viernes, 10 de junio de 2011

Sorpresas otoñales


CARLO MARÍA CIPOLLA (IN MEMORIAM)
El 15 de agosto de 2010, Carlo M. Cipolla habría cumplido 88 años. Nació en Pavía en 1922 y falleció el 5 de setiembre de 2000. Fue reconocido como uno de los mayores historiadores del siglo XX y desarrolló una extraordinaria trayectoria internacional en las más prestigiosas universidades de Italia, Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos, en su especialidad: la historia económica. Fue un gran docente y prolífico investigador, caracterizado por su rigor, originalidad y un vigoroso sentido del humor.  Por esta razón, entre sus obras más famosas, figuran sus ensayos sobre la estupidez humana.
Según Cipolla, las cinco leyes fundamentales de la estupidez son:
1)      Siempre e inevitablemente, cada uno de nosotros subestima el número de estúpidos en circulación.
2)      La probabilidad de que una persona dada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica que posea dicha persona.
3)      Una persona es estúpida si ocasiona un daño a otra persona o grupo de personas sin experimentar ganancias personales o, aún peor, causándose daño a sí misma en el proceso.
4)      Las personas que no son estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de los estúpidos; constantemente olvidan que, en cualquier momento y en cualquier lugar, en las circunstancias que sean, tratar con o asociarse con individuos estúpidos invariablemente es un error costoso.
5)      Una persona estúpida es al más peligroso tipo de persona que existe.
Como homenaje a este gran profesor transcribimos de su famosa obra Allegro ma non troppo (1988) el breve capítulo 7 titulado “El poder de la estupidez”.
No resulta difícil comprender de qué manera el poder económico, político o burocrático aumenta el potencial nocivo de una persona estúpida. Pero nos queda  aún por explicar y entender  qué es lo que básicamente vuelve peligrosa a una persona estúpida; en otras palabras, en qué consiste el poder de la estupidez.
Esencialmente, los estúpidos son peligrosos y funestos porque a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Una persona inteligente puede entender la lógica de un malvado. Las acciones de un malvado siguen un modelo de racionalidad: racionalidad perversa, si se quiere, pero al fin y al cabo racionalidad. El malvado quiere añadir un “más” a su cuenta. Puesto que no es suficientemente inteligente como para imaginar métodos con que obtener un “más” para si, procurando al mismo tiempo un “más” para los demás, deberá obtener su “más” causando un “menos” a su prójimo. Desde luego, esto no es justo, pero es racional y si uno es racional puede preverlo. En definitiva, se pueden prever las acciones de un malvado, sus sucias maniobras y sus deplorables aspiraciones, y muchas veces se pueden preparar las oportunas defensas.
Con una persona estúpida todo esto es absolutamente imposible. Tal como está implícito en la Tercera Ley Fundamental, una criatura estúpida os perseguirá sin razón, sin un plan preciso, en los momentos y lugares más improbables y más impensables. No existe modo alguno racional de prever si, cuándo, cómo y porqué, una criatura estúpida llevará a cabo su ataque. Frente a un individuo estúpido uno está completamente desarmado.
Puesto que las acciones de una persona estúpida no se ajustan a las reglas de la racionalidad, de ello se deriva que:
a)      generalmente el ataque nos coge por sorpresa;
b)      incluso cuando se tiene conocimiento del ataque, no es posible organizar una defensa racional, porque el ataque, en sí mismo, carece de cualquier tipo de estructura racional.
El hecho de que la actividad y los movimientos de una criatura estúpida sean absolutamente erráticos e irracionales, no sólo hace problemática la defensa, sino que hace extremadamente difícil cualquier contraataque – como intentar disparar sobre un objeto capaz de los más improbables e inimaginables movimientos. Esto es lo que tenían en la mente Dickens y Schiller al afirmar el uno que “con la estupidez y la buena digestión el hombre es capaz de hacer frente a muchas cosas”, y el otro que “contra la estupidez hasta los mismos dioses luchan en vano”.
Hay que tener en cuenta también otra circunstancia. La persona inteligente sabe que es inteligente. El malvado es consciente de que es un malvado. El incauto está penosamente imbuido del sentido de su propia candidez. Al contrario que todos estos personajes, el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora. El estúpido no está inhibido por aquel sentimiento que los anglosajones llaman self-consciousness. Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón. Estúpidamente.

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