lunes, 27 de febrero de 2012

La explosión de la auditoría (ficha de lectura)



MICHAEL POWER

LA SOCIEDAD DE LA AUDITORÍA: LA OBSESIÓN DEL CONTROL
Ed. La Découverte, París, 2004.

Ficha de lectura del Seminario "Filosofía y administración" del Prof. Ivon Pesqueux en el C.N.A.M. (año universitario 2004/ 2005). Traducción y glosas: Lic. Fernando Britos V.

I - SOBRE EL AUTOR (Nota biobibliográfica)

            Michael Power es profesor de contabilidad, desde 1987, y Director del Centro de Análisis de Riesgos y de Reglamentación de la London School of Economics. Asimismo es profesor asociado del Instituto Europeo de Estudios Avanzados en Administración (Bruselas), desde 1990. Es miembro del Instituto de Expertos Contables de Inglaterra y del País de Gales y miembro del Instituto Británico de Fiscalización, desde 1989. Ha trabajado en el estudio Deloitte, Haskins & Sells. Ha publicado numerosos artículos y varios libros sobre temas de su especialidad, entre ellos : The Audit Society: Rituals of Verification, Oxford University Press, 1997 y The Risk Management of Everything: Rethinking the Politics of Uncertainty, Dermos, Londres 2004.

II - PUNTOS QUE POSTULA POWER PARA LA REFLEXIÓN

·                     El primero y principal es que la auditoría es bastante más que una práctica. La auditoría es antes que nada una idea, una forma de ver las cosas, una forma de concebir el control y las responsabilidades.
·                     El desarrollo de la auditoría ("la explosión de la auditoría" con el fin de alcanzar la sociedad de la auditoría) reposa más sobre el control de los sistemas que sobre el control de las actividades.
·                     La explosión de la auditoría (su desarrollo explosivo) no resulta en mayor transparencia; no hace más que transferir una parte del poder desde los operativos hacia los auditores.
·                     La función de producción de la auditoría es desconocida. De este modo no se conoce la calidad de la auditoría, su valor agregado.

III - HIPÓTESIS

            Existe una zona borrosa entre la auditoría como idea y la auditoría como técnica. Esto contribuye a su adaptación a todos los cambios reglamentarios pero también a todos los contextos, lo cual ha contribuido a la explosión de la auditoría.

            El fenómeno de la explosión de la auditoría ha podido desarrollarse debido a la existencia de un terreno propicio: la retirada del Estado de los controles directos para mantenerse en un control meramente indirecto (el New Public Management, en adelante N.P.M.), el desarrollo del control interno, la necesidad de más responsabilidad, etc.

            La auditoría financiera ha sido un modelo de referencia para la aplicación de la auditoría en otros contextos. Esto contribuye a establecer una visión particular del control, especialmente referido a indicadores del desempeño cuantificables, los cuales influyen sobre la concepción misma del desempeño.

            Una de las hipótesis principales del autor es el hecho que la auditoría no es neutral y que actúa sobre los auditados, en sus estructuras, en la definición de lo que es importante, por ejemplo. La auditoría puede llegar a ser nefasta en la medida en que puede obstaculizar el desempeño del objeto que controla.

            La auditoría raramente es cuestionada. Si surge una duda (lo cual es obligatorio) se instaura más formalismo, más auditoría (dialéctica del fracaso).

            La auditoría tiene consecuencias más vastas para la sociedad, notoriamente en términos de confianza y de percepción de los riesgos.

IV - MODALIDAD DE DEMOSTRACIÓN

            Power se apoya principalmente en la utilización de ejemplos y en la retórica. Los ejemplos son extraidos de la reglamentación (el asunto se presta para ello), de las instituciones y de la evaluación de éstas pero también de la historia de la práctica, de los manuales y más ampliamente de la "doctrina" en lo relativo a la auditoría.

            Puede decirse que el autor se interesa en un fenómeno en particular (la explosión de la auditoría que conduce a la sociedad de la auditoría). Estudia las causas, las consecuencias, tanto las directas como las más amplias a nivel de la sociedad.

V - RESUMEN DE LA OBRA

1 - LA EXPLOSIÓN DE LA AUDITORÍA

            El control de todos los actos de la sociedad es imposible y aún autodestructivo. Para funcionar la sociedad necesita confianza. Cuando la confianza no es suficiente entonces se hace necesaria la verificación. En estos casos, la verificación reposa ante todo en la confianza. Si el mundo no puede ser sino controlado, no puede serlo sino en confianza. De modo que la sociedad necesita, al mismo tiempo, del control y de la verificación pero igualmente de la confianza. La dificultad radica en asociar ambos términos. Otra dificultad surge de la definición de la forma en que se va a controlar, en la que se va a exigir la rendición de cuentas. estas diferentes formas de rendir cuentas, de controlar, dependen del objeto controlado pero también de las expectativas de la sociedad.

            La auditoría, que es una forma de rendir cuentas, se ha desarrollado ampliamente en Gran Bretaña en los años 80. La auditoría más allá del sector financiero (tradicionalmente controlado en esta forma) ha alcanzado a sectores como la enseñanza, la medicina, la justicia. También se ha visto el desarrollo de organismos públicos de auditoría. La necesidad de verificación se ha acrecentado y esta necesidad se ha canalizado por medio de la auditoría que es una forma especial de controlar.

            Por lo tanto, la auditoría se ha desarrollado no solamente en forma cuantitativa sino también cualitativamente, en el sentido en el cual es ante todo "la concepción" de la auditoría la que se ha extendido. Es en este sentido en el que el autor habla de "explosión de la auditoría" (desarrollo explosivo de la misma).

1.1 - La noción de auditoría: un programa y una tecnología - Power rechaza a priori toda definición precisa de la auditoría porque una definición conlleva forzosamente un alcance normativo. Sin embargo, señala ciertas características: independencia en relación con el sujeto controlado, tecnología de control, declaración de una opinión fundamentada sobre las pruebas y un objeto controlado.

            Es importante que exista una multitud de definiciones que representan situaciones muy diversas. Se plantea por tanto la cuestión de saber si ¿se puede hablar de Auditoría en general propiamente dicha? y si ¿es posible reunir esas prácticas diversas bajo el término genérico de Auditoría?. A partir de esto ¿se puede hablar de una explosión de la auditoría?.

            Paralelamente, el término "auditar" sigue siendo vago pero es esa vaguedad la que permite su aplicación a contextos muy diversos. La auditoría, como toda práctica, tiene una dimensión programática y una dimensión tecnológica (Rose y Miller 1992). A saber, la auditoría es una técnica (muestreos, tests, métodos analíticos, etc.) pero también es una idea, un concepto que le permite estar relacionada con la sociedad y sus expectativas, sus objetivos. De este modo, la explosión de la auditoría se corresponde con la explosión (la expansión explosiva) de una idea que subyace a la noción de auditoría.

            Entonces se plantean unas preguntas: ¿ porqué se ha difundido tal concepción?, ¿por qué ha tomado tanta fuerza?, ¿qué relación existe entre la auditoría en tanto idea con las auditorías en tanto técnicas diversas?, ¿qué implicancias tiene sobre los contextos en los cuales es aplicada la auditoría y sobre la sociedad en general?.

1.2 - El pre requisito: la auditoría financiera - El ideal de la auditoría financiera que corresponde a la concepción de la auditoría se extiende a otros numerosos sectores (explosión). Por lo tanto, al mismo tiempo, la auditoría financiera, en la práctica, resulta cuestionada. Se puede inclusive hablar de fracaso. Entonces resulta paradójico comprobar que la auditoría financiera está, a la vez, en una situación de fracaso y en una situación de éxito. Esto podría encontrarse en la base de un desfasaje entre las distintas expectativas ("expectations gap"). Este desfasaje de las expectativas y la ya mencionada vaguedad constituyen la base del éxito de la auditoría y son necesarias para su expansión (su difusión explosiva).

1.3 - Las causas: una necesidad de actividad y responsabilidad - Las causas de la explosión radican esencialmente en un cambio en la concepción de las empresas y de las administraciones junto con el acortamiento de las distancias entre el sector privado y el sector público. Las expectativas en cuanto a las acciones del sector público se han aproximado a las del sector privado. Se exige más responsabilidad y la capacidad de rendir cuentas, lo que ha permitido el desarrollo de la auditoría, el cual en si mismo ha permitido la legitimación de las acciones de la propia auditoría.

            Por añadidura, el movimiento del "New Public Management" promueve una voluntad del Estado para abandonar las funciones de supervisión, para abandonar su compromiso y retirarse de modo de no constituir sino una instancia de supervisión indirecta, lo cual deja lugar para la auditoría. La auditoría ha sido, igualmente, la solución esperada porque también es una concepción que permite orientar el desempeño de los auditados en términos económicos: rendimiento y eficacia.

1.4 - Los medios: el proceso de la auditoría - La instalación de la auditoría se lleva a cabo por medio técnicos. La cuestión es saber ¿cómo se instituyen estas técnicas y qué legitimidad tienen?. En efecto, las prácticas de la auditoría son consideradas eficaces y por tanto no tienen como única legitimidad más que el sentido común. Aquí nos encontramos ante una solución paradójica.

1.5 - Los efectos y las consecuencias de la auditoría - La auditoría nunca es neutral, en el sentido que se trata de una concepción (una ideología y no una simple técnica). Orienta las relaciones de responsabilidad y las estructuras de motivación. Se puede asistir entonces a una situación de desconexión en la cual el auditado ha colocado una barrera entre la auditoría y su actividad real o una situación de colonización, en la que la auditoría orienta profundamente la actividad del auditado.

1.6 - Las perspectivas: la sociedad de la auditoría - La explosión de la auditoría tiene otra consecuencia, la de cortar el diálogo y por lo tanto la de limitar la transparencia y la democracia. Impone la confianza en la auditoría efectuada. Únicamente el control se vuelve fuente de confianza y el desarrollo de la auditoría contribuye a crear "la sociedad de la auditoría" que exige permanentemente más controles externos e independientes para restablecer la confianza; la exigencia de más control pone en peligro la confianza. La "sociedad de la auditoría" funciona como un círculo vicioso.

2 - FRAUDES, ALCANCES Y CRECIMIENTO DE LA AUDITORÍA FINANCIERA

            La auditoría financiera es una práctica muy antigua y es la que ha influido sobre la práctica de la auditoría en otros contextos (aún cuando estos tengan concepciones muy distintas desde numerosos puntos de vista). La auditoría financiera se ha constituido como el modelo de referencia para todas las auditorías. Power procura demostrar en ese capítulo que, a pesar de su papel como referencia, la eficacia de la auditoría financiera y la pertinencia de sus métodos, siguen siendo vagas. En el fondo, la calidad de la auditoría depende del juicio del auditor; de allí provienen sus cuestionamientos y también sus éxitos.

2.1 - Resumen histórico de la auditoría financiera - La necesidad de la auditoría se ha hecho sentir a partir del momento en que un dirigente ya no fue capaz de controlar a su agente (o de tener confianza en él). Las primeras auditorías se realizaron en forma oral. Las pruebas adoptaban entonces la forma de estimonios. Con la complicación de las transacciones, las pruebas se han transformado en documentos.

            La auditoría financiera tal como la conocemos, apareció en el S. XIX, en el momento en que la dirección se separó de la propiedad de la empresa. La auditoría tenía entonces como objetivo dar fe de la calidad de los estados financieros. A partir de la segunda mitad del S. XIX, la auditoría se convirtió en objeto de legislación y en una obligación para las empresas de rersponsabilidad limitada cuyo auditor debe pertenecer a una asociación profesional reconocida. La auditoría financiera se volvió un "examen independiente de la expresión de una opinión por un auditor calificado sobre los estados financieros de una empresa".

2.2 - La verificación y el control interno - El autor aborda aquí la cuestión del tipo de control a efectuar por parte del auditor financiero. Existe un dilema entre la profundidad de la auditoría (la verificación debe consistir en comparar los estados financieros con las operaciones registradas o con la realidad de las operaciones) y el alcance de la auditoría (es decir el número de transacciones a controlar) sabiendo que la auditoría tiene un costo.

            Una forma de resolver este dilema es apoyarse en el autocontrol ejercido por el auditado sobre si mismo, es decir basarse en el control interno,  para llegar a la auditoría externa. De este modo, el alcance de la auditoría depende de la calidad del control interno y el auditado es un actor activo de su propia auditoría. La auditoría financiera se vuelve, por tanto, una auditoría de sistemas más que una auditoría de la realidad de las transacciones que se controlan.

            De modo general, la evaluación de la auditoría se resume en tentativas de resolución de problemas prácticos bajo las limitaciones de costo.

2.3 - Auditoría, fraudes y alcances - El primer objetivo de la auditoría ha sido (históricamente) la detección de fraudes o errores (examen exhaustivo de todas las transacciones). No fue sino hasta mediados del S. XX que el objetivo de la auditoría pasó a ser la emisión de una opinión sobre los estados financieros de forma progresiva (para los prácticos). Las expectativas del público, los beneficiarios de la auditoría, no requerían más que la detección de los fraudes, de donde se desprende la existencia de un desfasaje en materia de expectativas (se ubica también aquí, pero en forma diferente, la cuestión de saber si la auditoría debe controlar los sistemas o la realidad de las transacciones). De allí nace igualmente la cuestión de la extensión de la responsabilidad de los auditores.

            A nivel técnico, es importante anotar que la "caja de herramientas" del auditor no es complicada y se asienta principalmente sobre el juicio (el buen criterio) de una persona: el auditor. Por lo tanto, para preservar la existencia de la auditoría se hace necesario "embellecer" la situación para presentarla al gran público (haciéndola parecer una técnica "complejísima"), para preservar una vaguedad que es necesaria para la existencia misma de la auditoría, desde donde surge un desfasaje en las expectativas. El auditor es incapaz de detectar todos los fraudes y es preciso, por lo tanto, que el gran público crea lo contrario.

2.4 - La auditoría y la dialéctica del fracaso - Como las expectativas acerca de la auditoría se basan en la detección de los fraudes, el auditor enfrenta frecuentemente la situación de fracaso. Es difícil, en el caso de una quiebra cuando los estados financieros fueron certificados, saber si se trata de un fracaso del auditor o no (es decir, si la quiebra era previsible o no). De este modo, el auditor se dirige al fracaso (por lo menos en las expectativas de los beneficiarios).

            Ante cada oleada de fracasos de la auditoría sobreviene una nueva reglamentación, una nueva reforma de los procedimientos para volver a insuflar confianza en la auditoría. En esa forma la auditoría se institucionaliza más y más, formalizada (paradójicamente) a impulsos del hecho que está destinada a fracasar.

2.5 - La oscuridad esencial de la auditoría - Existe una falta de claridad respecto al valor agregado de la auditoría. No es posible medir la calidad de una auditoría, la calidad de una certificación. No se conoce la función de producción de la auditoría, no la conocen los mismos auditores, a partir de lo cual existe una oscuridad (opacidad) en cuanto al conocimiento del par costo-certidumbre en la auditoría.

            De esta oscuridad nace la importancia de la reputación de los estudios de auditoría (estudios contables-jurídico-notariales, etc., etc.) (la calidad del buen criterio, del juicio, de un auditor, se comprueba con el tiempo) y la importancia para los profesionales de que se confíe en ellos. Si la buena reputación no fuera tan importante en el "mercado de la auditoría" (para lo cual sería preciso conocer la función de producción) éste resultaría penetrable para los no profesionales (para quienes no son auditores). Esta situación podría llevar a la desaparición de la auditoría. La incertidumbre confiere cierto poder a los auditores. El nivel de incertidumbre permite que el auditor viva y se adapte a los cambios reglamentarios y aún que extienda sus actividades (y sus "métodos") a otros contextos.

2.6 - El auditor en el sector de los servicios financieros - La auditoría está ubicada en el corazón del sector financiero. Si la confianza en el auditor se derrumba, la confianza en la reglamentación del sector financiero se derrumba con él. A pesar de la que la auditoría esté condenada a "la dialéctica del fracaso" (acción - fracaso - más reglamentación - nuevo fracaso y así sucesivamente), esta práctica persiste con el objeto de mantener la confianza en el sistema. Ante cada episodio de crisis de la auditoría, los fracasos son particularizados para poder mantener la idea de que la auditoría es un buen sistema de control (el sistema es bueno, los malos son únicamente los Peirano o los Rohm).

            Para preservar la confianza se formalizan las prácticas ya institucionalizadas. Mientras que esta formalización (reforma) es objeto de una negociación entre la profesión y los diferentes estamentos reglamentarios, el resultado (en cambio) es el fruto de un juego político.

2.7 - El sistema de la auditoría financiera - Por lo tanto no hay otra cosa que el aspecto reglamentario, oficial, que permita asegurar una cierta confianza en la auditoría. Se trata simplemente del primer nivel de un sistema que, en su conjunto, asegura la estabilidad de la auditoría. El segundo nivel es el que permite a todos los profesionales adquirir esos conocimientos oficiales (que constituyen el primer nivel). Se trata de un proceso de formación y de socialización.
           
            El tercer nivel es el de la práctica, el del establecimiento de un juicio sobre los estados financieros. Se trata de conciliar las presiones económicas con el nivel de seguridad necesario acerca de la veracidad del objeto estudiado. El cuarto nivel es el punto donde se reúne la práctica (tercer nivel), los conocimientos oficiales (primer nivel), el sistema formativo (segundo nivel), con el nivel de calidad requerido por el medio en el cual se desarrolla la auditoría (esto es, las expectativas de quienes recurren a la auditoría, los usuarios, quienes la pagan).

3 - LA AUDITORÍA Y LA REINVENCIÓN DEL GOBIERNO

            En este punto el autor se interesa en las causas de lo que llama "la explosión de la auditoría", es decir el hecho que la auditoría se esté aplicando no solamente en el sector financiero sino extendiéndose a otros dominios.

            A partir de los años 90, se ha desarrollado la voluntad de instalar un buen gobierno de las empresas (la buena gobernabilidad de las empresas). Esta gobernabilidad puede definirse de muchas maneras aunque en todas hay un elemento que aparece muy a menudo: el de la importancia del control interno. El autor examina tres "programas" para la intensificación de la gobernabilidad de las empresas, el lugar que ocupa la auditoría en tales cambios y los límites que ésta encuentra.

3.1 - La internalización de la gobernabilidad: el New Public Management y la auditoría de optimización de los recursos - El primer programa estudiado es el del N.P.M. que tiene por objeto introducir o imponer el "espíritu empresarial" en la maquinaria del Estado e introducir los mecanismos de mercado en el funcionamiento de éste (parte del recetario neo liberal que aplicó la Thatcher (Margaret, 1979-1989). El programa se introdujo aduciendo la necesidad de reducir los impuestos pero también para desvincular al Estado de la esfera económica. Una tercera causa, muy sensible, era la necesidad de una mayor responsabilidad de los servicios públicos. El hecho de considerar el aspecto financiero como central y una voluntad de control a distancia permitieron que la auditoría se desarrollara bajo tal programa.

            La forma (o el modo) de auditar que se desarrolló no es la copia idéntica de la auditoría financiera. Se trata más bien de una auditoría de optimización de los recursos que se concentra en tres puntos, las tres "E" : economía, eficacia y eficiencia. Sin embargo, existe un dilema en el seno mismo de la auditoría para la optimización de los recursos: la necesidad de economizar para preservar los recursos fiscales es antagónica con la intención de alcanzar una mayor calidad de los servicios públicos. La auditoría, en este marco, también pretende aparecer como políticamente neutral, es decir como si no privilegiara una de las direcciones en desmedro de la otra. Sin embargo esto es imposible.

            El desarrollo de la auditoría en el programa del N.P.M. ha sido acompañado por un resurgimiento (o desarrollo) de las instituciones de auditoría pública (aunque estas existieran de tiempo atrás). En Gran Bretaña hay dos órganos de auditoría pública: la Oficina Nacional de Auditoría, que tradicionalmente ha sido el órgano supremo en la materia y que tiene el cometido de controlar y evaluar las acciones del Ejecutivo, reportando al Parlamento (en forma similar al Tribunal de Cuentas en Uruguay). Este organismo (en teoría) debe ser políticamente neutral, en el sentido que no debe evaluar sino los medios aplicados por el Ejecutivo para llevar a cabo lo dispuesto por el Parlamento (el presupuesto).

            El segundo organismo es una Comisión creada con el propósito de aplicar el programa N.P.M. Es un organismo creado por el Poder Ejecutivo pero que puede rendir cuentas también al Secretario de Estado. Las auditorías llevadas a cabo por la Comisión son para la optimización de los recursos en el espíritu del N.P.M. (un objetivo "de achique" más o menos parecido al de la remozada Auditoría Interna de la Nación en Uruguay). Aquí también se plantea la cuestión de la neutralidad de la auditoría pública. El objetivo principal de la Comisión es recortar los gastos públicos, de modo que las auditorías que lleva a cabo se orientan en forma preponderante a una auditoría económica más que a una auditoría de las tres "E". Esto es tanto más cierto en tanto la Comisión ha recurrido, regularmente, a estudios privados para hacer las auditorías y estos estudios están forzosamente impregnados de las técnicas de la auditoría financiera.

            La auditoría de optimización (las tres "E") puede aplicarse en diferentes formas porque existe un margen de maniobra en ella. Esta oscuridad o vaguedad en los objetivos de la auditoría de optimización (como también se vio en los de la auditoría financiera) permite su existencia y su evolución de acuerdo con las circunstancias. De este modo evoluciona para privilegiar la economía (el recorte) más que la eficacia o, a la inversa, haciendo cohabitar objetivos que son, por definición, antinómicos.

            Power subraya otro problema. La auditoría necesita medidas cuantitativas como prueba para establecer un juicio. Más allá de que la medida de la eficacia en los servicios públicos no es siempre evidente o no ha sido definida antes que la auditoría de optimización se lleve a cabo, dicha auditoría tiende a "construir" el desempeño a través de la "construcción" (definición) de los indicadores de este desempeño, de la misma manera que va a verificarlos. Más aún, sabiendo que la auditoría de optimización está fuertemente influida por la auditoría financiera, las medidas de eficiencia (la medida de la forma como se hacen las cosas) y de economía (los costos) tendrán tendencia a predominar sobre las medidas de eficacia (que es lo que se hace). Se puede afirmar que la auditoría de optimización es cualquier cosa menos neutral.

3.2 - La internalización de la gobernabilidad: reglamentación y desarrollo del control interno - La redefinición del papel del Estado, en tanto controlador exterior de los servicios públicos se ha desarrollado en forma concomitante con una discusión acerca de la autorregulación y se percibe la aparición de una nueva capa de estratos reglamentarios, donde las auditorías sirven de intermediarias entre estos estratos, lo cual contribuye a "la explosión" de la misma.

            El Código Cadbury se inscribe en esta perspectiva. Pone en el centro de la reglamentación el control interno pero igualmente la gestión de los riesgos que le corresponden. De este modo, el Consejo de Administración se plantea la pregunta ¿cuál es la naturaleza del control?. ¿El auditor debe controlar que la relación existe y al mismo tiempo debe verificar la eficacia del control interno?. De hecho, ante el riesgo que "el control del control" no verifique la realidad económica, la auditoría externa no controla sino los sistemas. El resultado es una evolución del papel de la auditoría. Debe hacer visibles las disposiciones internas de control aplicadas por las empresas. Anotemos que las nuevas misiones del Consejo, encomendadas por el Código Cadbury en materia de control interno, se han vuelto también razones para la "explosión de la auditoría".

3.3 - La internalización de la gobernabilidad: la auditoría de calidad y la auditoría ambiental - El tercer programa estudiado por el autor es el del desarrollo de la auditoría de la calidad y particularmente la auditoría ambiental que es una forma de auditoría de la calidad. Aunque la calidad siempre ha estado en el centro de la preocupación de las empresas, ella misma ha cambiado durante los años 80. En el pasado la preocupación radicaba en la calidad de los productos, ahora recae sobre todo en la calidad de los procesos. De este modo, la calidad se ha convertido en una noción de gestión, notoriamente a través de la noción de calidad total.

            El espíritu de la calidad total es el de montar una organización interna activa capaz de generar calidad. La calidad total, que como se ha dicho, atañe a los procesos, no constituye una búsqueda de la excelencia sino una conformidad con normas de calidad pre establecidas para esos procesos.

            De este modo, la auditoría encuentra su lugar en la garantía de calidad, en el acuerdo con las normas. La auditoría es tanto más necesaria en cuanto la calidad es un concepto vago, invisible, y que es preciso garantizar para volverlo creíble a los ojos del mundo exterior y esto bajo la forma de una auditoría. Es necesario recordar igualmente que esta necesidad de calidad ha alcanzado tanto al sector privado como al público (auditoría de la eficacia).


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Trabajo aceptado y nunca publicado


II Jornadas de Gestión Universitaria Integral de la Facultad de Psicología – Ponencia “Condiciones y Medio Ambiente de Trabajo y Estudio”

FUNCIONARIOS DE LA UNIVERSIDAD DE LA REPÚBLICA:  SUS TRABAJOS Y SUS DÍAS
Lic. Fernando Britos V. – 9 de abril de 2010

RESUMEN   
Este trabajo está apuntado a la prevención del “trabajo sucio” y por ende a enfrentar el sufrimiento que este tipo de actividades provoca así como los problemas que plantea a la Universidad de la República y al cumplimiento de sus cometidos fundamentales para el país. Comienza con una definición de lo que se da en llamar “trabajo sucio” y las diferentes categorías que pueden distinguirse, sobre la base del fenómeno de la estigmatización o el desprestigio que es esencial en el mismo. Se hace referencia a los mecanismos de defensa, individuales y colectivos, que los trabajadores adoptan para protegerse de la estigmatización, del sufrimiento y del deterioro de su identidad. Se dedican algunos párrafos a las evidencias que indican que el trabajo universitario es percibido como “trabajo sucio” y en particular el que desempeñan los funcionarios no docentes de la Universidad de la República. Finalmente se plantean algunas inquietudes y propuestas respecto a los mecanismos de defensa colectivos y más concretamente los institucionales que podrían desarrollarse para desvelar, prevenir y enfrentar el “trabajo sucio” en términos concretos.






1 - Distintos tipos de “trabajo sucio”
Los años y de los episodios que acaecen demandan nuestra reflexión sobre la condición de funcionario de la Universidad de la República y, en especial, acerca del sufrimiento en el trabajo, siguiendo las enseñanzas de Christophe Dejours (1). El asesinato de Miriam Soto nos enfrenta brutalmente con la urgencia de un abordaje  impostergable. Que esta compañera haya sido víctima de un atentado terrorista no puede ser confinado en el terreno de lo episódico, terrible y ajeno. Mientras las posibilidades de que se haga justicia se desvanecen debemos manifestar que esta es un hecho desgarrador y profundamente nuestro que nos reclama un análisis concreto y a fondo de la condición de funcionario universitario y del sufrimiento en el trabajo. Tal vez sea el mejor homenaje a quienes han dedicado su vida a servir a la Universidad de la República y la han perdido, como Miriam, o han visto quebrantada su salud y amargada su existencia por razones cuyos orígenes se encuentran, inevitablemente, en su trabajo.
Empecemos con algunas consideraciones sobre los llamados “trabajos sucios”, aquellos que la sociedad estima necesarios pero que, al mismo tiempo, considera, hipócritamente, como manchados, contaminados, carentes de prestigio o sencillamente de mala fama, es decir estigmatizados (2). El fenómeno mismo de la estigmatización, siendo como es una construcción social, no está desprovisto de valores, en el sentido que no es imputable a una sociedad abstracta sino a una en condiciones concretas, históricas, sociales y políticas.
La estigmatización tiene un fuerte sentido ideológico: los excluidos, los marginados, los contaminados, lo son desde el punto de vista ideológico de las clases dominantes y no desde el de una sociedad abstracta como lo recordaba Alvin Gouldner (3). La estigmatización sirve para relegar a ciertos grupos, etnias o clases sociales y, en concreto, permite pagar menores salarios, brindar menor reconocimiento con todo lo que ello implica (peor educación, precaria atención de la salud, peor vivienda, bajos salarios, ausencia de prestaciones, etc.) pero también para que lo debido se transforme en dádiva y para quienes, estando en el mismo barco, se aseguren un camarote confortable y ,al final, un puesto en el bote salvavidas.
            Los “trabajos sucios” se incluyen en algunas  de estas categorías:
a) Trabajos que se consideran físicamente contaminados, ya sea por los peligros que pesan directamente sobre la integridad física (bomberos, policías, obreros de canteras o de la construcción, taxistas nocturnos, etc.) o por su contacto con fluidos o deshechos corporales, basura, material contaminado (por ejemplo: médicos forenses, enfermeros, camilleros, matarifes, sepultureros, limpiadores, basureros, hurgadores, etc.). Algunos son gozan de cierto prestigio pero ello no excluye el estigma de tipo físico.
b) Trabajos socialmente estigmatizados, ya sea por el papel que juegan en la división del trabajo (trabajos de bajo o nulo prestigio, repetitivos, extendidos, pesados, invasivos, poco visibles, que no se limitan al trabajo manual, como por ejemplo el de ciertos operarios, porteros, vigilantes, serenos, digitadores, archivistas, etc.), o bien por su contacto ocupacional con grupos o personas estigmatizados (guardias carcelarios, asistentes sociales, enfermeros psiquiátricos, administrativos de pompas fúnebres, etc.). El grado y la forma de estigmatización social más frecuente tiene que ver con la relación que mantienen ciertos trabajadores con el poder; los excluidos formalmente del mismo – como es el caso de los funcionarios no docentes de la Universidad de la República – pueden mantener cierto prestigio pero, en general, no obtienen reconocimiento alguno y sufren una estigmatización sensible. Ciertos oficios o trabajos son estigmatizados socialmente por lo que se percibe como una condición de servilismo o servidumbre (por ejemplo, el trabajo doméstico, remunerado o no, los hurgadores, los limpiadores, las secretarias, los porteros, los repartidores, etc., etc.).
c) Trabajos moralmente estigmatizados: los que suelen considerarse como al margen de las normas, ya sea en forma potencial o real, o los que se comprenden actividades comúnmente censuradas o delictivas (por ejemplo: bailarines desnudistas, animadoras, vedettes, patovicas y guardaespaldas, cobradores, corredores de apuestas, quienes practican la prostitución, los que explotan los chismes de la farándula, traficantes, contrabandistas, etc., etc.).
Muchos oficios o actividades son estigmatizadas según dos o todas las categorías pero basta que se configuren los indicadores de una de ellas para que un oficio deba ser considerado como “sucio”. Algunos expertos tienden a interesarse en los estigmas de tipo físico y más precisamente ergonómicos, por ejemplo los riesgos y percepciones que acompañan a los trabajos de gran exigencia física y de esfuerzo continuado o que afectan los sistemas, visual, auditivo, nervioso, músculo-esquelético, etc.. A veces no se va más allá  de la determinación del trabajo insalubre en sentido convencional. Si bien el deterioro físico y las lesiones de todo tipo deben ser prevenidas esto no agota los problemas relativos al malestar psicofísico, al aislamiento y la soledad, la exclusión y la invisibilidad social, la falta de perspectivas y de incentivos (incluyendo los económicos), la rutina y sobretodo el deterioro de la identidad de los trabajadores, entre  otros asuntos que requieren nuevos enfoques, nuevas disciplinas como la psicopatología del trabajo entre otras.

2 – Trabajo sucio, estigmatización, sufrimiento en el trabajo y mecanismos de defensa
Para enfrentar el sufrimiento en el trabajo y superar los efectos perniciosos del estigma (esto es de un estereotipo negativo que pesa sobre el oficio y por extensión tiñe la vida del trabajador, invade su intimidad y la de su familia) los trabajadores desarrollan, en forma más o menos consciente, mecanismos de defensa individuales y colectivos. Estos no siempre son eficaces y suelen fallar o verse rebasados. Cuando eso sucede el desenlace puede ser catastrófico y puede acarrear desde la pérdida de la vida por accidentes o suicidio hasta la incapacidad o enfermedades graves.
Los estigmas y estereotipos más conocidos (pero no menos insidiosos) son los vinculados con la discriminación de género, sexual, racial, religiosa, filosófica o política. Estos estigmas pueden combinarse e interactuar potenciándose de modo que no es preciso recordar los vuelos de la muerte  o las dificultades para investigar a fondo los crímenes del terrorismo de Estado, para enjuiciar a los culpables y para reparar sin mezquindades a quienes sufrieron mayor perjuicio por la dictadura en nuestro país, para sopesar el alcance deletéreo y perdurable de semejantes combinaciones extremas.
Erving Goffman (4) demostró, que los estigmas atacan la identidad de las personas y los grupos, incluyendo naturalmente las clases sociales. Una identidad deteriorada, una autoestima erosionada por el menosprecio y la exclusión, no solamente hace más difícil el trabajo cotidiano sino que es la puerta abierta para todo tipo de enfermedades y afecciones individuales y trastornos colectivos. La identidad deteriorada es la expresión más sensible del sufrimiento en el trabajo.
Algunos de los mecanismos más frecuentes son: la negación (que implica cierto grado de disociación y/o aislamiento, por ejemplo mediante el desarrollo de una especie de “doble vida” por personas que en su casa o en su barrio no hablan de su trabajo o incluso ocultan o maquillan el modo en que se ganan la vida como forma de evitar el estigma); el desplazamiento (mediante el cual la persona deposita en otros o en aspectos parciales de su trabajo el origen del estigma) o la proyección (cuando se atribuye a otros individuos la carga del estigma propio del trabajo sucio).
Muchas veces no se percibe una línea divisoria nítida entre los mecanismos individuales y los colectivos. Son raros los casos en que no existen mecanismos colectivos pero cuando se debilitan o erosionan resulta muy difícil que los  individuales sean capaces de resistir la censura y descalificación, lo cual acarrea quebrantos de la salud psicofísica, aislamiento y pérdida de contacto con la realidad, accidentes de trabajo, etc.
Los mecanismos de defensa colectivos deben ser estudiados en términos concretos durante periodos prolongados y no es fácil que una simple encuesta o un conjunto de entrevistas permitan apreciarlos en funcionamiento. La mayoría de las personas que se ocupan en “trabajos sucios” son conscientes del estigma o de algunas de sus manifestaciones asociadas y adhieren de uno u otro modo a ciertos tipos de ideologías ocupacionales. Dichas ideologías ocupacionales son explicaciones, racionalizaciones o creencias que los trabajadores elaboran para amortiguar los efectos de la estigmatización al acentuar los aspectos positivos de su labor y quitarle relevancia a los negativos.
En algún caso las ideologías defensivas pueden implicar cierto grado de confrontación con la percepción social o el desprestigio que expresa el estigma. A veces esa confrontación asume formas humorísticas, bromas o rituales, mediante los cuales el colectivo estigmatizado intenta aliviar las tensiones, desviar la mala fama y reivindicar el ejercicio de su trabajo. La confrontación también se dirige contra quienes hacen caudal de la estigmatización y esto implica una actitud más reactiva ante conductas presuntamente inapropiadas de otros actores sociales.
Los más importantes mecanismos de defensa colectivos son aquellos que se basan en la solidaridad, solidaridad entre trabajadores, solidaridad de grupo o de clase. La solidaridad tiende a generar verdaderas redes sociales de protección no solamente para los trabajadores sino para sus familias. La solidaridad permite destacar los aspectos positivos del trabajo, apoyar a quienes se inician y rodear a quienes enfrentan dificultades. Uno de los aspectos importantes de estas redes, institucionalizadas o no, es el de promover la socialización de la experiencia.
Muchas veces los intercambios no van más allá de un “momento catártico” donde los trabajadores intercambian quejas, se expresan libremente sobre las dificultades que encuentran pero no promueven soluciones o actitudes colectivas para cambiar la situación. Sería un error menospreciar estas instancias porque en realidad son una válvula de escape y de intercambio de experiencias que fortalecen la solidaridad entre quienes hacen  el “trabajo sucio”.
Los mecanismos colectivos de defensa pueden adoptar la forma de mecanismos institucionales. Cuando las instituciones asumen seriamente la necesidad de defender a sus trabajadores generan procedimientos como, por ejemplo, el entrenamiento para el manejo de la tensión, la rotación de los trabajadores más expuestos, periodos sabáticos, programas asistenciales y de prevención de la salud, respaldo para el estudio y la modificación de las condiciones de trabajo, sitios web para intercambio de información profesional específica, colonias de vacaciones y salario vacacional, programas de alcance familiar con atención y respaldo para niños, jóvenes y ancianos, guarderías, gimnasios, apoyo pre jubilatorio, etc., etc.
Como es fácil darse cuenta los mecanismos institucionales no funcionarán si quienes dirigen no tienen una valoración adecuada del trabajo que llevan a cabo sus funcionarios. Cuando esta valoración es inadecuada o meramente convencional, la organización no solamente desaprovecha las oportunidades para desarrollar y mejorar los mecanismos colectivos de defensa sino que puede ser un ingrediente más del proceso de la estigmatización y del desapercibido deterioro de la autoestima e identidad de los trabajadores.

3 - Evidencias del estigma que pesa sobre quienes trabajan en la Universidad
Por definición los “trabajos sucios” tienen una pretensión uniformizante, es decir que el estigma o menosprecio que los caracteriza establece pocas diferencias entre las más altas jerarquías y los más noveles o modestos de los funcionarios. Sin embargo, el estigma puede convivir con el prestigio y naturalmente con el desprestigio en forma corriente y a veces contradictoria o ambigua. Un ejemplo es el de los médicos forenses quienes ocupan la cúspide de quienes trabajan con cadáveres (en el otro extremo están los sepultureros y los evisceradores). Comparten el estigma que implica tratar cotidianamente con cuerpos muertos pero son “doctores” y en cierto sentido “señores de la muerte” en la medida que aparecen como los descubridores de la verdad final en casos generalmente muy mediáticos.
Ser Rector, Decano, Director de una Escuela o catedrático, por ejemplo, conlleva un justo prestigio que resguarda, hasta cierto punto, a quienes ocupan esos puestos de las consecuencias de la estigmatización, pero el estigma es el resultado de un conjunto de percepciones cuyo arraigo en el imaginario colectivo es promovido, muchas veces en forma no deliberada, y que son “corroboradas” por hechos concretos. Por ejemplo, un factor de desprestigio para la Universidad de la República es su aparente conservadurismo, su pesadez e ineficiencia para cambiar su modalidad o adoptar nuevas prácticas. Que esta percepción pueda ser exacta o no resulta secundario cuando caemos en cuenta que pasan los años y las décadas y la Ley Orgánica permanece inmutable, la estructura federal impertérrita y el juego de suma cero se enseñorea de todos los ámbitos y conduce al fracaso a las mejores intenciones de reforma.
Nadie está totalmente a salvo de estas formas de desprestigio. Dentro del circuito cerrado de la cúpula de una organización es capaz de traducirse como resignación, impotencia o con el conocido reflejo de condenar al mensajero. En el caso de la Universidad, donde más fuertemente se manifiesta una forma de estigmatización social, es en actitudes hacia los llamados funcionarios no docentes. La misma denominación “no docentes” es una definición que los uniformiza por la negativa, se trata de los excluidos, las ‘no personas’ de la Universidad de la República. Este no es un problema de nominalismo sino simplemente una expresión de vieja data que refleja la exclusión original de varios miles de funcionarios de la calidad de universitarios, legalmente ajenos al cogobierno y con una “identidad deteriorada”.
Los extraordinarios esfuerzos que ha realizado la Universidad en los últimos tiempos para mejorar las remuneraciones de los universitarios – que en términos absolutos y relativos siguen figurando entre las más bajas de América Latina – no han sido capaces de superar una de las consecuencias del desprestigio. Esto es especialmente sensible entre los funcionarios no docentes de carrera y hace muchos años lo sintetizaba una compañera diciendo “cuando digo donde trabajo no digo cuanto gano y cuando digo lo que gano no digo donde trabajo”. En suma, las bajas remuneraciones son un indicador de fallas en el reconocimiento del valor social de una ocupación, precisamente uno de los indicadores de “trabajo sucio”.
Los escalafones no docentes típicos son cinco: A (Profesional), B (Técnico), C (Administrativo), D (Especializado), E (Oficios), F (Servicios Generales). Además existen tres escalafones accesorios cuya real existencia tiene que ver, precisamente, con la necesidad de salvaguardarlos de la estigmatización y de darle a las cúpulas mayor “libertad” para designar y promover personal de confianza. Entre estos escalafones están el R (engañosamente denominado de Renovación Permanente de Conocimientos) cuya principal característica radica en burlar la carrera funcionarial y escalafones de Analista y Analista Programador del Hospital de Clínicas y del Servicio Central de Informática que son una aberración desarrollada bajo la invocación de circunstancias de mercado. Los tres comparten una remuneración especial, cuestión no menor a la hora de establecer si pertenecen o no en la categoría de “trabajo sucio”.
Por otra parte, los funcionarios universitarios - incluyendo a los docentes quienes tratan desesperada e infructuosamente de escapar del estereotipo - están incluidos en la clásica etiqueta de los funcionarios públicos: “burócratas”, “acomodaticios”, “inútiles”, “ineptos”, “corruptos”, “ñoquis”,” incapaces” y por añadidura “inamovibles”. La función pública no electiva (es decir todos los cargos de carrera y no políticos o de particular confianza) caen, a pesar de un mayor o menor prestigio, dentro de la categoría de “trabajo sucio”. Entre ellos, también es obvio que el escalafón de Servicios Generales es la cenicienta más estigmatizada y por ende empieza más abajo y a gatas alcanza a la tercera parte del desarrollo de los escalafones que tienen algún prestigio.
Estas inequidades en la estructura escalafonaria no solamente implican inexplicables diferencias salariales (igual trabajo, distinta remuneración; igual remuneración, distinto trabajo) sino que son la expresión más clara de las limitaciones o inexistencia de la carrera funcionarial. Desde 1985 a la fecha la Universidad ha realizado intentos para dotarse de algunos elementos de política de personal pero hay que señalar que carece de la misma en el sentido de una concepción articulada, flexible, transparente y moderna. Un funcionario no docente difícilmente podrá tener más de dos o tres ascensos en toda su trayectoria. Los concursos se dilatan y complican en forma extraordinaria y no hay perspectivas claras de carrera desde el momento en que nunca se sabe exactamente cuales son las vacantes, donde están y cómo son los cargos. El proceso de provisión de estos, al culminar los concursos, se transforma en un vergonzoso peregrinaje y en dilatadas manipulaciones. Este es un claro indicador de “trabajo sucio”.
La participación de los funcionarios en las instancias de intercambio de ideas y de decisión que les afectan es muy limitada, en lo fundamental por la discriminación que sufren los no docentes. Debe señalarse que su inclusión formal en el cogobierno resultará en un nuevo y estrepitoso fracaso si no se atacan las razones de fondo que están en el origen del bajo prestigio y que son el motor de la estigmatización. La invisibilidad de los funcionarios no docentes no es un fenómeno óptico y su exclusión o menosprecio no son fenómenos puramente formales o protocolarios sino que responden a una visibilidad o relevancia social. Los funcionarios son relevantes por defecto, es decir solamente se percibe su ausencia o su ineficiencia mientras que su eficacia, su aporte, su iniciativa por lo general son sencillamente ignoradas. Esto hace que su trabajo caiga en la categoría de “trabajo sucio”.
La relación entre un aparato de gestión formado por funcionarios de carrera, funcionarios cuya profesión es atender las distintas actividades que requiere la gestión de una organización compleja y las autoridades electivas (y la Universidad de la República es mucho más compleja que la más compleja de las empresas públicas o privadas) siempre entraña una tensión que no siempre se resuelve bien y nunca se produce sino a través de un proceso. También sería una ingenuidad imperdonable el ignorar que los aspectos estructurales formales (incluyendo los escalafones, el salario, las promociones, las competencias, la representatividad, la participación, etc.) están entretejidos, a veces disimulados y siempre confundidos con una serie de relaciones informales, usos y normas no escritas y también inconfesables, con los cuales “se acomodan las cargas”. Esto comprende las pequeñas y grandes manipulaciones, la dadivosidad, los dones o la tolerancia mutua entre actores que tienen sus prácticas inextricablemente entrelazadas. Estos “intercambios” también tienen como objeto aliviar los estigmas del trabajo sucio y son, en cierta forma, parte endeble de los mecanismos de defensa colectivos.
En la Universidad se producen muchísimos más cambios de gobierno cada cuatro años que en la totalidad de la administración pública cada cinco años y eso acarrea una experiencia bastante grande en la cual algunos fenómenos tienden a repetirse. Uno de ellos, por ejemplo, es el de que un nuevo jerarca electo y sus colaboradores (cargos de confianza) por lo general tienen preconceptos muy teñidos por la estigmatización de los funcionarios no docentes. Cada uno de los aspirantes quiere “torear con su cuadrilla” y busca rodearse de una corte de cargos de confianza. Muy pocas veces se percibe el valor que representa la experiencia acumulada por los funcionarios y esto genera la proliferación de “cargos de confianza” (escalafón R y otras formas de paracaidismo), el desplazamiento o desconocimiento de la carrera funcionarial y profundas confusiones, deliberadas o no, en la forma en que se maneja la responsabilidad (y naturalmente la autoridad) en cuanto a cargos de línea y cargos de staff o asesores.
Esto ocasiona, por ejemplo, que al cabo de un concurso de ascenso, se complique la provisión de vacantes porque los jerarcas se resisten a incorporar a funcionarios que no conocen, y que suponen de antemano ineptos, al tiempo que intentan mantener al bueno o “al malo conocido” mediante maniobras y dilatorias o a “traer” de otros servicios a sus fieles pasando por encima de la prelación y otros principios de buena y legal administración. Estos hechos terminan siendo infamantes para todos los funcionarios universitarios, incluyendo a quienes los promueven.
Como es de suponer, las funciones de gestión resultan forzosamente degradadas o menospreciadas lo cual se traduce en una pasmosa ignorancia de los problemas administrativos y logísticos por parte de las autoridades. Un trato cordial, tolerante, meticuloso, permisivo o dadivoso, va acompañado, muchas veces, por un menosprecio por la tarea y las funciones que desempeñan los funcionarios no docentes. Algunos universitarios consideran a sus compañeros a través del mecanismo del desplazamiento como los burócratas que se empeñan en trabar sus iniciativas o personas dedicadas a hacerles cumplir requisitos estúpidos e inútiles. Hay que analizar los discursos para darse cuenta como opera la invisibilidad de los funcionarios responsables de la gestión y el menosprecio del que son sistemáticamente objeto. Los ejemplos abundan.
Reiteradamente aparece la concepción subyacente de que el trabajo de gestión es “trabajo sucio” por lo que se piensa que solamente recurriendo a la cúpula tecnocrática o a consultores externos es posible conseguir resultados. Para muchos desprevenidos, prestigio y aptitud son equivalentes porque, consciente o inconscientemente, identifican al “trabajo sucio” con el manido estereotipo de la ineptitud, la holgazanería y la pasividad de los “funcionarios públicos”. 
En los “trabajos sucios” la identidad de las personas resulta deteriorada y esto está relacionado con la invisibilidad de los funcionarios comunes, el menosprecio de sus capacidades y su experiencia y el conocido esquema del “da lo mismo” (da lo mismo que trabajen o que no trabajen, da lo mismo que vengan o que no vengan). La peor destrucción de la autoestima se registra cuando un funcionario es compelido a asumir como suyo el “da lo mismo”, ya sea por las circunstancias, por el aislamiento o por el rebasamiento de sus mecanismos de defensa. Esto va de la mano con una especie de tolerancia a las irregularidades que algunos jerarcas universitarios practican ingenua o deliberadamente. Esta supuesta tolerancia no solamente tiene que ver con la invisibilidad de los funcionarios sino que es funcional al refuerzo del estereotipo del funcionario inepto y atorrante que sirve para justificar el estigma. Contradictorio pero real: mecanismos informales de defensa que, a un tiempo, actúan para desviar o atenuar el estigma y por otro lo refuerzan.



4 - Mecanismos institucionales contra la estigmatización
            Cada uno de los funcionarios universitarios (docentes y no docentes) empleamos mecanismos individuales de defensa contra la estigmatización. Uno de esos mecanismos consiste en considerar el fenómeno (la presencia del estigma) como una “agresión gratuita” o un simple acto de difamación: es la negación. Quienquiera que trabaje está expuesto a cuestionamientos y esto, de por si, es natural y debe verse como un insumo y no necesariamente como una agresión. La negación es un procedimiento frecuente en todos los órdenes de la vida pero, como mecanismo individual para enfrentar el estigma, es endeble y su rebasamiento debido a la tozudez de los hechos deja inerme a quien lo esgrime.
            Un vistazo a los mecanismos de defensa colectivos y dentro de estos los institucionales, a su existencia o sus limitaciones confirmarque el trabajo en la Universidad es “trabajo sucio”. Como vimos, el desarrollo de ideologías ocupacionales es una de las formas clásicas de defenderse contra las descalificaciones que amenazan la identidad de los trabajadores. Un componente de esas ideologías es el enaltecimiento al destacar los aspectos positivos de la labor y relegar a un segundo plano lo negativo. Los gobiernos universitarios del pasado han demostrado una especial resistencia a admitir críticas y un rechazo genérico a cualquier propuesta que ponga en cuestión el statu quo o que promueva la alteración de un equilibrio enervante y celosamente preservado por la mayoría de los actores.
            En una institución donde se articulan tantos tipos de trabajos, actividades y ocupaciones diferentes fracasan las taxonomías funcionalistas pero también se posibilita la conjugación de distintas ideologías defensivas. Una de ellas es la del desplazamiento y en tal sentido, los candidatos óptimos para la aplicación del estigma de los funcionarios públicos son los no docentes. Al enaltecer la función docente al tiempo que se acentúa el desprestigio de ciertos trabajos, ocupaciones o escalafones dentro de la Universidad resulta claro que estos últimos cargarán, por desplazamiento, con el estigma del “trabajo sucio”.
            Entre los no docentes existe cierta consciencia de que “estamos todos en el mismo barco” pero alcanza con leer la Ley Orgánica (o la NLO) o examinar las principales normas o resoluciones que afectan a los funcionarios no docentes para darse cuenta que, como en los barcos de inmigrantes,  existe una cubierta de tercera, oscura, con pasaje barato, mala comida y perspectivas diferentes (aún ante la eventualidad de tempestades o naufragios) y que muchos actores universitarios evitan esa percepción a toda costa y por lo tanto no son proclives a tomar medidas correctivas.
            La “camiseta”, que muchas veces se invoca para masajear la identidad y el sentido de pertenencia es un componente de ideología defensiva que, a la hora de la verdad (perspectivas de carrera, capacidad de decisión, reconocimiento y promoción, condiciones para una jubilación digna, etc.) no aplica pero la camiseta también puede servir para impulsar la resignación o la aceptación de los métodos a la moda y para desvirtuar ordenanzas.
El punto clave se encuentra en la carencia de una verdadera política de personal (no solamente en relación con el personal no docente - que es en el que piensan como únicos subordinados las autoridades universitarias cuando aluden al tema – sino también en relación con el personal docente). Durante décadas la Universidad ha carecido de tal política y en los últimos tiempos ha ido hundiéndose en enfoques crudamente funcionalistas, que impulsan delirios tecnocráticos y privilegian como panacea universal los llamados “sistemas horizontales”, la “explosión de la auditoría”, los controles ex ante, especialmente de los ingresos y ascensos del personal sobre la base de los estereotipos conductistas del eficientismo. Estas recetas, cuyo apogeo y muerte ya se produjo en casi todo el mundo (incluyendo el mundo del Banco Mundial y el BID), son excluyentes y la exclusión acompaña, siempre, a la estigmatización y al “trabajo sucio”. (ver conceptos del estonio Drechsler, 2003 <5>).
            La solidaridad como principal mecanismo de defensa se manifiesta permanentemente pero su limitación principal radica en la dificultad de articularla institucionalmente, debido a lo difícil que resulta traducirla en medidas, procedimientos y normativas de carácter general y de hacerlo oportunamente. Quienes conocen de estos asuntos saben muy bien cuanto cuesta conseguir que se adopte una norma, una ordenanza, una resolución  o modificarlas, antes de que los presuntos beneficiarios o quienes deben ajustarse a las mismas se hayan jubilado, fallecido o abandonado definitivamente toda esperanza (en el sentido dantesco del término).
            También hay que apuntar al hecho que la solidaridad es un ingrediente, aunque en cierto sentido vergonzante (bajo el significado exacto de este término, es decir, disimulado), de ciertos mecanismos individuales o colectivos de tipo informal donde, como se señaló antes, se intercambian tolerancias entre distintos actores o grupos de actores o se cambia tolerancia por reconocimiento, o por remuneración (se entiende que se trata de tolerancia a los apartamientos o desconocimientos de la norma o de lo públicamente acordado).
Los mecanismos de defensa colectivos pueden adquirir carácter institucional. En tal sentido la Universidad mantiene un desempeño bastante pobre. Obsérvese que a pesar de su extensión nacional y sus decenas de miles de estudiantes y miles de funcionarios sus redes institucionales de apoyo son muy limitadas. La División de Bienestar Universitario, además de su denominación es un recipiente de buenas intenciones con escaso contenido práctico, con medios muy reducidos y poca inspiración. Que la Universidad no tenga facilidades vacacionales (como tantos entes, organismos descentralizados y capítulos de la administración central) o deportivas es – por ejemplo - un indicador de la poca o ninguna atención que se dedica al descanso, a la salud y al esparcimiento de sus trabajadores y, desde luego, de sus estudiantes. El sistema de becas sigue siendo marginal y la creación de un ente recaudador tan opaco y dispendioso como el mal llamado Fondo de Solidaridad, ha contribuido a enajenar los problemas y los recursos en los que la Universidad debiera tener una gravitación decisiva y transparente.
Peor es el panorama si se echa un vistazo al tratamiento que se aplica a las personas desde el momento en que tratan de ingresar a la institución como funcionarios no docentes hasta su jubilación o retiro después de una vida de trabajo o a consecuencia de quebrantos de salud. La Universidad carece de carrera funcionarial articulada. Desde el ingreso - a pesar de un nítido pronunciamiento del C.E.D. al respecto - se sigue tratando de manipular el acceso mediante intentonas – también frustrados por la protesta de los afectados  -  de acomodar los tribunales de concurso mediante la inclusión de “seleccionadores” funcionales a los estereotipos que manejan algunas tecnócratas.
            Más grave, si fuera posible, es el caso de las jubilaciones de los no docentes. Quienes desempeñan durante toda su vida un “trabajo sucio”, menospreciado y frecuentemente utilizado como expiatorio de las limitaciones que mantiene la Universidad, se encuentran con condiciones de retiro diametralmente opuestas a las de sus compañeros docentes. Para los no docenes la jubilación entraña un perjuicio económico brutal como producto de salarios bajos (con una pirámide ridícula que en términos relativos va desmejorando el ingreso a medida que se adquieren más responsabilidades) y de la aplicación de los injustos pero intocables, topes jubilatorios. La Universidad ha sido incapaz de reclamar, como institución y en forma vigorosa, que esos topes impuestos por la dictadura sean eliminados de una buena vez.
La jubilación acarrea una especie de “muerte civil” a los funcionarios no docentes. Después de toda una vida son obligados a salir por la puerta del fondo, junto con los tachos de basura, sin que nadie sea capaz de brindarles un gesto de reconocimiento por no decir la posibilidad de mantener un vínculo con la Universidad y de aportar su experiencia y capacidades a las nuevas generaciones. El costo que la penuria económica, el olvido y este desprecio final cobran a los  jubilados no ha sido adecuadamente estudiado pero nosotros hemos efectuado consultas que indican que es muy elevado. Incapacidad y muerte prematura, depresión, angustia en la más absoluta soledad. Para quienes hemos visto la amargura y el sufrimiento que esto causa a tantos compañeros la situación resulta indignante. Es la exclusión definitiva, el ajuste de cuentas de un sistema injusto basado en la estigmatización del “trabajo sucio”.
Los mecanismos de defensa institucionales - destinados a favorecer el desarrollo de la identidad de los universitarios -  no son meramente pasivos, defensivos o reactivos (en el sentido de reacción ante percepciones o acciones de desprestigio) sino esencialmente proactivos y participativos, es decir solidarios. Hay decenas de iniciativas para fortalecer y consolidar la identidad de los funcionarios universitarios, para combatir el estigma del “trabajo sucio”, para dignificar y enaltecer las funciones que contribuyen al papel sustantivo de la Universidad de la República. Algunas de estas iniciativas ni siquiera son onerosas y muchas pueden ser llevadas a cabo sin grandes modificaciones normativas o alquitaradas discusiones.
Es preciso multiplicar las instancias de encuentro e intercambio entre funcionarios de los distintos servicios, encuentros de tipo profesional que permitan el intercambio de experiencias y aprender el valor que tienen estos “momentos catárticos” para liberar tensión y fortalecer la identidad. Sin embargo, en este sentido se ha ido retrocediendo en los últimos años. Las reuniones entre funcionarios para tratar temas de interés profesional se han ido evitando y las autoridades procuran sustituirlas por conferencias y reuniones con el consabido sistema en el cual se baja la línea, luego se divide el grupo en subgrupos y después cada subgrupo expone sus conclusiones en quince minutos. Todo el mundo sabe cuan poco democráticas y cuan inútiles son estos acontecimientos y cuan poco tienen que ver con el abordaje certero de las problemáticas concretas que enfrentan los trabajadores. A veces hay sándwiches y gaseosa  a veces no.
En cambio, la solidaridad requiere acciones concretas y resoluciones expresas, una labor más modesta pero sostenida donde la iniciativa recaiga decididamente en quienes hacen el trabajo y sufren el estigma en forma permanente. Habrá que reclamarlas. En suma: no es coincidencia que solidez, solidaridad y consolidar sean términos de raigambre común.

Referencias
(1) Dejours, Christophe (1998) – De la psicopatología a la psicodinámica del trabajo – En: Dessors, Dominique y Marie-Pierre Guiho-Bailly – Organización del trabajo y salud – Lumen, Buenos Aires.

Dejours, Christophe (2001) – Trabajo y desgaste mental – Lumen, Buenos Aires.

(2) Drew, Shirley et al. (ed.) (2007) - Dirty Work: The Social Construction of Taint – Baylor University Press, Texas.

(3) Gouldner, Alvin W. (1961) – El Antiminotauro: el mito de una sociología desprovista de valores – En: Irving Horowitz (1969) La nueva sociología. Ensayos en honor de C.Wright Mills – Amorrortu, Buenos Aires.

(4) Goffman, Erving (1986) – Stigma: Notes on the Management of Spoiled Identity – Simon & Schuster, Nueva York (hay traducción al español ).

(5) Drechsler, Wolfgang (2003) – La reestructura del sector público: programas de reducción y redistribución de efectivos en Europa Central y del Este – BID (accesible en http://idbdocs.iadb.org).