miércoles, 30 de abril de 2014

Recordando a Stephen Jay Gould




RECORDANDO A STEPHEN JAY GOULD

           
            Stephen Jay Gould es un autor conmovedor, en el más cabal sentido de la palabra. Muchos recordamos con emoción el primer trabajo que leímos, con su apasionante capacidad para echar luz sobre complejos temas de la biología, de la evolución, del origen de la vida en la tierra. Su rigor filosófico de vívida dialéctica, su amenidad cálida de buen amigo, su crítica humorística y siempre precisa. Ha sido, seguramente uno de los grandes divulgadores  de temas científicos.

Murió a los sesenta años de edad, en mayo de 2002, Pocos sabíamos que luchó durante veinte años contra un cáncer implacable y que venció porque en esos años publicó las obras que le consagraron. No se si este texto habrá sido traducido al español antes. Yo lo conocí hace tiempo revisando su copiosa bibliografía. Creo que es un magnífico legado sumamente útil para enfrentar los momentos críticos de la vida y no solamente las enfermedades ominosas que nos acechan. Creo que es una lección de vida plena, es el secreto de Gould que como todos los grandes sabios lo ha brindado para que lo usemos para restañar nuestras propias heridas pero sobre todo para ayudar a nuestros amigos y familiares que sufren, para alentar a nuestros compañeros atribulados. Es la magia del conocimiento que nos brinda este luchador materialista chapado a la antigua; como dice el Dr. Dunn, son "las armas de la razón y de la esperanza".

Cordialmente,



                                                                Lic. Fernando Britos V.
                                                                        


Prefacio por Steve Dunn - Stephen Jay Gould fue un influyente biólogo evolucionista que enseñó en la Universidad de Harvard. Fue el autor de por lo menos diez populares libros sobre la evolución y la ciencia, incluyendo entre otros: La sonrisa del flamenco; La desmesura del hombre; Maravillosa vida; El pulgar del panda y Casa llena (casi todos traducidos al español).

En lo que a mi concierne, La mediana no es el mensaje, de Gould, es lo más sabio y lo más humano que se haya escrito sobre cáncer y estadística. Es el antídoto, tanto para quienes dicen “las estadísticas no importan” como para quienes tienen el desafortunado hábito de pronunciar sentencias de muerte a pacientes que enfrentan un pronóstico difícil. Cualquiera que investigue la literatura médica se enfrentará con las estadísticas sobre su enfermedad. Quienquiera que lea este texto tendrá las armas de la razón y de la esperanza.




LA MEDIANA NO ES EL MENSAJE
Por Stephen Jay Gould

            Mi vida se ha entrecruzado recientemente, en la forma más personal, con dos de los famosos dichos de Mark Twain. Uno de ellos lo diferiré para el final de este ensayo. El otro (a veces atribuido a Disraeli), identifica tres tipos de mendacidad, cada uno peor que el anterior: mentiras, malditas mentiras y estadísticas.

            Consideren el ejemplo corriente de estirar la verdad con números; un caso completamente relevante para mi relato. La estadística reconoce diferentes medidas de un “promedio” o tendencia central. La media es nuestro concepto habitual de un promedio de conjunto: sume los ítems y divídalos entre el número de participantes (100 caramelos reunidos por cinco niños el pasado Halloween arrojarán 20 para cada uno en un mundo equitativo). La mediana, una medida de tendencia central diferente, es el punto del medio camino. Si yo pongo en fila cinco niños según su altura, el chiquilín de la mediana es más bajo que dos de ellos y más alto que los otros dos (que podrían tener problemas para obtener la porción media de caramelos). Un político en el poder podría decir con orgullo: “el ingreso medio de nuestros ciudadanos es de $ 15.000 por año”. El líder de la oposición podría replicar: “pero la mitad de nuestros ciudadanos obtienen menos de $ 10.000 por año”. Ambos tienen razón  pero ninguno de ellos cita la estadística con impasible objetividad. El primero invoca una media, el segundo una mediana. (Las medias son más elevadas que las medianas en tales casos porque un millonario puede contrabalancear a cientos de personas pobres al establecerse dicha media mientras que solamente puede compensar a un solo mendigo al calcular una mediana).

            El asunto más importante que crea la común desconfianza o desprecio por la estadística es más problemático. Mucha gente efectúa una desafortunada e inválida separación entre el corazón y la mente o entre los sentimientos y el intelecto. En algunas tradiciones contemporáneas, ambientadas por actitudes estereotípicamente centradas en el sur de California, los sentimientos son exaltados como más “reales” y como el único fundamento apropiado para la acción - 'si se siente bien, hágalo' - mientras que el intelecto recibe escasa consideración como un elitismo agregado y pasado de moda. La estadística, en esta absurda dicotomía, a menudo se convierte en el símbolo del enemigo. Como escribió Hillaire Belloc: “las estadísticas son el triunfo del método cuantitativo y el método cuantitativo es la victoria de la esterilidad y la muerte”.

            Este es un relato personal de estadísticas que, adecuadamente interpretadas, pueden ser  profundamente educativas y dispensadoras de vida. Le declaro la guerra santa a la degradación del intelecto al contarles una pequeña historia acerca de la utilidad del seco conocimiento académico sobre de la ciencia. El corazón y la mente son puntos focales de un cuerpo, una personalidad.

            En julio de 1982, me enteré que estaba sufriendo de mesotelioma abdominal, un cáncer raro y serio usualmente asociado con la exposición al asbesto. Cuando reviví después de la cirugía, le hice mi primera pregunta a mi doctora y quimioterapeuta: ¿Cuál es la mejor literatura técnica sobre el mesotelioma?” Ella me contestó, con un toque de diplomacia (el único apartamiento de la franqueza directa que había hecho alguna vez), que la literatura médica no contenía nada cuya lectura realmente valiese la pena.

            Desde luego, tratar de mantener a un intelectual alejado de los trabajos escritos es como recomendarle castidad al Homo sapiens, el más sexuado de todos los primates. Tan pronto como pude caminar me fui volando a la biblioteca médica de Harvard y marqué ‘mesotelioma’ en el programa de búsqueda bibliográfica de la computadora. Una hora después, rodeado por las últimas publicaciones sobre mesotelioma abdominal, me di cuenta, tragando saliva, de la razón por la que mi doctora me había brindado un consejo tan humano. La literatura médica no podría haber sido tan brutalmente clara: el mesotelioma es incurable, con una mediana de supervivencia ubicada solamente a ocho meses después de ser descubierto. Estuve allí sentado y petrificado durante quince minutos, después sonreí y me dije a mi mismo: así que es por esto que no me dieron nada para leer. Entonces mi mente empezó a trabajar nuevamente. Gracias virtud.

            Si es que un pequeño aprendizaje (un conocimiento escaso) puede llegar a ser algo peligroso, yo encontré un ejemplo clásico. La actitud importa, claramente, en la lucha contra el cáncer. No sabemos por qué (desde mi perspectiva materialista, al viejo, estilo, yo sospecho que los estados mentales se retroalimentan al sistema inmunológico) pero si se equiparan personas con el mismo cáncer en cuanto a edad, clase, salud, situación socioeconómica, en general quienes tienen actitudes positivas, con una fuerte voluntad y propósito para vivir, con el compromiso para luchar, con una respuesta activa para ayudar a su propio tratamiento y no una mera aceptación pasiva de cualquier cosa que le digan los médicos, tienden a vivir más. Unos pocos meses después, le pregunté al Dr. Peter Medawar, mi gurú científico personal y Premio Nobel en inmunología, cual sería la mejor receta para triunfar sobre el cáncer. “Una personalidad sanguínea” me contestó. Afortunadamente (desde que uno no puede reconstruirse a si mismo en plazos breves y para un propósito definido) yo soy - si algo fuera, ecuánime y confiado -  justamente de esta manera.

            He aquí el dilema para los doctores humanistas: desde que la actitud importa tan críticamente, ¿debería advertirse acerca de tan sombrías conclusiones, especialmente cuando pocas personas tienen una comprensión suficiente de las estadísticas para evaluar lo que realmente significan sus afirmaciones? A partir de años de experiencia con la evolución en pequeña escala de los moluscos terrestres de las Bahamas mediante tratamiento cuantitativo, he desarrollado este conocimiento técnico y estoy convencido de que jugó un papel muy importante en la salvación de mi vida. El conocimiento es poder, según el proverbio de Bacon.

            El problema puede ser establecido resumidamente así: ¿qué significa en nuestro lenguaje cotidiano “una mediana de mortalidad (o de supervivencia) de ocho meses”? Sospecho que la mayoría de las personas sin entrenamiento en estadística leerán esa afirmación como “probablemente estaré muerto en ocho meses”; precisamente esa es la conclusión que debe ser evitada porque no es así y porque la actitud importa mucho.

            Yo no estaba, desde luego, regocijándome pero tampoco leí esta afirmación en la forma corriente. Mi entrenamiento técnico conllevaba una perspectiva diferente acerca de “ocho meses de mortalidad (supervivencia) mediana”. El punto es sutil pero profundo porque entraña el característico modo de pensar en mi propio campo de la biología evolutiva y la historia natural.

            Nosotros todavía arrastramos el bagaje histórico de una herencia platónica que busca esencias nítidas y límites definidos. (Por eso esperamos encontrar un “comienzo de la vida”  o “definición de muerte” exentos de ambigüedades, aunque la naturaleza llega a nosotros a menudo como un continuo irreductible). Esta herencia platónica, con su énfasis en las distinciones claras y las entidades separadas e inmutables, nos conduce a ver incorrectamente a las medidas estadísticas de tendencia central, de hecho opuesta a la interpretación apropiada en nuestro mundo actual de variación, sombras y continuos. En suma, vemos las medias y las medianas como las duras “realidades” y la variación que permite su cálculo como un conjunto de transitorias e imperfectas medidas de esta esencia escondida. Si la mediana es la realidad y la variación en torno a la mediana solamente un recurso para calcularla, el "probablemente estaré muerto en ocho meses” puede pasar como una interpretación razonable.

            Pero los biólogos evolutivos saben que la variación en si misma es la única esencia irreductible de la naturaleza. La variación es la dura realidad, no un conjunto de medidas imperfectas de la tendencia central. Medias y medianas son las abstracciones. Por lo tanto, yo miré en forma completamente diferente las estadísticas sobre el mesotelioma, y no solamente porque soy un optimista que tiende a ver la rosquilla en lugar de su hueco sino, primariamente, porque yo se que la variación en si misma es la realidad. Yo debía ubicarme a mi mismo en la variación.

            Cuando supe de la mediana de ocho meses, mi primera reacción intelectual fue: 'muy bien, la mitad de la gente vivirá más que eso; ahora, ¿cuáles son mis posibilidades de encontrarme en esa mitad?’ Leí furiosa y nerviosamente durante una hora y concluí - con alivio - 'rematadamente buenas'. Yo poseía cada una de las características que confieren la probabilidad de una larga vida: era joven; mi enfermedad había sido detectada en una etapa relativamente temprana; recibiría el mejor tratamiento médico disponible; tenía el mundo para vivir por él; sabía como leer la información y no desesperarme.

            Otro punto técnico agregó entonces mayor solaz. Reconocí inmediatamente que la distribución de la variación en torno a la mediana de ocho meses debería estar, casi seguramente sesgada, los que los estadísticos llaman “inclinada a la derecha”. (En una distribución simétrica, el perfil de variación a la izquierda de la tendencia central es una imagen a espejo de la variación a la derecha. En distribuciones sesgadas o inclinadas, la variación para un lado de la tendencia central está más estirada - inclinada a la izquierda si se extiende hacia ese lado, inclinada hacia la derecha si lo hace hacia allí.). La distribución de la variación debía estar sesgada hacia la derecha, razoné. Después de todo, la izquierda de la distribución tiene un límite inferior irrevocable de cero (dado que el mesotelioma solo puede ser identificado al morir o antes). Por lo tanto, no hay mucho espacio para la mitad más baja o izquierda de la distribución: debe estar comprimida entre cero y ocho meses. En cambio, la parte más alta o derecha puede extenderse por años y años aunque finalmente nadie sobreviva. La distribución debía estar inclinada hacia la derecha y yo necesitaba saber que tanto se extendía esa cola porque yo ya había concluido que mi perfil favorable me hacía un buen candidato para esa parte de la curva.

            La distribución estaba realmente, fuertemente inclinada hacia la derecha, con una larga cola, aunque pequeña, que se extendía por varios años más allá de la mediana de ocho meses. No vi razón alguna por la cual yo no pudiera estar en esa pequeña cola o extensión y exhalé un muy prolongado suspiro de alivio. Mi conocimiento técnico me había ayudado. Había leído la gráfica correctamente. Había hecho la pregunta correcta y había encontrado las respuestas. Había obtenido, con toda probabilidad, el más precioso de todos los dones posibles dadas las circunstancias: tiempo sustancial. No debía detenerme y seguir, de inmediato, la indicación de Isaías a Ezequiel: 'pon tu casa en orden porque morirás y no vivirás'. Yo tendría tiempo para pensar, para planear y para luchar.

            Un punto final acerca de las distribuciones estadísticas. Se aplican solamente a un conjunto establecido de circunstancias, en este caso a la supervivencia con mesotelioma bajo las formas convencionales de tratamiento. Si las circunstancias cambian la distribución puede alterarse. Fui ubicado en un protocolo de tratamiento experimental y, si la fortuna me acompaña, estaré en la primera cohorte de una nueva distribución con una mediana alta y una extensión a la derecha prolongándose hasta la muerte por causas naturales a una edad avanzada.

            Desde mi punto de vista, se ha vuelto un poco demasiado a la moda el contemplar la aceptación de la muerte como algo equivalente a la dignidad intrínseca. Desde luego que yo estoy de acuerdo con el predicador del Eclesiastés en que hay un tiempo para amar y un tiempo para morir y cuando mi ovillo se acabe espero enfrentar el fin tranquilamente y a mi modo. Para la mayoría de las situaciones, sin embargo, prefiero el punto de vista más marcial de que la muerte es el último enemigo y no encuentro nada reprochable en quienes se rebelan poderosamente contra la muerte de la luz.

            Las espadas de batalla son numerosas y ninguna más efectiva que el humor. Mi muerte fue anunciada en una reunión de mis colegas en Escocia y casi experimenté el delicioso placer de leer mi obituario escrito por uno de mis mejores amigos (el referido sospechó y comprobó la información; él también es estadístico y no esperaba encontrarme tan hacia afuera en el extremo derecho de la distribución). Aún así, el incidente me proporcionó mi primera buena risa después del diagnóstico. Piensen nada más, yo casi conseguí repetir el más famoso párrafo de Mark Twain: “los reportes acerca de mi muerte son grandemente exagerados”.


Posfacio por Steve Dunn
Mucha gente me ha escrito preguntándome que sucedió con Stephen Jay Gould. Lamentablemente el Dr. Gould murió en mayo de 2002 a la edad de 60 años. El Dr. Gould vivió veinte muy productivos años después de su diagnóstico, por lo tanto ¡ excedió treinta veces los ocho meses de la mediana de supervivencia ! Aunque murió de cáncer, aparentemente no fue el mesotelioma sino un segundo cáncer no relacionado con aquel.

En marzo de 2002, el Dr. Gould publicó su obra magna de 1.342 páginas: La estructura de la teoría evolutiva. Es apropiado decir que Gould, uno de los más prolíficos científicos y escritores del mundo, fue capaz de completar la obra definitiva de su trabajo científico y filosófico justo a tiempo. Ese texto es demasiado extenso y denso para casi cualquier lego pero los trabajos de Stephen Jay Gould le sobrevivirán y yo espero que lo haga especialmente La mediana no es el mensaje.

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