lunes, 26 de agosto de 2013

Reflexiones sobre centralidad y psicopatología del trabajo



Reflexiones sobre la centralidad y la psicopatología del trabajo
DE LA RESIGNACIÓN ANTE EL SUFRIMIENTO A LA
BANALIZACIÓN DE LA INJUSTICIA SOCIAL
Las técnicas gerenciales aplicadas a la organización del trabajo para incrementar la productividad generan sufrimiento e interrumpen, mediante la resignación, el proceso solidario que permite a los trabajadores consolidar su identidad y obtener gratificación. La resignación es inseparable de la injusticia social y es preciso reflexionar sobre la forma en que la banalización de esta última nos conduce a tolerar lo intolerable.
Fernando Britos V.
Hace muchos años que venimos estudiando los efectos deletéreos de las pruebas psicolaborales en los procesos de selección y reclutamiento de personal. En estos procesos aparecen, de un modo u otro, formas engañosas de inducir la conformidad o sofocar la inconformidad de quienes han sido excluidos. Las devoluciones a quienes fueron sometidos a las horcas caudinas de los tests psicológicos y las entrevistas de selección - cuando se producen, lo que no es frecuente - están por lo común dirigidas a conseguir la resignación de los perdidosos (“otra vez será, siga participando”, “este trabajo no es el más conveniente para Ud.”, etc.).
A veces tales procederes forman parte de un tinglado que, como recientemente recordó un ex subdirector de la O.P.P.[1], responde a la forma en que, en la mayoría de los casos, se arreglan los llamados y concursos para que gane el caballo o la yegua del comisario en una competencia aparentemente objetiva y científicamente dirimida pero que en realidad es una simple manipulación.
Esas prácticas no ponen en cuestión la centralidad del trabajo sino que destacan el papel que juegan las formas gerenciales de organización del mismo para controlar el acceso al mundo laboral y después para manipular la ocupación de puestos decisorios por parte de quienes están comprometidos con la reproducción acrítica del sistema.
Hay un carácter esencialmente ambiguo, contradictorio, en el trasfondo de esta cuestión. En efecto, detenerse a considerar el trabajo no es un tema de moda y como en un retorno al mundo antiguo se le considera, por una parte, como una especie de desgracia socialmente generada [2] porque muchas formas contemporáneas de su organización y sus técnicas  contribuyen a esa idea.
Por cierto, no hay trabajo sin sufrimiento pero lo definitorio es el destino de ese sufrimiento que, como vimos en un artículo anterior, puede ser un ingrediente fundamental para la superación del trabajador, para el desarrollo de la identidad y para la gratificación que hacen del trabajo vivo la piedra angular de la sociedad.
Desde las obras precursoras de José Bleger, Louis Le Guillant y Alain Wisner, a mediados del siglo pasado, hasta las actuales de Christophe Dejours, es posible comprobar que ciertas formas de organización del trabajo generan un incremento en las patologías mentales. Uruguay no es una excepción.
Estas patologías pueden clasificarse en cinco categorías meramente indicativas de lo que debería constituirse en un análisis etiológico de las “nuevas enfermedades”. Aunque el aumento de su incidencia es inocultable la mayoría de ellas no ha llegado a ser incluida entre las “enfermedades profesionales” reconocidas por la OIT y la OMS.
a) las de sobrecarga que comprenden las patologías músculo-esqueléticas y sobre todo el agotamiento o quemazón conocidos como burn out por los estadounidenses o karoshi por los japoneses.
b) las patologías que desarrollan los trabajadores que enfrentan agresiones y violencia por parte del público, de vecinos, usuarios, clientes, alumnos, etc. Los casos más notorios son los que sufre el personal de la salud, los maestros y profesores, los bomberos, policías e inspectores de tránsito, los empleados de los supermercados, bancos y servicios públicos y, en general, el personal que atiende público.
c) las patologías que sufren quienes pierden el empleo por despido, por jubilación forzosa o en condiciones indignas, quienes enfrentan la inestabilidad laboral o se desempeñan en trabajos precarios y/o informales y otras formas de violencia, todo lo cual deriva en depresiones, alcoholismo y otras toxicomanías y en una degradación de la vida cotidiana y de relación.
d) las patologías que desencadenan las situaciones de acoso moral laboral, acoso sexual y otras formas de persecución y discriminación que acarrean consecuencias muchas veces irreversibles sobre la salud de los trabajadores.  
e) las patologías depresivas que pueden derivar y/o potenciar diversas enfermedades y que son capaces de conducir al suicidio[3].
            La resignación ante el sufrimiento es esencial para la persistencia de los sistemas gerenciales de organización del trabajo y juega un doble papel, por un lado encubre las groseras inequidades y la arbitrariedad, limitando o desarticulando así los mecanismos de defensa colectivos en contra de esos métodos y la reacción de los trabajadores organizados (“la vida es así”, “no hay nada que hacer”, etc.). Por otro lado, la resignación impide la dinámica del reconocimiento y de la solidaridad que es la que permite superar el sufrimiento, transformarlo en experiencia y alcanzar la gratificación en el trabajo. En otras palabras, cuando el sufrimiento que implica enfrentarse a lo real y asumir la incertidumbre y el fracaso, no puede alcanzar el reconocimiento del colectivo, la gratificación no se produce. Sólo queda el sufrimiento y sus secuelas patológicas.
            Las formas de organización destinadas a maximizar los beneficios mediante la explotación agudizada del personal  requieren cierta anuencia por parte de los trabajadores o por lo menos la neutralización de su oposición. Algunas de las técnicas más comunes son:
·         El toyotismo, es decir formas de “participación de baja intensidad” que buscan involucrar a los trabajadores aunque sin concederles autonomía ni verdadera capacidad de decisión sobre su trabajo en aras de la “calidad total”.
·         La evaluación individual del desempeño que busca desarrollar la competencia entre individuos en desmedro de los mecanismos colectivos. Esta forma de evaluación procura remitir el rendimiento al desempeño individual y desviar la atención de las ineficiencias y distorsiones que producen las formas gerenciales de organización.
·         La precarización y descalificación del trabajo que, entre otras modalidades, promueve la sub contratación de trabajadores independientes como empresas unipersonales, la llamada sub contratación en cascada, etc.
En términos generales, dichas técnicas aumentan la presión en pos de una mayor productividad y de hecho, a veces, lo consiguen aunque no en forma sostenida. Al mismo tiempo generan el aislamiento, el sufrimiento y la soledad de los trabajadores.
Ahora es preciso establecer el nexo entre la resignación ante el sufrimiento y la banalización de la injusticia social. Dejours (2013) llama la atención sobre la relación entre la banalización de la injusticia social y el sufrimiento negado[4]. Está claro: la resignación es prima hermana de la negación.
Por esta via de análisis confrontamos directamente con el funcionalismo que campea en el ambiente intelectual de las ciencias humanas. El funcionalismo presenta como inexorable la instalación de las formas de organización del trabajo que hemos señalado. La proliferación de las técnicas ya mencionadas y especialmente las pruebas psicolaborales se expone como el resultado de una lógica, endógena y al mismo tiempo ineludible: la de la economía de mercado, de la globalización y de la universalización del sistema financiero internacional. Sin embargo, como dice Dejours, “en materia de defensa contra el sufrimiento no hay leyes naturales, sino reglas de conducta construidas por los hombres y las mujeres” (2013, 20).
            Hay que reconocer que no todo el mundo considera que quienes sufren exclusión, desempleo, marginación, discriminación o miseria son además víctimas de la injusticia. Muchas personas mantienen un bloqueo entre el sufrimiento y la injusticia. De este modo, aunque adviertan la infelicidad en el primero no son capaces de reaccionar políticamente contra la segunda. El sufrimiento del otro puede movilizar la compasión, la piedad o la caridad pero la solidaridad activa o la protesta indignada solamente se produce cuando se percibe la conexión que existe entre ese sufrimiento ajeno y la injusticia. Las nociones de responsabilidad, solidaridad y justicia corresponden a la ética y no a la psicología.
            Hay discursos que explican y justifican la infelicidad atribuyéndola al destino u otras causas sobrenaturales, a ciertas formas de determinismo biológico o económico. De este modo se encubre la responsabilidad de la sociedad y de la injusticia social en la existencia de la infelicidad. La adhesión de muchas personas a este discurso - que no es el resultado de la experiencia o de la reflexión individual sino una postura ideológica promovida para la defensa del statu quo – es la que termina haciendo tolerable lo intolerable, difundiendo la resignación. desactivando la movilización y devaluando sutilmente la solidaridad [5].
            Al decir de Dejours (2013, 25) el problema no tiene que ver únicamente “como muchas veces se cree, con la simple resignación o la aceptación de la impotencia frente a un proceso que nos supera, sino que funcionaría además como una defensa contra la conciencia dolorosa de la propia complicidad, de la propia colaboración y de la propia responsabilidad en el desarrollo de la infelicidad social”.
            La banalización de la injusticia social es la forma que adopta una concepción que promueve la tolerancia ante la injusticia y que hace pasar por infelicidad algo que, en realidad tiene que ver con el mal que unos individuos infligen a otros. Si se trata de la psicopatología del trabajo se hace imprescindible investigar estos procesos, identificar a los responsables, en el bien entendido de que esta labor no nos otorga a los demás el beneficio de la inocencia.
            Exponer estas cuestiones es el primer paso para desarrollar, autocríticamente, estrategias de defensa, para superar las negaciones y la resignación y para promover la movilización que permita des-banalizar el mal. Si el lector llegó hasta aquí sabrá que este será el tema de próximos artículos.
           





[1] Conrado Ramos: para cambiar el funcionamiento del Estado es necesario "refundar el pacto entre políticos y burócratas"14.05.2013 | 17.24. En: http://www.espectador.com/noticias/264864/conrado-ramos

[2] Trabajo proviene del término latino tripalium que era una especie de caballete empleado para torturar (tripalliare).
[3] Ver Britos, F. (2009) “La campana dobla por ti” En el blog: Ética y psicopatología del trabajo.
[4] Dejours, Christophe (2013) La Banalización de la Injusticia Social. Ed. Topía, Buenos Aires (se trata de la segunda edición de una obra de Dejours publicada en Francia, hace quince años, bajo el título Souffrance en France: la banalisation de l’injustice sociale. Ed. Du Seuil, París, 1998.
[5] Esto nos recuerda a John Rawls y su teoría liberal de la justicia que aunque está correctamente apuntada contra el utilitarismo promueve el igualitarismo dejando tras “el velo de la ignorancia” las razones concretas de las desigualdades. Uno de sus críticos, desde la izquierda, le asestó un libro cuyo título, traducido del inglés, es algo así como “¿Si eres igualitarista, cómo es que te has vuelto tan rico?”. Cfr. Gracia, Francisco (s/f) La teoría de la justicia de John Rawls y sus críticos Nozick, Sandel y Sen;     asequible en: http://www.slideshare.net/pakogracia/la-teora-de-la-justicia-de-j-rawls-y-sus-crticos.

Trivialización de la justicia




VIEJITOS ASESINOS
Lic. Fernando Britos V.
Un paseo veraniego - Los romanos solían decir que, bajo la canícula veraniega de su ciudad, los únicos que caminan al sol del mediodía son los ingleses y los perros. Erich Priebke no es inglés sino alemán pero vive en Roma y el pasado lunes 29 de julio, en oportunidad de su cumpleaños número 100, bajó de su apartamento céntrico para dar una vuelta y hacer algunas compras. Un anciano delgado y bien conservado que aprendió a caminar por la sombra en la ciudad donde cometió terribles crímenes hace algo más de setenta años. En razón de su edad cumple prisión domiciliaria para satisfacer la condena a prisión perpetua que se profirió en 1998 y se pasea como un apacible jubilado.
Roma en 1944 - A fines de marzo de 1944, la ofensiva de los Aliados en la Italia ocupada por Alemania estaba empantanada ante las ruinas de Montecassino. La soberbia y la ineptitud del general estadounidense Mark Clark - que ansiaba el galardón de ser el primero en entrar en Roma para compensar la pasividad y lentitud de sus acciones anteriores – había provocado la mayor masacre sufrida por tropas norteamericanas hasta entonces. Después hindúes, ghurkas, maoríes, neozelandeses, franceses y polacos fueron lanzados al mejor estilo suicida de carne de cañón contra el punto más fuerte de las líneas alemanas y también fracasaron.
El frente de batalla había sido convertido en un paisaje lunar por los bombardeos de la aviación inglesa y estadounidense y por el martillo pilón de una concentración de artillería como no se había visto desde 1916 en el Chemin des Dames ante Verdún. La Wehrmacht mantenía su cuartel general en Roma, un desembarco fallido tenía aprisionados a los Aliados en Anzio y los partisanos antifascistas libraban su propio combate solitario contra los nazis.
En la mañana del 23 de marzo de 1944 un barrendero romano detuvo su carrito ante la puerta de un cuartel de la policía alemana en la Via Rasella y cruzó la calle con su escobillón. Cuarenta segundos después estalló el contenido del carrito, una bomba casera con unos 20 kilos de dinamita encerrados en una caja de acero y en tubos de metal. El barrendero y quince de sus compañeros lanzaron granadas y ametrallaron a los miembros del Polizeiregiment Bozen y mató a 28 de ellos, tres morirían poco después de sus heridas. También murieron dos civiles italianos. Los partisanos desaparecieron en pocos segundos.
Las víctimas del atentado eran italianos de lengua alemana, provenientes de la provincia de Bolzano. Se trataba de sobrevivientes de las tropas italianas que huyeron del desastre de la Wehrmacht en Stalingrado (enero de 1943) y que para no ser enviados de nuevo al frente germano-soviético se habían enrolado en la policía de los ocupantes.
La matanza de las Fosas Ardeatinas - Hitler ordenó personalmente la represalia: ejecución de diez civiles italianos por cada uno de los policías muertos. El operativo fue encomendado a Herbert Kappler (1907-1978) un comandante de las SS y comisario de la Gestapo que estuvo a cargo de la misma y de la totalidad de los servicios de seguridad en la Italia ocupada.
Kappler, que hablaba italiano con fluidez, fue asesor de la policía fascista y planeó la liberación de Mussolini tras su derrocamiento en 1943 pero sus méritos como carnicero y torturador los había hecho antes en Polonia (como integrante de los Einsatzgruppen SS) y en Bélgica. Después jugó un papel decisivo en la deportación de judíos italianos a Auschwitz y otros campos de exterminio, la persecución a los partisanos y a prisioneros de guerra y la ejecución de “enemigos del Estado”. Kappler hizo fortuna robando dinero, joyas y propiedades de sus víctimas.
Los principales colaboradores de Kappler fueron los SS, el teniente Erich Priebke y Karl Haas. Su jefe había confeccionado en un santiamén una lista con italianos presos y condenados a muerte, por otros que estaban siendo juzgados y que consideró serían condenados, con 75 judíos italianos que iban a ser enviados a Auschwitz, por decenas de detenidos acusados de terrorismo y por otros tantos que permanecían detenidos en espera de liberación por falta de pruebas. Todos estaban detenidos en cárceles dependientes de las SS, del alto mando alemán, del gobierno italiano y de una organización paramilitar fascista. La cifra de rehenes “se redondeó” en 335.
El 24 de marzo, Priebke y Haas, los llevaron en camiones del ejército a las Fosas Ardeatinas, unas antiquísimas minas cuyas galerías se encuentran cerca de Roma. Los dos verdugos de las SS los hacían entrar en grupos de cinco y los ejecutaban a quemarropa de un tiro en la nuca. Sesenta y siete veces repitieron la sangrienta operación que se extendió por muchas horas. Después zapadores alemanes dinamitaron las entradas. Terminada la guerra el lugar se convirtió en un memorial de los crímenes cometidos por nazis y fascistas.
Pocos contemporáneos sobreviven. Muchos italianos recuerdan las dificultades para obtener justicia ante este y los demás crímenes cometidos por nazis y fascistas. Periódicamente se recuerda la pasividad del Papa Pío XII, que mantuvo una actitud complaciente sino alentadora con el nazismo, antes, durante y después de su caída, desde sus épocas de Nuncio Apostólico en Alemania. El Papa se dice que supo de la orden de Hitler y no intercedió para conseguir que se dilatara la ejecución de los rehenes, lo que podría haberlos salvado, pues los alemanes se retiraron de Roma nueve semanas después.
Asesinos en fuga – Al terminar la guerra, Kappler se había replegado a Alemania y allí fue detenido por los ingleses que lo entregaron a Italia en 1947. Fue juzgado por un tribunal militar que sesionó en el mismo colegio militar donde él había recluido a los judíos romanos que envió a  las cámaras de gas. Su defensa distó de ser original. Era tan banal como la misma “obediencia debida”: él no había hecho nada más que ejecutar órdenes superiores. Fue condenado a cadena perpetua y a 15 años adicionales por extorsionar y robar a los judíos deportados.
Desde entonces Kappler cambió de estrategia pero sus apelaciones fueron rechazadas. En 1959, pidió al Presidente de la República Italiana que le permitiera ir a las Fosas Ardeatinas y permanecer en ellas el tiempo necesario para rendir homenaje a las víctimas. Esta petición fue rechazada, así como las solicitudes de gracia que el reo presentó en 1963 y en 1970.
El gobierno de la RFA - que se había vuelto instantáneamente demócrata después de la guerra - pidió clemencia para Kappler  repetidas veces: el Presidente de la República Federal de Alemania Gustav Heinemann (en 1973) y en tres ocasiones el Canciller Helmut Schmidt. Este último aprovechó el "caso" creado por los llamamientos para su liberación hechos por su madre, Paula, quien murió a los 94 años sin haber podido volver a abrazar a su hijo.
En 1975, se le diagnosticó a Kappler un cáncer y fue trasladado, al año siguiente, a un hospital militar en Roma. Las nuevas peticiones para que fuera liberado también se rechazaron pero en razón del deterioro de su salud se le permitió a su esposa Anneliese un acceso ilimitado. Esta lo aprovechó en 1977 cuando al cabo de una visita produjo la fuga de Kappler hacia Alemania sacándolo del hospital en una valija grande. El gobierno italiano exigió la extradición del fugado pero el de la RFA se negó y tampoco lo juzgó por sus otros crímenes. De este modo, Kappler murió libre, en su casa de Soltau y rodeado por el cariño de los suyos, a los 70 años de edad.
El verdugo Priebke en cambio fue mucho más favorecido. Con la ayuda de ODESSA (Organisation der ehemaligen SS-Angehörigen: Organización de Antiguos Miembros de la SS) la red secreta de que ayudaba a escapar y ocultarse a los nazis, llegó a la Argentina. Permaneció poco tiempo en Buenos Aires y se refugió en Bariloche, en 1954, donde prosperó a salvo por más de 40 años. Cambió el Erich por Erico y se aplicó a dirigir un colegio muy reconocido, el Instituto Primo Capraro. Se hizo famoso y apreciado por  la comunidad cordillerana como educador y vecino ejemplar.
La trivialización de la justicia - En 1991 el velo del terrible secreto empezó a rasgarse. Fue denunciado por Ernest Buch en un libro que descubría el pasado del criminal nazi. También ese año, un periodista estadounidense, Sam Donaldson, ubicó a Reinhard Kopps un antiguo SS que había ayudado a Priebke a establecerse en Bariloche. Cuando el periodista interrogó a Kopps este le dijo que el verdadero criminal de guerra era su prestigioso vecino y la denuncia alcanzó mayor difusión.  En 1994, medio siglo después de la masacre, Priebke fue ubicado por Donaldson y un equipo de la cadena de noticias ABC. Tal vez por soberbia o pensando que el tiempo transcurrido, su edad y su posición social lo mantendrían a salvo, Priebke consideró que no era ya un riesgo para él referirse a las Fosas Ardeatinas y reconoció su autoría en los asesinatos. Alegó entonces – ¿cuándo no? - que recibió órdenes superiores y que su deber era ejecutarlas. Priebke cortó abruptamente la improvisada entrevista pero su fachada se había fisurado irreparablemente.
La sociedad barilochense se conmovió y hubo movimientos de solidaridad destacando la obra benéfica de aquel afable abuelito pero Italia reclamó su extradición y Argentina la concedió en 1995, de modo que en 1998, después de muchas chicanas dilatorias, fue condenado en Roma a cadena perpetua. Como las leyes italianas establecen que por su edad reciba arresto domiciliario, Priebke reside en un confortable apartamento céntrico, que le facilita su abogado defensor Pablo Giachini, y nunca ha demostrado remordimiento por sus crímenes. En el último piso disfruta de la vista y tiene una terraza con malvones. Además se le permite salir acompañado por un escolta, hace sus compras, va a los parques y sale a cenar con sus amigos.
Ahora en Italia se oyen voces que reclaman que Priebke se arrepienta pero muchos piensan, como Primo Levi, que en estos casos el perdón es imposible e inútil. En realidad lo chocante es que, arrepentido o no, el verdugo de las Fosas Ardeatinas se ha mofado de la justicia humana durante casi 80 años y ahora no solamente es un símbolo de la banalización del mal sino de la trivialización de la justicia. Su abogado Giachini sostiene que asumió su defensa, a mediados de los 90, porque considera que su cliente estaba siendo perseguido por motivos políticos.
¿Será este el último de los viejitos asesinos que morirá en dorado retiro y en su casa?¿ Cobrará pensión como teniente jubilado? ¿Dónde está el oro de los muertos? ¿Dónde su patrimonio barilochense?


miércoles, 24 de julio de 2013

Auge y caída de los cargos de confianza



LA CASITA DEL PARQUE
Auge y caída de los cargos de particular confianza
Fernando Britos V.
El secretario general de la Intendencia Municipal de Paysandú era el número dos de la nomenclatura política del departamento. Un abogado joven y fogueado, un peso pesado de su partido; un hombre de familia con esposa rubia y madre acongojada, procesado con prisión por “abuso de funciones” porque la policía lo detuvo conduciendo alcoholizado y acompañado por dos mujeres: una de ellas funcionaria municipal y “encargada” de la casita de la Intendencia donde se desarrollaba una festichola con alcohol, cocaína y prostitución. La otra una menor de edad a la que el jerarca borrachín estaba “llevando a su casa”.
          Hasta aquí lo que ha sido profusamente divulgado por los medios de comunicación. Aparentemente la justicia no ha concluido la investigación y es posible que la carátula de los procesamientos y aún la cantidad de procesados cambie porque es inevitable pensar que un tal alto cargo de “particular confianza” la ha sacado baratísima con una prisión por “abuso de funciones” que le permitirá, seguramente, brindar con champaña y porqué no con whisky en la tranquilidad de su hogar, en pocas semanas, para retomar el camino a la cumbre del que debió bajarse, después que el mal paso se haya olvidado.
          Los abogados, los jueces y sus colaboradores se enfrascarán en las delimitaciones de responsabilidad penal pero ya algunas cosas se han dicho. Las declaraciones que se atribuyen a la mano derecha del Intendente de Paysandú son casi más vergonzosas que las faltas y delitos que pudiera haber cometido. Resulta que el pobre doctor que gestionó la “casita del parque” para el asado (de casita nada, ya todos hemos visto que se trataba de una construcción municipal de buen tamaño, muy bien mantenida y convenientemente apartada), se dio una vuelta y se tomó unos tragos con sus amigos. El inocente mientras se emborrachaba vio aparecer mujeres y más hombres y espantado por el tinte orgiástico y coquero del acontecimiento resolvió retirarse llevándose a la “encargada” de la casita y a una de las adolescentes que participó en la fiesta. ¿Cómo podría acusársele de intentar tener sexo con una menor de edad si a ella “le faltaba un mes para cumplir los 18”? Borracho pero consciente el hombre, ya le había pedido la cédula a la nena ¿o se enteró después? Solamente por semejantes declaraciones atenuantes aparece como sospechoso de otros consumos psicotrópicos pero eso es cuestión de los jueces (tal vez hayan pedido un análisis de la orina del imputado).
          Ahora algunas reflexiones que no tienen que ver con el derecho, la calidad profesional del procesado que le reconoce el Intendente o la probidad de la justicia pero si con la ética y la eficacia de la gestión pública.
          El ex secretario general de la Intendencia sanducera es un fruto del árbol del clientelismo, uno de cuyos pilares fundamentales son los cargos de confianza, políticos de particular confianza, o de renovación permanente de conocimientos como se denomina a algún escalafón inventado para burlar la carrera funcionarial y el profesionalismo de la función pública.
          No es moda novedosa la de denigrar a los funcionarios públicos para promover acomodos y la proliferación de cargos de confianza que dependen del arbitrio del jerarca de turno que los apadrina.
El mito de la “inamovilidad de los funcionarios públicos”[1] al hablar de la eficiencia del Estado, como el mito de “los dos demonios” para encubrir las responsabilidades por el terrorismo de Estado y los crímenes y latrocinios de la dictadura, verdaderamente han hecho carrera.
Las cosas marchan mal, existe ineficiencia (real o presunta porque “las pruebas se producen” por difamación y repetición de calumnias) pues la culpa es de los funcionarios, haraganes impenitentes, coimeros, incompetentes.
Las ocurrencias geniales de los jerarcas políticos (es decir de quienes ocupan cargos electivos) no pueden llevarse a cabo, pues la culpa es de los funcionarios públicos que, como el perro del hortelano “no comen ni dejan comer al amo”, son los burócratas que complican las cosas que demoran todo con su falta de motivación y su ineptitud.
En verdad se trata de una fórmula simple pero efectiva. El trabajo de los servidores públicos es un trabajo estigmatizado, un trabajo de bajo prestigio que no cuenta con reconocimiento alguno. La carrera funcionarial ha sido desmantelada (claramente desde la adopción de la Constitución “naranja”, en 1966, que estableció que todos los cargos superiores de la administración pública son “cargos de confianza” de modo que están sometidos casi exclusivamente a la voluntad del jerarca electivo.
Ya se sabe que los cargos electivos ocupados por personas cuyas virtudes no se trata de analizar o cuestionar tienen, en su sensibilidad ante los problemas y para buscar soluciones, una limitación muy importante: tienden a privilegiar lo que sus electores les reclaman o lo que ellos creen o se manipula o presenta como el deseo de sus electores. Por ende la mayoría de quienes ocupan cargos electivos no suelen hacer nada que conspire contra la posibilidad de ser reelectos o que deteriore su prestigio ante los intereses a los cuales sirven.
De todos modos los intereses populares muchas veces son algo tan difuso, tan sometido a las veleidades de la llamada “opinión pública”, a las mayorías circunstanciales, que siempre habrá campo de maniobra para no hacer lo necesario sino lo conveniente.
Los funcionarios de carrera en tanto - es decir aquellos que se han ganado su lugar a punta de pruebas, méritos y compromiso cotidiano e incluso aquellos que ingresaron por cuota clientelista de algún político o por imposición de algún milico encaramado en el gobierno (1973-1985) pero que deseaban trabajar honestamente sin privilegios indebidos – tiene que hacer lo que se debe y resolver no solamente las complejidades del trabajo prescripto sino los desafíos del trabajo real.
Esto no quiere decir que los funcionarios públicos estén exentos de corrupción, incuria o incapacidad sino, simplemente, que quienes están más cerca del poder, en relación directa con quienes toman las decisiones - como es el caso de los cargos de confianza - están más propensos, aunque no necesariamente condenados, a sufrir la corrupción y la subversión de valores que, invariablemente, irradia desde el poder. Muchos de quienes recuerdan la frase discutiblemente atribuida a Lord Acton: “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”, tienden a recordar más la segunda parte de la oración en desmedro de la enfática afirmación inicial.
El número dos de la Intendencia de Paysandú pertenece al mismo partido político que llevó a la presidencia al mandatario que hacía inolvidable escarnio de los servidores públicos diciendo “ellos hacen como que trabajan y yo hago como que les pago” pero no debe creerse que el menosprecio de los funcionarios y la exaltación y proliferación de los cargos de particular confianza corresponde a algún o algunos partidos políticos.
Se trata de una posición de clase como antes se sostenía, en todo caso de una posición que tiene que ver con el manejo de la cosa pública que, en menor o mayor medida, es transversal a todos los partidos políticos, sin perjuicio de lo cual hay que precaverse para no hacerle el caldo gordo a las posturas fascistoides y antidemocráticas de la burguesía asustada (“que se vayan todos”, “todos son iguales”).
Aquí no se trata de hacer adivinanzas. Es casi seguro que el jerarca ahora defenestrado figuraba entre quienes promueven la rebaja de la edad de imputabilidad para los jóvenes aunque probablemente no exhiba la misma drasticidad hacia los pedófilos y los proxenetas (“le falta un mes para cumplir 18 años”) y otras moscas pueden atarse por ese rabo.
El trabajo de los servidores públicos comparte con el trabajo doméstico su invisibilidad. Los funcionarios públicos también son relevantes por defecto, esto quiere decir que su presencia se percibe cuando el trabajo no se hace. El piso está sucio cuando nadie lo ha barrido; que el lavado no se ha hecho se nota cuando en el cajón no hay ropa limpia para ponerse. Sin embargo, cuando el trabajo se hace no se lo valora. Para quien no hace un trabajo de este tipo todo aparece como una naturalización de las dificultades, todo es fácil, cualquier idiota puede hacerlo y por lo tanto lo que se invierte para remunerar ese trabajo siempre parece un despilfarro. Lo que se paga al servicio doméstico o a los servidores públicos siempre parece demasiado “para lo poco que hacen”.
El trabajo invisible es trabajo desvalorizado y lo que es peor, el sufrimiento que el trabajo siempre genera, en mayor o menor medida, es banalizado (“exageran los riesgos”) lo que explica, por ejemplo, la resistencia a aceptar la responsabilidad penal en accidentes por inseguridad en el trabajo de la construcción (el más mortífero en nuestro país).
Finalmente, no abandonaremos el asunto sin referirnos a un par de rasgos comunes en varias propuestas para “la reforma del Estado” (sin entrar a sopesar su neoweberianismo, su neoliberalismo o su neogerencialismo).
Por una parte, las tendencias en boga suelen entonar el canto de la “participación” que, por lo general, es lo que hemos denominado como “participación de baja intensidad” que es uno de los ingredientes fundamentales del toyotismo y de la gobernanza. La gobernanza - un criterio muy trabajado en la Unión Europea antes de la crisis profunda que ahora sufre - preconiza los mecanismos de consulta popular, de difusión y participación de los actores sociales para promover grandes obras o proyectos y políticas sociales.
Todo parece muy bonito pero esas consultas son en realidad para guardar apariencias democráticas, amortiguar las críticas y encajar las objeciones o propuestas diferentes que puedan surgir en una etapa previa a las decisiones. El manual de la gobernanza indica claramente que las posiciones opuestas que aparezcan en las consultas deben ser liquidadas o diluidas para que no incidan en las decisiones. Ahora que la recesión azota a Europa los servicios de la gobernanza no son necesarios: las brutales medidas antipopulares no pueden ser maquilladas.
Por otra parte, las concepciones de la gestión moderna se juegan todos los boletos a la tecnología, a la inteligencia artificial, a la robotización. Esa es la bazofia que vende la Singularity University, por ejemplo: un mundo donde todos los problemas serán resueltos, donde todos los trabajos penosos los harán las máquinas inteligentes y sensitivas y los humanos (bueno… algunos humanos se dedicarán al ocio creativo por toda la eternidad porque las enfermedades habrán sido definitivamente derrotadas).
Estos vendedores de paparruchas ya han hecho algunos negocios y en algunas cabezas existe a la concepción panóptica de la gestión pública, del control total y la explosión de la auditoría perpetua. En esa marco repta la idea acerca de que, a no muy largo plazo, se deberá tender a una administración sin funcionarios, por lo menos sin funcionarios de carrera, sino con un grupito selecto de colaboradores de particular confianza (esencialmente desechables) que operarán los maravillosos sistemas informáticos que todo lo resuelven.
Bien vale la pena pagar fortunas por estos programas omnipotentes para ahorrarse los sueldos de esos molestos funcionarios que pretenden opinar sobre su propio trabajo, sugerir la forma de hacerlo, mejorar las condiciones en que lo llevan a cabo y reclamar un reconocimiento que no se merecen.
Como en los cuentos de hadas, los hermosos de Gattaca terminarán festejando en “La casita del parque”. Robocop se encargará de que nadie los moleste.


[1] Como se sabe los funcionarios públicos son removibles por comisión de falta grave, omisión o delito con la única condición de que se siga el debido procedimiento. Es decir que la “dificultad” para echar a los que se lo merezcan es únicamente política, es decir que se necesita voluntad política para producir evidencias y razones, para respetar los derechos humanos y las garantías democráticas, nada más pero nada menos.