lunes, 14 de octubre de 2013

Reflexiones sobre psicopatología del trabajo, culpa y responsabilidad.

REFLEXIONES SOBRE PSICOPATOLOGÍA DEL TRABAJO,
CULPA Y RESPONSABILIDAD




La des-banalización del mal



La banalización del mal o la injusticia para eludir la responsabilidad por sufrimientos que se infligen o se toleran es un proceso que se desarrolla en circunstancias concretas, pero con rasgos comunes en cuanto a las conductas humanas. No resulta de fuerzas inexorables y supone la participación de las personas. La des-banalización del mal es posible, pero requiere comprensión y una atención permanente a estos procesos.



Por Fernando Britos V.


BANALIZACIÓN DEL MAL Y LA INJUSTICIA. Desde hace un tiempo, los organizadores de reuniones de trabajo en el área empresarial, en la académica y otras donde la gente se congrega o es congregada con el propósito de tratar algún tema de interés común, someterse a una conferencia o una charla de divulgación, conocer algún plan de trabajo, se ven sometidos, por lo general como preámbulo, a ciertas "técnicas de inducción" cuya estirpe es diáfanamente rastreable hasta las prácticas religiosas, las estrategias de venta grupal y la animación de fiestas infantiles.
De lo que se trata, según los promotores de estos procedimientos, es de descontracturar a los asistentes, de rebajar las tensiones, de crear vínculos físicos y espirituales entre ellos, de prepararlos mejor para la recepción de algún mensaje o sensación importante. De este modo el acto litúrgico de "dar la paz", ubicado al final de la misa católica, se coloca al principio y los ejercicios que se tomaron prestados en un potpourri de las gimnásticas o meditaciones orientales, las charlatanerías sectarias y los aprestamientos lúdicos preescolares, parecen haberse vuelto un prólogo indispensable para actividades intelectuales o laborales de toda índole.
Los paquetes de técnicas de inducción han invadido el campo laboral, las actividades didácticas y los ámbitos colectivos para el intercambio de ideas. Están de moda desde hace años como perpetuación organizacional de la onda New Age pero incorporada en el neo‑gerencialismo. Quienes no se avengan a participar en estas acciones grupales o a comprar estos métodos para el manejo de reuniones empresariales corren el riesgo de ser tildados de rígidos, anticuados, retraídos, incrédulos, conflictivos o egoístas impenitentes.
El gerencialismo o el neo‑gerencialismo ‑términos corrientemente empleados desde la academia, por la ciencia política y la sociología, para referirse a distintas concepciones en cuanto a la organización del trabajo‑ están vinculados con temas recurrentes como "la reforma del Estado", "el desarrollo organizacional", "el trabajo saludable", "cómo evitar conflictos y obtener el ‘si’ (la negociación según la Escuela de Negocios de Harvard)" y otros muy manoseados en programas de televisión, artículos periodísticos, charlas, conferencias, talleres, seminarios, desayunos y cuanta denominación pueda darse a la vasta panoplia de "eventos empresariales".
En esa selva de palabras subyace la concepción de que, si bien el trabajo es capaz de producir sufrimiento, éste puede ser conjurado con una serie de fórmulas simples, y los conflictos que se generan en la interacción de cualquier colectivo pueden ser amortiguados o eliminados mediante la manipulación. De este modo, en la tapa de las "listas de control" del neo‑gerencialismo suele encontrarse la banalización del conflicto, la uniformización, la identificación positiva con el grupo, la dilución lúdica, la exaltación de la lealtad acrítica (la camiseta) y otras acciones que se basan en la resignación: es decir, en una aceptación resignada por parte de todos los trabajadores, y en último término (y solamente en último término) la coacción, el acoso, la sanción, la exclusión, el despido.
La resignación es inseparable de la injusticia social y es preciso reflexionar sobre la forma en que la banalización de esta última nos conduce a tolerar lo intolerable. Sin embargo, hay que reconocer que no todo el mundo considera que quienes sufren exclusión, desempleo, marginación, discriminación o miseria son, además, víctimas de la injusticia.
Muchas personas han desarrollado un divorcio entre el sufrimiento y la injusticia. Adviertan la infelicidad que conlleva el primero pero no son capaces de reaccionar políticamente contra la segunda y por este lado debemos buscar el fundamento de la impunidad. El sufrimiento del otro puede movilizar la compasión, la piedad o la caridad; pero la solidaridad activa o la protesta indignada solamente se produce cuando se percibe la conexión que existe entre ese sufrimiento ajeno y la injusticia, así como la forma en que opera la impunidad. Las nociones de responsabilidad, solidaridad y justicia corresponden a la ética y no a la psicología.
Hay un conjunto de técnicas y de estrategias para hacernos creer que el sufrimiento en el trabajo ha disminuido considerablemente desde el siglo pasado y sospecho que tenemos cierta tendencia espontánea a pensar que dicho sufrimiento ha desaparecido o se ha atenuado mucho gracias a la mecanización y a la informatización. La ergonomía ha demostrado que la informatización y la inteligencia artificial exponen promesas de bienestar, de alivio y de hacerse cargo de los trabajos sucios, que no son capaces de cumplir. Hay una fachada que se exhibe al escrutinio público y que oculta el sacrificio, el esfuerzo y los riesgos psicosociales y físicos que implica cualquier trabajo.
El sufrimiento en el trabajo no ha desaparecido: está disimulado tras fachadas más o menos brillantes y solamente es posible avizorarlo cuando la movilización sistemática de los trabajadores organizados descorre el velo y exige medidas concretas para preservar la salud psicofísica y la vida. El ejemplo más elocuente y positivo de esta actividad es el que desarrolla el SUNCA ‑la organización de los obreros de la construcción y ramas afines‑ que reclama en forma insoslayable y multitudinaria las medidas y responsabilidades más elementales en una industria que es la más mortífera y se encuentra entre las de mayor morbilidad en nuestro país.
VOLVERSE MALO. Sabemos que la movilización colectiva es la estrategia adecuada porque en materia de defensa contra el sufrimiento no hay leyes establecidas, sino reglas de conducta construidas por los hombres y las mujeres. Sin embargo, no se puede naturalizar otros mecanismos que suele promover el neo‑gerencialismo y conferirle a todos ellos, sin beneficio de inventario, condiciones de bondad y eficacia. En materia de estrategias de defensa contra el sufrimiento, más que en otro campo, es preciso separar claramente los bagres de las tarariras.
El discurso economicista sobre la infelicidad la atribuye al destino, a la mala suerte, o incluso culpabiliza a las víctimas; y esto no sucede solamente en los casos de despido, exclusión, violación de derechos humanos, cruda explotación. La ausencia de responsabilidades y la no percepción de las injusticias que subyacen a la infelicidad son capaces de conseguir la adhesión de mucha gente. Es que "los uruguayos somos muy conservadores", se dice, "muy cautos ante los fenómenos que nos preocupan o los temores que sufrimos", se agrega, pero no se explica la resignación o la falta de reacción, de indignación y de movilización colectiva. La ausencia de tales reacciones siempre ha sido el sustrato de la impunidad y de los abusos más brutales.
Esa adhesión cautelosa al discurso economicista, esa indiferencia o insensibilidad moral, aparece muy claramente cuando se analiza el entorno social de los grandes crímenes contra la humanidad. No es necesario adherir al concepto de la "culpa colectiva" en el caso de la Alemania nazi para comprender que los campos de la muerte y el trabajo esclavo eran inocultables para la enorme mayoría de los alemanes. Ahora bien, en otros casos hay que reconocer que la resignación ante hechos sobre los que nos consideramos impotentes o la simple indiferencia funcionan como defensa contra la conciencia dolorosa de lo que se sabe o como lenitivo de la colaboración por omisión. En suma, se trataría de eximirse de responsabilidades ante la existencia de la injusticia social. Le atribuimos el carácter de infelicidad a lo que no es sino la banalización del mal[1] que unas personas infligen a otras.
Hace unos cuantos años, Christophe Dejours[2] advertía que cuando se profundiza en este análisis del mal los lectores o los oyentes pueden empezar a perder interés porque comprenden que no se trata solamente de identificar a un grupo de perpetradores de los crímenes o a sus autores intelectuales e instigadores o de condenar los métodos que aplicaron para cometer esos crímenes.
Todas las malas acciones deben ser investigadas y los responsables y sus procedimientos identificados; pero eso no basta porque no supone automáticamente la inocencia de los demás. La consideración de estos temas no nos otorga el beneficio del extrañamiento, de la ajenidad, ni nos permite poner el mal a suficiente distancia como para decir "no me interesa", "yo no tuve ni tendré que ver con eso", “cuando eso sucedió yo era un niño”). Exponer estas cuestiones es el primer paso para desarrollar, autocríticamente, verdaderas estrategias de defensa, para superar las negaciones y la resignación y para promover la movilización que permita des-banalizar el mal. Nada menos pero nada más.
Una serie de televisión como Breaking Bad[3] (que podría traducirse como "Volviéndose malo") explora, precisamente, la relación entre las personas y la maldad a lo largo de los años. Vince Gilligan, el autor de la serie, pone a sus personajes y especialmente al protagonista ‑un profesor de química en un liceo de Nuevo México que se transforma en narcotraficante‑ como seres que se encuentran en situaciones que no les dejan alternativa: hicieron lo único que podían hacer aunque esto significara volverse cada vez más malignos; fue culpa del destino, de su mala suerte, no podían elegir aunque el fin fuera previsible.
El gran atractivo de esta serie y la genialidad del autor consiste en haber mostrado y demostrado sutilmente, en forma acabada y a través de cinco temporadas, que los personajes siempre pudieron elegir otro camino, hacer otra cosa, y que en esta materia, como decíamos, no hay leyes inexorables sino construcciones que hombres y mujeres desarrollan en situaciones sociales concretas.
Precisamente, la banalización del mal es un proceso que puede ser investigado, comprobado, controlado, interrumpido por las decisiones de las personas y que incluye la responsabilidad sobre los actos, la que no es posible eludir por desplazamiento ("lo hice cumpliendo órdenes", "si yo no lo hacía me lo habrían hecho a mi").
Por eso, el argumento de la "obediencia debida", que invariablemente emplean los perpetradores de crímenes de lesa humanidad, no resiste el menor análisis, es un engaño muy burdo y elemental. La degradación que supone el mal puede ser interrumpida y revertida, o por el contrario precipitada, por la voluntad de los actores. Sin embargo, para oponerse a esta degradación, para denunciarla y combatir sus efectos nocivos en nosotros mismos, es preciso comprender sus mecanismos: analizar las fuerzas que operan, las circunstancias, el contexto mediato e inmediato. Y esta es una actividad permanente, es decir, que no concluye nunca. Nuestra capacidad se acrecienta con el conocimiento pero el resultado nunca está garantizado.
VOLVERSE BUENO. En la presentación de un libro sobre las secuelas de la Ley de Caducidad[4], el profesor Álvaro Rico advirtió que los efectos de la ley en cuestión son estructurantes del presente ("es una ley fundante del Uruguay posdictadura") porque instaló una cultura de impunidad que está presente en todos los aspectos de la cotidianeidad y genera una "pérdida del sentido de responsabilidad" que se percibe en las relaciones laborales, vecinales, de pareja, "cuando las personas no asumen las consecuencias" de sus acciones.
La impunidad ‑señaló Rico‑ se ha transformado en un elemento cultural y cohesionador en un sentido destructivo, de modo que si bien se registran avances en materia legislativa, se dan en un contexto cultural y social cada vez más conservador y dentro de un sistema legal y penal cada vez más punitivo[5].
La banalización del mal es un proceso que tiende a asegurar la impunidad mediante el ocultamiento de la responsabilidad. Para efectuar ese ocultamiento se necesitan diversas dosis de negación, de alteración de los hechos acaecidos, de invención de otros que no sucedieron y el desarrollo de una o varias ideas justificatorias, desplazamientos (por ejemplo, la ubicación de personajes en circunstancias distintas que las que realmente tuvieron lugar), entre otros mecanismos que generalmente son catalogados y estudiados como falacias, es decir, engaños, fraudes o mentiras con las que se procura dañar a las personas. La famosa "teoría de los dos demonios" y aun la más reciente del "único demonio" forman parte de esta parafernalia de la banalización.
Entre los casos extremos en que los participantes en crímenes de lesa humanidad han conseguido "volverse buenos" debe considerarse, por ejemplo, el del arquitecto Berthold Konrad Hermann Albert Speer (1905-1981), conocido como Albert Speer, que fue el arquitecto de cabecera de Adolf Hitler, integrante del círculo más íntimo del Führer y Ministro de Armamento y Guerra desde febrero de 1942 hasta el derrumbe final el 23 de mayo de 1945. Este personaje era hijo y nieto de arquitectos (y a su vez padre de Albert Speer [hijo], nacido en 1934, uno de los más encumbrados arquitectos de la actualidad en Alemania, que no tuvo relaciones con su padre desde 1966).
Speer se afilió al nazismo en marzo de 1931 (carnet Nº 474.481), según su propia confesión subyugado por la personalidad de Hitler y con la ambiciosa pretensión de concretar los grandiosos proyectos monumentales del Tercer Reich. De hecho fue el escenógrafo y constructor del Campo Zeppelin en Nüremberg, donde se llevaron a cabo los grandes fastos del nazismo, y de la Cancillería del Reich y algunas otras obras de las que hoy queda poco o nada.
Cuando los nazis se hicieron con el gobierno de Alemania, en 1933, Speer empezó un ascenso meteórico y se insertó entre los colaboradores más directos de Hitler y alcanzó los más altos cargos del régimen ("Pertenecí a un círculo compuesto por otros artistas y su equipo personal ‑declaró al ser juzgado en 1945‑ y si Hitler hubiera tenido amigos, yo hubiera sido sin duda uno de los más cercanos").
En febrero de 1942, el Ministro de Armamento, Fritz Todt, murió en un accidente y de inmediato Hitler designó a Speer en su reemplazo, con todos sus poderes sobre una cuestión vital para el desarrollo de la guerra: la producción de armas, equipos y municiones y, en general, la supervisión de toda la organización industrial y productiva de Alemania. Según él era uno de los pocos ministros, si no el único, en el que el Führer confiaba plenamente. En ese cargo cosechó éxitos sobre todo porque consiguió mantener un nivel considerable de producción armamentística a pesar que, desde 1943, el dominio del aire había pasado a manos de los aliados y las fábricas, vías de comunicación y edificios importantes fueron sistemáticamente machacados por bombardeos aéreos de una intensidad hasta entonces desconocida.
Durante la agonía del régimen, el 19 de marzo de 1945, Hitler emitió la "Orden Nerón". Consistía en aplicar la política sistemática de tierra arrasada (quemarlo todo, volarlo todo). Speer sostuvo que pretendía evitar la destrucción total de la infraestructura del país, y según él se enfrentó a Hitler pero terminó en un intercambio: le confirmó su apoyo incondicional pero consiguió del Führer poderes exclusivos para aplicar la orden destructiva con los que intentó convencer a los generales y los jefes del partido nazi para evitar que destruyeran lo que se necesitaría al terminar la guerra.
En los días previos a la derrota total se puso a salvo con su familia en los alrededores de Hamburgo; pero el 22 de abril resolvió ir a visitar a Hitler y mantuvieron una larga charla en que éste le anunció su decisión de suicidarse y hacer quemar su cuerpo ("Sentí que era mi deber no huir como un cobarde ‑dijo en sus memorias‑ sino presentarme ante él de nuevo").[6]
Muerto Hitler, ofreció sus servicios al efímero gobierno encabezado por el almirante Dönitz. El 15 de mayo los estadounidenses llegaron a Flensburg y consultaron a Speer acerca de su disposición para informarles sobre los efectos de los bombardeos sobre la industria bélica alemana. El 23 de mayo, dos semanas después de la rendición incondicional de los alemanes, los aliados arrestaron a los miembros de ese gobierno fantasmal.
El arquitecto y ministro se transformó en un informante fundamental para los servicios de inteligencia estadounidenses. Durante meses declaró en distintos centros de detención y en setiembre fue acusado en el primer Juicio de Nüremberg, donde se juzgó a los principales jerarcas que habían sido capturados.
La defensa de Speer superó ampliamente a la de otros reconocidos genocidas como Adolf Eichmann o Rudolf Höss y se encuentra, por su elaboración, en una categoría distinta a la de Werner von Braun o Reinhard Gehlen.[7] El caso merece ser estudiado con algún detenimiento porque la des-banalización del mal lo requiere. Salvadas ciertas distancias, todos los procesos similares, hasta los más recientes en nuestro continente y en nuestro país, presentan rasgos comunes. Muchos perpetradores, a sabiendas o no, han seguido los pasos de Speer. Muchos descendientes directos que reivindican a padres criminales, sus epígonos neonazis y algunos incautos ‑entre los que se cuentan quienes creen que la banalización del mal es capaz de conjurarlo‑ pueden seguir esos ejemplos y de hecho lo hacen y presumiblemente seguirán haciéndolo.
El arquitecto trabajó duramente para "volverse bueno". Brindó cientos de horas de declaraciones y luego produjo miles de páginas de memorias dando su versión de la cúspide del régimen nazi. Su proceso de banalización del mal le permitió eludir la horca y salir bien librado con una condena a veinte años de prisión mientras que su colega y otrora superior, Rudolf Hess, purgó una condena de por vida a pesar de haber salido del escenario en 1941. Speer estuvo en la prisión de Spandau (Berlín) hasta el 1º de octubre de 1966 y después vivió disfrutando de un buen pasar hasta su muerte por causas naturales (un derrame cerebral) en 1981, durante un viaje a Londres.[8]
¿Cuál fue la estrategia de banalización del mal que desarrolló Speer? La respuesta es necesariamente compleja y ahora nos limitaremos a señalar lo más notorio. En primer lugar elaboró y promovió una imagen de honestidad: "el nazi bueno", "el arrepentido", "el nazi que pidió perdón" (todos estos términos fueron utilizados por los medios de comunicación con mucho mayor frecuencia que "el arquitecto del diablo" u otros que también se le aplicaron). El antiguo Jefe de las Juventudes Hitlerianas y máximo jerarca en Viena, Baldur von Schirach, siguió por ese camino y tuvo un resultado similar (veinte años de prisión); pero en otro artículo disecaremos el método de Speer y veremos las diferencias.




 
 
 


[1] Hannah Arendt acuñó la “banalidad del mal” al publicar en forma de libro las notas que produjo para The New Yorker con motivo del juicio, en 1961, de Adolf Eichmann (Arendt, H. [1963], Eichmann in Jersualem. A Report on the Banality of Evil. The Viking Press, Nueva York). Esto desató polémicas filosóficas y encendió a los historiadores, pero a veces se confunde con otro término con el que, en ética y psicopatología del trabajo, aludimos al proceso de trivialización o banalización del mal y la injusticia que no es una categoría en el sentido heideggeriano o kantiano del término. La “banalidad del mal” que Arendt consideró rasgo esencial en la personalidad de Eichmann tiene que ver con su peculiar concepción acerca de la culpa y la responsabilidad y ya tendremos oportunidad de volver específicamente sobre eso en otro artículo. En tanto la banalización del mal no es un estado, una norma, sino un proceso,  uno de los mecanismos para disolver, encubrir o desplazar la responsabilidad y la culpa, no solamente individual sino colectiva, en la ocurrencia de ciertos fenómenos tan impactantes como los genocidios y el terrorismo de Estado o mucho más cotidianos y próximos que lo que desearíamos.


[2] Dejours, Christophe, La banalización de la injusticia social (2ª edición). Buenos Aires, Ed. Topía, 2013; pero es traducción del original en francés que data de 1998.

[3] Breaking Bad es una serie de televisión dramática estadounidense creada y producida por Vince Gilligan. Ambientada y producida en Albuquerque, Nuevo México, narra la historia de un profesor de química con problemas económicos (Bryan Cranston) a quien le diagnostican un cáncer de pulmón inoperable al principio de la serie. Para pagar su tratamiento y asegurar el futuro económico de su familia, comienza a fabricar drogas junto con un antiguo estudiante suyo (Aaron Paul). La serie se estrenó el 20 de enero de 2008 y acaba de concluir en su quinta y última temporada.

[4] Marchesi, Aldo (coord.) y otros, Ley de Caducidad, un tema inconcluso. Momentos, actores y argumentos (1986-2013).. Ed. Trilce, Montevideo, 2013.

[5] El profesor Dr. Álvaro Rico, Decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, con importante obra publicada, ha dedicado dos textos a estos aspectos específicos: un artículo breve que apareció en el Nº 7, de junio de 2011, de la Revista No te Olvides (del Museo de la Memoria), “Los alcances de la impunidad. Nuevas miradas”, y algunos fragmentos del libro "Cómo nos domina la clase gobernante: orden político y obediencia social en la democracia posdictadura Uruguay (1985-2005)" (Ediciones Trilce, Montevideo).

[6] Sobre el hundimiento final del nazismo, siempre se puede apelar a Der Untergang (2004), titulada aquí "La caída", basada en la obra "El hundimiento: Hitler y el final del Tercer Reich", del historiador Joachim Fest y en "Hasta el último momento: la secretaria de Hitler cuenta su vida, memorias de Traudl Junge" . La película fue dirigida por Oliver Hirschbiegel. Se desarrolla casi en su totalidad entre el 20  y el 30 de abril de 1945, en el bunker  subterráneo donde se refugiaron Adolf Hitler y sus allegados. El actor suizo Bruno Ganz compuso magistralmente a Hitler y Heino Ferch representó a Speer, cuya última visita es presentada en el filme.

[7] Eichmann fue uno de los principales responsables del funcionamiento de los campos de exterminio; Höss fue subordinado suyo y comandante de las SS, jefe de Auschwitz, el mayor de todos los campos; ambos fueron ahorcados. Werner von Braun (1912‑1977) fue ingeniero de las SS, diseñador de los misiles V-2 lanzados por los nazis contra Londres y “se volvió bueno” para concebir el cohete Saturno V que llevó a los estadounidenses a la luna. Reinhard Gehlen (1902-1979), general de la Wehrmacht encargado del espionaje y sabotaje en el frente germano soviético, “se volvió bueno” para la Guerra Fría, preservó agentes y archivos para entregarlos a los Estados Unidos, fue uno de los “maestros” de la CIA y creador del Servicio de Inteligencia de la República Federal Alemana.

[8] De los ocho jueces del Tribunal de Nüremberg, tres pidieron la pena de muerte (dos soviéticos y un estadounidense) pero los otros cinco se opusieron y después de dos días de debate sentenciaron que “en las etapas finales de la guerra fue uno de los pocos hombres que tuvo el coraje de decirle a Hitler que la guerra estaba perdida y que tomara medidas para evitar la destrucción sin sentido de las instalaciones productivas, tanto en los territorios ocupados como en Alemania. Se opuso al programa de tierra quemada de Hitler… tomando un considerable riesgo personal”. La tesis del “nazi bueno” había hecho camino.

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