miércoles, 2 de julio de 2014

La ética como deber cívico de los universitarios



ÉTICA, DISCUSIÓN Y DIÁLOGO
COMO DEBER CÍVICO DE LOS UNIVERSITARIOS
Lic. Fernando Britos V.
Neogerencialismo y universidades - La preocupación por la ética en la investigación científica y la educación superior es piedra angular de la gestión del conocimiento, es decir de la producción, socialización y adecuación del conocimiento en su sentido más amplio.
A nivel mundial, en la segunda mitad del siglo pasado, la ofensiva del neoliberalismo económico, produjo el auge del gerencialismo y el neogerencialismo, modalidades de gestión basadas en la trasposición, a la gestión del conocimiento y al manejo de universidades y de proyectos científicos, de los principios de gestión de la empresa privada y especialmente los de las grandes corporaciones.
De este modo, se entronizó el eficientismo y el utilitarismo, la administración por resultados mensurables, el individualismo y la competencia despiadada en sustitución de la cooperación. La maximización del rendimiento y la rentabilidad de las inversiones a toda costa, la búsqueda de una excelencia abstracta y más o menos inmediata, el sistema de “estrellas de la ciencia” a través de premios y prestigio, etc. pasaron a ser las claves del éxito.
No es posible soslayar la gravitación del neogerencialismo en materia de gestión del conocimiento. Baste señalar la proliferación de universidades privadas y confesionales muy ligada a la mercantilización de la enseñanza terciaria y superior;  la oferta de carreras con muy baja sino inexistente inversión y sin el acompañamiento de investigación básica y aplicada; la creación de universidades, facultades e institutos con el propósito instrumentalista de ofrecer títulos habilitantes; la aparición de posgrados de calidad dudosa (en el marco de una multiplicación imprescindible de la oferta); la distorsión o inexistencia de verdaderas carreras (en docencia y en investigación) en numerosas disciplinas; la imposición del paradigma pragmático de las ciencias duras y sobre todos de las tecnologías prácticas en desmedro de las humanidades que son consideradas como un lujo inútil. Todos estos rasgos son en gran medida acompañantes cuando no efectos del neogerencialismo aplicado a la gestión del conocimiento y la educación superior.
La ciencia aséptica y la cueva del Minotauro weberiano – La influencia del neoliberalismo sobre la educación superior y la gestión del conocimiento no ha sido realmente analizada ni debidamente criticada por la mayoría de los actores universitarios. Esto ha permitido que algunas concepciones se mantengan intangibles e incluso que perduren en los nuevos desarrollos.
Es lo que Alvin Gouldner (1969; 1:229)[1] denominaba  como una ciencia desprovista de valores, pretendidamente neutral, aséptica, que no toma partido. Esto es especialmente grave en las ciencias sociales, humanas y de la salud y conduce a “la cueva del Minotauro” donde docentes e investigadores se pierden y experimentan una amnesia que los abstrae de las circunstancias históricas y sociales, de cualquier praxis concreta que vaya más allá del mero funcionalismo, conductismo o cognitivismo.
En un campo práctico típicamente universitario, el individualismo y la irresistible presión de los sistemas de selección y promoción de los docentes e investigadores agrava algunos viejos vicios, comunes en las universidades de todo el mundo desde sus orígenes medioevales cuando campeaba el patrimonialismo feudal.
Pocas veces se aborda sin ambajes la competencia perversa entre actores universitarios, el desarrollo de curias de poder y camarillas, padrinazgos, complacencias cruzadas, la endogamia[2],  la irresistible presión del  “publica o muere”, la distorsión y perversión de la evaluación por pares[3], la utilización de los estudiantes (de grado, posgrado y posdoctorado) como mano de obra benévola o como claques cortesanas por parte de catedráticos e investigadores, la creación de fondos opacos o “fundaciones” para el manejo discrecional de rubros extrapresupuestales, las acreditaciones profesionales e institucionales acomodadas por razones políticas o de “intercambio de favores”, el desvío de fondos públicos o contribuciones privadas para el enaltecimiento personal de algunas estrellas o para la “fabricación” de premios y galardones, el secretismo en cuanto a los procedimientos, la falta de solidaridad y desconsideración acerca de los sujetos que participan en las investigaciones así como hacia los colaboradores, colegas e instituciones. Todo el mundo conoce casos de cualquiera de esas perversiones pero ventilarlas resulta difícil, inconveniente y hasta peligroso.
Finalmente, en los últimos círculos de la miseria ética se encuentran las formas dolosas del plagio, el robo del trabajo intelectual, la falsificación de datos y la adulteración de resultados y todas las formas de fraude, despojo y degradación[4] a los que puede conducir la codicia, las ansias de fama y poder, la soberbia y el descaecimiento moral  de las personas, fenómenos de los cuales, como se sabe, nadie está exento y mucho menos los universitarios que, en cualquier sociedad, gozan de oportunidades debidas al esfuerzo de la comunidad y por tanto están moralmente obligados a un compromiso profundo e integral con ésta.
Los desafíos éticos no deberían ser eludidos porque soslayarlos hace mucho más trabajosos los intentos por desarrollar una verdadera carrera docente[5], la promoción de la investigación científica y  el desarrollo de los recursos humanos que necesitan las universidades del siglo XXI.[6]
Competitividad económica y sobre todo dignidad social - Entre nosotros, sin perjuicio de que muchos de dichos males operan, en forma discreta o manifiesta, se agregan otros, propios de nuestras características y de nuestra historia. Estos incluyen una subvaloración salarial del trabajo universitario en general: la Universidad de la República paga muy mal a sus docentes y funcionarios desde hace décadas. El proceso de deterioro comparativo, en relación, con cualquier país latinoamericano y especialmente con los del Cono Sur nos deja mal parados[7].
Los salarios universitarios están por debajo de los que promedialmente se pagan en cualquier dependencia pública. La Universidad de la República se ubica muy por debajo del promedio nacional, únicamente precedida en esta tabla del descenso por el Ministerio de Transporte y Obras Públicas y por el Ministerio de Defensa[8]. Las universidades privadas en el Uruguay pagan salarios aún más bajos a la mayoría de su profesores y someten a sus docentes a condiciones excluyentes (por ejemplo exigiendo “exclusividad” a algunos y negociando individualmente las remuneraciones de cada uno).
A partir de tan magras remuneraciones es muy difícil conformar equipos docentes y mantener investigadores. Esto se consigue a costa de grandes sacrificios que realizan los docentes y funcionarios, especialmente los jóvenes, que deben practicar el multiempleo y formas esterilizadoras de trabajo a destajo, aunque por detrás de los sueldos escasos y de la limitación de las oportunidades (ausencia de verdaderas carreras en la Universidad) se advierte siempre la sombra de la emigración forzada de los más capaces, captados por los centros mundiales de investigación y desarrollo científico.
Las bajas remuneraciones y sobre todo la falta de reconocimiento simbólico concreto ha llevado al desarrollo de “complacencias cruzadas”. La más típica pero no la única de estas complacencias fue formulada, en un arranque de cinismo y “picardía callejera”, por el Dr. Luis Alberto Lacalle, que se refería a los servidores públicos - cuando era Presidente de la República - diciendo: ”ellos hacen como que trabajan y yo hago como que les pago”.
La penuria de las remuneraciones y de las limitadas condiciones de trabajo genera dilemas y problemas éticos porque los términos de intercambio suponen concesiones inadmisibles para todas las partes. Por ejemplo, en muchos servicios universitarios los docentes no registran asistencia ni presencia o lo hacen por la mitad del tiempo que se les paga, a pesar de la existencia de normas expresas en tal sentido.
Ahora bien, “la dignidad del docente universitario no está en ganar más haciendo menos sino que, por el contrario, la dignidad se consigue con responsabilidad y compromiso” (Carlos Moreno 2008;3)[9]. Hacer la vista gorda ante estos dilemas favorece la extensión de tales “sistemas” como las manchas de petróleo en el mar y contamina otros campos de la acción. El nivel de exigencias se deteriora y se produce un retorno al patrimonialismo, es decir a considerar los cargos como propiedad de quien los ocupa[10]. Por ese camino se exacerban los conflictos de interés, bajo la forma de conflictos de esfuerzo y conflictos de conciencia además de la apertura hacia formas de corrupción que, históricamente, han aquejado a los sistemas patrimonialistas de gestión.
Los mecanismos informales para “compensar” la mala paga suelen manejarse en forma arbitraria por lo que adquieren la forma de privilegios e intercambio de favores que vulneran la carrera docente. Ejemplos de esto se encuentran en el abuso de cargos de especial confianza, la proliferación de interinatos que precarizan el trabajo docente porque pueden ser cesados sin expresión de causa, etc.
Algunas veces los sistemas de promoción docente están inficionados  por el espíritu de curia o camarilla que fomenta el conformismo con jerarcas todopoderosos en su nicho institucional y erosiona la transparencia, la confianza y el espíritu crítico necesarios para un fuerte desarrollo de  los equipos de docencia e investigación. En forma parecida, las curias o camarillas son un obstáculo para la promoción de actividades interdisciplinarias,  multidisciplinarias e interinstitucionales porque acentúan las relaciones verticales y los enfeudamientos.
También sufre por esta razón la eficacia de los organismos colectivos de dirección (comités, consejos y comisiones) que tienden a ser manejados por tecnócratas neogerenciales ajenos a las carreras funcionariales (docentes y no docentes) porque lo primero que el neogerencialismo se plantea es destruir, en forma más o menos solapada, es desbaratar la carrera funcionarial insertando sus “cuadros tecnocráticos” en todos los procesos de toma de decisiones.
Cooperación creadora o competencia despiadada - Desde el punto de vista de la psicodinámica del trabajo[11] el efecto más pernicioso de la sustitución neoliberal de la cooperación por la competencia en materia de organización, se refleja en las universidades en distorsiones de las relaciones entre estudiantes y docentes y entre docentes. Muchas veces se han “naturalizado” o no tienen gran notoriedad. Por ejemplo, la competitividad exacerbada produce un fenómeno paradojal sobre la formación de grado y de posgrado.
Se trabaja tenazmente para mejorar en cantidad y calidad la oferta de estudios de posgrado pero dado que los docentes con doctorados (equivalentes a los PhD anglosajones) son escasos existe una carencia para desarrollar esa formación lo cual conduce a los llamados “conflictos de esfuerzo” en los que hay docentes que aceptan la tutoría de más estudiantes de los que razonablemente puede atender o contraen compromisos que ponen en cuestión la posibilidad de hacer un trabajo de calidad en todos o en alguno de ellos.
Por otro lado, esto refuerza, en algunos casos, la existencia de determinadas curias o nichos académicos ocupados por quienes han tenido, con cuentagotas,  la posibilidad de culminar un doctorado en el extranjero. Quienes lo han hecho en los E.U.A., Francia, Gran Bretaña, Alemania u otros europeos, por ejemplo, parecen presentar una baja tasa de retorno al país de origen. Quienes se han doctorado naciones próximas (geográfica o culturalmente) presentan una tasa más elevada y están nutriendo los cuerpos docentes pero, frecuentemente, incluyen su formación dentro del margen de competitividad  en beneficio de un estatus científico personal que procuran mantener a brazo partido.
La “mentalidad de bunker” que genera la competencia sin principios es uno de los factores que explica la endeblez de la carrera docente en la mayoría de las instituciones universitarias. Profesores atrincherados en cargos siempre escasos, acaparadores y manipuladores de las posibilidades de ingreso y ascenso, sistemáticos promotores de camarillas y condescendencias, eternos detentadores de lo que sea.
Naturalmente este no es un juicio acerca de los docentes universitarios que, en su enorme mayoría, han resistido las tendencias neogerenciales y son generosos con sus conocimientos porque descubrieron hace tiempo que estos, como el amor, cuando más se prodigan más se desarrollan.
Algunas universidades, facultades o escuelas ponen en práctica posgrados, que de hecho, son exclusivos para sus egresados lo cual afecta seriamente la interdisciplinariedad y la transversalidad de la formación. La nueva jerarquización de los títulos hace que algunos de los docentes que han conseguido obtener su doctorado se dediquen, sistemáticamente, a desvalorizar los estudios de grado y a presentarse como “ejemplos” del camino a seguir.
En la política de promoción de posgrados existe un factor económico notable y acecha la mercantilización. El costo de las matrículas, inclusive en aquellos cursos íntegramente no presenciales que se llevan a cabo mediante plataformas informáticas, es elevado y la posibilidad de becas y subvenciones siempre escasa.  De este modo, al tiempo que se levanta una barrera para cursar (esterilización de la demanda), aumenta su “prestigio” y por ende, muchas veces, quienes han “llegado” a ser docentes de cursos de posgrado no solamente desvalorizan en sus manifestaciones los estudios de grado sino que efectúan una autopromoción con fines económicos.
Algo similar sucede con los cursos de actualización o formación permanente dirigidos a los egresados. En algunos servicios universitarios esta es una fuente importante de proventos que no solo se recaudan entre los egresados que concurren sino entre empresas privadas que patrocinan las actividades y pagan generosamente por la publicidad que efectúan entre los profesionales. En la gran mayoría de los casos el control y la contabilidad de estas actividades escapan a los mecanismos regulares y ni siquiera pasan por fondos paralelos creados para eludir controles fiscales [12].
La ética como práctica cívica – El debilitamiento de las relaciones de cooperación y de las evaluaciones colectivas (para jerarquizar las evaluaciones individuales) junto con el incremento de la competencia y de las presiones difícilmente resistibles del sistema de “estrellas”  (docentes estrella, científicos estrella) producen el medio apto para la proliferación de infracciones a la ética, ya sea bajo la forma de deslices y errores (conducta inaceptable), de faltas y de delitos (mala conducta bajo la forma de discriminación, ocultamiento de información, exageración de los méritos, manipulación de estudiantes y colegas, plagio, fraude, estafas, hurtos, etc.).
La falta de una respuesta colectiva, institucional, no quiere decir que estos problemas no sucedan y nadie puede considerarse vacunado contra estas afecciones. Su identificación y análisis, la consideración de los dilemas éticos concretos son fundamentales para prevenir las infracciones a la ética, corregir los daños que produce, fortalecer la formación de los estudiantes y egresados y restablecer la cooperación entre investigadores y trabajadores científicos.[13]
Aunque las infracciones a la ética sean hechos aislados o pueda existir una divergencia importante en cuanto a los alcances de determinadas actitudes, es preciso señalar el atraso relativo que existe en materia del análisis de los dilemas éticos en la investigación científica y en la educación superior. La medicina, la psicología y algunas otras profesiones cuentan con normas deontológicas bajo la forma de códigos de ética. Asimismo la ética y especialmente la bioética, es decir la aplicada a las ciencias de la salud, ha tenido cierta difusión, por cierto muy encomiable. Sin embargo, muchos compartimos la idea de que los códigos de ética, el conjunto de normas preceptivas, sirve para que las personas que se manejan según valores lo sigan haciendo pero son limitados como herramientas formativas y preventivas para quienes ingresan a la educación superior o se inician como investigadores o para impedir la acción de quienes violan los principios éticos[14].
La institucionalización de la ética parece  requerir, en primer término, un relevamiento de las dimensiones del problema, de la situación en que nos encontramos según la experiencia internacional y nuestras necesidades en la materia. En segundo lugar parecería que se impone el establecimiento de un ámbito de reflexión y de intercambio, ampliamente participativo y democrático en donde los estudiantes deben jugar un importante papel, para apelar a la experiencia acumulada. La Universidad de la República tiene las condiciones necesarias para impulsar la creación de este ámbito, a nivel nacional e incorporando a todos los que se interesan en la temática.
Finalmente, la institucionalización debe favorecer  una revitalización de la ética en todos los planos comprendidos aquellos donde se refleja la banalización de la injusticia social. En suma, se hace necesario integrar este esfuerzo en un marco de asunción de nuestras diferencias, la superación de las desigualdades y el restablecimiento de la comunicación a través del diálogo y la discusión[15]. Esto es lo que Victoria Camps (1988)[16] considera como un deber cívico ineludible.



[1] Gouldner, Alvin (1969) “El mito de una sociología desprovista de valores” En: Horowitz, Irving L. (1969) (comp.) La nueva sociología. Ensayos en honor de C. Wright Mills (vol.1) Amorrortu, Buenos Aires.
[2] El término (inbreeding, inzucht, etc.) admite variantes en distintos países. En España por ejemplo se aplica al hecho que los nombramientos docentes recaen con fuerte preferencia entre docentes de la universidad que expidió el título y también a la promoción de quienes integran el mismo instituto, equipo, cátedra o taller, Entre nosotros por obvias razones la segunda de estas acepciones es la pertinente.
[3] Cfr Roudinesco, Elizabeth (2005) El paciente, el terapeuta y el Estado; Siglo XXI, Buenos Aires, pp.101,105. La autora hace una crítica demoledora de lo que llama “la ideología del peritaje” que actúa mediante sistemas o “máquinas de peritaje” que pretenden controlar “científicamente” la trasmisión del saber. Roudinesco atribuye la invención de este sistema de clasificación de competencias a un médico norteamericano, Eugene Garfield, quien, en 1957, se propuso eliminar toda forma de afecto o subjetividad en los criterios de selección de investigadores para “fabricar premios Nobel”.
[4] Schulz, Pablo C. e Issa Katime (2003) “Los fraudes científicos”.En: Revista Iberoamericana de Polímeros,Vol.4 (2), Bilbao, abril de 2003,
[5] Cfr. Collazo, Mercedes (coord.) (2008) Debates teóricos, metodológicos y políticos sobre la formación docente universitaria; Comisión Sectorial de Enseñanza, Universidad de la República, Montevideo.
[6] Escotet, M. (1993) Universidad y devenir: Lugar Editorial, Buenos Aires.
[7] Moreno, Carlos (2008) Algunas consideraciones acerca de las condiciones salariales de los docentes universitarios en América Latina (internet) versión3 Knol 2008 ago22. Disponible en http://knol.google.com/k/carlos-moreno/algunas-consideraciones-acerca-de-las/2ihmzwsor9416/2. Se accedió el 30/4/2012.

 [8] Cfr. Britos, F. (2012)” El drama de los salarios en la Universidad de la República”. En Ética y psicopatología del trabajo http://fernandobritosv.blogspot.com; 17 de marzo de 2012. Se accedió el 30/4/2012.

[9] Op. Cit. Nota 9.
[10] En nuestro país el rechazo a la apropiación patrimonialista de los cargos públicos está expresamente excluido por el principio constitucional que establece que el funcionario es para el cargo y no el cargo para el funcionario. Cfr. Constitución de la República Oriental del Uruguay; Artículo 59.- La ley establecerá el Estatuto del Funcionario sobre la base fundamental de que el funcionario existe para la función y no la función para el funcionario.
[11] Cfr. Dejours, C. (2009) Sufrimiento y trabajo ¿Cómo pensar la acción? (una conferencia de C. Dejours traducida del francés; en “Ética y psicopatología del trabajo” http://fernandobritosv.blogspot.com , 20 de abril de 2012) Se accedió el 30/4/2012. Mientras que la psicopatología del trabajo se ocupa de las enfermedades mentales producidas por el trabajo, la psicodinámica del trabajo se ocupa de los procesos psíquicos que permiten encarar y superar el sufrimiento generado por el trabajo.
[12] El típico argumento neogerencial para las “fundaciones” es el del manejo ágil de los fondos, el resultado es siempre la pérdida de transparencia aunque no necesariamente el dolo. En los Estados Unidos, que dejó de ser el país con mayor porcentaje del PIB dedicado a la investigación, los dineros dedicados a ésta son enormes y los controles se han venido afinando. Ya se ha producido el encarcelamiento de un otrora distinguido investigador por malversación de fondos. La historia ha sido magistral y objetivamente desvelada en sus encrucijadas éticas a través de un artículo periodístico de lectura imprescindible: Interlandi, Jeneen (2006) An Unwelcome Discovery. En The New York Times, Nueva York, 22 de octubre de 2006. Accesible en http://www.nytimes.com/2006/10/22/magazine/22sciencefraud.htm
[13] Britos, F. (2012) “Doctor Miller, bienvenido al club de los infractores”. En revista La Onda digital, N° 570, 17 de marzo de 2012.
[14] Un ejemplo de ineficacia de los códigos de ética surge claramente cuando se estudia la lucha de un grupo de destacados psicólogos estadounidenses para conseguir que los señalamientos generales del código de ética de la American Psychological Association se apliquen para impedir la participación de sus miembros en las torturas y otras prácticas criminales contra los prisioneros en las que están empeñados los Estados Unidos. Cfr. Coalition for an Ethical Psychology: www.ethicalpsychology.org/ .
[15] Existe información abundante e interactiva a través de www.unesco.org/shs/ethics/geobs/ la
División de la ética de las ciencias y las tecnologías; Sector de las ciencias sociales y humanas; Organización de la Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).
[16] Camps, Victoria (1988) Ética, retórica y política; Alianza Universidad, Madrid. PP. 51 : “El significado ético de la acción viene dado no por la decisión final, sino por la argumentación que pesa los pros y los contras y justifica la elección hecha. Ahora bien, una ética que subraya la importancia de la deliberación sobre la de la decisión no es una ética sin respuesta sino una ética consciente de la provisionalidad y vulnerabilidad de todas ellas y que, por tanto, necesita someterlas de continuo a la prueba de otras razones y otras experiencias. Todo discurso es, ciertamente, un instrumento de manipulación y de violencia. No obstante ese es un peligro que la ética ha de asumir y no puede ocultar bajo unas formas de expresión inflexibles y solemnes sino que ha de manifestarlo propiciando otras formas menos definitivas como la discusión y el diálogo”.

1 comentario:

  1. Hola. ¿Cómo están? Me parece tan interesante leer acerca de temas que hablan de Psicología, pues siempre me ha gustado. Le mando saludos.

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