplicación y que no exista una disparidad significativa o incoherencia de resultados en sucesivas aplicaciones a las mismas personas o a grupos de personas adecuadamente equiparados.

Aunque se cumpla todo lo anterior no se habrá llenado el requisito de la pertinencia. Esto quiere decir que una prueba o procedimiento psicológico no solamente debe ser válido y confiable sino que debe ser apropiado o adecuado para el propósito original. Por ejemplo, un termómetro puede medir en forma válida la temperatura corporal y las variaciones que se registran en la misma; puede producir resultados confiables, es decir que en condiciones normales no presentará diferencias mayores entre la temperatura corporal de una misma persona en mediciones efectuadas cada poco rato pero no será pertinente como instrumento o procedimiento para registrar la presión arterial o la altura de las personas.

Las pruebas o procedimientos originados para y por la psicología clínica y el psicodiagnóstico que no hayan sido específicamente validados para otros usos son absolutamente impertinentes en materia de selección de personal. En Francia y en los Estados Unidos, por ejemplo, las leyes laborales protegen a las personas de la aplicación de pruebas que discriminan indebidamente porque su validez no ha sido demostrada. En muchos países existe jurisprudencia y empieza a haberla a nivel internacional, en donde se protege la intimidad de las personas y se condena a quienes discriminan por género, raza, edad, origen, apariencia u otros sesgos que afectan la igualdad de oportunidades en el acceso al trabajo.

Un test, una prueba o un procedimiento psicológico que no hayan cumplido con los requisitos señalados antes, es decir que no se inscriban en un conocimiento adecuado del trabajo y de su evolución, que no estén respaldados en estudios de validación mediante el seguimiento y comprobación de sus resultados, que no puedan demostrar validez y confiabilidad concretas y cuya aplicación no sea pertinente, pertenecen al terreno de la pseudociencia. Su uso es una forma de engaño y manipulación de las personas que debe ser enfrentada y denunciada.

Bajo el signo de las pseudociencias - Dichas pruebas y procedimientos, como lo son la gran mayoría de los que se aplican en materia de selección de personal para investigar rasgos de personalidad u otros asuntos de la esfera íntima de las personas, corresponden a las pseudociencias porque presentan algunas de las características siguientes:

1)  No aplican métodos de carácter científico (respaldo en estudios fácticos documentados cuantitativos y/o cualitativos) y no presentan resultados empíricos objetivos (esto sucede virtualmente con todos los tests que estudian la personalidad mediante métodos proyectivos cuando se aplican en el campo laboral);

2)  Sus interpretaciones y conclusiones son dogmáticas porque no admiten refutación, son concluyentes e inapelables (y por lo tanto excluyentes, discriminatorias o estigmatizantes, según sea el caso) a diferencia de las hipótesis o conclusiones científicas cuyas condiciones de refutación o revisión están establecidas de antemano; esos operadores tienden a proceder como si una prueba o una entrevista no fueran una muestra de comportamiento sino una expresión de características definitivas e inmutables de personalidad, que no cambiarán; tal persona es así y será siempre así en tales o cuales condiciones abstractas;

3)  Se basan en teorías muy discutibles y que, en todo caso, no están debidamente respaldadas por evidencias concretas  Esto es evidente, por ejemplo, en el caso de las interpretaciones basadas en concepciones simplistas y especulativas de la proyección y otros fenómenos que no cuentan con respaldo fáctico; en todo caso los resultados y por ende su validez dependen absolutamente de quien hace la interpretación, de modo que son frecuentes las divergencias agudas y las contradicciones entre las conclusiones de dos examinadores sobre el mismo caso y aun de un sólo examinador en distintas oportunidades;

4)  Emiten juicios, dictámenes, informes, que no pueden ser reconsiderados y cuando las evidencias los impugnan o anulan, manipulan las evidencias y las reinterpretan para mantener sus conclusiones iniciales (no se equivocan nunca; el carácter especulativo e irracional de las pseudociencias lo hace necesario, además la infalibilidad es un argumento para la venta de sus servicios);

5)  Descalifican las críticas mediante falacias ad hominem, es decir invocando persecución o menoscabo personal por parte de quienes critican sus concepciones y sus procedimientos o atribuyendo el rechazo que generan a temores infundados o “resistencias” de las personas que se someten a pruebas (descalifican las observaciones o críticas que se les hacen, en la misma forma en que llegan a conclusiones: sin seguir el método científico);

6)  No respetan o menosprecian los principios fundamentales de la bioética como son, entre otros, el consentimiento informado y la devolución adecuada de resultados a quienes se someten a sus pruebas y procedimientos (en el caso de la investigación de la personalidad con fines laborales, por lo general, la información previa es inexistente, insuficiente o engañosa y la devolución posterior de resultados, inadecuada);

7)  Distorsionan el principio del secreto profesional, destinado a salvaguardar la dignidad de las personas, especialmente cuando lo invocan para no desvelar ante las mismas sus conclusiones mientras que las suministran sin reparos a terceros que pagaron los estudios (no se reconoce o no se aplica el principio que el resultado de pruebas o investigaciones pertenece, en primer término, a quienes se sometieron a ellas);

8)  Apelan a entidades o fenómenos inaccesibles a la investigación o siquiera a la explicación suficiente por parte de los legos o por científicos de otras o de su misma disciplina (desconocen el carácter interdisciplinario del conocimiento, desde el punto de vista de la comunidad científica, y la responsabilidad social del científico, en el sentido de manejar en forma amplia y democrática los resultados de su trabajo en beneficio de la sociedad; el secreto o “los misterios” son esenciales para las pseudociencias);

9)  Exhiben títulos o cargos como demostración de su idoneidad científica ante los legos o ante quienes les contratan pero son incapaces de demostrar científicamente la validez, confiabilidad y pertinencia de las conclusiones que extraen, de las técnicas que aplican y de los juicios que formulan sobre las personas (las pseudociencias exhiben con especial preocupación los títulos de sus practicantes, reales o supuestos: “profesor/a”, “doctor/a”, etc. y presuntas pertenencias a sociedades científicas o universidades; es una apropiación de los signos de la profesión científica por razones de prestigio);

10)  No se someten a procedimientos transparentes de control en cuanto a los mecanismos para su designación o contratación, la determinación de sus honorarios y otros aspectos de la competencia profesional, cuando actúan como peritos en asuntos de interés público (quienes se someten a pruebas psicolaborales, por ejemplo, reciben, en el mejor de los casos, una información genérica acerca de la idoneidad de los peritos o técnicos que los evalúan; la trayectoria, la experiencia y las condiciones en que fueron seleccionados los seleccionadores, así como su remuneración, forman parte del “secreto profesional” de las pseudociencias).

jueves, 2 de octubre de 2014

Trampas del "pensamiento positivo"

LOS FRAUDES DEL “PENSAMIENTO POSITIVO”,
ALLÁ Y ANTES, AQUÍ Y AHORA




                                                       La contradictoria
                                                          burbuja azul


Los promotores del “pensamiento positivo” parecen defender a los crédulos de un mundo donde todo amenaza su estilo de vida, desde el virus del Ébola y las enfermedades raras, pasando por los jóvenes rapiñeros y pasteros capaces de matar por diez pesos, hasta el derrumbe de la economía que se demora en aparecer pero que seguramente llegará si no se hace un buen ajuste fiscal.



Lic. Fernando Britos V.


¡Qué inocentes parecen las pompas irisadas del “pensamiento positivo”! ¡Qué optimistas, cuán benéficos y confortantes sus efectos! Demos un vistazo a estas burbujas.
La promoción del miedo ha sido históricamente una marca de fábrica de la derecha en el campo político, del oscurantismo y la reacción en materia de conocimiento humano, de fanatismo y manipulación para perpetuar las injusticias que favorecen a unos pocos a costa de la penuria de muchos. El “pensamiento positivo” es el complemento natural de la promoción del miedo. Su hermano siamés, su “lado bueno”, su sedante alucinógeno. No hay burbujas inocentes.
NADA NUEVO BAJO EL SOL. La civilización ha lidiado permanentemente con estos fenómenos aparentemente contradictorios pero esencialmente complementarios que se potencian y se nutren en un círculo perverso de engaños y ocultamientos, de promoción de líderes y salvadores, de santones y dementes, de avaros y prodigadores de gracias. “Palo largo y mano dura para evitar lo peor” creando un abismo entre los “buenos” y los “malos”. Satanizando y santificando pero sobre todas las cosas ocultando la realidad y sus antecedentes, borroneando la historia, eludiendo responsabilidades para volver a presentar una “novedad” que huele a encierro, a naftalina, a moho y a veces a muerte y sufrimiento.
La eterna lucha entre la memoria y el olvido se desarrolla también en la mente humana y los psicólogos han jugado y juegan su papel, tal vez en forma menos ostensible que muchos actores políticos, algunos presuntos analistas, periodistas, politólogos, publicistas, asesores de imagen, coaches, ensayistas, columnistas, que forman el cortejo técnico o funcional de la llamada “nueva derecha”.
¿Qué es una burbuja del pensamiento positivo? Se trata de una especie de receta “para ser feliz”, “para tener éxito en la vida”, “para alcanzar o conservar la salud, el amor, la riqueza” y muchas veces para conseguir adhesiones y votantes para alcanzar cargos de gobierno. Los fines pueden ser loables y seductores, son poderosos argumentos para vender la receta, pero sus postulados son falsos, engañosos, a la postre decepcionantes y en muchos casos peligrosos.
Las burbujas son efímeras, brillantes, inconsútiles pero frágiles porque aunque no se les note la costura están condenadas a estallar. Lo que sus promotores ocultan es que estos estallidos no siempre son inocuos, tienen consecuencias y después hay responsabilidades y otras derivaciones.
El estadounidense Martin E. P. Seligman se presenta como el padre de la “psicología positiva” y por lo tanto del conjunto de presuntos beneficios de esta escuela que adopta la forma que denominamos burbuja, pero no lo ha hecho ni lo hace en solitario: tiene muchos antecedentes y epígonos en la llamada “literatura de autoayuda”. En esta línea se inscribe la inspiración de los promotores de las burbujeantes “campañas positivas” en todo el mundo.
Algunos recordarán ¿Quién se ha llevado mi queso?(1998), un libro de motivación presentado como una parábola tontuela en la que actuaban ratones y hombrecitos que buscaban “queso” y que pretendía demostrar “las ventajas del cambio” en el trabajo y en la vida privada. La historieta presentaba las “cuatro reacciones típicas” ante el cambio: resistirse por miedo a algo peor, aprender a adaptarse cuando se comprende que el cambio puede conducir a algo mejor, detectar pronto el cambio y finalmente apresurarse hacia la acción.
El autor exhibía la típica característica de los libros de autoayuda: eludir cuidadosamente las cuestiones concretas y los desafíos de la realidad (antecedentes de la situación, definiciones y sentido del cambio), creaba sofismas edulcorados y prometedores pero huecos (con fuerte apelación irracional). Tal vez por eso mismo resultó arrobador, durante cinco años, para la fauna de consumidores de libros de autoayuda. 
El secreto es el título de otro best seller de autoayuda publicado en 2006, escrito por Rhonda Byrne . Apareció aun antes como película en DVD y su tesis es que enfocarse en cosas positivas puede modificar la realidad en todos los campos: salud, riqueza, felicidad, amor y, desde luego, poder. Fue promovido por la presentadora estrella de la TV estadounidense, Oprah Winfrey, y se transformó en éxito de ventas pero también recibió críticas porque los testimonios que presentaba solían explicarse por fenómenos psicológicos como la sugestión y el efecto placebo.
No hay evidencia científica que demuestre que el “pensamiento positivo”, por sí solo, tenga influencia sobre la realidad. Sin embargo, la autora alentada por el torrente de dinero que le produjo su primer bolazo, escribió en 2010 la continuación de El secreto, que sugestivamente se titulaba El poder, y dos años después su obra cumbre, La magia, que promueve el uso del “agradecimiento” como forma de aplicar la llamada “ley de atracción”.
DE LA LEY DE ATRACCIÓN Y LA RESONANCIA A LA MAGIA EMPÁTICA. La “ley de la atracción o “resonancia” es una creencia de la metafísica New Age que sostiene que los “pensamientos positivos”, conscientes o inconscientes, influyen sobre la vida de las personas, bajo la forma de unidades energéticas que retornan a los sujetos como similares ondas benéficas.
Los propagandistas de esta presunta ley natural comulgan con la frase "te conviertes en lo que piensas", usualmente aplicada al estado mental del ser humano. Según los partidarios de dicha ley, esto significa que los pensamientos de una persona son los que producen las emociones, las creencias y las consecuencias de sus actos. De ahí temitas de campaña como “lo quiero ver Presidente” y la autoconvicción “quiero ser Presidente, ergo, voy a ser Presidente”. A este proceso se lo describe como "vibraciones armoniosas de la ley de la atracción", o en otras palabras “obtienes las cosas que piensas; tus pensamientos determinan tu experiencia". Las raíces de este solipsismo extremo se remontan a los campos esotéricos del hermetismo, la teosofía y el hinduismo.
La presunta ley no tiene base científica alguna, no se basa en un método válido, no se apoya en evidencias, no puede ser verificada de forma fiable y sus afirmaciones exageradas y promesas grandiosas son de imposible verificación. También se nota en el discurso “positivo” una falta de disposición al examen de sus afirmaciones por parte de expertos serios. Esas características corresponden a las pseudociencias y en tal sentido la ley de atracción tiene tanto valor predictivo como la astrología o la quiromancia.
El lado oscuro de la “ley de atracción” es la culpabilización final del creyente. Si los “pensamientos positivos” no dan los resultados esperados, la responsabilidad no es atribuible a circunstancias concretas sino a la falta de convicción del creyente. La responsabilidad siempre es subjetiva, nunca objetiva. Si el amor que se busca, la fortuna que se anhela, la salud que se procura o el resultado de la campaña política no fueron los esperados, la responsabilidad y la culpa, si cabe, corresponde al creyente que no ha sido suficientemente “positivo”, que no aportó el diezmo o cuya fe fue insuficiente (don’t worry be happy, otra vez será).
Sin embargo, la resonancia o ley de atracción que atribuye un poder sobrenatural a la creencia de que los pensamientos positivos son capaces de determinar la realidad y convertirse en la clave del éxito, lejos de ser creaciones novedosas, pulsan las cuerdas de los mecanismos irracionales y racionales más arcaicos. La charlatanería New Age se remite nada menos que a la magia empática o simpática (en esta última denominación como resultado de una traducción tan macaneadora del inglés como la que dio origen a la “reingeniería”).
La magia empática se basa en la creencia de que lo que es similar está unido en forma misteriosa (es decir, mágica) de modo que al actuar sobre uno de los elementos se está actuando también sobre lo que es, prima facie, idéntico o muy parecido. Esta magia es la base de las técnicas adivinatorias, de la homeopatía, de la curación a distancia, de los videntes, de la grafología y de muchas técnicas psicológicas comprendidas en la psicometría que, mediante la interpretación de ciertos signos, pretenden sacar conclusiones sobre el pasado, el presente o el futuro. Estos signos pueden ser las entrañas de los animales, la borra del café, las evocaciones a partir de manchas de tinta o imágenes borrosas, las líneas de la mano, el vuelo de las aves, la forma de las nubes, la disposición de las cartas, las runas o los buxios, alguna prenda de la persona investigada, la letra manuscrita, etcétera.
Otras prácticas más truculentas son también más antiguas y se basan en la misma presunta relación entre iguales. Por ejemplo, el canibalismo ritual que pretendía adquirir el valor del enemigo vencido al devorar su corazón, la alimentación de la jauría con corazones crudos para excitar su ímpetu venatorio, el disfraz de los chamanes con las pieles de los animales cuya cacería se deseaba propiciar, las violaciones rituales para promover la fertilidad y las cosechas, atravesar con agujas el muñeco hecho a imagen del enemigo (y a veces con algo de pelo o alguna prenda del embrujable), los relajamientos de la Inquisición, etcétera.
CORTÁ CON TANTA DULZURA. La llamada “psicología positiva” parece condenada, sin embargo, a volver a sus orígenes conductistas. El citado Martin Seligman, padre de la “psicología positiva”, era un especialista en psicología animal que primero ganó reconocimiento por sus estudios sobre lo que denominó “indefensión aprendida”. En 1976, Seligman diseñó un experimento que consistía en castigar perros hasta quebrarlos de modo que adoptasen una actitud pasiva y resignada sin hacer nada para escapar o evitar el castigo.
Su “descubrimiento” interesó de inmediato a las fuerzas armadas estadounidenses y a los servicios de inteligencia como forma de perfeccionar sus técnicas de interrogatorio y de tortura psicológica al producir en los prisioneros la sensación subjetiva de impotencia y resignación ante la situación, demoler así su resistencia e inducir si fuera posible trastornos mentales duraderos (como la depresión clínica) resultantes de la percepción de una ausencia irremediable de salida y esperanzas.
La Coalición por una Psicología Ética (Coalition for an Ethical Psychology) de los EUA denunció a Seligman (antiguo presidente de la Asociación Psicológica Americana) por haber aleccionado a los psicólogos que prepararon el sistema de “interrogatorios mejorados” que aplican indiscriminadamente los estadounidenses desde 2001 en su “guerra contra el terrorismo”.
En 2002 Seligman, que ha negado haber estado involucrado en torturas, se disculpó por las atrocidades que había cometido con animales y tuvo una revelación: la psicología hasta entonces había estado demasiado concentrada en la patología y en la cura de enfermedades, era muy aburrida y había descuidado las fuerzas positivas que permitían alcanzar la felicidad.
Desde entonces enterró la máquina de electroshocks (que era como “la motosierra del Cuqui”) y se transformó en el gurú de la dulzura, las energías positivas y la autoayuda presuntamente científica. “Por fin la psicología se toma en serio el optimismo, la diversión y la felicidad”, aclamó Daniel Goleman, otro famoso chanta conocido por haber acuñado la “inteligencia emocional”.
El “pensamiento positivo” se emplea mucho más allá de la psicología de boliche y conviene hacer un rápido repaso de algunos de sus riesgos. Uno de ellos resulta del refuerzo del orgullo que busca producir, refuerzo que a su vez fortalece tautológicamente su “positividad” y ha desarrollado una simbiosis con el capitalismo y la llamada “nueva derecha”.
El “pensamiento positivo” se ha arrogado la función de defender los aspectos más crueles de la economía de mercado. El optimismo es la clave del éxito y se alcanza mediante el “pensamiento positivo”, por lo que no hay excusas para el fracaso. La contracara de “lo positivo” es la insistencia en la responsabilidad individual: si el negocio no va bien o no va tan bien como quisieras, si el trabajo no te satisface, es porque no pusiste el empeño suficiente o porque no creíste en la inevitabilidad del éxito.
El “pensamiento positivo” ha causado mucho daño en el terreno de la salud y especialmente en el tratamiento del cáncer. Es corriente la suposición de que la “actitud positiva” del paciente es fundamental para enfrentar al cáncer. Barbara Ehrenreich (2011) dice que “sigue siendo un axioma, dentro de la cultura del cáncer de mama, que la supervivencia depende de la ‘actitud’”. En muchos casos se atribuye a la “actitud positiva” un efecto preventivo del cáncer y todas esas afirmaciones carecen de respaldo serio.
El vínculo entre el sistema inmunológico, el cáncer y los estados de ánimo se estableció hace 30 o 40 años a partir de un conocimiento muy anterior acerca del efecto del estrés extremo en el debilitamiento de ciertos aspectos de las defensas orgánicas. A partir de eso algunos autores, como O. Carl Simonton, se apresuraron a pensar que la actitud podía tener el efecto contrario que el estrés y si bien animaban a los pacientes a seguir los tratamientos que se les recetaban, les decían que “ajustar la actitud” era igualmente importante (había que superar el estrés, desarrollar creencias positivas y buenas imágenes mentales).
Estas tesituras fueron gradualmente abandonadas desde la década de 1990. Las pacientes pueden ser animadas a participar en grupos de apoyo o hacer psicoterapia porque eso les reportará beneficios emocionales y sociales, pero no se debe desarrollar la expectativa de que por esa vía ganarán en supervivencia.
En 2007, Barbara Ehrenreich le preguntó al investigador J.C. Coyne si persiste una tendencia a vincular las emociones y la supervivencia al cáncer y éste le respondió que tomaría prestado un término que se utilizó para describir cómo se organizó la guerra de Irak: se trata de una especie de “amplificación incestuosa”, le dijo. La idea de que la mente puede afectar al cuerpo resulta de lo más atractiva y además permite que los expertos en ciencias del comportamiento se suban al carro. Hay mucho dinero en juego en la investigación sobre el cáncer. ¿En qué otra forma podrían participar? ¿Se iban a poner a investigar sobre cómo hacer que la gente use protector solar? Eso tiene mucho menos glamour.
Dentro del negocio de la cura del cáncer se empezaron a levantar voces contra la denominada “tiranía del pensamiento positivo”. El peso de no ser capaz de “pensar en positivo” gravita sobre el paciente como una segunda enfermedad. “El cáncer de mama ‑sostiene Barbara Ehrenreich‑, ahora puedo decirlo con conocimiento de causa, no me hizo más bella, ni más fuerte ni más femenina, ni siquiera una persona más espiritual (…) Lo que me dio fue la oportunidad de encontrarme cara a cara con una fuerza ideológica y cultural de la que hasta entonces no había sido consciente; una fuerza que nos anima a negar la realidad, a someternos con alegría a los infortunios, y a culparnos solo a nosotros mismos por lo que nos trae el destino”.[1]
EL CONFORMISMO Y LA FALSA ALEGRÍA. Las crisis económicas, los ajustes fiscales, la descarga del proceso contractivo sobre los trabajadores, las recetas de la “nueva derecha” ‑tal como lo vimos en Uruguay desde 1999 y especialmente en 2002‑ van acompañadas, en el mundo del trabajo, de ciertas medidas para paliar la desocupación. Estas consisten en cursos motivacionales donde el consejo que se da a los condenados es evitar el enojo y la negatividad; ver la situación como una oportunidad; hacer de la pérdida del trabajo una ganancia y pensar en positivo no solamente para sentirse mejor sino para “aparecer” mejor ante un nuevo empleador. En suma, “pensar como ganador y no como perdedor”, transformarse en “emprendedor” sería la solución.
En los momentos de crisis el enfoque positivo no era enteramente voluntario sino que, en muchos casos, era impuesto. Los empresarios suelen organizar conferencias de motivación, donde aparecen consultores internacionales dedicados a inculcar la actitud positiva. Por ese medio se difundió bastante el libro antes citado ¿Quién se llevó mi queso?, que aconseja enfrentarse al despido sin quejarse.
Hay sitios donde uno sabe que cunde la falsa alegría, por ejemplo en los ancianatos, residenciales y clínicas. Los diminutivos, los cariñitos, el hablar en plural. “Hola abuelita, cómo estamos hoy?” “¿Cómo andamos, mi amor?” “¡Qué buena moza estás hoy, mamita!”
Hace ya unos años, en la Facultad de Psicología de la Universidad de la República se convocó un seminario sobre asuntos de gestión, que ya había tenido un par de antecedentes con la presencia de conferencistas extranjeros, ponencias en talleres temáticos y otras modalidades habituales para el tratamiento de temas serios.
Esta vez, en el salón de actos de la Facultad, se había congregado una asistencia numerosa proveniente de distintas dependencias universitarias. Cuando todo el mundo esperaba las formalidades de la apertura para empezar a trabajar, aparecieron unos jóvenes, docentes del Instituto Superior de Educación Física, que promovieron que todos los asistentes se pusieran de pie para desarrollar una serie de ejercicios de distensión en el sitio, vocalizaciones positivas, flexiones, giros para desestresarnos y proporcionarnos bienestar desde el principio. La New Age había llegado a la academia.
La mayoría de los presentes empezaron a ulular y a moverse obedientemente aunque sin entusiasmo. En aquella concurrencia nada hacía pensar en una secta, no había signos de fanatismo. Era una manifestación de exuberancia irracional con justificación gimnástica.
¿Cuál era el presupuesto de estas “distensiones”? Todos los obstáculos que te impiden mejorar, ser más capaz, alcanzar mayores rendimientos y brillo intelectual, están dentro de ti. Si quieres mejorar, tanto en términos materiales como subjetivos, lo único que tienes que hacer es mejorar tu actitud y tus respuestas emocionales.
Tal vez quienes asistíamos pensábamos en otras formas de mejorar, como por ejemplo intercambiar ideas, estudiar para adquirir conocimientos concretos o participar en una actividad para el beneficio colectivo, pero en el mundo del “pensamiento positivo” todos los desafíos son primordialmente internos.
La mayor parte de los consejos que dan los expertos en “pensamiento positivo” son inocuos: sonreír, exudar alegría y optimismo, cultivar el buen humor. Sin embargo, cuando la exigencia es estar de buen humor, quejarse parece una perversidad. Nadie va a querer trabajar con una persona negativa, de modo que para tener éxito hay que fingir gran animación y bienestar aunque ésta no sea la realidad. El clásico de los clásicos en esta materia es el añejo Como ganar amigos e influir sobre las personas, escrito por Dale Carnegie en 1936. El autor partía de la base de que los lectores no se sentían felices pero podían manipular a los demás haciéndoles creer que lo eran. El logro máximo se alcanzaba fingiendo sinceridad.
Sin embargo no todos los consejos son tan “positivos”. Los libros de autoayuda, tanto laicos como religiosos, exhortan a deshacerse de las personas negativas. En la práctica no resulta fácil eliminar a las personas negativas. Sacarse de arriba a la gente que bajonea o critica conlleva el riesgo de quedarse solo o, lo que es peor aun, de terminar desconectado de la realidad.
La vida en sociedad implica el desafío de tener en cuenta el humor de los demás, de darles la razón cuando la tienen y de apoyarlos o consolarlos cuando lo necesitan. Sin embargo, el “pensamiento positivo” es extremadamente individualista y los demás solamente cuentan y adquieren sentido mientras estén aplaudiendo y alentando al candidato.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 
 


 
 


[1] Ehrenreich, Barbara (2011) Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo. Madrid; Turner Noema. (52).