martes, 14 de junio de 2011

VANADIO




PRIMO LEVI

Nació el 31 de julio de 1919 en Turín, en la casa donde vivió toda su vida, en el seno de una familia de judíos piamonteses con lejanos antepasados españoles y provenzales. El abuelo paterno fue ingeniero civil y el materno comerciante en paños. Su padre, Cesare (1878-1941), se recibió de ingeniero electrónico en 1901 y se casó con la madre de Primo, Ester Luzzatti, en 1917.

Primo fue un niño enfermizo y tuvo una hermana menor, Anna María, con quien fueron muy apegados. Cursó la primaria entre 1925 y 1930, comprendiendo lecciones a domicilio en el último año por razones de salud. Entre tanto el fascismo se había ido instalando en Italia desde 1922.

En 1934 se inscribió en el Ginnasio-Liceo D'Azeglio que había acogido a ilustres docentes anti-fascistas como Norberto Bobbio, Zino Zini y Franco Antonicelli. Cuando ingresó Primo el liceo ya había sido "depurado" por los fascistas y se presentaba como políticamente agnóstico. Era un estudiante tímido y aplicado. Le interesaban la química y la biología y algo menos la historia y el italiano. Precisamente en esta última asignatura tuvo como profesor, en primer año, a Cesare Pavese. Trabó amistades que durarían toda la vida y desarrolló una perdurable afición al montañismo.

En 1937 ingresó al curso de química de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Turín. Al año siguiente el gobierno fascista instaura las primeras leyes raciales en Italia, las cuales, entre otras cosas prohibían  a los judíos asistir a las instituciones públicas de enseñanza. Sin embargo, tales disposiciones no aplicaron retroactivamente y quienes, como Levi, ya habían empezado su carrera fueron autorizados a continuarla. En esos años frecuentó el círculo de estudiantes anti-fascistas (judíos y no judíos) y leyó intensamente a Thomas Mann, Aldous Huxley, Franz Werfel, Charles Darwin y otros. Levi señaló que el estigma que representaba el fascismo le hizo, inconscientemente, aplicarse con empeño al estudio, asimismo señaló: "las leyes raciales fueron providenciales para mi pero también para los otros: constituyeron la demostración por el absurdo de la estupidez del fascismo. Si se había olvidado el rostro criminal del fascismo (aquel del delito Matteoti, por ejemplo) quedaba a  la vista ahora el de su estupidez…”. En mi familia se aceptaba el fascismo aunque a regañadientes. Mi padre se había inscripto en el partido de mala gana pero sin embargo se había puesto la camisa negra. Yo fui balilla (miembro de la organización infantil fascista) y después vanguardista ( organización juvenil). Podría decir que las leyes raciales me restituyeron el libre albedrío, tanto a mi como a los demás".

En 1941 Levi se recibió de químico, por voto unánime y con felicitaciones del tribunal aunque en su diploma consta la mención "de raza hebrea". Inmediatamente se aplicó a conseguir trabajo porque su familia no tenía medios y su padre se estaba muriendo de un cáncer. Consiguió un empleo semi-legal en una mina de amianto y luego trabajó en Milán en una firma farmacéutica suiza. En 1942, alentado por el desembarco en el norte de África y por la defensa de Stalingrado, Primo ingresó en el clandestino Partido de Acción. En julio de 1943 cae el gobierno fascista pero los nazis ocupan el centro y norte de Italia y la guerra continua. Primo se incorporó a un grupo partisano que operaba en los Alpes y en diciembre fue arrestado y conducido al campo de concentración de Carpi-Fóssoli. En febrero del 44 fue embarcado en un convoy ferroviario con destino a Auschwitz. Levi atribuyó su supervivencia a una serie de circunstancias afortunadas: su conocimiento del alemán que le permitía entender lo que decían los esbirros, la gran carencia de mano de obra que sufría Alemania que llevó a utilizar a los prisioneros y que su salud no se quebrantó sino hasta los últimos momentos del campo  de la muerte lo que resultó providencial.

Primo Levi trabajó como químico-esclavo en la fábrica Buna, una gran planta para producir caucho sintético que la IG-Farben había montado junto al campo de Auschwitz para emplear como mano de obra descartable a los prisioneros. No se enfermó sino hasta los últimos días de enero del 45 cuando cayó con escarlatina. Como  el ejército rojo se aproximaba los nazis huyeron llevándose a los prisioneros que podían moverse hacia Buchenwald y Mauthausen. Asi se produjo una marcha de la muerte en la cual casi la totalidad de los presos murieron de hambre, de frío o fusilados por los SS.

Sobre sus terribles experiencias manifestó: “las carencias materiales, la fatiga, el hambre, el frío, la sed, atormentando  nuestro cuerpo conseguían distraernos, paradojalmente, de la grandísima infelicidad de nuestro espíritu. No se podía ser perfectamente infeliz. Lo demuestra el hecho de que en el Lager el suicidio era un hecho extraordinariamente raro. El suicidio es un hecho filosófico y determinado por una facultad del pensamiento. Las urgencias cotidianas nos distraían de ese pensamiento: podíamos desear la muerte pero no podíamos pensar en darnos muerte. Yo he estado cerca del suicidio, de la idea del suicidio, antes y después del Lager, nunca dentro del Lager”. Además señaló: “ debo decir que la experiencia de Auschwitz ha sido en mi caso capaz de despejar cualquier resto de educación religiosa que pudiese haber tenido… Existe Auschwitz por lo tanto no puede existir Dios. No encuentro una solución al dilema. La busco pero no la encuentro”.

Levi fue liberado por los soviéticos e inició su retorno a  Italia que le llevó cinco meses y miles de kilómetros por la Europa destrozada por la guerra. Estos episodios fueron referidos por Levi en Se questo é un uomo, escrito febrilmente en 1946. Trabajó como químico y director técnico en fábricas de barnices y pinturas. Se casó en 1947 con Lucia Morpurgo, al año siguiente nació su hija Lisa Lorenza y en 1957 su hijo Renzo.

Recién en 1956 durante una exposición sobre las deportaciones durante la guerra - que tuvo lugar en Turín con extraordinario éxito - Levi fue el centro de interés para los jóvenes que lo interrogaban sobre sus experiencias en los campos de concentración. Esto le permitió recuperar su confianza como escritor y la misma editorial que diez años antes había rechazado el manuscrito de Se questo é un uomo publicó la obra con gran repercusión y la consiguiente traducción a varios idiomas.

Durante la década de los sesenta del S. XX  su vida se desarrolla intensamente en tres ámbitos, la familia, la fábrica y la escritura. Junto con otras obras importantes escribe numerosos cuentos autobiográficos y de ambientación laboral que se publican en diversas revistas y periódicos. Por razones de trabajo viaja a diversos países y sigue escribiendo, publicando y recibiendo premios nacionales e internacionales. . Recién en 1965 vuelve a Auschwitz en el marco de una ceremonia conmemorativa polaca.

En 1975 se jubila y deja la dirección de la fábrica de pinturas aunque continua como consultor técnico durante un par de años. De este modo dedica más tiempo a la escritura y la edición de sus obras, cuentos y poesía. En 1978 publica La Chiave a stella que es la historia de un obrero montajista piamontés que recorre el mundo construyendo puentes, aparatos de perforación petrolífera y otros artefactos. El relato refiere los encuentros, aventuras y dificultades cotidianas de su oficio.  Recibió el famoso Premio Strega. En 1980, al leer la traducción al francés, Claude Levi-Strauss, lo calificó como un gran etnógrafo sin perjuicio de considerar que era una ficción muy entretenida.

En 1982 Primo Levi publicó otra de sus grandes obras: Se non ora, quando? con éxito instantáneo, numerosos y prestigiosos premios y traducciones. La obra se refiere a los judíos que combatieron a los nazis con las armas en la mano  en los bosques de Bielorrusia. Es un relato de ficción pero basado estrictamente en hechos reales que Levi investigó cuidadosamente y en testimonios que recibió durante su paso por la Unión Soviética. También visitó Auschwitz por segunda vez, desarrolló una gran actividad como traductor. En esos años se pronunció enfáticamente contra la política del gobierno de Israel. En particular, Levi condenó las masacres de refugiados palestinos en los campos de Sabra y Shatila y la invasión al Líbano.

1984 es el año de la gran difusión internacional de Il sistema periodico cuyos relatos fueron recibidos con entusiasmo en todo el mundo a partir de su traducción al inglés, aunque había sido editado por primera vez en italiano en 1975. En 1987 se publican las ediciones alemana y francesa de esta obra. En marzo, Levi es sometido a una operación quirúrgica. El 11 de abril de 1987 fallece en la casa donde había nacido, en Turín, a los 68 años.

Vanadio es uno de los veintiún cuentos de Il sistema periodico  (todos con nombres de elementos de la tabla periódica, como Argón, Hidrógeno, Plomo, Fósforo, Plata, etc.). Como casi todos los de ese volumen es autobiográfico y refiere un estremecedor encuentro con el pasado. La diafanidad, la sencillez y la profundidad del relato harán que los lectores lo relean una y otra vez. Está probado.





VANADIO

En Il sistema periodico (Giulio Einaudi editore s.p.a., Turín, 1975 y 1994 - en esta última edición Vanadio ocupa las pp. 215 a  228).

Un barniz es una sustancia inestable por definición: de hecho, en un cierto punto de su carrera, de líquido debe transformarse en sólido. Es necesario que esto sobrevenga en el momento y en el lugar exacto. El caso opuesto puede ser desagradable o dramático: puede suceder que una pintura se solidifique (nosotros decimos brutalmente "parta") durante su permanencia en el comercio y por lo tanto la mercadería se tira; o que se solidifique la resina de base durante la síntesis, en un reactor de diez o veinte toneladas, lo que puede volverse trágico; o, en lugar de eso, que el barniz no se solidifique realmente ni aún  después de la aplicación y en este caso hay que reírse para adentro porque un barniz que no "seca" es como un fusil que no dispara o un toro que no engendra..

En el proceso de solidificación interviene en muchos casos el oxígeno del aire. Entre las varias funciones, vitales o destructivas, que cumple el oxígeno, a nosotros los barniceros nos interesa sobretodo su capacidad de reaccionar con ciertas moléculas pequeñas, como las de ciertos aceites, y de crear puentes entre ellas transformándolas en una red compacta y por tanto sólida: es asi que, por ejemplo, "se seca" al aire el aceite de linaza.

Habíamos importado una partida de resina para pinturas, precisamente una de esas resinas que se solidifican a temperaturas ordinarias por simple exposición a la atmósfera y estábamos preocupados. Controlada aisladamente, la resina se secaba regularmente, pero después de ser procesada con cierto (e insustituible) tipo de negro humo, la capacidad de secarse se atenuaba hasta desaparecer: ya habíamos almacenado varias toneladas de esmalte negro que, sin perjuicio de todas las correcciones intentadas, después de aplicado continuaba pegajoso indefinidamente, como un lúgubre papel  atrapa-moscas.

En casos como este, antes de formular acusaciones era necesario andarse con cuidado. El proveedor era la W., grande y respetable industria alemana, una de las ramas en las cuales los Aliados habían desmembrado la omnipotente IG-Farben después de la guerra: gente como esta, antes de reconocerse culpable, hecha en el plato de la balanza todo el peso de su propio prestigio y toda su capacidad dilatoria. Pero no había forma de evitar la controversia: las otras partidas de resina se comportaban bien con aquella misma partida de negro humo, la resina era de un tipo especial, que solamente producía la W. y nosotros estábamos vinculados por un contrato y debíamos, en todo caso, continuar el suministro de aquel esmalte negro a nuestro cliente sin perder el ritmo.

Escribimos una educada carta de protesta, exponiendo los términos de la cuestión, y pocos días después llegó la respuesta: era larga y pedante, aconsejaba procedimientos obvios que nosotros ya habíamos adoptado sin resultado, y continuaba con una exposición superflua y deliberadamente confusa sobre el mecanismo de oxidación de la resina; ignoraba nuestro apuro y sobre el punto esencial decía solamente que se estaban desarrollando los controles apropiados. No quedaba otra cosa por hacer que ordenar de inmediato otra partida, recomendando a la W. que verificara con particular cuidado el comportamiento de la resina con aquel tipo de negro humo.

Junto con la confirmación de esta última orden, se adjuntaba una segunda carta, casi tan larga como la primera, y firmada por el mismo Doktor L. Müller. Era un poco más pertinente que la primera, reconocía (con mucha cautela y reserva) la justicia de nuestra queja y contenía un consejo menos obvio que los precedentes: "ganz unerwarteterweise", he aquí de un modo del todo inesperado, que los gnomos de su laboratorio habían encontrado que la partida objetada mejoraba si se le agregaba el 0,1 por ciento de naftenato de vanadio: un aditivo del cual, hasta aquel momento, en el mundo de las pinturas nunca se había sentido hablar. El ignoto doctor Müller nos invitaba a verificar, inmediatamente, sus afirmaciones; si el efecto resultaba confirmado, su observación habría podido evitar a ambas partes los fastidios y las incógnitas de una controversia internacional y de una reexportación.

Müller. Había un Müller en una de mis encarnaciones precedentes pero Müller era un nombre muy común en Alemania, como Molinari en Italia, del cual es el equivalente exacto. ¿Porqué continuar pensándolo?. Sin embargo, releyendo las dos cartas de párrafos pesadísimos, llenas de tecnicismos, no conseguía acallar una duda, de aquellas que no se dejan almacenar y te corroen como un comején. Pero basta, los Müller en Alemania serán doscientos mil, deja pasar el asunto y piensa en la pintura a corregir.

De todos modos, poco después, volvió bajo mis ojos una particularidad de la última carta que se me había escapado antes: no era un error dactilográfico, se repetía dos veces, se había escrito justamente "naptenat", no "naphtenat" como debería haberse hecho.. Ahora bien, de los encuentros que tuvieron lugar en aquel mundo por otra parte remoto yo conservo memorias de una precisión patológica: también aquel otro Müller, en un laboratorio no olvidado, lleno de hielo, de esperanza y de terror, decía "beta-Naptylamin" en lugar de "beta-Naphthylamin".

Los rusos estaban cerca, dos o tres veces por día llegaban los aviones aliados a despedazar la fábrica de Buna: no había un vidrio sano, faltaban el agua, el vapor, la energía eléctrica; pero la orden era de comenzar a producir caucho sintético Buna y los alemanes no discuten las órdenes.

Yo estaba en un laboratorio con otros dos prisioneros especialistas, similares a los esclavos cultos que los ricos romanos importaban de Grecia. Trabajar era tan imposible como inútil: nuestro tiempo se consumía casi enteramente en desmontar los aparatos ante cada alarma aérea y volver a montarlos cuando la alarma había cesado. Precisamente porque las órdenes no se discuten, cada tanto algún inspector llegaba hasta nosotros atravesando los escombros y la nieve para cerciorarse que el trabajo del laboratorio continuase según las prescripciones. Algunas veces venía un SS con cara de piedra, otras veces un viejo soldadito de la Territorial (milicia) despavorido como un ratón, otras veces era un burgués. El burgués que comparecía más a menudo era llamado Doktor Müller.

Debía ser bastante autorizado porque todos lo saludaban primero. Era un hombre alto y corpulento, en la cuarentena, de aspecto más rústico que refinado; conmigo había hablado solamente tres veces, y todas las tres con una timidez rara en aquel lugar, como si se avergonzase de alguna cosa. La primera vez, solo de cuestiones del trabajo ( de la dosificación de la "naptilamina" precisamente); la segunda vez me había preguntado porqué tenía la barba tan larga, a lo que yo había respondido que ninguno de nosotros tenía una navaja y ni siquiera un pañuelo y que la barba se nos afeitaba de oficio todos los lunes; la tercera vez me dio una esquela, escrita nítidamente a máquina, que me autorizaba a ser afeitado también el jueves y a obtener del "Effektenmagazin" un par de zapatos de cuero, y me había preguntado al dármela (la esquela) " ¿Porqué tiene un aire tan inquieto?". Yo, que en aquel tiempo pensaba en alemán, había sacado en conclusión para mis adentros: "Der Mann hat keine Ahnung", este hombre no se da cuenta.

Primero el deber. Me apresuré a buscar entre nuestros proveedores habituales un lote de naftenato de vanadio, y me di cuenta que no era fácil: el producto  no se fabricaba normalmente, se preparaba en pequeñas cantidades solamente a pedido y una vez que este había sido trasmitido.

La reaparición de aquel "pt" me había precipitado a una excitación violenta. Encontrarme de hombre a hombre, para hacer cuentas con uno de los "otros" había sido mi deseo más vivo y permanente del post-Lager (después del campo de concentración). Había sido satisfecho solamente en parte  por las cartas de mis lectores alemanes: no me conformaban aquellas honestas y genéricas declaraciones de arrepentimiento y de solidaridad de parte de gente jamás vista, de quienes no conocía la otra cara, y que probablemente no estaba implicada sino sentimentalmente. El encuentro que yo esperaba, con tanta intensidad como para soñarlo (en alemán) de noche, era un encuentro con uno de aquellos de allá arriba, que habían dispuesto de nosotros, que no nos habían mirado a los ojos, como si nosotros no hubiésemos tenido ojos. No para hacer una venganza: no soy un Conde de Montecristo. Solamente para reestablecer la escala y para decir " ¿y por lo tanto?" (dunque, probablemente mejor traducido por “¿y entonces qué?). Si este Müller era mi Müller, no era el antagonista perfecto, porque de algún modo, aunque fuese solo por un momento, había tenido piedad o tal vez solamente un rudimento de solidaridad profesional. Tal vez aún menos: tal vez solamente se había resentido por el hecho de que aquel extraño híbrido de colega y de instrumento, que además a fin de cuentas era un químico, frecuentase un laboratorio sin el Anstand, el decoro, que el laboratorio requiere; pero los otros en torno a él ni siquiera habían sentido esto. No era el antagonista perfecto: pero, como se sabe, la perfección de las vicisitudes que se cuentan no es aquella de las que se viven.

Me puse en contacto con el representante de la W. con quien tenía bastante confianza y le pedí que investigara con discreción acerca del doctor Müller: ¿cuántos años tenía?, ¿qué aspecto?, ¿dónde había estado durante la guerra?. La respuesta no tardó mucho: los años y el aspecto coincidían, el hombre había trabajado primero en Schokpau, para empaparse de la tecnología del caucho, después en la fábrica  Buna, cerca de Auschwitz. Obtuve su dirección y le mandé, en forma privada, una copia de la edición alemana de Se questo é un uomo, con una carta acompañante en la cual le preguntaba si era verdaderamente el Müller de Auschwitz y si recordaba a “los tres hombres del laboratorio"; bien, que excusase la brutal intromisión y retorno de la nada, yo era uno de los tres, además de ser el cliente preocupado por la resina que no se secaba.

Me dispuse a esperar la respuesta mientras a nivel empresarial continuaba, como la oscilación de un enorme y lentísimo péndulo, el intercambio de cartas químico-burocráticas a propósito del vanadio italiano  que no funcionaba tan bien como el alemán. Se pretendía por tanto que se expidiesen con cortés urgencia las especificaciones del producto y enviarnos por via aérea 50 kilos, cuyo importe se ruega descontar, etc. En el plano técnico la cuestión parecía bien encaminada, pero no estaba claro el destino del lote defectuoso de resina: retenerlo con un descuento sobre el precio o reexportarlo por cuenta de la W., o solicitar un arbitraje; entre tanto, como es usual, se intercambiaban amenazas de seguir la via legal, "gerichtlich vorzugehen".

La respuesta "privada" seguía haciéndose esperar, lo que resultaba casi tan irritante y extenuante como el contencioso empresarial. ¿Qué sabía de mi hombre?. Nada, con mucha probabilidad de que hubiese cancelado todo, deliberadamente o no; mi carta y mi libro eran para él una intromisión mal educada y fastidiosa, una invitación inhábil para remover un sedimento ya bien asentado, un atentado al Anstand. Nunca habría respuesta. Lástima: no era un alemán perfecto pero ¿existen los alemanes perfectos? o ¿los judíos perfectos? . Son una abstracción: el pasaje de lo general a lo particular guarda siempre sorpresas estimulantes, cuando  el socio privado de contorno, larvario, se define delante de ti, poco a poco o de un solo golpe, y se transforma en el Mitmensch, el co-hombre, con todo su espesor, sus tics, anomalías y anacolutos ( inconsecuencias).  A todo esto habían pasado casi dos meses: la respuesta no llegaría nunca. Lástima.

Llegó fechada el 2 de marzo de 1967 en papel elegante, sin membrete, en caracteres vagamente góticos. Era una carta de apertura, breve y reservada. Si, el Müller de Buna era justamente él.. Había leido mi libro, reconocido con emoción personas y lugares; estaba contento de saberme sobreviviente; me pedía noticias de los otros "dos hombres del laboratorio" y por fin, lo cual no era nada extraño, porqué eran nombrados en el libro: me preguntaba también por Goldbaum, que yo no había nombrado. Agregaba haber releído, con este motivo, sus anotaciones sobre aquel periodo: me las comentaría con mucho gusto en un auspicioso encuentro personal "útil tanto para mi como para Ud. y necesario con el fin de superar aquel terrible pasado" (“im Sinne der Bewaltigung der so furchtbaren Vergangen-heit"). Declaraba finalmente que, entre todos los prisioneros que había encontrado en Auschwitz, era yo quien le había producido la impresión más fuerte y duradera, pero esta podía muy bien ser una lisonja: por el tono de la carta y en especial por aquella frase sobre la "superación", parecía que el hombre esperaba algo de mi.

Ahora me tocaba a mi responder y me sentía turbado. He aquí: la obra se había logrado, el adversario atrapado; estaba delante de mí casi como un colega barnicero, escribía como yo en papel sin membrete y recordaba aún a Goldbaum. Estaba todavía bastante sofocado pero era claro que pretendía de mi algo asi como una absolución, porque él tenía un pasado a superar y yo no: yo quería de él únicamente un descuento en una factura de una resina defectuosa. La situación era interesante pero atípica: coincidía solamente en parte con aquella del réprobo delante del juez.

En primer lugar: en que idioma le respondería.. No en alemán, por cierto; habría cometido errores ridículos que mi papel no admitía. Es mejor combatir siempre en el campo propio: le escribí en italiano. Los dos del laboratorio estaban muertos, no sabía donde ni como; asimismo Goldbaum, de frío y hambre, durante la marcha de evacuación. De mi lo esencial lo conocía por el libro y por la correspondencia empresarial sobre el vanadio.

Yo tenía muchas preguntas para plantearle: demasiadas y demasiado pesadas, para él y para mi. ¿Porqué Auschwitz?. ¿Porqué Pannwitz?. ¿ Porqué los niños en la cámara de gas?. Pero sentía que no era todavía el momento de superar ciertos límites y le pregunté solamente si aceptaba los juicios, implícitos y explícitos de mi libro. Si reconocía que la IG-Farben había asumido espontáneamente la mano de obra esclava. Si conocía entonces los "aparatos" de Auschwitz, que engullían diez mil vidas por día a siete kilómetros de los aparatos para el caucho de Buna. En fin, porqué citaba él sus "anotaciones sobre aquel periodo" me hubiera mandado una copia?.

Del "auspicioso encuentro" no hablé porque le tenía miedo. Inútil buscar eufemismos, hablar de pudor, repugnancia, moderación. Miedo era la palabra: como no me sentía un Montecristo tampoco me sentía un Horacio-Curiacio; no me sentía capaz de representar a los muertos de Auschwitz y tampoco me parecía sensato corporizar en Müller al representante de la masacre. Me conozco: no poseo prontitud polémica, el adversario me distrae, me interesa más como hombre que como adversario, lo siento corro el riesgo de creerle; me enfado y los argumentos justos me vuelven más tarde, ya en las escaleras, cuando ya no me sirven. Era mejor continuar por carta.

Müller me escribió empresarialmente que los cincuenta kilos habían sido expedidos y que la W. confiaba en un arreglo amistoso, etc. Casi simultáneamente, me llegó a casa la carta que esperaba pero no era como la esperaba. No era una carta modelo: paradigmática: en este punto si la historia fuese inventada, habría podido introducir solamente dos tipos de carta, una carta humilde, cálida, cristiana, de alemán redimido; o una bellaquería, soberbia, glacial, de nazi pertinaz. Pero esta historia no es inventada y la realidad siempre es más compleja que la invención: menos peinada, más ruda, menos redonda. Es raro que se mantenga en un solo plano.

La carta tenía ocho páginas de extensión y contenía una fotografía que me hizo estremecer. El rostro era  aquel rostro: envejecido y al mismo tiempo ennoblecido por un fotógrafo hábil, lo sentía en la altura encima mío  pronunciando aquellas palabras de compasión distraída y momentánea, "¿porqué tienes el aire tan inquieto?"

Visiblemente era la obra de un escritor inexperto: retórica, sincera a medias, llena de digresiones y de elogios torpes, conmovedora, pedantesca y tímida: eludía cualquier juicio sumario y global.

Atribuía los hechos de Auschwitz al Hombre, sin diferenciar; allí deploraba y encontraba consuelo en el recuerdo de otros hombres citados en mi libro, Alberto, Lorenzo, "contra quienes se apuntaban las armas de la noche": la frase era mia pero repetida por él me sonaba hipócrita y fuera de tono. Contaba su historia: "arrastrado inicialmente por el general entusiasmo por el regimen de Hitler", se había inscripto en una liga estudiantil nacionalista que poco después fue incorporada de oficio en las SA; había conseguido ser licenciado  y comentaba que " aun esto era entonces posible". Durante la guerra había sido movilizado en la defensa anti aérea y únicamente entonces, ante las ruinas de la ciudad, había experimentado " vergüenza y desdén" por la guerra. En mayo de 1944 había podido hacer valer (como yo) su calidad de químico y había sido asignado a la fábrica Schkopau de la IG-Farben, de la cual la fábrica de Auschwitz era una copia agrandada: en Schkopau se había ocupado de adiestrar en los trabajos de laboratorio a un grupo de muchachas ucranianas, que de hecho yo había encontrado en Auschwitz y de quienes no me explicaba la extraña familiaridad con el doctor Muller. Había sido transferido a Auschwitz con las muchachas en noviembre de 1944: el nombre de Auschwitz, en aquella época, no tenía significado alguno ni para él ni para sus conocidos; de todos modos, a su llegada había tenido un breve encuentro de presentación con el director técnico (presumiblemente el ingeniero Faust) y este lo había advertido que "a los hebreos de Buna debían asignarse únicamente las tareas más humildes y que la compasión no era tolerada".

Había sido asignado a la dependencia directa del Doktor Pannwitz, aquel que me había sometido a un curioso "examen de estado" para cerciorarse de mi capacidad profesional: Müller mostraba un pésima opinión de su superior, y me precisaba que había muerto en 1946 de un tumor cerebral. Era él. Müller, el responsable de la organización del laboratorio de Buna: afirmaba no haber sabido nada de aquel examen y que había sido él mismo quien nos había escogido a los tres como especialistas y especialmente a mi; según esta noticia, improbable pero no imposible, yo resultaba por lo tanto deudor de él en cuanto a mi supervivencia. Conmigo, afirmaba haber tenido una relación casi de amistad entre pares, haber mantenido conversaciones sobre problemas científicos y haber meditado, en estas circunstancias, sobre aquellos "preciosos valores humanos destruidos por otros hombres por pura brutalidad". No solamente yo no recordaba conversación alguna de ese género ( y mi memoria de aquel periodo es, como lo he dicho, óptima) sino que la sola suposición, en aquel trasfondo de destsrucción, de desconfianza recíproca y de cansancio mortal, estaba del todo fuera de la realidad, únicamente resultaba explicable con un muy ingenuo wishful thinking póstumo; tal vez fuera una circunstancia que él le contaba a muchos y no se daba cuenta que la única persona del mundo que no podría creerle era justamente yo. Tal vez, de buena fe, se había construido un pasado cómodo. No recordaba los dos detalles, de los zapatos y de la barba, pero recordaba otros equivalentes y a mi parecer plausibles. Había sabido de mi escarlatina y se había preocupado por mi supervivencia, especialmente cuando se enteró que los prisioneros serían evacuados a pie.. El 26 de enero de 1945 había sido asignado por la SS al Volksturm, el ejército rejuntado de reformados, de viejos y de niños que debería haberle cerrado el paso a los soviéticos: afortunadamente lo había salvado el director técnico antes nombrado, autorizándolo a huir a la retaguardia.

A mi pregunta sobre la IG-Farben respondía resueltamente que si, había empleado prisioneros pero solo para protegerlos: a continuación formulaba la (¡loca) opinión de que la totalidad de la fábrica Buna-Monowitz, ocho kilómetros cuadrados de aparatos ciclópeos, había sido construida con la intención de "proteger a los hebreos y contribuir a su supervivencia y que la orden de no tener compasión había sido para él  "eine Tarnung", un enmascaramiento. "Nihil de Principe", ninguna acusación a la IG-Farben: mi hombre dependía ahora de la W. que era su heredera y no se escupe en el plato en el cual se come.. Durante su breve estadía en Auschwitz, él "nunca había tomado conocimiento de elemento alguno que pareciese concebido para la matanza de los hebreos". Paradojal, ofensivo, pero no excluible: en aquel tiempo, entre la mayoría silenciosa alemana, era técnica común procurar saber lo menos que fuese posible y por lo tanto no hacer preguntas. También él, evidentemente, no había pedido explicaciones a nadie, ni siquiera a si mismo, aunque la llama del crematorio, en los días claros, fuese visible desde la fábrica de Buna.

Poco antes del colapso final había sido capturado por los norteamericanos y encerrado por algunos días en un campo de prisioneros de guerra que él, con sarcasmo involuntario, definía "de equipamiento primitivo": como en la época del encuentro en el laboratorio, Müller continuaba, aún en el momento en el cual escribía, no habiendo "keine Ahnung", sin haberse dado cuenta. Había vuelto junto a su familia a fines de junio de 1945. El contenido de sus anotaciones, las que yo había pedido conocer, era sustancialmente este.

Percibía en mi libro una superación del Judaísmo, un cumplimiento del precepto cristiano de amar a sus enemigos y un testimonio de fe en el Hombre y concluía insistiendo sobre la necesidad de un encuentro, en Alemania o en Italia, donde estaba pronto a reunirse conmigo cuando y donde yo lo quisiese: preferiblemente en la Riviera. Dos días después, por los canales empresariales, llegó una carta de la W. que, por cierto no en forma casual, llevaba la misma fecha de la larga carta privada, ambas con la misma firma; era una carta conciliatoria, reconocían su error y se declaraban dispuestos a cualquier propuesta. Nos hacían entender que no todo el mal había resultado en impedimentos: el incidente había arrojado luz sobre las virtudes del naftenato de vanadio, el cual de ahora en adelante sería incorporado directamente a la resina, para cualquier cliente a quien fuese destinada.

¿Qué hacer? . El personaje Müller se había "entpuppt", había salido de la crisálida, era nítido, estaba en foco. Ni infame, ni héroe: filtrada a través de la retórica y las mentiras de buena o de mala fe, seguía siendo un ejemplar humano típicamente gris, uno de los no pocos tuertos (monoculares) en el reino de los ciegos. Me hacía un honor inmerecido atribuyéndome la virtud de amar a los enemigos: no, no obstante los lejanos privilegios que él me había reservado y aún cuando no hubiese sido un enemigo en el sentido riguroso del término, no me sentía capaz de amarlo. No lo amaba y no deseaba verlo, sin embargo experimentaba cierto grado de respeto por él: no es cómodo ser tuerto. No era un cobarde ni un sordo ni un cínico, no se había adaptado, hacía las cuentas con el pasado y las cuentas no le daban bien: buscaba la forma de ajustarlas aunque trampeando un poco. ¿Se podía pedir mucho más a un ex SA?. La confrontación, que tantas veces había tenido ocasión de hacer, con otros honestos alemanes encontrados en la playa o en la fábrica, le era totalmente favorable: su condena del nazismo era tímida y perifrástica (llena de rodeos)  pero no había buscado justificaciones. Buscaba mantener un coloquio: tenía una consciencia y se arrebataba por mantenerla tranquila. En su primera carta había hablado de "superación del pasado", "Bwaltigung der Vergangenheit": después supe que este era un estereotipo, un eufemismo de la Alemania de hoy, donde es universalmente entendido como "redención del nazismo"; pero la raíz "walt" que allí está presente, aparece también en palabras que dicen "dominio", "violencia" y "estupro" y creo que traduciendo la expresión como "distorsión del pasado", o "violencia hecha al pasado", no se estaría muy lejos del sentido profundo. Además era mejor este refugiarse en los lugares comunes, en lugar de la florida condición obtusa de los otros alemanes: sus esfuerzos de superación eran torpes, un poco ridículos, irritantes y tristes, de todos modos decorosos. Y ¿acaso no me había hecho entregar un par de zapatos?

En el primer domingo libre me preparé, lleno de perplejidad, a preparar una respuesta tan sincera, equilibrada y digna como fuera posible. Redacté un borrador: le agradecía por haberme hecho entrar en el laboratorio; me declaraba pronto a perdonar a los enemigos y aún a amarlos pero siempre que mostrasen signos ciertos de arrepentimiento y por lo tanto cuando dejaran de ser enemigos. En el caso contrario, el del enemigo que sigue siéndolo, el que persevera en su voluntad de crear sufrimiento, es cierto que  no se le debe perdonar: se puede procurar recuperarlo, se puede ( ¡se debe¡) discutir con él  pero es nuestro deber juzgarlo no perdonarlo. En cuanto al juicio específico sobre su comportamiento, que Müller implícitamente requería, citaba discretamente dos casos que me constaban de sus colegas alemanes que en nuestras confrontaciones anteriores habían hecho cosas bastante más corajudas que todo lo que él reivindicaba. Yo admitía que no todos nacen héroes y que en un mundo donde todos fuesen como él, es decir honestos e inermes, sería tolerable pero tal mundo es irreal. En el mundo real los ejércitos existen, construyen Auschwitz, y los honestos e inermes les allanan el camino; por esto es que sobre Auschwitz debe responder cada alemán, más aún, cada hombre y después de Auschwitz no es lícito permanecer desarmado. Del encuentro en la Riviera no dije palabra.

Esa misma tarde Müller me llamó por teléfono desde Alemania. La comunicación fue perturbada (por ruidos en la línea) y por añadidura no me es muy fácil comprender el alemán por teléfono: su voz sonaba fatigosa y como quebrada, el tono agitado. Me anunciaba que para Pentecostés, dentro de seis semanas, vendría a Finale Ligure: ¿podríamos encontrarnos?. Tomado por sorpresa respondí que si; le solicité que precisara en su momento los detalles de su llegada y dejé de lado el borrador de mi respuesta ahora superflua.

Ocho días después recibí de la Señora Müller el anuncio de la muerte inesperada del Doctor Lothar Müller, en su sexagésimo año de edad.

FIN




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